Crónicas de Historias aún por ocurrir, o de cómo intentar lo absurdo sin conseguir lo imposible.
 
Capítulo 15
 
CUENTO DE NAVIDAD.
 
0.- Prólogo
 
Algún lugar, algo más lejos de aquí como pueda imaginarse, viajaba del verde al blanco bajo las primeras nieves del invierno. Una vieja casa de madera se mantenía inexplicablemente en pie ante los fuertes vientos. Dentro, un anciano se levantaba poco a poco. Con cuidado e inseguridad. No era el de las postales. Estaba mucho más delgado, casi famélico, y no tenía el aspecto bonachón que normalmente se le atribuye. Hubiera asustado a cualquier niño, aunque no le preocupaba. Tenía cosas más importantes en la cabeza. Una vez de pie, pasó la mano por la ventana para desempañarla y miró al exterior. La caída de la nieve le dijo todo lo que necesitaba saber, pero eso sólo era el principio. Faltaba algo...
 
En otro lugar, también alejado de los sitios que tú y yo podemos pisar sin acudir al uso de sustancias psicotrópicas, Siniest tenía aquello que faltaba. Lo miró una vez y se sintió satisfecho. Lo miró otra vez y no pudo creer su suerte. Al tercer vistazo decidió empezar a utilizar el objeto. ¿Dónde estaba el interruptor de encendido?
 
En un tercer lugar, más cercano a los planos físicos que frecuenta la humanidad, en alguna malagueña, Juan Pablo II resbalaba sobre su propio vómito. La caída fue dolorosa, habría que lavar la túnica otra vez, pero pudo levantarse de nuevo. Siempre lo hacía. Siguió tambaleándose hacia su casa. Cantaba la canción de los pajaritos, y aunque su cerebro no estaba para razonamientos elaborados pensaba que ya nada podría sorprenderle.
 
Pobre infeliz.
 
 
1.- Hijos de Dios.
"el hombre hizo los edificios que llegan hasta el cielo
y también hizo el coche, y aprendió a conducir
pero no hizo las flores, ni tampoco los árboles
y no te hizo a ti, ni tampoco me hizo a mí
y no tiene ningún derecho a convertirnos en máquinas"
 
El amanecer cogió al sumo pontífice abriendo la puerta de su pisito de soltero. Para entrar tuvo que abrirse camino entre los habituales montones de basura que él llamaba "decoración". Más allá de las cordilleras de papeles, tebeos y ex-enemigos disecados, estaba seguro, había una cama. Al final dio con ella, todo consiste en mantener la fe, se dijo. Tardó menos de un minuto en dormirse, pues tal es el poder de los chupitos de tequila, pero apenas le dio tiempo a llegar a la fase REM del sueño.
 
Alguien lo zarandeaba.
 
-¿Qué....?- sollozó mientras abría muy despacito los ojos, para después volverlos a cerrar de repente.
No podía ser, esto no estaba pasando.
 
El segundo golpe del alcohol, que es repentino e inesperado, puede caer en cualquier momento. En un momento determinado estás en el nirvana, empezando a dormirte y todo va perfectamente bien. Lo siguiente que sabes, al despertar, es que alguien te ha clavado un gancho de carnicero justo en mitad de la nuca. Esto recibe el nombre técnico de resaca, y basta con dormir un segundo para que suceda. Le puede pasar a cualquiera y acabará por pasarle a todos. La mayoría aceptan los dolores, la irritabilidad, la inestabilidad estomacal y el temblor de la realidad como un mal necesario, pero hay algo que ignoran: La resaca da mala leche, ganas de reventar el mundo y odio ilimitado. Da poder. Juan Pablo II no bebía por diversión. Se dopaba.
 
Lo que no daba la resaca era apariciones de ancianos escuálidos vestidos con un disfraz verde de Papa Noel. Eso debía ser por el golpe en la cabeza que le había dado el portero de aquel bar.
 
-Usted me conoce, santidad- dijo el anciano.
-Sí. No- dijo Juan Pablo II en un alarde de coherencia - Mira, vamos a hacer esto: Tú te vas de aquí, yo sigo durmiendo y luego fingimos que nada de esto ha pasado ¿vale?
-No habría venido si pudiera marcharme tan fácilmente. Venir aquí me dejó tan débil como parezco. Necesito su ayuda. -dijo en un tono de súplica que no le era habitual- Usted me conoce, santidad. ¿Quién soy?
-El puto Santa Claus.
 
Un par de cafés más tarde, el adalid de la cristiandad pudo reunir los suficientes recursos cerebrales como para escuchar la historia de Santa Claus.
 
-Lo descubrí hace un par de días, el tiempo que he tardado en llegar- dijo a modo de introducción el anciano. Parecía luchar contra todo el universo sólo para seguir vivo -Empezaba a nevar. Tenía que ponerme en marcha. Pero no estaba. Alguien se la había llevado.
-¿Qué se habían llevado?
-Er... mi risa. La dejé donde siempre, en el cajón de abajo, pero no estaba allí. Ni tampoco en mi casa. La habría encontrado.
-Espera... -dijo JP2 agarrándose al sentido común,, lo cual era un error mayúsculo si se tiene en cuenta el tipo de vida que llevaba- Vamos a ver, obviando que lo de que "me robaron la risa" suena a canción cursi de pimpinela, no alcanzo a entender cómo puedes guardar ese tipo de cosa en un cajón. ¿Es una metáfora?
-No, no es una metáfora. Es... ¿no guardáis vosotros canciones en discos de metal y plástico? Pues esto es algo parecido. Guardo mi risa, el "ho ho ho" que vosotros escucháis en un pedazo de metal. No es sólo el sonido, es el poder que transmite. Es lo que me hace ser lo que soy. Sin ese pedazo de metal me convierto en lo que estás viendo ahora, un viejo de huesos frágiles. Por eso tardé tanto en llegar aquí, utilizando el poco poder que me quedaba.
 
El anciano se detuvo en este punto. Era difícil explicar a un mero humano, por más caudillo de la cristiandad que fuera, el poder de su risa, del mismo modo que juan pablo II no podría explicarle a un olivo cómo funcionaban sus CD's. El anciano había forjado el metal hacía mucho tiempo, cuando no era más que otro mortal, destilando en él toda su magia y sus conocimientos. Luego fue añadiendo más cosas, poderes otorgados por otros poderes más allá de su propia comprensión. Su objetivo al crear ese trozo de metal era bueno, pero la espada que libera a un pueblo también puede sojuzgarlo. En manos inadecuadas, su risa podría ser la carcajada del anticristo.
 
Y ahora tenía que explicarle todo eso al sumo pontífice, y hacerle ver la necesidad de encontrar su risa. Dudaba de su elección, pero no hay tantos tarados inteligentes disponibles como uno podría imaginar a primera vista.
 
-Veamos... no estoy seguro de entenderte del todo, pero supongo que no es posible ni necesario -dijo JP2, despidiéndose con un "hasta luego" de la lógica- Se trata de encontrar un pedazo de metal en el que guardaste tu risa. ¿Qué aspecto tiene?
-Es una cruz gamada, símbolo de buena voluntad en las tierras donde nací y se inició mi leyenda.
-¿Una cruz gamada? Entonces has dado con tu hombre. Acabo de reducir tu lista de sospechosos a una persona.
 
 
2.- Saludad de mi parte a la nueva chica.
"La gente de tu parroquia está de acuerdo
en que no es una profesión seria
eso de intentar abrir los coches aparcados
ups, allá va otro año
ups, allá va otra botella de vino"
 
La casa de la sierra madrileña estaba casi vacía. Sus padres estaban en algún lugar del pirineo, esquiando. Sus hermanos se emborrachaban en alguna capital europea. Siniest podría haber hecho cualquiera de esas dos cosas en circunstancias normales, pero no estaba en circunstancias normales.
 
Volvió a mirar la cruz gamada. La sostuvo entre sus manos y, de nuevo, no pasó nada. No sabía por qué estaba tan obsesionado. Tenía varias cruces como aquella. No, no como aquella. Tan sólo se parecían. Tenía la impresión de que ésta era el modelo original del que salieron las demás. Algo le decía que, fuera el que fuera el poder que tienen los símbolos, su nueva cruz gamada no tenía un poder meramente simbólico. Volvió a concentrarse en su fantasía de un cuarto reich fundado en España por el gran Siniest, pero no consiguió nada. Decidió ir a una quedada con algunos frikis en la capital, quizás allí se le ocurriera algo, con sus víctimas delante. Desde una montaña, un trozo de metal pedía ayuda a su creador.
 
Habiendo sido desposeído de su poder sobrenatural, el anciano no podía viajar por los caminos habituales. Juan Pablo II tenía otros caminos habituales, más propios de aquellos que carecen de poderes. Gracias a Dios, casi nadie coge un autobús a Madrid en vísperas de Navidad. Pese a todo, el vehículo alcanzaba una respetable velocidad en la autovía, y era razonablemente cómodo. JP2 y su extraño compañero podían hablar tranquilamente.
 
-Lo que no acabo de entender es por qué precisamente yo- dijo el Santo Padre -Si lo miras bien, tú eres un icono absolutamente opuesto a la religión que yo represento. Sé que estás aquí y que existes, pero no puedo creer en ti. Va en contra de los valores del tipo que paga mi sueldo.
 
El anciano pareció turbado por unos instantes. No era fácil responder a ese tipo de preguntas sin su risa. Ya no era Santa Claus, en cierto sentido. Le costaba concentrarse.
 
-Sólo necesitaba que alguien me ayudara. Alguien capaz de tratar con lo anormal y tener el suficiente sentido común como para hacer lo que considere que es mejor para todo. Tu dios, ese tal Diso, tampoco acude siempre a quienes creen en él. A fin de cuentas, las creencias ciegas pueden llegar a ser un estorbo. Tú no crees en mí, pero yo sí creo en ti. Y eso tendrá que bastar.- dijo tras pensar unos segundos, con las lágrimas en los ojos.
 
La respuesta de Juan Pablo II se perdió entre ronquidos. Se había quedado dormido.
 
-Es tan capullo como me habían dicho- valoró el anciano.
 
En una cafetería madrileña, Siniest charlaba con su nueva conocida. Una chica gorda, fea, baja y con halitosis. Siniest odiaba mantener este tipo de charla intrascendente, aunque sabía que era necesaria para ganarse la confianza de las víctimas. Además, el hecho de que la chica fuera menos atractiva que los pelos del culo de la gata (y siniest lo sabía por experiencia (ver crónicas de... capítulo 14 (como mola esto de ir soltando autopublicidad))) le daba mayor agresividad. Cuando llegara el momento, Siniest sería toda una furia.
 
Volvió a concentrarse en el pedazo de metal que apretaba en su bolsillo, imaginando una y otra vez sus fantasías, lo que haría con la chica cuando llegara el momento. La esvástica pidió ayuda una vez más. Siniest se concentró con más fuerza en sus malvados propósitos, estaba seguro de que la cruz servía para algo. La lucha entre los dos era todo lo titánica que pueden permitirse estas crónicas. De repente, algo cedió.
 
-Vaya- dijo la chica. Su nombre era Reme, y sonreía por primera vez en toda la cita -Hablar contigo está bien. Pensé que serías un capullo, después de todo lo que escribes por ahí, pero me parece que en el fondo eres una buena persona. Y no he conocido a muchas, ¿sabes?.
 
Siniest maldijo al mundo en general. Tanto esfuerzo por conseguir ese objeto mágico y ahora esto. Eso sí, no pensaba comprarle flores. Todo el mundo tiene un límite, y Siniest no podía llegar al punto de las flores.
 
 
3.- Calle sin salida
"y deja de pedir disculpas por cosas que no has hecho
porque hay poco tiempo, y la vida es cruel
pero está en nuestras manos cambiar
esta ciudad llamada malicia"
 
-Hemos llegado demasiado tarde- dijo el anciano bajando con dificultad el escalón hasta la calle.
 
-Oh, bueno. Los autobuses, ya se sabe. Un cuarto de hora es para darse con un canto en los dientes.- respondió Juan Pablo II conversacionalmente.
 
-No, no es eso. Recibí una señal hace un rato, cuando estabas dormido. Tu amigo ha hecho saltar el seguro de mi amuleto. Ahora es suyo, puede manejarlo.
 
-¿Y eso que significa? ¿Fotos de Kurt Russel en las primeras páginas de todos los periódicos para mañana?
 
-Eso es lo que significa si Siniest así lo quiere. Ahora es el personaje más importante en muchos kilómetros a la redonda.
 
Juan Pablo II meditó unos instantes. Algo fallaba. Quizás fuera la incoherencia del narrador, dejando los suficientes cabos sueltos como para servir a una nutrida secta de locos suicidas. O quizás no, claro. No se enteraría si no lo preguntaba.
 
-Lo que no entiendo- dijo rascándose la oreja- es por qué demonios tuviste que poner todo tu poder en un objeto, y además al alcance de cualquiera. Quiero decir, ¿no es demasiado obvio lo que va a pasar a continuación? Si pones todo tu dinero debajo de una piedra en medio del bosque, ya puedes ir empezando a ahorrar de nuevo, o eso me parece a mí.
 
-Hum... Supongo que todos tenemos nuestros días tontos.
 
-Además, supongo que si tuviste el poder de crear esa cosa, tienes el poder de crearla de nuevo, o de ser tú mismo sin ella.
 
-Todo esto carece de sentido. Siniest ha ganado. Ya no soy nadie.
 
-Eso lo veremos. Si alguien tiene ascendiente sobre siniest, soy yo. Además, aún tengo mi BADM.
 
El anciano sonrió con el tipo de sonrisa que sólo pueden mostrar los que han presenciado el armagedón en primera fila. Era la clase de sonrisa que te da ganas de agradecer no haber visto tantas cosas, después de todo.
 
-Armas de mortal contra artilugios sobrenaturales. Veremos lo que pasa. Cosas más improbables se han soñado- dijo como toda explicación.
 
 
4.- Las flores no se inclinan con la lluvia
"Así que... seguiré fingiendo
que mi vida no acabará
y que las flores
nunca se inclinan con la lluvia"
 
El adalid de la cristiandad y su extraño compañero llegaron a la casa de Siniest al anochecer. Llamaron a la puerta. Juan Pablo II se preguntó a qué mente degenerada se le ocurriría poner una estatua de Millán Astray al lado de una columna corintia, pero supuso que así eran los ricos. O los locos de atar.
 
-Ah, coño. El papa- dijo Siniest tras abrir la puerta -No pienso dar nada para el Domund- añadió como precaución.
-No me jodas, Gabri. ¿Podemos entrar y tomarnos un whisky de ese tan caro que tiene tu padre?
-Pues no sé si queda, pero pasad...
 
En apenas media hora, JP2 se encargó de que no quedara nada de wishky. Ni de vodka, si nos ponemos. Siniest entró en modo "contención de daños" y se conformaba con darle al santo padre los licores de la chacha filipina. Su Santidad, como de costumbre, no notó la diferencia.
 
-Verás, Sinnie. Se trata de que aquí el amigo- y aquí JP2 intentó mirar a Santa Claus, pero lo cierto es que acabó mirando al techo- bueno, aquí este hombre tiene algo que es tuyo. O al revés. ¿Por qué no le das la puta cruz de una vez?
-Sabía que esta visita no era casual- respondió Siniest -Pero no le daré la cruz. La compré a un demonio que se hacía pasar por la encarnación de Franco y no pienso dársela a nadie. Es mía.
-Ey, si por mi fuera, tú te quedarías tu cruz. A fin de cuentas eres mi ami... coleg... estooo... conocido- dijo Juan Pablo II mientras intentaba hacer el pino, olvidando que el alcohol, después de todo, no da poderes- Pero, mira al abuelo. Tiene trabajo que hacer, y no puede hacerlo con un transistor sin pilas. Necesita esa cosa. Ningún niño sin su sonrisa, o asín.
-Que no, coño.
-He oído negativas más elegantes- dijo JP2 rascándose la cabeza tras su infructuoso intento de hacer una triple voltereta- Creo que ha llegado la hora de desenvainar mi BADM...
Siniest sintió aprensión. Todos sus encuentros con la BADM se habían cerrado con un agravamiento de sus almorranas. Agarró la cruz en su bolsillo y se concentró, se imaginó todopoderoso. Y esta vez fue mucho más fácil.
-En fin- dijo el caudillo de los cristianos sonriendo- Supongo que no es una mala idea que tú tengas esa cosa tan poderosa. Me fío de ti, sé que en el fondo eres buena gente.
El antiguo Santa Claus sonrió de nuevo, y cualquiera que lo hubiera visto se hubiera echado a llorar.
 
5.- Al final del túnel.
"Que Dios se apiade de ti y de mí
Que Dios se apiade del mar
Y cuando dices que así no puedes seguir
Ya sé que es verdad"
 
-No lo entiendo, de verdad- dijo JP2 extrañado- Yo estaba ahí, con ganas de darle de hoxtias al siniest, y de repente me siento como si me hubieran metido en vena dos docenas de capítulos de "David el gnomo".
 
-Sí, es extraño- concedió el anciano- Por la descripción que me has hecho de tu amigo siniest, lo lógico sería que hubieras caído fulminado en el mayor de los dolores. Y sin embargo experimentaste una sensación de bienestar extraña en ti. No sueles sentirte bien contigo mismo, lo he deducido por tu labor en este mundo. Pero antes fue así. La única explicación a todo esto, si tenemos en cuenta que mi amuleto hace realidad los deseos del que lo controle.
 
-Creo que sé por donde vas- dijo Juan Pablo II sonriendo.
 
-Sí, creo que me vendrán bien unas vacaciones.
 
-No deja de tener su gracia. Francamente, no sé si reírme de siniest o compadecerme de él.
 
 
6.- Epílogo: 15 años después.
 
El pequeño Gabrielito acabó de escribir su carta. Pedía lo que piden los niños de siete años, lo que implica varias toneladas de juguetes que acabarán siendo inservibles a las dos semanas. Su padre había intentado que el niño asimilara el concepto de moderación, pero es difícil convencer a los niños de que a satisfacción no es algo inmediato e ilimitado. Tendría que descubrirlo por si mismo, a lo largo de los años.
 
El padre de Gabrielito, que ya había olvidado su alias de Siniest, cogió la carta que le entregaba su hijo. La leería con atención.
 
Siempre se ha dicho de modo malicioso a los niños que santa claus es en realidad su padre, que decide ponerse un ridículo disfraz para dejarles paquetes en algún lado de la casa. Algunos niños acaban por convencerse de esto, y otros se resisten, aunque rara vez consiguen hacerlo pasados los 10 años. Y sin embargo, acaban ignorando lo más importante: Es tu padre el que pone los regalos, pero Santa Claus pone todo lo demás. Pone el 24 de Diciembre y a partir de ahí todo puede funcionar correctamente.
 
Algún día Gabrielito descubriría que Santa Claus era en realidad su padre. Su caso sería peculiar. A diferencia del resto de niños, Gabrielito estaría en lo cierto.
 

FIN
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