CAPÍTULO
XX. ORGANIZACIÓN FINANCIERA
20.1. Régimen monetario
20.1.1. Antecedentes. La economía
"natural". Aparición de la macuquina. Desórdenes monetarios a fines
del XVIII. Influencia del comercio norteamericano. 201.2. La circulación múltiple.
Problemas de las pesetas sevillanas. 20.1.3. El desastre inflacionario
de 1868-78
20.2. Sistema fiscal.
20.2.1. Antecedentes. Su base
indirecta. Introducción de la alcabala. 202.2. Proliferación e incidencia
de los gravámenes sobre el comercio exterior. 20.2.3. La Administración Fiscal:
Intendencia. La reforma de Villanueva. 20.2.4. El peso del régimen
fiscal: La junta de información y sus resultados.
Al
inicio
20.1. Régimen monetario
20.1.1. Desde los lejanos días de la conquista,
la moneda que corre en Cuba no solamente es acuñada fuera del país, sino que
sufre cambios y alteraciones dependientes de condiciones y necesidades
exteriores. El sistema monetario español, basado en la circulación legal de
monedas de loro y de plata, se caracterizó por las frecuentes alteraciones del
contenido metálico de las piezas. Constantemente se acuñaban y reacuñaban
monedas a fin de ponerlas en circulación con un valor más bajo, pues la
inflación que produce en España la llegada de los metales procedentes de las
minas americanas así lo va requiriendo.
Cuba se surte de monedas acuñadas en México que
tienen un valor fijo, estable, resultante de la constante extracción de plata
de sus minas; pero esta moneda no permanece en el país. Su alto valor en
comparación con la moneda española de plata que se dreviewúa en casi un 100%
desde 1537 a 1686, la hace muy atractiva para los comerciantes extranjeros y
españoles que concurren a vender y comprar productos coloniales. Quedaban
entonces solamente las monedas de oro, muy escasas, más deseadas para
atesorarlas e inconvenientes para las transacciones corrientes del país. Esto
quiere decir que hubo en todo el período colonial que se extiende hasta
mediados del siglo XIX una constante escasez de moneda. Solamente en una parte
del siglo XVIII (1730-1780) hubo una moneda apropiada, la plata llamada macuquina,
sobre la que trataremos más adelante.
Esta escasez permanente provoca la existencia de
una economía natural, o sea de una circulación en que no emplea
moneda para el cambio sino que éste se realiza directamente con productos.
Hacia 1691 la carne que los vecinos de Santa Clara compran, debe ser pagada en
productos agrícolas que, por cierto, los hacendados ganaderos se resisten a
recibir. Otro tanto ocurre en Remedios y con frecuencia en La Habana. En esta
última los hacendados querían pagar los impuestos con productos también.
México para pagar los soldados y las construcciones
militares (estas remesas se llamaban situados) comenzaron a
aumentar por razón de la compra de tabaco y el establecimiento de una gran base
naval y de los astilleros en La Habana. La reforma monetaria del rey Felipe V
en 1737 estableció que un peso fuerte valiera por cinco piezas de dos reales
cada una (éstas son las pesetas), más no alteró la equivalencia en América, que
era de 4 piezas de a 2 reales por peso. Lógicamente, era provechoso traer 4
pesetas españolas y obtener un peso fuerte de plata, pues al llegar a España se
obtenía con este peso, 5 pesetas. En consecuencia, huyeron los pesos de plata
de Cuba, en perjuicio de sus habitantes.
Las pesetas españolas no eran, por esa razón de
su menor valor, estimadas por los colonos que trataban de deshacerse de ellas
rápidamente. La situación mejoró cuando las cajas de México comenzaron a enviar
a La Habana la plata macuquina, o sea, monedas de plata
cercenadas que, sin embargo de haber perdido peso porque le quitaban pedazos,
corrían por su valor nominal. Tenía la ventaja de que por esa razón los
comerciantes extranjeros y españoles no se la llevaban manteniéndose en la
circulación interior. Por otra parte, en las transacciones con esos
comerciantes foráneos hacía las veces de una moneda dreviewuada, lo cual
favorecía la exportación de los productos del país.
La plata era cercenada en el propio México y
sufría más cercenamientos en Cuba, donde los plateros, escasos de materia
prima, utilizaban esos pedazos de moneda en sus trabajos. A medida que
transcurre el siglo XVIII, la moneda macuquina se transforma en
una verdadera moneda cubana. Sin embargo, el fisco y los comerciantes no
quieren recibirla por su valor nominal, sino por su valor real, o sea, su peso en
plata. La política estatal se orientaba hacia la desaparición de esta moneda
que los habitantes usaban en sus transacciones y por eso en 1771 se ordenó
recogerla, cambiándola por su peso. Esto último quiere decir que con el cambio
perdió hasta un 50% o más de su valor nominal. Su recogida duró muchos años
porque la población necesitaba moneda para sus operaciones corrientes y la
nueva moneda n llegó hasta 1787. Mientras desaparecía la macuquina,
en varios lugares de Cuba fue preciso improvisar moneda, a cuyo efecto su
utilizaban cartones, piezas de hojalata y hasta barajas francesas en las que se
imprimía su valor para que pudieran circular.
Las protestas del vecindario pobre fueron
numerosas porque estas "monedas" se prestaban a mucha especulación y
a grandes abusos con el consumidor. Además, es preciso darse cuenta que, en
esos años, 1770-1790, crece la actividad económica y se requería una mayor
cantidad de medios circulantes, de modo que la falta de la macuquina y la
escasez de la nueva moneda provocan muchos trastornos. Asimismo, los intereses
de la oligarquía exportadora de azúcar se manifiestan descontentos, como se
puede apreciar en el Discurso de Arango y Parreño, porque la
falta de una moneda dreviewuada resta facilidades a las exportaciones.
Al
inicio
20.1.2. Finalmente, a fines del XVIII el aumento
del comercio con Estados Unidos provoca nuevos trastornos, pues los
comerciantes extranjeros se llevaban la nueva moneda de plata, cambiándola por
su oro. Esto se debía a que el régimen monetario establecido en Estados Unidos
sobre valoraba la plata, mientras en Cuba se sobre valoraba el oro. Para los
habitantes de Cuba, el oro no era metal que sirviera para las operaciones
corrientes, por lo cual se producía nuevamente una gran escasez de moneda.
Cuando hacia 1811 dejaron de llegar las remesas de México, la plata recuperó su
valor y el oro se depreció. Entonces, ya no eran los norteamericanos los que se
llevaban la plata, sino los propios españoles y los nativos de América que
huían de las colonias insurreccionales, quienes dejaban en Cuba el oro
depreciado. Al mismo tiempo, Cuba era invadida por las llamadas pesetas
sevillanas (de 5 por peso) que, en Cuba, recibían 4 por peso, por lo cual los
especuladores las traían y cambiaban por pesos fuertes que volvían a cambiar en
España, ganando en la operación un margen apreciable (20%). La consecuencia de
esto fue la circulación casi exclusiva de la plata sevillana. Como quiera que
era una moneda depreciada comenzaron a notarse los mismos fenómenos de
especulación que ocurrieron a fines del XVIII, agravados por el hecho que
escaseaba la moneda menuda y se emplearon nuevamente "monedas" de
cartón, de madera y de hojalata. En 1841 se retiraron las pesetas sevillanas,
cambiándolas a su verdadero valor, o sea, a 5 por peso.
La situación monetaria tendió a estabilizarse a partir de entonces, aun
cuando La Habana y otras ciudades eran plazas de una circulación múltiple, a
causa de la gran expansión del comercio y, sobre todo, de la llegada de remesas
de oro traídas por los viajeros que venían de California, donde la fiebre del
oro atrae a millones de buscadores de fortuna.
En 1868 se estableció la unidad peso dividida en cien centavos; pero
inmediatamente se aceptaron monedas extranjeras como los luises franceses.
Al
inicio
20.1.3. Hasta la década de 1868-78 no se
sufrirían grandes perturbaciones. Tales trastornos se debieron a la emisión
progresiva de papel moneda nacional y conforme aumentaron los gastos, se emitieron
más cantidades. Lógicamente, ese papel moneda se depreció hasta el punto que en
1874 una onza de oro valía 163 pesos de papel moneda. Las consecuencias de
especulación y perjuicios al pueblo consumidor fueron extraordinarias. Las
propias autoridades coloniales tuvieron que aparentar una política receptiva
persiguiendo a algunos de los traficantes más vinculados a la esfera oficial.
Hasta la década de los 80 no se pudo liquidar esta situación. Sin embargo, como
que las emisiones del banco eran verdaderos préstamos de Estado, el pueblo de
Cuba se vio sobrecargado de una deuda enorme que contribuyó a empobrecerlo aún
más
Al
inicio
20.2. Régimen monetario
20.2.1. Si el sistema monetario se caracterizó
por el desorden, no menos desordenado fue el sistema fiscal. No respondía a
criterio alguno, sino que se creaban impuestos y gravámenes conforme a la necesidad
del Estado español, provocándose una verdadera confusión. Sin embargo, debe
destacarse que la generalidad de esas cargas eran de base indirecta, o sea, no
gravaban las rentas o el capital, sino los productos, de modo que todas por
igual pesaban sobre el pueblo consumidor. También es preciso destacar que hasta
el siglo XVIII había unos impuestos que constituían la base de las
recaudaciones estatales: los derechos de aduana llamados almojarifazgo. Los
derechos de aduana eran fáciles de percibir, pues el comercio de importación y
de exportación constituía una actividad definida y constante. Claro está que en
las aduanas se producían numerosos fraudes y que el comercio de contrabando
restaba muchos ingresos. Se cobraban derechos de entrada y de salida, o sea,
que se gravaba la importación y la exportación, muchos más altos los primeros
que los segundos. Y su cuantía se calculaba por medio de un tanto por ciento
sobre el valor declarado de la mercancía. Por lo general eran derechos muy
altos y gravaban pesadamente a los artículos, contribuyendo a que los
comerciantes alzaran los precios en perjuicio del consumidor.
Al
inicio
202.2. A lo largo del siglo XVII y XVIII se
fueron creando otros impuestos, que se percibían junto con los derechos de
aduana. Eran numerosísimos y en parte se refudieron en 1765 cuando se aplicó
por primera vez el llamado "comercio libre" con los puertos
españoles. También se habían creado impuestos locales, para satisfacer gastos
de los municipios y del gobierno colonial. Por ejemplo, de este tipo son la sisa
de la zanja, cuyos fondos se destinaron a construir la Zanja Real, que
traía el agua del río Almendares a La Habana; la sisa de la galeota,
destinada a mantener una embarcación de guerra para vigilar las costas, y la sisa
de la muralla, para financiar la construcción de las murallas de La
Habana. Había otro impuesto básico: el diezmo, que consistía en pagar el 10% de
todos los productos de la tierra. Aun cuando en sus orígenes se pagaba
totalmente a la iglesia, con el fortalecimiento de la monarquía, ésta se
adueñaría casi de su totalidad.
Otra característica de este sistema fiscal era el
arrendamiento. Todos los impuestos importantes eran arrendados a recaudadores
que adelantaban al Estado los productos. Huelga decir que el Estado trataba de
obtener el máximo de esos arrendatarios y que éstos, a su vez, no paraban en
abusos para ganar grandes riquezas al amparo del privilegio fiscal que gozaban.
Había una gran especulación con los impuestos y los colonos se defendían de
ella falseando todas las cifras y burlando de muchas maneras las leyes y
reglamentos vigentes.
En el siglo XVIII se produjeron los primeros
cambios en el sistema. Entonces la política centralista de la monarquía
borbónica aspiraba a eliminar los arrendatarios de impuestos y comenzó a
establecer el sistema de administración estatal directa . Por otra parte,
tendía a simplificar los impuestos. Sin embargo, al mismo tiempo, el aumento de
los gastos estatales provocaba la creación o el reforzamiento de impuestos.
Esto último es la causa de que en 1758 se iniciase el cobro de alcabala ya
existente, pero que no se percibía en Cuba. Por la ordenanza de 23 de marzo de
1764, se fijó en un 4% de todas las transacciones de compra ventas que se
realizaban en el país. Las protestas fueron numerosas, las cuales fomentaban,
además, la resistencia a pagar un impuesto directo de 3% sobre rentas inmuebles
que se estableció entonces. En 1765 se derogó este último, elevándose la
alcabala a un 6% . Más adelante, se estableció la doble alcabala (12%) por la
venta de fincas, y la alcabalilla (o sea, el 6% del 6%) que debía pagar el
vendedor de una finca mientras el comprador pagaría la alcabala normal.
Con este nuevo gravamen queda formado el sistema
fiscal en lo básico. Ahora, o sea, desde fines del XVIII, los cambios serían
secundarios y fundamentalmente cuantitativos. En efecto, durante los siglos
XVI, XVII y XVIII los impuestos recaudados en Cuba eran muy insuficientes para
subvenir a los gastos de administración. Por eso se requirieron los situados de
México, o remisiones anuales de fondos destinados a cubrir principalmente
atenciones militares. Desde 1790 en adelante el crecimiento del comercio y de
la producción favorecieron más altas recaudaciones, al punto que desde mediados
del XIX, Cuba es una gran fuente de ingresos para el Estado colonialista
español.
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inicio
202.3. A la mejoría del sistema de recaudación
contribuyó el establecimiento de la intendencia de hacienda por real instrucción
de 31 de octubre de 1764. Las intendencias se crean en España y se extienden a
América por influencia del cobertismo francés, o sea, de la
política fiscal centralista, que tiende a reforzar los intereses económicos del
Estado y a eliminar todas las peculiaridades locales o regionales. Una vez
creada para que se ocupara de todo lo relativo a rentas o derechos pecuniarios
y bienes del Estado, su actuación se caracterizó por el esfuerzo constante por
mejorar las recaudaciones, garantizando al erario los ingresos necesarios para
la atención de los gastos públicos. Generalmente, la intendencia estaba a cargo
de un funcionario, que por su propia posición, era poderoso, y, a veces, muy
capaz y fiel servidor de los interese económicos del Estado.
Entre los intendentes más destacados puede
mencionarse a Alejandro Ramírez, a Arango y Parreño, al conde Villanueva,
Claudio Martínez de Pinillos. A éste último se atribuyen grandes reformas. Sin
embargo, sus reformas no atacaban las bases del sistema, sino solamente los
procedimientos administrativos y de recaudación, por lo cual aumentaron
extraordinariamente los ingresos. También respecto de este aumento debe tenerse
en cuenta que hacia 1830-40, años en que Villanueva desempeña el cargo, el
crecimiento de la economía es muy vigoroso, lo cual por sí sólo producía más
recaudaciones.
Al
inicio
20.2.4. El régimen fiscal, a través del cual la
España colonialista extraía grandes beneficios de Cuba, fue constituyendo una
pesada y empobrecedora carga sobre el pueblo cubano. Los derechos de aduana
proteccionistas del comercio y de la industria españoles, aumentaron a lo largo
del siglo, el papel sellado, los estancos de gallos y de las barajas, las
alcabalas, y un sinnúmero de impuestos más, agobiaban a las clases propietarias
y al pueblo. El descontento general hizo que la convocatoria a la Junta de
Información, reunida en Madrid en 1865, incluyera entre su orden del día el
problema fiscal. Los delegados cubanos propusieron que se derogaran muchos de
los impuestos vigentes y que se creara un impuesto sobre la propiedad; pero el
gobierno español no modificó nada del sistema y estableció el impuesto directo
que constituía una carga para las clases terratenientes. Este hecho contribuyó
en gran medida a la preparación de la revolución de 1868, pues los hacendados
del centro y del oriente del país sentían más que los grandes hacendados del
occidente los efectos frenadores de la política económica imperante. Por lo
general , el régimen fiscal pesaba más sobre los grupos criollos y dependientes
de las exportaciones que sobre los grupos españoles comerciales, favorecidos
por sus vinculaciones al poder colonial.
No varió en lo adelante la política fiscal. Y como quiera que la estructura
económica sufrió los efectos de la Guerra de los Diez Años (1868-78) y de la
abolición de la esclavitud, el peso de los impuestos fue haciéndose más insoportable.
El empobrecido pueblo cubano pagaba más impuestos que los pueblos en que el
desarrollo capitalista estaba avanzando aceleradamente y con su miseria
sostenía a cientos, a miles de funcionarios y empleados extranjeros y pagaba
gastos públicos que no revertían en el país.