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Hubo una época y en particular la que comprenden entre los siglos X al XV, en el cual la cifra de hechiceros creció significativamente en Francia; cuentan los estudiosos de esos tiempos que la cifra rondaba los trescientos mil. Edictos, ordenanzas, procesos, condenas, bulas pontificias, todo esto no tuvo éxito, es más cuanto más se trataba de exterminar a los hechiceros más se multiplicaban. El tribunal de la Inquisición, cuyos pilares y bases fueron establecidos en Verona en el año 1183, los asimiló a los herejes.


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Este organismo funcionó con sumo rigor en el siglo XIII y de un modo mucho más trágico en Italia y España, violando, a causa de su fanatismo, la libertad individual de las personas, aplicando terribles y vergonzosas torturas a los hechiceros. Un siglo antes, el papa Gregorio VIl protesto contra tales excesos en una carta al rey de Dinamarca, Harald Hein, encareciéndole que se tratara con caridad a aquellas mujeres a quienes el odio y la imbecilidad populares imputaban las epidemias, tempestades y otras desgracias. “Si no -añadía el pontífice- Dios castigará severamente a los daneses en el caso de que se continúe tratando a esas desventuradas con tanta crueldad.”
 
Los demonios andaban errantes preferentemente en la noche: cualquier persona que se encontraba en el camino y no hacía la señal de la cruz se hallaba en peligro de muerte o condenación. Se afirma que un joven, en quien concurrieron las circunstancias antedichas, fue de repente transformado en asno.
Los hechiceros, pero preferentemente las hechiceras se apresuraban a consagrar a los pequeñuelos al diablo, siempre y cuando no los estrangulaban con sus manos para confeccionar ungüentos mágicos hechos “principalmente de grasa y huesos de recién nacidos”. Las hechiceras “anudadoras de nudos” sabían desencadenar la tormenta a discreci



Cuando comenzó el cristianismo se habían admitido los poderes de los conjuradores. En la Edad Media podían éstos ser los capaces de inducir las tempestades, yendo cerca de una fuente, echando un poco de harina y agitándola con una varita de avellano. Se conocían, además, talismanes muy eficaces, como, por ejemplo, la piedra gedi, que se la debía mojar en el agua para provocar beneficiosos chaparrones o causar irreparables daños a un enemigo. Por lo general los hechiceros eran los que hacían los conjuros. El conjuro podía ser hecho asimismo por el sacerdote mediante invocaciones a Dios. Es posible encontrar tazas de él en los primeros siglos del cristianismo; un ritual de Lyon, de 1542, indicaba aún detalladamente el modus faciendi de la ceremonia. Estas prácticas se utilizaban a veces para la guerra, en forma de táctica: cuando la flota de Carlos V asedió Argel, un conjurador berberisco se acercó al mar se metió en el agua hasta la cintura, golpeó a su alrededor con una varita al la vez que decía unas palabras mágicas. “Al instante se levantó una tempestad espantosa que hizo que se fugaran los españoles”.
En Provenza se tiraban hacia afuera de las casas las cadenas que colgaban de las chimeneas de los hogares, y en Poitou se ponía al revés un caldero cerca de la puerta para “alejar la tormenta”. Domesticados por estos procedimientos rudimentarios, los elementos solían acatar las órdenes, por lo que en esa época se comentaba, y los hechiceros de hoy en día sostienen.


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