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El arte como fragmento, como la pieza de una nada, reticulada según una línea que no se contiene, que no demarca fronteras, sino que nos abre al vacío, a la inmanencia de la obra de arte ¿obra, digo?, a la experiencia del ‘en frente de’ o al posicionamiento de la objetualidad de ese pedazo de arte arrancado a la obra o la experiencia artística (¿artística?) constituida a partir del objeto llamado obra. O sea, Djetou versus Duchamp, o mejor todavía (o sea, dicho con justeza, dicho con rigor), Djetou versus Oyarzún. Djetou versus esa experiencia del arte hecha obra de arte, leída desde la obra de arte, comprendida desde el taller, desde el artista, desde el sujeto material y trascendente, de la obra de arte. El arte, en suma, convertido en moral.
Oyarzún no tiene un carajo de idea de qué es el arte. Los ready-made intuyen la experiencia de lo artístico... pero no se definen por la obra, no irrumpen en el universo de la poesis por la objetualidad así producida. La obra siempre es muda: el sujeto del ‘en frente de’, el de la experiencia arrancada de ese fragmento material del arte, es el que hace el ruido. Que nos importan a nosotros “la bicicleta en pedazos” o “el gran vidrio” o el “tablero de ajedrez”... que nos importa, a nosotros, incluso, ese trazo que define la objetualidad, la trascendencia de un sentido, la prepotencia de un significado, de un contenido travestido de forma, que instala una razón en medio de la locura, la razón de Oyarzún en ese trazo llamado Duchamp... perdón...quise decir Djetou.
Djetou es una invención. Mejor todavía: Djetou es un gesto, el gesto de la provocación. Gesto que nos instala en un afuera del pensar; en la inmanencia de una episteme que redefine el rostro del arte en la falta... en la ausencia de una obra... o mejor aún: en el desplazamiento desde la obra a la perplejidad, al horror, al espanto, al gesto que disimula la obra, que esconde la obra, que provoca a la obra. Djetou, o el arte que está en contra de la moral; Djetou o el arte que irrita a la moral.
Una imagen... simple, imprevista, insólita, ridícula para ojos que no se atienen a la reducción del paisaje a una mueca, a un guiño geométricamente inoportuno... a la figura solapada de un mocoso insolente y solitario, paseándose empelotas por el patio de un colegio de secundaria. Ya. Pavor. Sospecha. Ubicuedad. Eructo en la mesa a la hora de la cena. Djetou y una nueva performance; una nueva apuesta del arte. El mundo es mi teatro. No hay allí obra; desapareció también la prepotencia del autor. El arte se ha desplazado a la calle; a la provocación, al desmantelamiento, a la desprogramación de una dieta altamente controlada. ¿Qué importa a partir de allí Djetou? El arte ha quedado reducido a la relación, al vínculo inmanente, al instante previo y al durante, al gesto y a la intención, a la comunicabilidad de lo incomunicable, a la sonrisa retorcida y al desdén de ese sujeto empelotas y a los ojos que lo inmortalizan en la ridiculez, el asombro, la indiferencia cínica, el pavor, el espanto, la censura, el placer.
Djetou no existe. Djetou ha desaparecido. El arte se ha movido desde el gesto -Djetou transformado en un puro gesto, en la inmaterialidad de la interrupción de un eructo a la hora de la cena- hacia la mirada..., el punto de vista, la subjetividad, el terror que lo desclasifica, lo desubica... lo inhabitúa en la desaparición de la obra y en la irrupción del gesto. Como el de árboles y madres de Marchant... como los zapatos rotos del Willy, el Willy cantando losing my religion en la secretaria académica de la escuela de filosofía del pedagógico. Recuerdos varios que se diseminan en el imperio del trazo... de un arte reducido al trazo.
Conocí a Djetou en las frías y malolientes salas de clases de un colegio de secundaria. Entonces éramos tres: Djetou, la Marta y yo... y soñábamos con hacer un viaje (a lo Foucault con Wade y Michael) al valle de la luna, al desierto de atacama, y fumarnos unos güiros, y bebernos un tecito de floripondia, y quedar borrados del mapa, ajenos a las signaturas que definen y torturan a este mundo y al otro... Yo sería Mefisto, la Marta sería Fausto y Djetou se contentaría con ser Margarita. Sueños pútridos de un pasado fantasmal e incalculable que nos alcanzó apenas para una noche a medias, en las pistas improvisadas de la discotheque carrera, a la siga, los tres, de una mujer de senos grandes, muy grandes, inobjetables; bebiendo de una caja de vino adquirida en las inmediaciones, en una botillería clandestina, a cambio de unos pesos mal habidos. Como cuando bebí hasta la inconciencia en compañía de la Cecilia Monge, en casa de un profe de filosofía que entonces no conocía, junto a su esposa periodista y a su hija, y luego aparecí en las inmediaciones del mapocho, incoando incoherencia de calibres insostenibles. He allí que el museo había derribado sus muros en mi... yo era aquel trazo que se imponía en la tela de la vida, a la orilla de un camino, como el dibujo –el trazado- de esa carretera que se rebasaba permanentemente en la figura del Dean Moriarty de Jack Keroac. El mundo era mi teatro: el arte estaba en todas partes... y en ninguna parte.
Yo inventé a Djetou.
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