MANÍA Y MELANCOLÍAPor Michel Foucault |
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La noción de melancolía, en el siglo xvi, estaba formada por una cierta
definición de los síntomas formada por una cierta definición de los síntomas
y un principio de explicación, oculto tras el mismo término con el cual se le
designa. Desde el punto de vista de los síntomas, encontramos todas las ideas
delirantes que un individuo puede formarse de sí mismo. "Algunos de Ahora bien, este conjunto sintomático tan claro y coherente, se halla designado por una palabra que implica todo un sistema causal: la melancolía. "Yo os suplico que observéis de cerca los pensamientos de los melancólicos, sus palabras, visiones y acciones, y os daréis cuenta de que todos sus sentidos están depravados por un humor melancólico desparramado en su cerebro."El delirio parcial y la acción de la bilis negra se yuxtaponen en la noción de melancolía, sin otras relaciones por el momento que una confrontación sin unidad, entre un conjunto de síntomas y una denominación significativa. Ahora bien, en el siglo xviii se hallará la unidad, o más bien se realizará un cambio; la cualidad de este humor negro y frío habrá llegado a ser la coloración principal del delirio, y su significado propio ante la manía, la demencia y el frenesí, es decir, el principio esencial de su cohesión. Y en tanto que Boerhaave define aún la melancolía como "un largo delirio, tenaz y sin fiebre, durante el cual el enfermo está siempre discurriendo sobre un solo y mismo pensamiento", Dufour, pocos años más tarde, basa su definición sobre "el miedo y la tristeza", que explican actualmente el carácter parcial del delirio: "De allí viene que los melancólicos amen la soledad y huyan de la compañia; en ella se unen con más fuerza al objeto de su delirio o de su pasión dominante, cualquiera que ella sea, mientras parecen indiferentes a todo lo restante." La fijación del concepto no se ha logrado por medio de una nueva observación rigurosa, ni por un descubrimiento en el dominio de las causas, sino por una transmisión cualitativa que va de una causa implicada en la definición a una significativa percepción en los efectos. Durante mucho tiempo -hasta principios del siglo xvii-, la discusión sobre la melancolía permaneció dentro de la tradición de los cuatro humores y sus cualidades esenciales: cualidades estables propias de una sustancia, la cual sólo puede ser considerada como causa. Para Fernel, el humor melancólico, emparentado con la Tierra y el otoño, es un jugo "espeso en consistencia, frío y seco en su temperamento". Pero en la primera mitad del siglo, se origina toda una discusión a propósito del origen de la melancolía: ¿es necesario tener un temperamento melancólico para ser víctima de la rnelancolia? ¿El humor melancólico es siempre frío y seco; no puede ser jamás caliente y húmedo? ¿Es más bien la sustancia la que actúa, o son 5118 cualidades las que se comunican? Se puede resumir de la manera siguiente lo que se logró en el curso de este largo debate: 1) La causalidad de las sustancias es remplazada cada vez más a menudo por un avance en el estudio de las cualidades que sin necesidad de ningún soporte se transmiten inmediatamente del cuerpo al alma, del humor a las ideas, de los órganos a la conducta. Así, la mejor prueba para el apologista de Duncan de que el jugo melancólico provoca la melancolía, consiste en el hecho de que en él se encuentran las cualidades mismas de la enfermedad: "El jugo melancólico posee más propiamente las condiciones necesarias para producir la melancolía que vuestras cóleras encendidas, puesto que por su frialdad, disminuye la cantidad de sus espíritus; por su sequedad, les hace capaces de conservar durante un largo tiempo una especie de fuerte y tenaz imaginación; y por su negrura, los priva de su claridad y de su sutileza natural" 2) Existe, además de esta mecánica de las cualidades, una dinámica que analiza en cada una de ellas la potencia que se encuentra guardada. Así, el frío y la sequedad pueden entrar en conflicto con el temperamento y de esta oposición nacen los síntomas de la rnelancolía tanto más violentos pueblo que hay lucha: la fuerza que triunfa arrasará tras de sí todas aquellas que se le resisten, Así, las mujeres, que por su naturaleza son poco accesibles a la melancolía, presentan síntomas más graves cuando son atacadas por ella. "Son tratadas con mayor crueldad y más violentamente trastornadas por ella, porque siendo la melancolía más opuesta a su temperamento, las aleja más de su constitución natural." 3) Pero en algunas ocasiones el conflicto nace en el interior de una misma cualidad. Una cualidad puede alterarse a si misma durante su desarrollo, y convertirse en su propio contrario. Así, cuando "las entrañas se calientan, cuando todo se fríe en el interior del cuerpo... cuando todos los jugos se queman", entonces todo este conjunto puede transformarse en fría melancolía, produciéndose "casi la misma cosa que hace una gran cantidad de cera sobre una antorcha volteada... Este enfriamiento del cuerpo es el efecto ordinario que sigue a los calores inmoderados, cuando éstos han arrojado y agotado su vigor". Hay una especie de dialéctica de la cualidad que, libre de todo constreñimiento sustancial, de toda tarea originaria, avanza a pesar de tropiezos y contradicciones. 4) En fin, las cualidades pueden ser modificadas por los accidentes, las circunstancias y las condiciones de la vida, de tal manera que un ser que es seco y frío puede llegar a ser caliente y húmedo, si su manera de vivir lo conduce a ello; así les acontece a las mujeres "viven en la ociosidad, y siendo su cuerpo menos transpirador [que el de los hombres], permanecen dentro de él los calores, los espíritus y los humores". Liberadas del soporte sustancial dentro del cual habían permanecido prisioneras, las cualidades van a poder representar un papel de organizadoras e integradoras en la noción de melancolía. Por una parte, van a recortar, entre los síntomas y las manifestaciones, un cierto perfil de la tristeza, de la negrura, de la lentitud, de la inmovilidad. Por otra parte, van a dibujar un soporte causal que no será ya la fisiología de un humor, sino la patología de una idea, un miedo, un terror. La unidad morbosa no ha sido definida a partir de los síntomas observados ni de las causas supuestas sino que, a mitad de los unos y las otras, ha sido percibida como una cierta herencia cualitativa, que posee sus leyes de transmisión, de desarrollo y de transformación. La lógica secreta de esta cualidad es la que marca el desarrollo de la noción de melancolía, y no la teoría medicinal. Esto es realmente cierto desde los textos de Willis. A primera vista, la coherencia de los análisis se encuentra allí asegurada al nivel de la reflexión especulativa. La explicación, en la obra de Willis, está tomada de la de los espíritus animales y de sus propiedades mecánicas. La melancolía es "una locura sin fiebre ni furor, acompañada de miedo y de tristeza". En la medida en que es delirio -es decir, ruptura esencial con la verdad-, su origen reside en un movimiento desordenado de los espíritus y en un estado defectuoso del cerebro; pero el miedo y la inquietud que vuelven tristes y meticulosos a los melancólicos, ¿pueden explicarse sólo por los movimientos? ¿Puede existir una mecánica del miedo y una circulación de los espíritus que sean propias de la tristeza? Para Descartes esto es evidente; no lo es ya para Willis. La melancolía no puede ser tratada como una parálisis, una apoplejía, un vértigo o una convulsión. En el fondo, ni siquiera se le puede analizar como a una simple demencia aun cuando el delirio melancólico supone un desorden igual en el movimiento de los spíritus. Las dificultades de la mecánica explican bien el delirio -error común a toda locura, demencía o melancolíapero no la cualidad propia del delirio, el color de tristeza y de miedo que hace de su paisaje algo singular. Es necesario penetrar en el secreto de las diátesis. A la larga, son esas cualidades esenciales, escondidas en el grano mismo de la materia sutil, las que dan cuenta de los movimientos paradójicos de los espíritus. En la melancolía, los espíritus son transportados por una agitación, pero una agitación débil, sin poder ni violencia: una especie de tirón impotente, que no sigue los caminos trazados ni las vías abiertas (aperta opercula), sino que atraviesa la materia cerebral, haciendo unos poros siempre nuevos; sin embargo, los espíritus no se apartan mucho de los caminos que ellos mismos han trazado; muy pronto su agitación languidece su fuerza se agota y el movimiento se detiene: "non longe perveniunt". Así, una ofuscación semejante, común a todos los delirios, no puede producir en la superficie del cuerpo esos movimientos violentos, ni esos gritos que se producen en la manía y en el frenesí; la melancolía no llega jamás al furor; es la locura en los límites de su impotencia. Esta paradoja se debe a las alteraciones secretas de los espíritus. Ordinariamente, tienen la rapidez casi inmediata y la transparencia absoluta de los rayos luminosos; pero en la melancolía, se convierten en seres nocturnos: se hacen "oscuros, opacos, y tenebrosos" ; y las imágenes de las cosas que ellos conducen al cerebro y al espíritu están veladas por "la sombra y las tinieblas". Más pesados, parecen más próximos a un oscuro vapor químico que a la luz pura. Vapor químico que sería de naturaleza ácida, antes que sulfurosa o alcohólica, ya que en los vapores ácidos las partículas son móviles, y aun incapaces de reposo; pero esta actividad es débil, sin trascendencia; cuando se les destila, no queda en el alambique sino una flema insípida. ¿No tienen los vapores ácidos las mismas propiedades que la melancolía? Mientras que los vapores alcohólicos, siempre predispuestos a inflamarse, nos inducen a pensar más bien en el frenesí, y los vapores sulfurosos en la manía, ya que poseen un movimiento continuo y violento. Si esto es así, sería preciso buscar "la razón formal y las causas" de la melancolía, en los vapores que suben por medio de la sangre al cerebro y que han degenerado en un vapor ácido y corrosivo. En apariencia, es toda una melancolía de los espíritus y toda una química de los humores lo que guía el análisis de Willis; pero en realidad, el hilo director está sobre todo en las cualidades inmediatas del mal melancólico: un desorden impotente, y después esa sombra sobre el espíritu, con esa aspereza ácida que corroe el corazón y el pensamiento. La química de los ácidos no es la explicación de los síntomas; es una opción cualitativa: toda una fenomenología de la experiencia melancólica. Unos setenta años más tarde, los espíritus animales han perdido su prestigio científico. El secreto de las enfermedades estriba en los elementos sólidos y líquidos del cuerpo. El Diccionario Universal de Medicina, publicado por James en Inglaterra, propone en el articulo "Manía" una etiología comparada de esta enfermedad y de la melancolía. "Es evidente que el cerebro es el sitio donde esiden todas las enfermedades de esta especie... Es allí donde el Creador ha fijado, aunque de una manera inconcebible, la residencia del alma, del espíritu, del genio, de la imaginación, de la memoria y de todas las sensaciones... Todas estas nobles funciones serán modificadas, depravadas disminuidas y totalmente destruidas, si la sangre y los humores llegan a faltar en calidad y en cantidad, y no son ya conducidos al cerebro de una manera uniforme y temperada, si circulan allí con violencia e impetuosidad, o sí se mueven lenta, difícil o lánguidamente." Ese curso lánguido, esos vasos repletos. esa sangre pesada e impura que el corazón difícilmente puede repartir en el organismo y que tiene dificultades para penetrar en las pequeñas y estrechas arterias del cerebro, donde la circulación debe ser bastante rápida para alimentar al pensamiento, constituyen el conjunto de impedimentos que explican a la melancolía. Pesadez, lentitud, embarazo, constituyen las cualidades primitivas que guían el análisis. La explicación se efectúa como una transferencia al organismo de las cualidades observadas en el porte, la conducta y las pláticas del enfermo. Se va de la aprehensión cualitativa a la explicación supuesta; pero es la aprehensión la que prevalece y triunfa sobre la coherencia teórica. En la obra de Lorry las dos grandes explicaciones médicas -por los sólidos y por los fluidos- se yuxtaponen y acaban por mezclarse, permitiendo la distinción de dos clases de melancolía. Aquella cuyo origen está en los sólidos es la melancolía nerviosa: una sensación particularmente fuerte conmueve las fibras que la reciben; para rechazarla, la tensión aumenta en las otras fibras, que son a la vez más rígidas y susceptibles de vibrar más. Pero si la sensación se hace más fuerte, la tensión llega a ser tal en las otras fibras que éstas pierden la capacidad de vibrar; es tal el estado de rigidez que la circulación de la sangre se detiene en esta zona y los espíritus animales quedan inmovilizados. Entonces aparece la melancolía. En la otra forma de la enfermedad, la "forma líquida", los humores se encuentran impregnados de atrabilis; se vuelven más espesos; cargada con estos humores, la sangre se vuelve pesada, y se estanca en las meninges hasta el punto de comprimir los órganos principales del sistema nervioso. Se vuelve a presentar entonces la rigidez en la fibra; pero en este caso se trata solamente de una consecuencia de un fenómeno humoral Lorry distingue dos melancolías; en realidad es el mismo conjunto de cualidades el que asegura a la melancolía su unidad real; pero esa división le permite al autor exponer sucesivamente la melancolía en dos sistemas explicativos. Solamente el edificio teórico se ha desdoblado. El fondo cualitativo de la experiencia es el mismo. La melancolía es una unidad simbólica formada por la languidez de los fluidos, por el oscurecimiento de los espíritus animales y por la sombra crepuscular que éstos extienden sobre las imágenes de las cosas, por la viscosidad de la sangre que se arrastra difícilmente por los vasos, por el espesor de los vapores que se han vuelto negruzcos, deletéreos y acres por funciones viscerales que se han hecho más lentas, corno si los órganos se viesen cubiertos por una viscosidad: esta unidad, más bien sensible que conceptual o teórica, da a la melancolía el signo que le es propio. Este trabajo, mucho más que una observación fiel, es el que reorganiza el
conjunto de los síntomas y el modo de aparición de la melancolía. El tema del
delirio parcial desaparece cada vez más frecuentemente como el síntoma
principal de los melancólicos, para ser sustituido por los datos cualitativos
corno la tristeza, la amargura, el gusto de la soledad, la inmovilidad. A
finales del siglo xviii, se clasificarán fácilmente corno melancolías las
locuras sin delirio, caracterizadas por la inercia, por la desesperación y por
una especie de estupor sombrío. En el Diccionario de James se habla ya
de una melancolía apoplética, sin idea delirante, en la cual los enfermos
"no quieren abandonar su cama... cuando están de pie no caminan sino
cuando son obligados por sus amigos o por aquellos que los sirven; no Los análisis de la manía y su evolución en el curso de la época clásica obedecen a un mismo principio de coherencia. Willis considera a la manía y a la melancolía como dos términos opuestos. El espíritu del melancólico está completamente ocupado por la reflexión, de tal manera que la imaginación permanece en ociosidad y reposo; en el maniaco, al contrario, la fantasía y la imaginación están ocupadas por un flujo perpetuo de pensamientos impetuosos. Mientras que el espíritu del melancólico se fija sobre un solo objeto, único, y al que atribuye unas proporciones irrazonables, la manía deforma conceptos y nociones; o bien los objetos pierden su congruencia, o bien los caracteres de su representación están falseados; de todas maneras, el conjunto pensante está dañado en sus relaciones esenciales con la verdad. La melancolía, finalmente, se presenta siempre acompañada por la tristeza y el miedo; en el maniaco, al contrario, se observan la audacia y el furor. La causa del mal se encuentra siempre en el movimiento de los espíritus animales, ya se trate de manía o de melancolía. Pero en la manía, ese movimiento es peculiar: continuo, violento, con capacidad permanente para hacer nuevos poros en la materia cerebral, y constituye una especie de soporte material de los pensamientos incoherentes, de las actitudes explosivas, de las palabras ininterrumpidas que denuncian la manía. Toda esta perniciosa movilidad es semejante a la del agua infernal, hecha de licor sulfuroso, a la de aquellas aquae stygiae, ex nitro, vitriolo, antimonio, arsenico, et similibus exstillatae: las partículas están allí en movimiento perpetuo; son capaces de horadar nuevos poros y canales en cualquier material y tienen fuerza suficiente para propagarse a distancia, así como los espíritus maniacos que son capaces de agitar todas las partes del cuerpo. El agua infernal refleja en el secreto de sus movimientos todas las imágenes en las cuales la manía toma su forma concreta. Y constituye a la vez su mito químico y como su verdad dinámica. En el curso del siglo xviii, la imagen, con todas sus implicaciones mecánicas y metafísicas de espíritus animales en los canales de los nervios, es frecuentemente remplazada por la imagen, más estrictamente física pero de valor aún más simbólico, de una tensión a la cual estarían sometidos los nervios, los vasos, y todo el sistema de las fibras orgánicas. La manía se considera entonces una tensión de las fibras llevadas a su paroxismo, y el maniaco como una especie de instrumento cuyas cuerdas, por el efecto de una tracción exagerada, comenzaran a vibrar con la excitación más débil y lejana. El delirio maniaco consiste en una vibración continua de la insensibilidad. A través de esta imagen, las diferencias con la melancolía se precisan y se organizan como una antítesis rigurosa, el melancólico no es ya capaz de resonar movido por el mundo exterior, porque sus fibras están distendidas, o han sido inmovilizadas por tina tensión muy grande (podemos observar cómo la mecánica de las tensiones explica tan bien la inmovilidad melancólica como la agitación maniaca): solamente algunas fibras resuenan en el melancólico, y son aquellas que corresponden al punto preciso donde se localiza su delirio. Al contrario, el maniaco vibra ante cualquier excitante, y su delirio es universal; las excitaciones no se pierden en el espesor de su inmovilidad, como acontece con el melancólico; cuando su organismo las restituye, ya han sido multiplicadas, como si los maniacos hubiesen acumulado en la tensión de sus fibras una energía suplementaria. Es esto mismo, incluso, lo que los hace después insensibles, no con una insensibilidad somnolienta como la de los melancólicos, sino con una insensibilidad tensa, formada por vibraciones interiores; es por esto sin duda por lo que "no temen ni el frío ni el calor, desgarran sus vestiduras y se acuestan completamente desnudos en pleno invierno, sin enfriarse por ello". Por esta misma razón ellos sustituyen el mundo real, que los solicita constantemente, por el mundo irreal y quimérico de su delirio. "Los síntomas esenciales de la manía provienen del hecho de que los objetos no se presentan a los enfermos tales y como son en realidad." El delirio de los maniacos no está determinado por un vicio particular del juicio; constituye un defecto que se localiza en la transmisión de las impresiones sensibles al cerebro, un defecto de la información. En la psicología de la locura, la vieja idea de la verdad como "conformidad del pensamiento con las cosas" se trueca en la metáfora de una resonancia, en una especie de fidelidad musical de la fibra ante las sensaciones que le hacen vibrar. Ese tema de la tensión dinámica se desarrolla fuera del campo de la
medicina de los sólidos, en instituciones aún más cualitativas. La rigidez de
las fibras del maniaco es propia de un paisaje seco; la manía se presenta
acompañada normalmente por un agotamiento de los humores, y una aridez general
en todo el organismo. En esencia, la manía es algo desértico, arenoso. Bonet,
en su Sepulchretum, asegura que los cerebros de los maniacos que había
podido observar, se hallaron en estado de sequedad, de dureza y de friabilidad.
Más tarde, Albrech von Haller observará también que el cerebro del maniaco es
duro, seco y quebradizo. Menuret recuerda una observación de Forestier que
muestra claramente que un desperdicio excesivo de humor, al secar los vasos y
las fibras, puede provocar un estado de manía; se trataba de un joven que
"habiéndose casado con una mujer, en verano, se volvió La que otros imaginan o suponen, lo que ven en una semipercepción Dufour lo ha verificado, medido y contado. En el transcurso de una autopsia, ha conseguido aislar una parte de la sustancia medular del cerebro de un sujeto muerto en estado de manía; ha recortado "un cubo de seis líneas en todos sentidos" cuyo peso era de 3 j. g. III, mientras que el mismo volumen aislado de un cerebro ordinario pesa 3 j. g. V: "Esta desigualdad de peso que parece inicialmente de poca importancia, no es tan pequeña, si se pone atención al hecho de que la diferencia específica que existe entre la masa total del cerebro de un loco y el de un hombre cuerdo, es aproximadamente 7 gros menos en el adulto, en el cual la masa entera del cerebro pesa ordinariamente tres libras." La resequedad y la ligereza de la manía se llega a poner de manifiesto incluso en la balanza. Esta sequedad interna y este calor, ¿no están probados por añadidura por la facilidad con la que los maniacos soportan los más grandes fríos? Es un hecho establecido que se les ha visto pasearse desnudos sobre la nieve, que no hay necesidad de calentarlos cuando se les encierra en el asilo que incluso se les puede curar por medio del frío. Desde la época de Van Helmont se practica corrientemente la inmersión de los maniacos en agua helada, y Menuret asegura haber conocido a una persona maníaca, que al escapar de la prisión en donde estaba retenida, "caminó varias leguas bajo una lluvia violenta sin sombrero y casi sin ropa, y recobró por este medio una perfecta salud Montchau, que ha curado a un maniaco haciéndole "arrojarse desde el sitio más alto posible sobre el agua helada", no se asombra de un resultado tan favorable; reúne, para explicarlo, todas las tesis del calentamiento orgánico que se han sucedido y entrecruzado desde el siglo xvii: "No debe uno sorprenderse de que el agua y el hielo hayan producido una curación tan pronta y perfecta, en el momento mismo en que la sangre hervía, la bilis estaba en furor, y todos los líquidos rebelados llegaban a todas partes la perturbación y la irritación; por la impresión del frío "los vasos se contrajeron con mayor violencia, y se desprendieron los líquidos que los entorpecían; la irritación de las partes sólidas causada por el calor extremo de los líquidos que en ellas se contenían, cesó, y al relajarse los nervios, la circulación de los espíritus que se desplazaban irregularmente de un lado al otro, se restableció en su estado natural". El mundo de la melancolía era húmedo, pesado y frío; el de la manía es seco, ardiente, hecho a la vez de violencia y de fragilidad: un calor que no es sensible, pero que se manifiesta por todas partes, transforma este mundo en algo árido, friable, siempre dispuesto a ablandarse bajo el efecto de una húmeda frescura. En el desarrollo de todas estas simplificaciones cualitativas, la manía alcanza a la vez su amplitud y su unidad. Ha permanecido lo mismo que era al principio del siglo xvii, un "furor sin flebre"; pero por encima de estas dos características, que no eran sino descriptivas, se ha desarrollado un tema perceptivo que es el que realmente ha organizado el cuadro clínico. Cuando los mitos explicativos se hayan desvanecido, cuando ya no se hable de los humores, los espíritus, los sólidos, los fluidos, quedará el esquema de coherencia de las cualidades, que ya no serán siquiera nombradas; y lo que la dinámica del calor y del movimiento ha agrupado lentamente en una constelación característica de la manía, se observará ahora como un complejo natural, como una verdad inmediata para la observación psicológica. Aquello que se había percibido como calor, imaginado como agitación de los espíritus, soñado como tensión de la fibra, va a ser conocido en adelante en la transparencia neutralizada de las nociones psicológicas: vivacidad exagerada de las impresiones internas, rapidez en la asociación de ideas, falta de atención al mundo exterior. La descripción de De La Rive posee ya esta limpidez: "Los objetos exteriores no producen sobre el espíritu de los enfermos la misma impresión que sobre el del hombre sano; sus impresiones son débiles, y rara vez les presta atención. Su espíritu está totalmente absorbido por la vivacidad de las ideas que se producen en su cerebro desarreglado. Estas ideas poseen un grado tal de vivacidad, que el enfermo cree que representan objetos reales y juzga en consecuencia." Pero es preciso no olvidar que la estructura psicológica de la manía, tal y como aflora a finales del siglo xviii para fijarse de una manera estable, no es sino el dibujo superficial de toda una organización profunda que va a zozobrar y que se había desarrollado según las leyes semiperceptivas, semi-imaginarias de un mundo cualitativo. Sin duda, este universo del calor y el frío, de la humedad y la sequedad, vuelve a recordar al pensamiento médico, ya en vísperas del positivismo, bajo qué cielo ha nacido la manía. Pero este conjunto de imágenes no es simplemente un recuerdo; constituye también un trabajo. Para formar la experiencia positiva de la manía y de la melancolía, ha sido preciso que exista, en este horizonte de imágenes, esta gravitación de las cualidades, atraídas las unas hacia las otras, por todo un sistema de relaciones sensibles y afectivas. Si la manía y la melancolía han tomado de allí en adelante la forma que les reconoce nuestro saber, no es porque hayamos aprendido con el transcurso de los siglos a "abrir los ojos" ante ciertas señales reales; es más bien porque hemos purificado nuestra percepción, hasta convertirla en transparente; es porque en la experiencia de la locura, se han integrado estos conceptos alrededor de ciertos temas cualitativos que les han dado su unidad y su coherencia significativa y, finalmente, los han hecho perceptibles. Se ha pasado de un juego de señales nocionales simples (furor sin fiebre, idea delirante y fija) a un campo cualitativo, aparentemente menos organizado, más fácil, con menor precisión en los limites; pero sólo en él se han podido constituir unas unidades sensibles, reconocibles, realmente presentes en la experiencia global de la locura. El espacio de observación de estas enfermedades ha sido establecido dentro de los paisajes que les han dado oscuramente su estilo y estructura. Por una parte, un mundo mojado, casi diluviano, donde el hombre está sordo, ciego y adormecido para todo aquello que no es su terror único; un mundo simplificado al extremo, desmesuradamente agrandado en un solo detalle. Del otro lado, un mundo ardiente y desértico, un mundo pánico donde todo es desorden, huida, estela instantánea. Es el rigor de estos temas en su forma cósmica -no en las aproximaciones de una prudencia observadora- el que ha organizado la exelencia (ya casi nuestra experiencia) de la manía y la melancolía. Es al espíritu de observación de Willis, a la pureza de su percepción
médica, a lo que se ha atribuido el "descubrimiento" del cielo
maniaco-depresivo, digamos, antes bien, de la alternación mania-melancolía.
Efectivamente, el trabajo de Willis es muy interesante. Pero de antemano, es
preciso advertir que el paso de una afección a la otra no es entendido por él
como un hecho observable, del que se trataría, a continuación, de hallar la
explicación; se entiende más bien como la consecuencia de una afinidad
profunda que pertenece al orden de la naturaleza secreta de estas enfermedades.
Willis no cita un solo caso de alternación que haya podido observar; lo que él
descubre primeramente es un parentesco interior entre ambos males, que entraña
raras metamorfosis: "Después de la melancolía, es preciso hablar de la
manía, que guarda con aquélla tantas afinidades, que llega a suceder
frecuentemente que estas afecciones se cambien la una por la otra." Sucede,
en efecto, que cuando la diátesis melancólica se agrava, se transforma en
furor; al contrarío, cuando el furor decrece y pierde su fuerza para entrar en
reposo, se transforma en la diátesis atrabiliaria. Para un empirismo riguroso;
habría allí dos enfermedades reunidas, o mejor, dos síntomas sucesivos de una
misma enfermedad. En realidad, Willis no considera el problema en términos de
síntomas, ni en términos de enfermedad; busca allí solamente la unión de dos
estados dentro de la dinámica de los espíritus animales. En el melancólico,
recordarnos, los espíritus eran sombríos y oscuros; proyectaban sus tinieblas
sobre las imágenes de las cosas y formaban, en la luz del alma, una especie de
nube; en la manía, al contrario, los espíritus se agitan con un ardor
perpetuo; son conducidos por un movimiento irregular, que vuelve a comenzar
perpetuamente; es un movimiento que roe y que consume, y que aun sin fiebre,
irradia su calor. Entre la manía y la melancolía la afinidad es evidente; no
es una afinidad de síntomas que se unen en la experiencia: es la afinidad Ningún médico del siglo xviii, o casi ninguno, desconoce la proximidad de la manía y la melancolía. Sin embargo, un buen número de ellos se niega a reconocer que se trata de dos manifestaciones de una sola enfermedad. Muchos de ellos comprueban una sucesión, sin percibir una unidad sintomática. Sydenham prefiere dividir la manía en dos especies: de un lado la manía ordinaria, debida a "una sangre muy exaltada y muy viva"; del otro lado, una manía que por regla general "degenera en estupidez". Esta última "proviene de la debilidad de la sangre, a la cual una larga fermentación ha privado de sus partes más espirituosas" Más a menudo se admite que la sucesión de la manía y la melancolía es un fenómeno de metamorfosis o de lejana causalidad. Para Lieutaud una melancolía que dura mucho tiempo y se exaspera en su delirio pierde sus cualidades tradicionales, y adquiere un extraño parecido con la manía: "El último grado de la melancolía tiene muchas afinidades con la manía". Pero el estatuto de esta analogía no ha sido elaborado. Para Dufour, la unión es más débil aún: se trata de un encadenamiento causal lejano: la melancolía puede provocar la manía, así como "las lombrices en los senos frontales, o los vasos dilatados o varicosos". Sin el apoyo de una imagen, ninguna observación llega a transformar la verificación de una sucesión en una estructura sintomática, a la vez precisa y esencial. Es indudable que la imagen de la llama y del humo desaparece en la obra de los sucesores de Willis; pero aún es en el interior de las imágenes donde se realiza el trabajo de organización; las imágenes son cada día más funcionales, cada vez mejor insertadas en los grandes temas fisiológicos de la circulación y el calentamiento, cada vez más alejadas de las figuras cósmicas que Willis había utilizado. En la obra de Boerhaave y de su comentarista Van Swieten, la manía es muy naturalmente el grado superior de la melancolía, no solamente debido a una metamorfosis frecuente, sino por efecto de un encadenamiento dinámico necesario: el liquido cerebral, que se estanca en el atrabiliario, entra en agitación al cabo de cierto tiempo, pues la bilis negra que obstruye las vísceras se transforma por su misma inmovilidad, en algo "más acre y más maligno"; en ella se forman unos elementos más ácidos y más finos que, al ser transportados por la sangre al cerebro provocan la gran agitación de los maniacos. La manía no se distinguir pues, de la melancolía, sino por una diferencia de grado: aquélla es la continuación natural de ésta, nace por las mismas causas, y ordinariamente se puede curar con los mismos remedios Para Hoffmann la unidad de la manía y la melancolía es un efecto natural de las leyes del movimiento y del "choque"; pero lo que es mecánica pura en el nivel de los principios se transforma en dialéctica cuando se trata del desarrollo de la enfermedad y de la vida. La melancolía, en efecto, se caracteriza por la inmovilidad; es decir, la acción de la sangre espesa congestiona el cerebro; allí donde debería circular es donde se inmoviliza, detenida por su pesadez. Pero si la pesadez hace más lento el movimiento, también hace que el "choque" sea más violento al producirse; el cerebro, junto con sus vasos, e incluso con su sustancia, son golpeados con gran fuerza, y tienden a resistir más, a endurecerse, y debido a este endurecimiento la sangre pesada regresa con mayor fuerza; su movimiento aumenta, y provoca en breve la agitación que caracteriza a la manía. Se ha pasado pues, de la manera más natural, de la imagen de un estancamiento inmóvil, a las imágenes de la sequedad, de la dureza, del movimiento vivo, gracias a un encadenamiento en el cual los principios de la mecánica clásica son a cada instante transformados, desviados y falseados por la fidelidad a temas imaginarios, que son los verdaderos organizadores de esta unidad funcional. A continuación, otras imágenes vendrán a agregarse; pero no tendrán ya un papel constitutivo; funcionarán solamente como variaciones interpretativas del tema de la unidad, que ya ha sido logrado. Sirva como ejemplo la explicación que propone Spengler de la alternación de la manía y la melancolía; torna como modelo el principio de la pila eléctrica. Primeramente habría una concentración de la potencia nerviosa y de su fluido en una u otra región del sistema; este sector es el único excitado, mientras que el resto del sistema permanece en estado de sueño: ésta es la fase melancólica. Pero cuando esta carga local llega a cierto grado de intensidad, se extiende bruscamente a todo el sistema, al cual agita con violencia durante cierto tiempo, hasta que la descarga sea completa; aquí nos encontramos con la fase maniaca. Por su misma elaboración, la imagen es demasiado completa y demasiado compleja, y está tomada de un modelo demasiado lejano para desempeñar un papel de organización en la percepción de la unidad patológica. Por el contrario, la imagen ha sido provocada por esa percepción, la cual reposa a su vez sobre imágenes unificadoras, pero mucho más elementales. Estas imágenes están secretamente presentes en el texto del Diccionario de James, uno de los primeros libros donde el cielo maniaco-depresivo está expuesto como una verdad observable, como una unidad fácilmente comprensible para una percepción liberada. "Es absolutamente necesario reducir la melancolía y la manía a una sola especie de enfermedad, y consecuentemente examinarlas con. juntamente, pues hemos encontrado, por medio de nuestras experiencias y observaciones diarias, que la una y la otra tienen el mismo origen y la misma causa... Las observaciones más exactas de la experiencia de todos los días confirman lo mismo, pues podemos ver que los melancólicos, principalmente aquellos en que esta disposición es inveterada, se transforman fácilmente en maniacos, y cuando la manía cesa, la melancolía recomienza, de tal manera que hay un paso y un retorno de la una y la otra de acuerdo con ciertos periodos." Lo que se ha constituido en los siglos xvii y xviii merced a las imágenes, es una estructura perceptiva y no un sistema conceptual o aun un conjunto sintomático. La prueba de esto estriba en el hecho de que como en toda percepción, se podrán alterar algunos matices cualitativos, sin que se altere la figura en conjunto. Así, Cullen descubrirá que en la manía, como en la melancolía, existe "un objeto principal de delirio"; e inversamente atribuirá la melancolía a un "tejido más seco y más firme de la sustancia medular del cerebro". Lo esencial es que el trabajo no se ha realizado pasando de la observación a la construcción de imágenes explicativas; al contrario, las imágenes han tenido el papel principal en la síntesis, y su fuerza de organización ha hecho posible una estructura perceptiva, en la cual, finalmente, los síntomas podrán tomar su valor significativo, y organizarse como presencia visible de la verdad. Nota: 4 Gros: antigua subdivisión de la libra francesa, igual a la octava parte de una onza o sea , cerca de 4 gramos [T.] Fuente: Historia de la Locura en la época clásica. Fondo de cultura económica. México 1967 |
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