Educarse en el Chile de Hoy

por Maurice Laconte




El tema del valor de la educación en el chile de hoy está intimamente asociado a su tragedia; tragedia según la cual, y en torno a la cual, nuestro país se ha desdibujado en una nada de sentido, en un pozo sin fondo, sin proyecto, ni proyecciones futuras, sin relatos (o únicamente a propósito de relatos ténicos, tecnócratas, neutro de valoración -a y antipólíticos-, faltos de significación). A este repecto, y fuera de toda consideración moralista o moralizante, estudiar en el Chile de antes tenía sentido (el Chile de antes del 73', se entiende, ¿no?), pues Chile acontecía en un horizonte de comprensión, estaba inscrito en una épica distinta, habitaba en una utopía propia, poseía un proyecto respecto de sí mismo, sobre su destino como nación, sobre sus límites y condiciones como Estado solidario.

Estudiar en un país así significaba una implicancia en él, a la vez que una responsabilidad social (en el sentido de devolver a la sociedad, al país, lo que de éste se recibía). Se habitaba en un relato comunitario en la medida en que había un esfuerzo colectivo tendente siempre al bienestar de la comunidad, para el que todos, desde sus distintas ocupaciones y quehaceres, aportaban con su esfuerzo. Hoy todo esto está echado en el olvido, en la negación. El sistema político-económico se erige sobre la base de la competencia, no de la colaboración; y la competencia es la negación del otro, y de lo otro, en aras del éxito económico y la profundización de las claves del sistema mercantilista. Ya no importa, para aquel que habita en la ilusión de la competencia (competencia=éxito económico=felicidad) la comunidad social que lo ha cobijado: la felicidad ahora es fruto no de un esfuerzo político-colectivo, sino de la capacidad que cada sujeto individual logra desarrollar para joder al otro.

Pienso en Maturana, por ejemplo, y en cómo toda esta lógica de la competitividad se resuelve en verosímiles que aberran incluso contra la constitución biológica humana, en la medida en que lo propio de lo humano aparece allí como colaboración no como competitividad. una educación desarraigada como la nuestra, por tanto, que flota cómodamente en los vaivenes de la nadificación absoluta, que no logra situarse ni posesionarse porque toda ella se resuelve también en un país que no posee proyecto o que sólo posee proyecto político-técnico-económico (como si en el fondo sólo existiese la política desde una perspectiva técnica y los problemas de la pobreza (problemas económicos) sólo fuesen tales no en cuanto problemas políticos, sino en cuanto problemas técnicos), una educación así, digo, violenta su propia naturaleza, en la medida en que despoja al individuo de su sentido de participación, de pertenencia a un colectivo. así, la juventud de hoy se enfrenta al siguiente dilema: servirse de la educación para insertarse en un mercado laboral cada vez más exigente y competitivo(que es lo que de ellos se exige hoy), o servirse de la educación como un instrumento que hace posible la transformación del mundo. esta segunda alternativa es la que mayormente se halla ausente en la política educacional del chile de hoy.

Es que el chile de hoy no posee una teleología que oriente y de sentido a la educación chilena en todas sus manifestaciones. Y entonces ¿para qué sirve la educación en un contexto así? En el chile de ayer los propósitos individuales de las personas coincidía con los propósitos sociales: la educación se hallaba inscrita en un proyecto nacional que atravesaba todas las discrepancias políticas. Hoy, esta concordancia no se dá: la educación no posee un discurso que la articule coherentemente, ni con ella misma, ni con lo que el país debiera esperar de ella. Pues ella responde hoy únicamente a los dictámenes del mercado; y la ideología del mercado es como la ideología de la guerra, o sea, se planifica (improvisa) según la contingencia. Y los Estados, bajo la lógica del mercado, se transforman y travisten, lo mismo que la educación que a ellos responde. Así, el Estado se transforma en un enemigo de la sociedad, y la educación, en el instrumento conforme al cual se internalizan las técnicas y disciplinas con las que se somete a la población. Pero esto no es culpa de la educación, sino del Estado, un Estado no solidario que en cuanto no posee proyecto, en cuanto no habita en una teleología de la historia, y en cuanto se ha transformado, según las reglas del capital, en un enemigo de la gente, coloca a la educación a merced del mercado, y entonces toda ella se desdibuja en una esencia que no es su esencia y sirve a propósitos que no son sus propósitos. Esta es la tragedia de la educación del chile de hoy; y no hay reforma ni eliminación del lucro en los colegios municipales o particulares subvencionados que la salve de ello.





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