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Me acosté el domingo –anoche- pensando en la tarea del lunes, de toda la
semana... Era la semana del natalicio de Martí... Había que escribir para
BOHEMIA... El martes, se reunirían los Leones para honrar la memoria del Apóstol...
El jueves, habría aún, por toda la República, vísperas de amor desolado,
“nochebuenas” de los malos días sin vigencia martiana... El viernes 28,
el aire estaría lleno de discursos, toda clase de discursos: mentirosos e hipócritas
unos; otros lacerados y nostálgicos: los que toman a Martí de pretexto y los
que aún quisieran tenerle de lábaro. Los pobres niños volverían a
desfilar, la cabeza al sol, frente a la estatua del que dijo que ellos eran la
esperanza del mundo, y le pondrían flores que el sol quemaría en seguida
hasta dejarlas reducidas a mísero polvo de homenaje... La estatua seguiría
allá, alta, blanca y callada en su pedestal, con su inútil, pero incansable
índice en alto; mientras en el cementerio de Santiago de Cuba los mármoles
no dejaban siquiera florecer ya el polvo de sus huesos...
Me acosté pensando en eso –pensando qué pensaría Martí si levantara la
cabeza, si pudiera ver esta tierra nuestra de hoy... El pobre, murió con su
ilusión a cuestas, como se lleva a cuestas un ala: “Lo que tengo que decir,
antes de que se me apegue la voz y mi corazón cese de latir en este mundo, es
que mi patria posee toda las virtudes necesarias para la conquista y el
mantenimiento de la libertad”... “tengo una fe absoluta en mi pueblo, y
mejor mientras más pobre. A ver si me falla. Esa sí que sería puñalada
mortal...”
¿Qué pensaría, si levantase la cabeza, si pudiese contemplar el espectáculo de
esta patria corrompida... esos turnos sucesivos de gobernantes ineptos, o
disolventes, o superficiales o ladrones... esta politicada de aventureros y
negociantes... esos farsantes de virtud que se le titularon herederos para
mejor defraudar otra vez la esperanza rediviva de su pueblo y se fueron
cargados de millones y cinismo?... ¿Qué diría el profesor de ternuras si
viese esta violencia rampante y logrera, que una siniestra complicidad pone a
cundir por las calles, y ese tesoro de la República desvalijado, y ese
Congreso vendido, y esas clases que miran solo a su propio interés de
utilidades y jornales?...
¿Qué diría el Maestro si viese las aulas compradas, el magisterio comodón,
analfabeto todavía el campesino, los institutos hechos criaderos de revuelta,
la Universidad distraída de sus tareas grandes por el menester externo, los jóvenes
de porvenir estable yéndose a aguar el sentimiento patrio en el Norte, y toda
la juventud que se queda en casa, o casi toda, minada por el descreimiento que
el descrédito engendra, por la frivolidad que la irresponsabilidad autoriza,
por el utilitarismo a que la venalidad da ejemplo?... ¿Qué diría si viese
que nuestra economía, mal afirmada aún en la tierra, está todavía a la
merced de guerras y de indulgencias de fuera; que nuestra libertad se parece
demasiado al “libertinaje”, sin que muchos cubanos puedan aún “pensar y
hablar sin hipocresía”; que la ciudadanía, encallecida y apática, se
encoge de hombros y no acaba de ver por ninguna parte un hombre de talla
creadora?... ¿Pensaría aún el Maestro que Cuba estaba no más que
“sudando su calentura”, o, por el contrario, la vería ya enferma hasta la
misma entraña?
Con estos angustiosos pensamientos –nacidos de la perspectiva de esta semana
martiana- tardé mucho en dormirme. Era esa penumbra borrosa, entre la vigilia
y el sueño, donde la última imagen, la última idea, se queda insistiendo en
la conciencia con una constante percusión... ¿Qué diría Martí?... ¿Qué
diría Martí?... Perezosamente se dibujaban a veces las alternativas, pero
siempre como suspensas en el gancho de la interrogación: ¿Doblaría el
Maestro la cabeza para sumirse otra vez en el sueño de su gloria personal? ¿O
apelaría a los caracoles de las playas para llamar a rebato a los indios
muertos?
Hasta que al fin vino el sueño –un sueño incoherente, como todos, y, sin
embargo, curiosamente razonador a trechos... Sí, yo creo que haría eso todavía,
que lo haría otra vez, que volvería a dar aldabonazos en la conciencia del
cubano. Porque a aquel hombre no se le agotaba la fe, y era, además, de los
que pensaban que la queja era una prostitución del carácter...
En ese desmedido narcisismo de los sueños, donde parece que se nos ensancha el
propio ámbito hasta hacerse capaz de darle cabida a voces ilustres, escuchaba
a Martí repetir, con voz sorda y ahogada por la ira, aquellos versos suyos: ¡Oh,
qué visión tremenda! ¡Oh, qué terrible procesión de culpables!
Pero enseguida le veía como renacer en su propia fe y ternura, para decirnos, con
una seguridad maravillosa, que no era verdad que todo su pueblo estuviera
enfermo, sino que el pueblo sano se había dejado caer en manos con garras. Férvidamente
hablaba de los muchos hogares, de las incontables oficinas y talleres, de los
coloquios innúmeros en que todavía se escucha la voz dolorida de los cubanos
de conciencia... A veces parece que se resignan desesperadamente y hasta que
sonríen de la común vergüenza; pero es la manera que el cubano tiene de
disimularse a sí mismo su bochorno y su ira... Lo que pasa es que se les ha
vuelto pasiva la indignación. Se han olvidado de que cuando hay muchos
hombres sin decoro, es necesario que otros tengan –y que tengan en activo-
el decoro que a los demás les falta.
En el sueño, vagamente, me parecía que alguien se permitía hasta interpelar a
Martí... ¿Qué haría él, si viviese? ¿Qué haría si le hubiera tocado,
no aquella hora grande, de netas alternativas históricas, sino esta hora crítica,
confusa, en que se tienen que debatir contra el denso aprovechamiento los
ideales dispersos –en que unos van por el catolicismo, otros por el
comunismo, otros se aferran a un democratismo casi desesperado, otros todavía
piensan en dictaduras salvadoras? ¿Qué haría él, para unir todo ese
idealismo, o ideísmo nacido, nacido como de la misma ansia, pero incapaz de
articularse para una acción remediadora y creadora? ¿Qué haría él, con
hombres de esta pequeña talla que al idealismo le han ido quedando? Y con
estos que prometían tanto, pero al llegar al poder hicieron lo mismo o peor
que los otros?.. El mal de Cuba no es que esté toda ella corrompida, sino que
ha caído en manos corrompidas. Bueno, ¿no habría que empezar por explicar
esa inversión de nuestra vida pública?
Alguien habló –no sé si fui yo mismo: me cuesta siempre mucho trabajo recordar mis
sueños- del sufragio universal. A lo peor fui yo: había estado leyendo la
noche antes unas reflexiones del gran historiador alemán Jacobo Burckhardt Sobre
las crisis de la Historia. Se me habían quedado golpeándome la
conciencia liberal, entre otras, estas palabras tremendas:
“Los buenos liberales e incluso los agiotistas radicales pueden caer de rodillas
ante los líderes populares pidiéndoles con toda su alma que no hagan tonterías.
Los políticos, empero, si quieren ser reelegidos, no tienen más remedio que
hacerse con los estratos más gesticuladores de la masa nacional, y estos
exigen que se haga continuamente algo, pues en otro caso no creen que haya
‘progreso’. Bajo el sistema del sufragio universal no es posible salir de
este círculo vicioso. Mientras las masas puedan ejercer presión sobre sus
méneurs,
y mientras no surja algún poder que dé la voz de ¡alto! –cosa hoy
totalmente inverosímil-, será preciso ir sacrificando sucesivamente cargos,
patrimonio, religión, costumbres distinguidas, ciencia superior, etcétera. Y
este poder, si surge, solo podrá surgir del seno del mal y será tal como
para producir horror.”
Tal vez, pues, fue un eco de esas palabras el que preguntó –a espaldas de mi
conciencia “democrática”, pues eso es justamente lo que en los sueños
ocurre: que ellos nos burlan la conciencia-:
-¿Cómo es posible devolverle el decoro a nuestra vida pública, si el electorado se
empeña en elegir a los hombres que le roban su decoro?
Ni aún en sueños, me atrevo a poner palabras en aquella boca inimitable. Pero,
al cabo, uno no es responsable de sus delirios. Otros soñarán distinto, pero
a mí lo que me pareció oír es que Martí estaba en su fe inconmovible, lo
que le había alimentado todo el ansia de su vida. Si los buenos cubanos son
todavía los más y, sin embargo, los políticos que se eligen son los malos
políticos, la causa de ello tiene que ser que la mayoría de los cubanos no
cuenta para nada en las elecciones. En realidad, están ausentes del ejercicio
de su primer deber público. Porque este no consiste solamente en votar por
los candidatos que les presenten, sino, antes de eso, en intervenir en la vida
de los partidos para que estos presenten los candidatos que deben. Si todos
los buenos actuasen en los partidos, serían ellos quienes los dominaran...
-Pero, Maestro, es que ya no creen que valga la pena actuar hasta ese punto... Es que
eso ocasiona muchas incomodidades, da muchos disgustos, representa una pérdida
tremenda de tiempo... Los buenos se han vuelto egoístas... Saben, además,
que si no lo fueran, si se decidiesen a actuar y efectivamente llegasen alguna
vez al poder, la cura que tendrían que hacer en nuestra vida pública exigiría
procedimientos que les aterran: autoritarismo férreo, sanciones implacables,
supresión de muchos abusos disfrazados de derechos, meter en cintura mucho
espíritu oligárquico que invoca el orden para su provecho, y mucho espíritu
demagógico que en nombre de la justicia fomenta la anarquía...
El Apóstol meneaba negativamente la cabeza. ¡No! ¡No! Bastaría que los buenos
estuviesen en el poder, que actuasen con evidente limpieza y buena fe, aunque
a veces se equivocaran: bastaría que apelasen con la voz de su conciencia a
la conciencia de su pueblo... Este respondería.
-Respondería, Maestro, si esa voz fuera tu voz, si estuviese otra vez encarnada en ti... ¡Pero
ya no tenemos gente de tu talla!
Sufría yo, entre las sombras del sueño, por apresar aquella voz, de sombra ella
misma. A veces me parecía que se levantaba con el texto de sus propios
escritos: El mayor mérito propio pesa como una vergüenza cuando descubre,
por el contraste la escasez del mismo mérito en su pueblo... Aun en su
trasmundo, el Apóstol evadía esa vergüenza adornando generosamente de
virtudes a su propio pueblo... Solo desdeña a los demás quien en el
conocimiento de sí halla la razón para desdeñarse a sí propio... ¡Pongan
el ideal a guerrear, nada más que el ideal, con solo huestes de cubanos
conscientes detrás! Ya surgirán los hombres: siempre los dan de sí los
pueblos en sus horas de crisis... Lo que tengo que decir, antes de que se me
apague la voz..., es que mi patria posee todas las virtudes necesarias para la
conquista y el mantenimiento de la libertad.
La voz, en efecto, se apagó de nuevo. Desperté yo de mi sueño, que a veces fue
pesadilla. Pero a la mañana, me pareció que se me había vuelto a encender
en el espíritu luz bastante para celebrar, sin demasiada melancolía, la
semana de Martí. Bien se está él en su sombra iluminadora. No es él, sino
este pueblo nuestro quien debe levantar la cabeza.
30 de enero de 1949
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