Martí en el recuerdo
Enrique José Varona. 
Mis recuerdos de Martí. El Fígaro
, 27 de febrero, 1905

     
    

 Grande en la vida y en la muerte, heroico en el aspirar y en el ejecutar, así fue Martí. Ayer se le miraba como un conjunto de raras y contrapuestas cualidades. Hoy, a nuestros ojos asombrados y entristecidos, su vida nos parece hecha de un solo bloque de indestructible granito. Martí fue un hombre tipo. Uno, por la fijeza de su idea, uno, por la firmeza de su carácter. Todo lo inmoló por esa idea, que no era otra que la redención de un pueblo. El artista exquisito olvidó su arte, el hombre apasionado sus afectos. Martí se desposeyó de sí mismo por completo y por completo se dio a Cuba. Demasiado sabía lo que cuesta esa consagración. Mas nunca se le vio vacilar. Aunque sus pies sangraran proseguía su camino; aunque desgarraran sus oídos los silbidos y los insultos, continuaba mirando hacia delante. ¿Qué obstáculo podía detenerlo? ¿Qué riesgo amedrentarlo? Sabía él que la mirada de Cuba lo seguía, y estaba dispuesto a merecer esa preferencia, para enseñar a los otros a merecerla. Sabía más, sabía que iba a la muerte, lo presintió, lo profetizó. Pero, ¿qué le era la muerte, si lo que él quería era dar vida a un pueblo? Para que resplandeciera en lo más alto la pureza de su corazón, sería quizás necesario que una bala enemiga lo traspasara. No importaba. Él iría a desafiar la bala enemiga. Pero entonces sus enemigos, que eran los enemigos de Cuba, tendrían que callar avergonzados; y este silencio sería el principio del triunfo de Cuba. El no lo presenciaría, no disfrutaría de sus beneficios. Tampoco importaba si ya su obra estaba realizada, y Cuba recogía el fruto glorioso y sangriento.

¿Cabe mayor grandeza de alma? No, no hay vida más digna de admiración que la del patriota cubano José Martí. Sus amigos íntimos lo reconocían, cuando le daban el noble y cariñoso título de maestro. Los cubanos todos lo reconocemos, cuando lo veneramos con el nombre insigne de mártir. Fue maestro que enseñó doctrinas de libertad, lecciones de concordia, ejemplos de dignidad moral. Y por su vida de abnegación y por su muerte heroica ha merecido que se sintetice su carrera en la palabra gloriosa, que pone un nimbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, la palabra SACRIFICIO

Cuando Martí regresó a Cuba, en 1879, su nombre no me era extraño. Conocía de él ya un folleto político, que me había impresionado vivamente, tanto por el fervor y nobleza de las ideas, cuanto por lo insólito del estilo. Sabía que el autor, cuando lo escribió, era un adolescente; y no podía menos de sorprenderme el sello de vigorosa personalidad que se marcaba, a cada paso, en esas páginas, que parecía vibrar, como si las animara el eco de la voz de Lamennais.

Fue aquella, época de grande efervescencia de ideas, entre nosotros. La cátedra académica preludiaba lo que había de ser poco después la tribuna política; y traía un concurso ávido de la bella palabra y de nuevas doctrinas. Se aseguraba que el recién llegado poseía el don de elocuencia; y fácil, como lo he sido siempre, a dejarme encantar por la virtud de la oratoria, ardía en deseos de oírlo.  

A poco de su llegada, me ofreció la ocasión apetecida: una fiesta del Liceo de Guanabacoa. Nunca olvidaré el embeleso en que estuve todo el tiempo que habló Martí. La cadencia de sus períodos, a que solo parecía faltar la rima para ser verso, mecía mi espíritu como verdadera música y con el efecto propio de la música. Al mismo tiempo, pasaban ante mí, como enjambre de abejas doradas, como surtidores y canastillos de agua luminosa, como saetones de fuego que se abren por el éter en manojos de oro, zafiro y esmeraldas, sus palabras sonoras, en tropel de imágenes deslumbrantes, que parecían elevarse en espiras interminables y poblar el espacio del fantasma de luz. Era un arrullo continuado que me producía, en vez de somnolencia, deslumbramiento.

Cuando supe que había de contestarle, desperté bruscamente, y con no poco sobresalto, porque advertí que, cautivado por la melodía, poca atención había podido prestar a la trama lógica de las ideas. Mi impresión había sido artística y no intelectual. Supongo que de ello habría de resentirse la disertación con que le contesté. Todavía los primeros párrafos de ella revelan la suspensión en que me había dejado esa palabra y esa imaginación desbordadas y cautivadoras.

Oí después a Martí otras veces, siempre con mucho gusto, pero con efecto más atenuado. Sucedió así, no porque el orador se mostrase inferior a sí mismo, sino, porque más habituado yo a su manera, mi gusto vaciado en otros moldes estaba ya prevenido y, sin poderlo remediar, a la defensiva. No tuve nunca oportunidad de escucharle ningún discurso político. Pero me doy cuenta del efecto maravilloso que debía producir, sobre todo en los emigrados soñadores, anhelosos de esperanzas, su palabra de vidente, desatada en torbellino por la vehemencia de su fe patriótica.

Nuestro trato fue breve, porque fue la estancia del tribuno en Cuba. Algunos años después me encontraba en Nueva York, primera etapa de mi infructuoso viaje a España como diputado a Cortes. A la mañana siguiente al día de mi llegada, estaba yo en el comedor del hotel, cuando vi adelantarse rápidamente hacia mí, con los brazos abiertos, a un hombre de nervioso andar y ojos chispeantes, que me llamaba por mi nombre, con acento regocijado. Era Martí, que desde ese momento me acompañó con frecuencia, hablándome sin cesar de Cuba.

Fue otra forma de hechizo la que ejerció sobre mí el orador del Liceo, pero más duradera. De Martí en la plática mano a mano, en la efusión espontánea de su pensamiento ardoroso, que brotaba por los labios, los ojos, y los ademanes, podía decirse con verdad lo que el Cosimo de D'Annunzio dice del escultor Gadi (sic): “Pertenece a la más noble de las castas humanas; es un vivificador”.

Sí; su palabra era algo viviente que trasfundía vida. Me parece verlo, el día que nos separamos, detenidos los dos en un ángulo de la reja que rodea el cementerio de Trinity Church. En medio del bullicio atronador de aquella parte, congestionada siempre, de la enorme ciudad, yo no oía sino su voz conmovida, que me conmovía; deslumbrado una vez más por su lenguaje fulgurante; enternecido por sus expresiones de afecto; confundido un instante con él en una misma tristeza por la incertidumbre que envolvía, cual pesada niebla, el porvenir de la Patria; admirado yo de verlo sacudir de súbito esos pensamientos sombríos, como si ya su visión interna se alumbrara con los lejanos resplandores de una nueva aurora.

Nunca más nos encontramos; pero nos escribíamos de cuando en cuando. Sus cartas, fuera el que fuese el asunto, tenían el mismo magnetismo de su conversación. Se le oía y se le veía al través de los amplios trazos de su letra nerviosa. Escribía a sus amigos como le hablaba; las imágenes florecían bajo su pluma como en sus labios; el corazón se le derramaba tras las palabras. “Increíble es que nos esperen mayores desdichas, me decía en una de ellas; pero parece de veras que nos están reservadas humillaciones y angustias más temibles, por menos remediables, que las que le tienen a usted atribulado el corazón, y a mí como muerto en vida. ¡Qué alegría verlo a V. Entre estas penas como una flor de mármol!”

En el verano del año 94 hice un viaje a Nueva York, para verlo. De acuerdo con algunos amigos, resueltos como yo a seguir a nuestro pueblo por el camino por donde se lanzara, pero que juzgábamos deber imperioso detenerlo cuanto fuera posible al borde del oscuro vía crucis, para que midiese bien sus fuerzas y los obstáculos de todo orden que habían de contrastarlo, quise intentar un supremo esfuerzo acerca de aquel hombre de gran corazón, que ya sabía de antemano mi modo de apreciar el problema y las circunstancias en que se planteaba.

Cuando desembarqué, hacía pocos días que Martí había salido para México. Me avisté con uno de sus lugartenientes, que era también mi amigo: Benjamín Guerra. Este me oyó cortésmente, sin desabrimiento; pero como quien desde luego sabe que no ha de ser persuadido. Me ofreció transmitir a Martí mis palabras; mas, cuando nos separamos, la visión que me persiguió por algunos momentos fue la de una gran oscuridad en cuyo seno se produce de súbito un gran incendio.

No he vuelto a ver a Martí, sino ahora, sobre su blanco pedestal de mármol, glorioso desaparecido que ha entrado en la inmortalidad. No sé si será un sentimiento egoísta; pero más quisiera que su mano extendida pudiera aún calentar la mía; y que su ancha frente de iluminado pudiera todavía inclinarse sobre Cuba, para dar calor a su alma con las chispas de su noble pensamiento.

Fecha de Publicación en Bohemia: 21 de mayo de 1911
En el Sitio WEB: 2003

Enrique José Varona Puerto Príncipe, 1849 - La Habana, 1933. 
Intelectual y pedagogo cubano. Después de la muerte de Martí dirigió el periódico Patria.  Publicó libros de poesía y ensayo, así como numerosos artículos periodísticos. Mantuvo una indoblegable actitud cívica frente a la dictadura de Gerardo Machado Morales, motivo por el cual la juventud universitaria cubana lo reconoció como su Maestro. En Cuba se venera su memoria. Hay un Instituto Superior Pedagógico que lleva su nombre