|
Grande en la vida y en la muerte, heroico en el
aspirar y en el ejecutar, así fue Martí. Ayer se le miraba como un
conjunto de raras y contrapuestas cualidades. Hoy, a nuestros ojos
asombrados y entristecidos, su vida nos parece hecha de un solo bloque
de indestructible granito. Martí fue un hombre tipo. Uno, por la fijeza
de su idea, uno, por la firmeza de su carácter. Todo lo inmoló por esa
idea, que no era otra que la redención de un pueblo. El artista
exquisito olvidó su arte, el hombre apasionado sus afectos. Martí se
desposeyó de sí mismo por completo y por completo se dio a Cuba.
Demasiado sabía lo que cuesta esa consagración. Mas nunca se le vio
vacilar. Aunque sus pies sangraran proseguía su camino; aunque
desgarraran sus oídos los silbidos y los insultos, continuaba mirando
hacia delante. ¿Qué obstáculo podía detenerlo? ¿Qué riesgo
amedrentarlo? Sabía él que la mirada de Cuba lo seguía, y estaba
dispuesto a merecer esa preferencia, para enseñar a los otros a
merecerla. Sabía más, sabía que iba a la muerte, lo presintió, lo
profetizó. Pero, ¿qué le era la muerte, si lo que él quería era dar
vida a un pueblo? Para que resplandeciera en lo más alto la pureza de
su corazón, sería quizás necesario que una bala enemiga lo
traspasara. No importaba. Él iría a desafiar la bala enemiga. Pero
entonces sus enemigos, que eran los enemigos de Cuba, tendrían que
callar avergonzados; y este silencio sería el principio del triunfo de
Cuba. El no lo presenciaría, no disfrutaría de sus beneficios. Tampoco
importaba si ya su obra estaba realizada, y Cuba recogía el fruto
glorioso y sangriento.
¿Cabe mayor grandeza de alma? No, no hay vida más digna de admiración
que la del patriota cubano José Martí. Sus amigos íntimos lo reconocían,
cuando le daban el noble y cariñoso título de maestro. Los cubanos
todos lo reconocemos, cuando lo veneramos con el nombre insigne de mártir.
Fue maestro que enseñó doctrinas de libertad, lecciones de concordia,
ejemplos de dignidad moral. Y por su vida de abnegación y por su muerte
heroica ha merecido que se sintetice su carrera en la palabra gloriosa,
que pone un nimbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes
nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca, y a
los Cristos, clavados en su cruz, la palabra SACRIFICIO
Cuando Martí regresó a Cuba, en 1879, su nombre no me era extraño.
Conocía de él ya un folleto político, que me había impresionado
vivamente, tanto por el fervor y nobleza de las ideas, cuanto por lo insólito
del estilo. Sabía que el autor, cuando lo escribió, era un
adolescente; y no podía menos de sorprenderme el sello de vigorosa
personalidad que se marcaba, a cada paso, en esas páginas, que parecía
vibrar, como si las animara el eco de la voz de Lamennais.
Fue aquella, época de grande efervescencia de ideas, entre nosotros. La
cátedra académica preludiaba lo que había de ser poco después la
tribuna política; y traía un concurso ávido de la bella palabra y de
nuevas doctrinas. Se aseguraba que el recién llegado poseía el don de
elocuencia; y fácil, como lo he sido siempre, a dejarme encantar por la
virtud de la oratoria, ardía en deseos de oírlo.
A poco de su llegada, me ofreció la ocasión apetecida: una fiesta del
Liceo de Guanabacoa. Nunca olvidaré el embeleso en que estuve todo el
tiempo que habló Martí. La cadencia de sus períodos, a que solo parecía
faltar la rima para ser verso, mecía mi espíritu como verdadera música
y con el efecto propio de la música. Al mismo tiempo, pasaban ante mí,
como enjambre de abejas doradas, como surtidores y canastillos de agua
luminosa, como saetones de fuego que se abren por el éter en manojos de
oro, zafiro y esmeraldas, sus palabras sonoras, en tropel de imágenes
deslumbrantes, que parecían elevarse en espiras interminables y poblar
el espacio del fantasma de luz. Era un arrullo continuado que me producía,
en vez de somnolencia, deslumbramiento.
Cuando supe que había de contestarle, desperté bruscamente, y con no
poco sobresalto, porque advertí que, cautivado por la melodía, poca
atención había podido prestar a la trama lógica de las ideas. Mi
impresión había sido artística y no intelectual. Supongo que de ello
habría de resentirse la disertación con que le contesté. Todavía los
primeros párrafos de ella revelan la suspensión en que me había
dejado esa palabra y esa imaginación desbordadas y cautivadoras.
Oí después a Martí otras veces, siempre con mucho gusto, pero con
efecto más atenuado. Sucedió así, no porque el orador se mostrase
inferior a sí mismo, sino, porque más habituado yo a su manera, mi
gusto vaciado en otros moldes estaba ya prevenido y, sin poderlo
remediar, a la defensiva. No tuve nunca oportunidad de escucharle ningún
discurso político. Pero me doy cuenta del efecto maravilloso que debía
producir, sobre todo en los emigrados soñadores, anhelosos de
esperanzas, su palabra de vidente, desatada en torbellino por la
vehemencia de su fe patriótica.
Nuestro trato fue breve, porque fue la estancia del tribuno en Cuba.
Algunos años después me encontraba en Nueva York, primera etapa de mi
infructuoso viaje a España como diputado a Cortes. A la mañana
siguiente al día de mi llegada, estaba yo en el comedor del hotel,
cuando vi adelantarse rápidamente hacia mí, con los brazos abiertos, a
un hombre de nervioso andar y ojos chispeantes, que me llamaba por mi
nombre, con acento regocijado. Era Martí, que desde ese momento me
acompañó con frecuencia, hablándome sin cesar de Cuba.
Fue otra forma de hechizo la que ejerció sobre mí el orador del Liceo,
pero más duradera. De Martí en la plática mano a mano, en la efusión
espontánea de su pensamiento ardoroso, que brotaba por los labios, los
ojos, y los ademanes, podía decirse con verdad lo que el Cosimo de
D'Annunzio dice del escultor Gadi (sic): “Pertenece a la más noble de
las castas humanas; es un vivificador”.
Sí; su palabra era algo viviente que trasfundía vida. Me parece verlo,
el día que nos separamos, detenidos los dos en un ángulo de la reja
que rodea el cementerio de Trinity Church. En medio del bullicio
atronador de aquella parte, congestionada siempre, de la enorme ciudad,
yo no oía sino su voz conmovida, que me conmovía; deslumbrado una vez
más por su lenguaje fulgurante; enternecido por sus expresiones de
afecto; confundido un instante con él en una misma tristeza por la
incertidumbre que envolvía, cual pesada niebla, el porvenir de la
Patria; admirado yo de verlo sacudir de súbito esos pensamientos sombríos,
como si ya su visión interna se alumbrara con los lejanos resplandores
de una nueva aurora.
Nunca más nos encontramos; pero nos escribíamos de cuando en cuando.
Sus cartas, fuera el que fuese el asunto, tenían el mismo magnetismo de
su conversación. Se le oía y se le veía al través de los amplios
trazos de su letra nerviosa. Escribía a sus amigos como le hablaba; las
imágenes florecían bajo su pluma como en sus labios; el corazón se le
derramaba tras las palabras. “Increíble es que nos esperen mayores
desdichas, me decía en una de ellas; pero parece de veras que nos están
reservadas humillaciones y angustias más temibles, por menos
remediables, que las que le tienen a usted atribulado el corazón, y a mí
como muerto en vida. ¡Qué alegría verlo a V. Entre estas penas como
una flor de mármol!”
En el verano del año 94 hice un viaje a
Nueva York, para verlo. De acuerdo con algunos amigos, resueltos como yo
a seguir a nuestro pueblo por el camino por donde se lanzara, pero que
juzgábamos deber imperioso detenerlo cuanto fuera posible al borde del
oscuro vía crucis, para que midiese bien sus fuerzas y los obstáculos
de todo orden que habían de contrastarlo, quise intentar un supremo
esfuerzo acerca de aquel hombre de gran corazón, que ya sabía de
antemano mi modo de apreciar el problema y las circunstancias en que se
planteaba.
Cuando desembarqué, hacía pocos días que Martí había salido para México.
Me avisté con uno de sus lugartenientes, que era también mi amigo:
Benjamín Guerra. Este me oyó cortésmente, sin desabrimiento; pero
como quien desde luego sabe que no ha de ser persuadido. Me ofreció
transmitir a Martí mis palabras; mas, cuando nos separamos, la visión
que me persiguió por algunos momentos fue la de una gran oscuridad en
cuyo seno se produce de súbito un gran incendio.
No he vuelto a ver a Martí, sino ahora, sobre su blanco pedestal de mármol,
glorioso desaparecido que ha entrado en la inmortalidad. No sé si será
un sentimiento egoísta; pero más quisiera que su mano extendida
pudiera aún calentar la mía; y que su ancha frente de iluminado
pudiera todavía inclinarse sobre Cuba, para dar calor a su alma con las
chispas de su noble pensamiento.
Fecha de Publicación
en Bohemia: 21 de mayo de 1911
En el Sitio WEB: 2003
|