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Diálogos de la serie televisiva Kung-fu |
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Debes prepararte para lo que te aguarda en tu camino elegido como sacerdote. La naturaleza del viento, del fuego y del hielo. La fragilidad de la condición humana en el hambre, en la sed y en la fatiga. Los instintos depredadores de las cosas vivientes: la codicia y la vanalidad enterradas en el corazón de los hombres. Debes estar preparado para sobrevivir a todo eso.
- Estos agraciados movimientos que ahora efectúas, junto con los rigores de todas aquellas disciplinas que tus maestros te imponen, te ayudarán a desarrollar la fuerza interior, aquella que llamamos "chi". Y, cuando llegues a enfrentarte con tus más grandes pruebas, tus retos más altos, cuando recurras a tu "chi", ella no te abandonará.
- Se dice con frecuencia que para ser efectivo uno debe actuar con rotundidad y gran fuerza. Pero ¿qué se puede ganar con semejante trayectoria? Si el fin en el que uno está embarcado es una acción honrada, fluirá a la manera del Tao. Hay fuerzas en movimiento a las que nada podemos añadir. Nada podemos sustraer. Si nuestra senda es la correcta sólo podemos seguir una trayectoria. La acción correcta es la de no hacer nada y todo quedará hecho.
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- ¿Existen tales cosas?
- ¿Existen las guerras, la carestía, la enfermedad y la muerte? ¿Existen la lujuria, la codicia y el odio?
- Existen. Pero ¿cómo? ¿De dónde vienen?
- Son creaciones del hombre materializadas por el lado oscuro de su naturaleza.
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Maestro: mientras recorro estos caminos, ¿no hay ninguno donde pueda pedir ayuda cuando la necesite?
- Ninguno.
- ¿No sería útil?
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Para aquellos que nos destruirían... En el pasado, cuando confiábamos en nuestros grandes maestros como guías,
- Como ola sobre este océano, como simple flor en un campo de flores. ¿Qué pedirá la gente?
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Que la guíes contra sus enemigos: los déspotas, los tiranos, la maldad, las iniquidades, la ignorancia, la persecución, la superstición, el deshonor,...
- ¿Qué se esperará de mí cuando abandone el templo?
- Que camines por los caminos de la tierra y utilices lo que has aprendido en beneficio del pueblo.
- ¿Sabré siempre cuándo actuar y cuándo retirarme?
- Aquello que no conozcas, la práctica te lo enseñará rápidamente.
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Has pasado por aquí muchas veces, pero nunca te habías detenido. ¿Qué es lo que te ha llamado la atención?
- El tapiz, maestro.
- Ah, un tesoro de gran antigüedad y belleza.
- ¿Belleza, una imagen tan siniestra?
- ¿Acaso te asusta?
- Me inquieta. La figura del centro, ¿tiene algún nombre?
- "El demonio". ¿Por qué te inquieta?
- Lo he visto antes, en alguna parte.
- ¿Dónde?
- No puedo decirlo.
- Pudo haber sido en tu mente.
- Tal vez fuera así.
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Es probable. Todos tropezamos con un demonio cuando nuestra conciencia está intranquila. ¿Qué te atormenta?
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Mis pensamientos parecen advertirme de un encuentro con este demonio. Es como si quedara algo pendiente entre nosotros.
- ¿Sabes qué, por qué?
- No puedo recordarlo.
- ¿No puedes, o acaso es que prefieres no recordarlo?
- Maestro, me doy cuenta de que el tapiz no puede hablar, pero le hablo y no me contesta.
- Entonces, ¿a quién te diriges? ¿A tí mismo?
- Sí.
- ¿Y eres capaz de contestar a la pregunta que el tapiz no puede contestarte?
- No, maestro.
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¿No será porque, al igual que el tapiz, nosotros también estamos mudos mientras nos inmovilicen las hebras del miedo, expresamente tejidas?
- ¿Qué debo hacer, maestro?
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Eso lo sabrás una vez que hayas identificado a tu demonio y te hayas enfrentado a él. Sólo entonces estarás cara a cara con el objeto de tu miedo, aquello a lo que le has dado la forma de este demonio.
- Tengo miedo, maestro.
- ¿Por qué?
- Podría perder el rumbo dentro de este extraño mundo y no volver a emerger nunca de él.
- Es un riesgo.
- ¿Debo correr ese riesgo?
- Es la única forma de enfrentarte a tu demonio.
- Yo no deseo enfrentarme a él.
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Huir de tu demonio es obligarle a él a perseguirte. Es mejor que te anticipes y le veas en su mundo que retirarte y dejarle entrar en el tuyo. Ante ti se halla la puerta que conduce a otra realidad. Debes cruzar su umbral, debes entrar en ese mundo, ver a tu demonio donde quiera que estuvieras en el pasado cuando tú lo creaste, por muy joven que fueras en aquel momento…
- ... He entrado.
- ¿Ves ahora a tu demonio?
- Empiezo a verlo.
- ¿Qué aspecto tiene? ¿Es tal y como lo retrata el tapiz?
- Muy parecido, pero más presente, más real.
- ¿Qué más ves?
- Nada. Sin embargo, oigo cosas.
- ¿Cosas?
- Sonidos, voces, creo...
- ¿Aún atormentado?
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A veces, maestro, parece como si se levantara un muro entre los demás y yo. Un muro a través del cual puedo ver, pero no tocar.
- Y, ¿sientes que el fallo está dentro de ti mismo?
- No sé dónde está el fallo, pero me siento muy mal.
- En tu conversación con esos otros, ¿queda más sin decir de lo que se dice?
- Así es.
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¿Quién puede conocerse a sí mismo tan bien como para decirlo todo y oírlo todo? Dice el sabio: "Moldea la arcilla en una vasija, corta puertas y ventanas para una habitación, pero son sus espacios interiores los que la hacen útil". Por lo tanto, debemos escuchar los espacios entre nosotros y debemos oír los silencios.
- Maestro, ¿cómo podemos encontrar nuestro camino cuando todos los senderos parecen oscuros?
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El verdadero camino pasa por la oscuridad y por las sombras y ninguna de estas es causa de desesperación. El sabio ha dicho: "Los cinco colores ciegan la vista. Los cinco tonos ensordecen el oído. Los cinco sabores embotan el gusto". Por consiguiente, el hombre sabio se guía por lo que siente, no por lo que ve. Cuando nuestros sentidos están confundidos y dominados, nuestros más profundos sentimientos pueden, no obstante, mantenernos en el camino.
- Maestro, he observado a otros y parecen conocer el camino.
- ¿Lo conoces tú?
- Me siento perplejo e inseguro. Me muevo en un sentido y luego en otro sin ninguna meta.
- Y, por consiguiente, sufres...
- Sí, maestro.
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Ha dicho el sabio: "Otros están contentados. Yo, solo, voy a la deriva sin saber dónde estoy. Estoy solo, sin ningún lugar a donde ir. Soy diferente. Me alimenta la gran madre"...
- Maestro, ¿podemos continuar hablando de las fuerzas del destino?
- Habla.
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Cuando estamos delante de dos caminos, ¿cómo podemos saber si será el camino de la derecha o de la izquierda el que nos conduzca a nuestro destino.
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Has hablado del azar, como si tal cosa existiera con certeza. En la materia de la que hablas, el destino, no existe nada llamado azar, porque sea cual sea el camino que elijamos, el de la derecha o el de la izquierda, debe conducir a un fin y ese fin es nuestro destino.
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| Fin |
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