ðHwww.oocities.org/es/hibridal/obraelt.htmlwww.oocities.org/es/hibridal/obraelt.htmlelayedxBXÕJÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÈ!pkROKtext/html€8ËzkRÿÿÿÿb‰.HTue, 04 Nov 2003 18:33:20 GMT2Mozilla/4.5 (compatible; HTTrack 3.0x; Windows 98)en, *BXÕJkR

 

Lumpérica

 

Me preguntó:—¿cuál es la utilidad de la plaza pública?

Yo miré extrañado a ese hombre que me hacía una pregunta tan rara y le dije un tanto molesto:—Para que jueguen los niños.

Pero su mirada siguió pegada a la mía y me dijo: ¿Sólo para eso?

Bueno—le respondí—es un área verde, trae oxígeno al ambiente.

Pero cuando ya creía que se iba a ir a otro tema, me dijo: ¿De veras que es sólo para eso?, piensa un poco más. Entonces empecé realmente a esforzarme por recordar las escasas veces que yo había permanecido allí, lo que había visto y le contesté:—En verdad es un sitio de recreación, aunque también llegan muchos enamorados, ahora que lo pienso, está también llena de enamorados.

—¿Y qué hacen los enamorados en la plaza pública? —Se besan y se abrazan, le dije.

—¿Y qué más hacen allí?, continuó.

—A veces he visto que tocan sus cuerpos, contesté.

—¿Qué quieres decir con que tocan sus cuerpos?, insistió el otro.

—Se acarician, dijo el que interrogaban.

—¿Y en qué lugar exactamente ocurre eso?, dijo el interrogador.

—Generalmente están sentados en los bancos de la plaza, aunque a veces están apoyados en los árboles pero esto pasa menos. Ellos se tocan acariciándose sentados sobre los bancos.

Así lo hacen.

El interrogatorio pareció detenerse, o al menos, el silencio lo indicaba así. Por eso, cuando la voz del otro se levantó de nuevo el interrogado se sobresaltó.

—¿Y qué más has visto en la plaza?, preguntó con energía .

El interrogado se demoró unos instantes en contestar: —He visto viejos que también se sientan en los bancos, especialmente con sol hay muchos viejos, dijo.

—¿Y qué hacen los viejos sentados en los bancos? ¿cuánto tiempo se quedan?, preguntó el interrogador.

—No hacen nada, piensan, pero si alguien se sienta a su lado ellos intentan conversar, por eso tal vez siempre están solos o bien se sientan de a dos o tres, pero nunca conversan entre ellos, sólo hablan cuando su vecino de banco no es un anciano, respondió el interrogado.

—Pero no contestaste toda la pregunta, dijo el otro, ¿cuánto tiempo se quedan allí?

—Por muchas horas, contestó.

—¿Quiénes más acuden a la plaza?, insistió el que lo interrogaba.

Se agotaban sus respuestas. Tuvo que concentrarse una vez más en su magra observación de la plaza hasta que una imagen llegó a su mente. Por eso le dijo con tono seguro:

—Mendigos, se ven algunos mendigos. Eso dijo.

—¿Mendigos?, ¿y qué hacen ésos?

—Se tienden en el pasto y he visto algunos que lo hacen sobre los bancos. Duermen de cara al sol cuando lo hay, o bien si es Invierno y hace frío se tapan con trapos o con diarios, dijo el que interrogaban.

—Y los demás ¿se molestan por sus presencias?

—Nadie se acerca a ellos y si hay niños cerca, éstos son llamados por sus madres. Donde ellos están se produce un vacío. Creo haber oído alguna vez que está prohibido dormir en las plazas, dijo el interrogado con un dejo de entusiasmo en la voz.

—¿Quiénes más, preguntó el que lo interrogaba, aparecen por allí?

El creyó que ya no tendría respuesta. Qué más podría haber en la plaza fuera de unos cuantos que mataban allí su ocio. Dios mío, quiénes más acudían a ese lugar. Sabía sin embargo que debía responder, más le valía al menos, por eso dijo:

—Algunos desquiciados, llegan algunos locos que están muchas horas igual que los demás, pero éstos, a diferencia de los otros, hablan solos e incluso hacen discursos incoherentes—se expresaba ahora más sueltamente pero la gente, si bien también se aleja de ellos, no tiene la misma actitud que hacia los mendigos como si supieran que ninguno les va a hacer daño. No es frecuente que aparezcan, pero tampoco es tan extraño verlos allí.

—¿Y cómo sabes tú que son locos?, dijo el que lo interrogaba.

—Bueno, contestó, es fácil; por sus gestos, por lo que dicen, no sé, hay algo en sus miradas que hace imposible confundirlos. Se ve de inmediato que son enfermos, que algo anda desajustado en ellos, están en otra parte, su mente está en otra parte.

—¿Recuerdas a alguno en especial?, inquirió el interrogador.

—No, a ninguno en particular. Me parecen tipificados, como si se constituyeran por suma, dijo, o tal vez es siempre el mismo que se presenta más desgastado cada vez.

No sabía que más podría venir si seguían en eso. Ya el haber incluido a los dementes en la plaza le parecía asombroso, pues en realidad, casi no había reparado en ellos. Siempre su permanencia en la plaza era más bien un intermedio entre una cosa y otra y como tal, ese lugar no llamaba su atención. Por eso le parecía ahora que era una especie de observación inconsciente lo que afloraba y que vio mucho más allá de lo que había imaginado. Así estaban las cosas. Pero estaba seguro que las preguntas se habían agotado.