El Cid
Campeador
¿Héroe o mercenario? |
Hace 900
años murió Rodrigo Díaz, llamado Sidi (señor, en árabe) Campidocti (maestro en
el campo del honor, en latín), el Cid
Campeador, y la literatura le convirtió en
el héroe español por antonomasia. Pero su figura histórica no está tan clara;
combatió a favor de los cristianos y también de moros, y algunos episodios de su leyenda
no son ciertos.
(Artículo
de Alberto Porlan editado en MUY INTERESANTE, Octubre 1999, Nº 221)
Sobre la figura del Campeador han llovido
tantas opiniones controvertidas a lo largo de los nueve siglos transcurridos desde su
muerte, que ya no es fácil deslindar lo que fue realmente de lo que unos y otros han
querido hacer de él.
A diferencia de otros héroes nacionales
como Sigfrido o Rolando, nombres aupados por la leyenda pero cuya entidad histórica no
está documentada, el Cid tuvo además, una realidad histórica concreta.
Se trata de un héroe discutible, puesto que
es posible rebuscar en las fuentes históricas para contrastar la realidad de lo que
escribieron sobre él los poetas.
Por eso hay cidofilia y cidofobia. Como es
natural los cidófilos se aportan en las crónicas cristianas y los cidófobos en las
crónicas musulmanas.
¿Pero estamos en condiciones de juzgarle?
El mundo en que vivió era tan distinto al nuestro, e ignoramos tantas cosas sobre los
motivos de sus decisiones, que la empresa se antoja imposible.
En todo caso los hechos escuetos fueron
éstos: el primer dato seguro que tenemos de Rodrigo Díaz es su firma al pie de un
documento real fechado en 1065. Debía rondar entonces los 22 años, de modo que su
rúbrica como fedatario al lado de importantes personajes del reino castellano se
justifica solamente por su amistad con el joven rey Sancho II, más tarde conocido como
el Fuerte.
Sancho era uno de los cinco hijos del rey
Fernando I, quien había conseguido reunir por primera vez las coronas de Castilla y de
León.
Poco antes de morir, Fernando repartió su
reino entre sus cinco hijos, privilegiando al segundo, Alfonso, que recibió León, frente
al primogénito, Sancho, que recibió Castilla. Galicia y los territorios portugueses le
fueron otorgados al tercero, García, mientras que las princesas Urraca y Elvira
recibieron respectivamente las ciudades de Zamora y Toro.
Rodrigo Díaz no formaba parte de la alta
nobleza de Castilla, no era sino un joven infanzón de largo linaje -pero de cortísima
hacienda- a quien Sancho había tomado aprecio por su valor y sus condiciones para el
combate.

Vivió
en la corte, como otros jóvenes hidalgos
Desde los tiempos de la monarquía visigoda,
existía la costumbre de que los príncipes acogieran en sus palacios a jóvenes de
familias ilustres, con los que seguían vinculados toda la vida. Además, su padre, Diego
Laínez, había prestado importantes servicios al reino, y sus abuelos tenían gran
influencia en la corte.
La amistad del rey, casi de la misma edad
que Rodrigo, debió granjear al joven infanzón de Vivar no pocas envidias entre los
miembros de aquella corte, sobre todo cuando Sancho le nombró jefe de su guardia.
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Es
probable que, intentando contrarrestar esas envidias, lo escogiese el rey como campeón de
un combate singular con un caballero navarro, en donde había de dirimirse, a modo de
ordalía o juicio de Dios, la posesión de una villa fronteriza entre ambos reinos.
El éxito de Rodrigo quedó reflejado en un documento
anónimo que le llama campidocti, o sea, "ducho o maestro en el campo del
honor", de donde procede su apelativo de Campeador que equivale más o menos a
nuestro actual "campeón".
A partir de entonces, Rodrigo se convierte
en la mano derecha de su rey, el cual, a su vez, decide que ya es hora de reparar la
injusta herencia de su padre. De momento, y en connivencia con su hermano Alfonso, rey de
León, invade Galicia, territorio de García, el tercer hermano, quien en realidad no
debiera haber sido coronado nunca dado su escaso entendimiento. García es desterrado a la
corte del rey moro de Sevilla, su tributario.
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Así iba al combate "Viste su inmejorable loriga, ciñe la
espada damasquinada en oro por mano maestra, toma la lanza de fresno con fuerte hierro,
ajusta sobre su cabeza el yelmo refulgente". |
Después Sancho va a por Alfonso, con quien
se enfrenta en Golpejeras y, tras vencerle en un combate muy duro, le hace prisionero, le
destierra y se instala en su trono de León.
A los leoneses no les gustó. Sobre todo a
los grandes señores que habían seguido a Alfonso al destierro. Ni a Urraca, que sentía
debilidad por su hermano destronado y convirtió su ciudad de Zamora en un foco de
sedición.

La
felonía de Bellido Dolfos
Sancho se vió obligado a poner sitio a la
ciudad, y el responsable del sitio no fue otro que el Campeador, que aún no había
cumplido 30 años.
El 7 de Octubre de 1072, cuando la ciudad
estaba llegando al límite de la resistencia, un supuesto desertor zamorano llamado
Bellido Dolfos se presentó ante los sitiadores ofreciéndoles el modo de entrar en ella.
Pero en lugar de éso, al ser conducido a presencia de Sancho, se apoderó de un venablo y
lo atravesó con él de parte a parte.
La felonía de Dolfos supuso un vuelco
completo en la historia de España y, por supuesto, en la de Rodrigo Díaz.
De momento, la situación política era
inusitada. Castilla se había quedado sin rey, y los de León y Galicia estaban
desterrados. Naturalmente, Alfonso vuelve a marchas forzadas y se refugia en Zamora, donde
colma de prebendas a Urraca.
Por su parte los castellanos convocan cortes
y no encuentran más solución que lo de proclamar rey a Alfonso. Pero antes, le exigen el
juramento solemne de que no tuvo parte en la traición zamorana de Bellido Dolfos. Aunque
no hay pruebas históricas de ello, es plausible que la tradición esté acertada cuando
afirma que fue Rodrigo Díaz, como el mejor amigo de Sancho y su hombre de confianza en
vida, el encargado de tomar juramento a su hermano. Sin embargo, la misma tradición se
engaña cuando hace de esta jura la causa del destierro del Campeador.
Alfonso era un rey bien dotado para la
diplomacia, y de ninguna manera buscaba malquistarse con Rodrigo ni con la nobleza
castellana que el hidalgo representaba.

La boda
de Rodrigo con Jimena
De hecho, trató de ganárselo casándolo un
par de años después con su sobrina Jimena, hija del conde de Oviedo, y liberando de
tributos las tierras de su familia.
La verdadera causa de este destierro parece
que obedeció a un exceso de celo por parte de Rodrigo, quien actuó militarmente por su
cuenta en un par de ocasiones sin recibir instrucciones del monarca, interfiriendo en la
intrincada política de entonces.
| La ocupación
cristiana de los territorios tomados por los musulmanes no fue, como parece, sólo una
guerra lineal de religión. Se desarrolló en distintas etapas, en medio de las cuales
hubo numerosos períodos de coexistencia entre moros y cristianos y de sunisión de unos a
otros. En la misma época del Cid, muchos taifas tenían su reino cristiano protector y
las alianzas y desacuerdos entre ellos cambiaban de año en año.
En el mapa pequeño inferior pueden verse
en color naranja los límites de la Reconquista cristiana en la época del Cid. En color
rosa se señalan los reinos árabes y en verde, los que cambiaron de mano durante la vida
de Rodrigo. En naranja también se indica el Señorío del Cid en Valencia. Los puntos son
ciudades importantes o batallas de la época.
Bajo él, en el otro mapa se
aprecia qué reinos había en la península a la muerte del rey Fernando I.
La división fue: 1 Reino de
Galicia; 2 Reino de León; 3 Reino de Castilla; 4 Reino de Navarra; 5 Reino de Toledo; 6
Beni Caçin; 7 Varias taifas; 8 Beni Hazin; 9 Moctadir; 10 Yusuf Modaifar; 11 Condados
catalanes; 12 Cerdeña; 13 Reino de Aragón; 14 Reino de Badajoz; 15 Reino de Sevilla; 16
Varias Taifas; 17 Beni Yahwar; 18 Reino de Granada; 19 Mohamad Matasin; 20 Varias Taifas;
21 Taifas dependientes de Valencia;
22
Reino de Denia
Las zonas que tienen el mismo
color pertenecían a los mismos señores o a señores asociados. |
Como quiera que fuese, el caso es que la
verdadera leyenda de Rodrigo comenzó a fraguarse cuando dejó a su mujer y a sus hijas en
el monasterio de Cardeña y abandonó Castilla seguido por sus amigos parientes y
vasallo
A
partir de entonces en que se inicia su interminable peripecia guerrera que concluirá con
la toma de Valencia, se convirtió en algo muy parecido a un mercenario errante, con la
peculiaridad de que nunca se alzó en armas contra el rey que le había castigado ni
contra sus intereses.
Y éso
no era fácil, habida cuenta del cambiante sistema de alianzas y enfrentamientos entre los
muchos reinos peninsulares.
Se ofreció primero a los hermanos Ramón
Berenguer y Berenguer Ramón, condes de Barcelona, pero los catalanes lo rechazaron. Así
que saltó a Zaragoza, donde reinaba Muctadir, el más poderoso de los reyes de taifas,
quien le recibió con los brazos abiertos.
Muctadir murió pronto, se dividió el reino
entre sus hijos y Rodrigo apoyó al primogénito, Mutamin, mientras que su hermano Monsir
solicitó la ayuda del Conde Berenguer Ramón, que se había deshecho criminalmente del
suyo.
Y una vez más, según sucediera tantas
otras a lo largo de la Reconquista, los cristianos se enfrentaron a los cristianos como
aliados respectivos de sendas facciones musulmanas. Ganó Rodrigo, que a partir de
entonces comenzó a ser conocido con el tratamiento árabe de sidi, (señor), y
el eco de su victoria no tardó en llegar a oídos de su antiguo rey Alfonso.
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Este último le permitió volver a Castilla,
pero una vez allí le dejó bien claro que no tenía futuro en su corte, de modo que
regresó a Zaragoza para luchar al lado de Mutamin contra Sancho Ramírez, rey de Navarra
y Aragón, a quien derrotó por completo en Morella el mes de Agosto de 1084.
Después, su actividad se detuvo durante
tres años en los que Alfonso tomó Toledo, provocando una situación militar tal que los
días del Islam hispánico parecían estar contados.
Y entonces, todo volvió a empezar...
En el Magreb apareció un movimiento
integrista de corte radical, el de los almorávides, monjes guerreros imbuidos
por el ardor fanático de la guerra santa.
Aunque les temían más que a los
cristianos, los taifas decidieron formar una embajada para pedir su apoyo, y los
almorávides pasaron a la península
Alfonso reunió un gran ejército y bajó
hasta Sagrajas, junto a Badajoz, donde sufrió una derrota de la que a duras penas pudo
salir con vida.
Los Almorávides luchaban con una entrega y
un furor desconocido, y se convirtieron en una amenaza para todos los reinos cristianos.
Así que el rey Alfonso volvió a acordarse
del Campeador, lo llamó a su lado y le hizo donación de un gran señorío en tierras de
Burgos y Cantabria. Le necesitaba para mantener controlado el flanco levantino mientras
él trataba de contener a los almorávides, que ocupaban el sur y el suroeste, y le
ofreció oficialmente quedarse para él y sus descendientes con cuantas tierras
conquistara en aquella zona.
Por espacio de siete años, el Cid y los
suyos, a base de alianzas, escaramuzas y grandes batallas -como la de Cuarte, que las
crónicas musulmanas llaman "la locura del espanto"-, mantuvieron neutralizado
el Levante español, cuyos reinos le pagaban anualmente un tributo que se ha estimado en
unos 300 kilos de oro.
En 1094, entró en Valencia y se estableció
en la ciudad. Fue su gran momento de gloria. Envió un regalo fabuloso a su rey Alfonso, e
hizo que su mujer e hijas viajaran desde Cardeña para reunirse con él. A la vez, envió
a su único hijo varón, Diego, a la corte de Alfonso.
Pero aquello no fue más que un momento. El
dificilísimo equilibrio que exigía su posición le impidió disfrutar de su triunfo y en
sus últimos años conoció la auténtica amargura.
Sus hijas, a las que había otorgado una
fabulosa dote para casarlas con nobles castellanos y que por cierto se llamaban Cristina y
María (no Sol y Elvira), fueron utilizadas para afrentarle.
Su hijo Diego murió acompañando a Alfonso
en la batalla de Consuegra.
El 10 de Julio de 1099, Rodrigo Díaz dejó
de existir en su señorío de Valencia, sin haber sido derrotado militarmente en toda su
vida.

Felipe
II impulsó su canonización
¿Culpable o inocente? En todo caso, una
vida marcada por los acontecimientos exteriores, una vida a remolque de las
circunstancias.
Si lo que se juzga es la relación de
Rodrigo con el rey Alfonso, se juzga la historia de una fidelidad mantenida a todo trance.
Si se quiere algo parecido a un amor imposible.
¿Sanguinario? No especialmente, dio
innumerables muestras de generosidad con los vencidos.
¿Codicioso? Tampoco, aunque necesitaba
grandes sumas para mantenerse en guerra constante.
¿Soberbio? No hay un sólo ejemplo de ello,
aunque no le faltaron motivos.
Muchos años después de su muerte, parece
que Felipe II trató de que el Papa le canonizase como santo. No lo consiguió: al fin y
al cabo Rodrigo había combatido cien veces apoyando las banderas del Islam.
Pero entre las crónicas árabes, que a
menudo le califican como "el perro gallego", se lee asimismo: "...aunque
fue el azote de su época, también fue este hombre un milagro entre los milagros de Alá
por su energía, por la viril firmeza de su carácter y, sobre todo, por su heroica
bravura".
Alberto
Porlan
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