El mal menor, el Partido Popular y las trampas del sistema

Gerardo Prendes

 

En el clima de preguerra civil que está desarrollándose en España desde el 11-M, destaca la frecuencia con que los medios, humoristas y "artistas" afines al PRISOE, sedicentes "cristianos" progresistas o moderados y otros se refieren al Partido Popular y a sus principales dirigentes como si de la extrema derecha (sea lo que sea eso) se tratara.

Parte de esa estrategia (porque de una estrategia se trata, aunque pase desapercibida para muchos de quienes la secundan) ha sido atribuir al PP la organización de las recientes manifestaciones contra la negociación con los terroristas, contra el maricomonio y contra la LOE. Manifestaciones a las que más o menos se adhirió el Partido Popular, tarde, fragmentaria y vergonzantemente, y con cuya convocatoria poco o nada tuvo que ver.

La repetición machacona de las mentiras suele hacerlas pasar por verdades. No son pocos los españoles, hartos de la presente espiral de locura y disolución, y demasiado perezosos para informarse y pensar por su cuenta, que se sienten inclinados a creerse que los del PP son cristianos, patriotas, majos y olé, y que pueden evitar lo que empieza a parecer el definitivo finis Hispaniae. La realidad es bien otra.

 

El "mal menor" y el Partido Popular

Nada en la política del Partido Popular se diferencia de la del Partido Socialista. Tras los años de la cleptocracia felipista, el PP no modificó una sola de sus leyes inicuas, ni enmendó la disparatada política, interior y exterior, del PSOE. (La única muestra de relativa gallardía en defensa de los intereses españoles, la expulsión de los marroquíes del islote Perejil, fue decisión personal de José María Aznar, contra su Gobierno, contra su Ministerio de Asuntos Exteriores y contra La Zarzuela; y fue saboteada por los Estados Unidos, a pesar de lo cual desde La Moncloa y el Palacio de Santa Cruz se dijo lo contrario).

Las concesiones a los separatistas de Vascongadas y Cataluña fueron una constante en los gobiernos del PP, como lo habían sido en los del PSOE. La sustitución de los intereses nacionales por el servilismo hacia la Unión Europea y la OTAN, organizaciones en las que nos metieron los socialistas, aumentó bajo el Partido Popular.

Hasta alguna de sus políticas más abyectas, como la participación en la destrucción e invasión de Iraq y la imposición en aquel país de un régimen coránico bajo supervisión colonial estadounidense, fue iniciada por Felipe González en 1991 y continuada fielmente por José María Aznar y los suyos.

Las leyes de enseñanza socialistas sólo fueron tímida y mínimamente reformadas, sin efecto, al final del segundo mandato del PP. El laicismo social y escolar siguió implantándose tan firmemente como antes.

En materia de moral familiar y social, el Partido Popular dio ejemplo reuniendo en su Gobierno al mayor número de ministros divorciados de la historia de España. En materia militar, la reforma de las Fuerzas Armadas llevada a cabo por los ministros Eduardo Serra (heredado de los socialistas) y Federico Trillo-Figueroa nos han dejado, simplemente, sin ejércitos, sin capacidad defensiva (de la ofensiva ni hablamos) y sin independencia en la fabricación de armamento.

El aborto, la matanza legal (o "despenalizada") de inocentes, creció exponencialmente bajo el PP. No sólo eso: se amplió mediante la administración universal, gratuita y promocionada de las píldoras abortivas, práctica en la que son pioneras las comunidades autónomas y ciudades gobernadas por el Partido Popular (al igual que en la regularización legal de las uniones aberrosexuales).

Eso es lo que representa el "mal menor" que tantos quieren ver en el PP.

 

Las trampas del sistema

Con todo lo dicho (y con mucho más que puede decirse), ¿cómo es posible que desde los medios presuntamente hostiles al PP se le ataque como si de las fuerzas de la Contrarrevolución se tratase?

Precisamente porque el Partido Popular, imagen en el espejo del Partido Socialista, es para la oligarquía que nos desgobierna la garantía de que no habrá contrarrevolución. En otras palabras: se quiere y se fomenta la imagen de un PP que defiende la unidad de España y una cierta idea de decencia, para evitar que una fuerza verdaderamente decente, española y católica se alce y ponga fin a este monipodio.

La estrategia no es nueva. Lleva funcionando desde la muerte del General Franco, y desde antes.

 

La solución

El desalentador panorama que acabamos de pintar adquiere tonos más sombríos si se considera que el Partido Popular, como es la regla en la evolución de los grupos liberal-conservadores, está ahora en manos de gentes peores que hace diez años. El clan de Valencia rodea a un Mariano Rajoy sin ideas conocidas, de quien los expertos en las tenebrosas sectas aseguran que es masón, al igual que Rodríguez Zapatero, su histérica imagen en un espejo deformante. Una vuelta al poder del PP significaría, otra vez, la consolidación de cuanto los frentepopulistas han perpetrado, incluídas las concesiones a los separatistas (contra las que el PP esgrime ahora un ridículo referéndum).

Es urgente, si queremos evitar el definitivo finis Hispaniae al que aludíamos más arriba, que un número suficiente de españoles se dé cuenta de que lo que el sistema teme es, precisamente, la solución de los problemas. Un movimiento español, católico y sensato, que nazca de la realidad y la historia de la Patria. Que proceda a la restauración de las Españas de verdad. Nació hace tiempo: es el Carlismo.

 

 

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