Ni
tanto ni tan poco
Por
Jorge Carlos Brinsek
Palabras más, palabras menos, el senador nacional Leopoldo
Moreau alertó este jueves que los acreedores de la Argentina
persiguen --en sus demandas de achique presupuestario-- la eliminación
de casi la mitad de los empleados públicos, la privatización
de las universidades y la desaparición gradual de las fuerzas
armadas para transformarse en fuerzas policiales o de seguridad.
Moreau, famoso por su dialéctica y el convencimiento que hace
de ella cuando efectúa declaraciones a la prensa o fija su
posición en el Parlamento (indudablemente sus años de
solvente periodista político no fueron en vano), trazó
así un panorama que puso los pelos de punta a más de
uno en momentos en que todo el mundo tiene la mirada puesta en Washington.
Puestas las cosas blanco sobre negro y si esas fueran realmente las
pretensiones ocultas del FMI, serían necesarias algunas reflexiones.
Nadie puede aceptar desde luego una exigencia que implique lesionar
la soberanía nacional, pero también es hora de admitir,
con sinceridad y pragmatismo que hay cosas que no pueden seguir.
Desde que la democracia regresó al país en 1983, las
sucesivas administraciones políticas se preocuparon poco y
nada por encarar un verdadero programa de reestructuración
de las fuerzas armadas adaptándolas a las exigencias de un
nuevo orden mundial. Todo se limitó a asfixiarlas económicamente
en forma progresiva para desarticularlas por inanición.
Por lo tanto, si fuera cierto lo que encubiertamente pretenden los
popes de las finanzas mundiales, no hace falta mucho para cumplir
ese objetivo. Fueron los gobernantes argentinos los encargados de
que hoy, la capacidad militar del país, no pueda responder
siquiera --como ya se dijo otras veces en esta columna-- a un desastre
natural de envergadura, como podría ser un terremoto o una
gran inundación.
Como contrapartida el aparato público se sobredimensionó
irresponsablemente. Los radicales en su momento hicieron lo suyo pero,
también como se dijo aquí, durante 10 años de
administración menemista se dilapidaron 10.000 millones de
pesos en alimentar una aventura re-reeleccionista creando innecesariamente
puestos estatales en lugar de reducirlos y malgastando el dinero de
los contribuyentes.
En ese plano, las universidades nacionales fueron tomadas como coto
de caza, a partir de posturas equivocadas en lo que hace a la formación
de futuros profesionales, en función de las reales necesidades
de la Nación y con presupuestos impresionantes, no pocas veces
sujetos a denuncias contrapuestas y pedidos de investigación.
Los actos de corrupción en algunos casos fueron impresionantes.
Todavía gobernando Menem, una directora de escuela recibió
un completísimo gabinete radiológico de alta precisión
como parte de un denominado plan de reequipamiento educativo, cuando
su problema básico era el lograr que los chicos pudiesen contar
con una taza de mate cocido caliente cada mañana.
Cuando quiso alertar sobre tamaña irregularidad, sutilmente
se le advirtió que así lo había dispuesto de
la "superioridad". Como no deseaba perder su trabajo, embaló
las cajas cuidadosamente, las inventarió y ahí quedaron
hasta que "alguien" diga que hacer con un material necesario
como el agua en un hospital o en una facultad avanzada de la especialidad,
pero no en una escuela primaria.
Ni hablar de la multiplicidad de organismos oficiales realmente innecesarios
que se crearon en todos estos años, tanto en plano nacional
como el provincial. Todos por supuesto con directores, subdirectores,
empleados rentados, asesores. En ese contexto, los menemistas estuvieron
a la cabeza, pero los radicales y frepasistas tampoco estuvieron muy
lejos de aquellos.
Las crudas palabras de Moreau merecen ser tenidas desde luego en cuenta,
ya que por cierto --hay que insistirlo-- puede concebirse un país
democrático con un aparato público destartalado y sin
fuerzas armadas que sustenten su soberanía.
Volveríamos entonces al siglo diecinueve, a unitarios contra
federales, a porteños contra provincianos. En fin, a la disgregación
nacional y a nadie le gustaría --menos aun a nuestros acreedores--
que ello ocurriese.
Pero no puede sorprender que se pida desde afuera lo que durante casi
veinte años tuvo que haberse hecho desde adentro para evitar
la crisis que atravesamos. (AIBA)