LOS
CIENTÍFICOS, PERPLEJOS CON EL HOMBRE DE FLORES La aparición en una isla de Indonesia de los restos de varios homínidos diminutos, cuyas características obligan a repensar las claves de la evolución humana, ha abierto un nuevo capítulo de la paleontología en el que hay más preguntas que respuestas. Con el cerebro de igual tamaño que el de un chimpancé, estos 'hobbits' fascinan y confunden a los científicos que investigan el origen de los humanos. Por Javier Aampedro El
País Los científicos no suelen hacer caso de las leyendas locales sobre los otros. Las hay por todas partes: monstruos enanos o gigantes, peludos o de brazos largos, como el yeti del Himalaya o el orang pendak de Sumatra; seres ocultos en cuevas de parajes remotos que suelen servir para cultivar la imaginación y sembrar el miedo. Pero en la isla de Flores, en Indonesia, la realidad ha resultado ser tan extraña que los viejos cuentos ya empiezan a sonar de otra forma. Allí hay lagartos gigantes, hubo un elefante enano llamado Stegodón y, hasta hace 12.000 años -un pestañeo en el reloj de la prehistoria-, los seres humanos tampoco eran como nosotros. Medían un metro de estatura y tenían el cerebro de un tamaño semejante al de un chimpancé. Los investigadores australianos e indonesios que anunciaron hace dos semanas el descubrimiento del Homo floresiensis, o el hombre de Flores, ya no saben si tomarse a broma las leyendas de la isla. "Nuestro experto holandés en el Stegodón, Gert van den Bergh, habla indonesio con gran fluidez", explica por correo electrónico Richard Bert Roberts, de la Universidad de Wollongong (Australia), y uno de los autores del hallazgo. "Volví con él a Flores a principios del mes pasado y fuimos a un pueblo cercano a Bajawa, en el centro de la isla, donde oímos los más asombrosos relatos sobre unos hombrecillos peludos a los que llaman ebu gogo. Ebu significa abuela, y gogo quiere decir que se lo come todo. Uno de los viejos del lugar, Pak Minggus, nos dijo que los ebu gogo se comían todo crudo: verduras, frutas y, si tenían la oportunidad, carne humana". ¿Puede ser ebu gogo el hombre de Flores recién hallado por los paleontólogos? Resulta difícil de creer. Los huesos de Homo floresiensis más recientes que han encontrado los científicos tienen 12.000 años, y los nativos, naturalmente, no están hablando de esas fechas tan remotas, sino de hace sólo unos siglos. Sin embargo, los investigadores están sinceramente sorprendidos por la consistencia de las leyendas -las historias varían muy poco de un pueblo a otro- y por su riqueza de detalles descriptivos. "Los mitos populares son notablemente detallados", declara a este diario otro de los autores del hallazgo, el vulcanólogo Chris Turney, de la misma universidad australiana. "No sólo coinciden en que los ebu gogo medían cerca de un metro, sino también en que eran algo barrigudos, estaban cubiertos de pelo y tenían unos brazos muy largos que les llegaban casi a las rodillas, todo lo cual es coherente con los restos que hemos encontrado. También cuentan que los ebu gogo eran bien tolerados, aunque a la gente no le gustaba que se acercaran a los pueblos, precisamente porque se lo comían todo, ¡incluidas las calabazas que usaban como platos!". Según las leyendas, fueron esos excesos gastronómicos los que hicieron caer en desgracia a los ebu gogo. La gente aceptaba con resignación sus ocasionales escaramuzas para robar las cosechas, pero su paciencia se agotó cuando los hombrecillos secuestraron a un bebé y, según algunas versiones, se lo comieron. "Lo cogieron y corrieron con él hasta su cueva, que estaba al pie del volcán", relata Roberts. "Unos días después, los aldeanos fueron a su cueva y les arrojaron unas balas de paja ardiendo. Los ebu gogo huyeron corriendo. Se les vio por última vez dirigiéndose hacia el oeste, en la dirección de Liang Bua". Curiosamente, es justo en Liang Bua donde los científicos han hallado los restos del Homo floresiensis. Pero si las leyendas se refieren a unos acontecimientos muy recientes, tal vez de hace sólo 300 años, los tiempos no cuadran en absoluto. Por el momento, los huesos hallados abarcan desde hace 90.000 años hasta hace 12.000. En los estratos inmediatamente superiores a estos últimos hay evidencias de una catastrófica erupción volcánica y, a partir de ese estrato, el Homo floresiensis parece esfumarse por completo, al igual que el Stegodón, el elefante enano que le había servido de banquete durante miles de años. La interpretación más sencilla es que los hombrecillos resultaron exterminados por el volcán junto con otras especies peculiares de la isla. ¿Es éste el fin de la historia? Sorpresas
evolutivas Los humanos y los chimpancés éramos la misma cosa hace seis millones de años. En aquella época, y por razones desconocidas, aquella especie se dividió en dos. Una de las mitades se quedó más o menos como estaba, y de ella proceden los actuales chimpancés. Pero la otra mitad inició en África un tortuoso camino evolutivo que la condujo, por primera vez en la historia del planeta, al desarrollo de una mente consciente y creativa. La imagen tradicional de la evolución humana, esa especie de escalera al cielo que representa un progreso continuo e imparable desde el mono hasta el Homo sapiens, es incorrecta. La evolución humana no tiene la forma de una escalera, sino la de un espeso arbusto. Desde la aparición de los primeros australopitecos en las orillas del lago Turkana (Kenia), hace más de cuatro millones de años, han evolucionado en África cerca de una veintena de especies distintas de homínidos, y muchos especialistas creen que cada especie permanece bastante estable durante toda su existencia, y que casi todos los cambios evolutivos relevantes aparecen asociados a la aparición de nuevas especies. Como ha escrito el paleontólogo español Juan Luis Arsuaga (El enigma de la esfinge, 2001): "La evolución humana se ha visto muchas veces como una historia de progreso incesante, que sigue una dirección neta y sin vacilaciones en su avance hacia la complejidad. [Los darwinistas del siglo XX] adoptaron al principio un esquema lineal para ese proceso, fiel a su pensamiento de que es este modo de evolución, y no la generación de nuevas especies, el responsable de las tendencias evolutivas. El tiempo, sin embargo, ha ido desvelando una geometría de la evolución humana muy ramificada". Encefalización
Y aquí es donde viene la mayor sorpresa que ha deparado a los científicos el hombre de Flores. Porque este minúsculo habitante de la isla tenía un cerebro similar al de un chimpancé (380 centímetros cúbicos), pero sus restos parecen estar asociados a unas herramientas de piedra relativamente avanzadas. Y, para colmo, debieron de llegar a la isla navegando, puesto que Flores no ha estado unida al continente asiático al menos durante los últimos dos millones de años. ¿Cómo es posible? El Homo floresiensis coexistió, al menos en el tiempo, con nuestra especie, pero no pertenece a nuestra rama del género Homo. Su cráneo, que revela una curiosa mezcla de características primitivas y modernas, ha forzado a los investigadores a clasificarlo como una variante de Homo erectus, el primer homínido que salió de África, hace casi dos millones de años, y que llegó hasta tierras asiáticas. Pero el Homo erectus era mucho más alto que el hombrecillo de Flores, y su cerebro era el triple de grande. Hace
800.000 años Y probablemente es lo que le pasó también al Homo erectus, que fue transformándose poco a poco en una variedad enana. Por el momento, los restos más antiguos de Homo floresiensis están datados en unos 90.000 años. Si el erectus llegó a la isla hace 800.000 años, tuvo tiempo de sobra para ejecutar esa contorsión evolutiva. Aun así, la reducción del tamaño del cerebro es sorprendente, porque no es proporcional al resto del cuerpo. El hombre de Flores tenía la estatura de un niño de tres años, pero su cerebro era tres veces más pequeño. Es difícil de entender que usara unas herramientas que, a juicio de algunos especialistas, parecen más propias del Homo sapiens que del Homo erectus, incluso en su variedad original. ¿Existe la posibilidad de que esas herramientas sean realmente de nuestra especie? "El principal argumento contra esa hipótesis", explica Roberts, "es la existencia de herramientas de piedra de más de 100.000 años en la parte de atrás de la cueva. Los humanos modernos salieron de África después, y no llegaron a esta zona asiática hasta mucho más tarde, hace unos 45.000 años. No podemos estar seguros al 100% de que los hobbits [así llama Roberts al Homo floresiensis] construyeran esas herramientas, porque no hay restos humanos en esos depósitos. Pero si lo hicieron, debieron de navegar hasta Flores mucho antes de que el Homo sapiens se acercara al sureste asiático". Además, los científicos no han hallado restos de Homo sapiens en la isla anteriores a 12.000 años. Sólo aparecen después, cuando los hobbits desaparecen tras la erupción volcánica. Evidencias
geológicas Con todo, Roberts no está convencido de que el volcán eliminara a todos los hobbits de la isla. "Una erupción volcánica en la vecindad de la cueva de Liang Bua puede haber barrido esa población concreta, pero otros grupos de hobbits que vivieran más al este de la isla pudieron haber escapado a la catástrofe relativamente indemnes, y pudieron persistir hasta tiempos recientes, hace unos pocos miles de años, o tal vez sólo unos cientos de años". Si Roberts está en lo cierto, y si puede documentarlo con restos de Homo floresiensis mucho más recientes que los de la cueva de Liang Bua, la paleontología habrá demostrado la veracidad de una leyenda. Puestos a especular, ni siquiera ha faltado estos días quien ha sugerido la posibilidad de que, en cierto paraje recóndito de alguna de estas islas, sobreviva alguna pequeña población de ebu gogo, oculta a la mirada peligrosa de los actuales dueños del planeta. Roberts, preguntado por este diario, no se atreve a descartarlo por completo, pero lo considera casi imposible: "Hay una posibilidad remotísima de que una población persista en alguna región aislada de Flores, quizá en algún reducto selvático desconocido, o quizá en alguna zona remota de Sulawesi o Papúa Nueva Guinea. Esta última isla, ciertamente, tiene muchos valles que jamás han sido explorados por científicos occidentales. Por supuesto, no sabemos si los hobbits alcanzaron alguna vez la isla de Papúa Nueva Guinea, pero, por lo que hace al caso, ¡ni siquiera sabíamos que existían hasta septiembre del año pasado!". Turney opina: "Es posible que quede alguno vivo, aunque parece muy improbable. ¡Pero nunca se sabe! Desde luego, encontrar un hobbit vivo sería el descubrimiento del siglo, o quizá más". Según las leyendas recogidas por Roberts, los ebu gogo se comunicaban entre sí mediante una especie de murmullo, y si oían hablar a algún humano moderno, repetían la frase como hubiera hecho un loro. Pero es necesario esperar a los datos. Sin ellos, "las ideas son baratas", como suelen decir los científicos ante los excesos especulativos de algún colega. Cuanto más inesperado es un descubrimiento científico, más interrogantes nuevos plantea, y más campos abre a la exploración. La búsqueda de nuestros compañeros de viaje no ha hecho más que empezar. Enlaces |
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