Hechos tristes

 

 

Cesáreo Jarabo

 

 

La muerte de un ser querido es, sin lugar a dudas, la causa de una gran tristeza en sus deudos. Gran tristeza que es sobrellevada con la concurrencia de varias circunstancias: la Fe, la Esperanza, la Caridad, y la tranquilidad que da el haber hecho todo lo posible por el finado, y saber que el finado ha hecho lo propio.

 

Otra cosa sucede con excesiva frecuencia en nuestra triste sociedad de la opulencia y del genocidio.

 

En nuestra triste sociedad, con una frecuencia escalofriante (cada seis minutos) se asesina legalmente a un nonato; pero no acaba ahí el ansia genocida del sistema. Va mucho más allá, está gestando la legalización de otro método de genocidio, la eutanasia, que por supuesto no excluye otros que puedan ir incorporando.

 

Estas circunstancias son sobradas para que esta triste sociedad pase a la historia como la sociedad de la muerte, pero hay más extremos que abonan este aserto; entre ellas, el suicidio.

 

Vivimos en una sociedad de suicidio colectivo; en una sociedad donde la cantidad de depresiones que llega a ocasionar el propio sistema, provoca que los más débiles mentales acaben suicidándose, como acaba de acontecer en una persona de importantes relaciones familiares. Y no es lo peor cuando el suicida comete su crimen en soledad, sino cuando lo hace ocasionando otras muertes.

 

Lo triste, lo realmente triste, es que el hecho del suicidio, que siempre ha existido, nos sea presentado como algo natural, como una elección personal, como elección personal es el aborto o la eutanasia.

 

Lo triste, lo realmente triste es que las figuras públicas se enmarquen en estos hechos; se casen con divorciados; presenten como natural el divorcio y la promiscuidad, y den carta de naturaleza a todos los vicios sociales.

 

Cuando eso sucede, la sociedad se encuentra lista para que el tirano haga exactamente lo que desee sin que surja ninguna voz disonante… Cuando eso sucede, también puede surgir el libertador, porque la sociedad, del mismo modo que soporta con paciencia la tiranía y maldice pública y privadamente el revulsivo que hace falta, si acaso llega éste, acaba conviviendo con él, primero con indiferencia y posteriormente con decisión.

 

 

 

 

 

 

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