Arqueo Aegyptos
El Valle de los Reyes
Set Maat "El Lugar De La Verdad"
Existe alguna duda, pero casi con fidelidad, podemos asegurar que Amenhotep I es el creador de una comunidad de artesanos, la aldea de Deir el- Medineh, conocida como Set Maat, "Lugar de la Verdad". Se le suele atribuir a Tutmosis I, pero según la capilla de Karnak, destinada a la barca divina, vemos que uno de los títulos que glorifican al faraón es haber organizado la cofradía de los artesanos y haber preparado así la creación del Valle de los Reyes. Y los obreros de Set Maat ya no lo olvidarán nunca. A su muerte, Amenhotep tiene el honor de ser declarado como un dios. Se convierte en el patrón de las necrópolis tebanas, junto con su madre Ahmes Nefertari. Así, ambos nombres aparecen para ser recordados en el culto del faraón. Pero donde más se rinde homenaje a ésta pareja, ya divina, es en Deir El Medina, al oeste de Tebas. Es aquí, en la ciudad de los artesanos del Valle de los Reyes, en el lecho de esta pequeña ciudad es donde se establece que la estación de Peret será dedicada a su memoria. En esos días, durante el tercer mes, tienen lugar unos rituales donde se recuerda su nacimiento, muerte y resurrección durante todo el Imperio Nuevo; y el séptimo mes toma el nombre de "El de Amenhotep".Situado en la rivera occidental de Tebas, muy cerca del Valle de los Reyes, se dieron cita a partir de la XVIII Dinastía, gran número de artesanos: Talladores de piedra, albañiles, yeseros, carpinteros, pintores, grabadores, dibujantes... todos vivían allí, en Set Maat. Se podría decir que Set Maat era un Egipto dentro del propio Egipto, puesto que esta cofradía de constructores se regía por sus propias leyes, teniendo escribas propios, jueces, tribunales y demás. Existía, por supuesto, la figura del faraón que regía por encima de todos ellos, pero venían dados por sus propias normas y reglas. Quiso el monarca que ese lugar fuese una verdadera familia, puesto que tenían estrictamente prohibido el abandonar el lugar, por razones obvias de seguridad, pues los constructores conocían el emplazamiento de las moradas para la eternidad de los faraones, y como no, los tesoros que los monarcas se habían llevado con sigo al Más Allá. En su momento dorado, Set Maat contó con unas setenta casas dentro de un recito cuyas dimensiones eran 130 x 50, y otras cincuenta casas apostadas fuera del recinto. Llegaron a registrarse un número aproximado de individuos, que oscilaba entre los 70 y 120, sin contar esposa e hijos. Era pues una comunidad reducida, pero eran los mejores profesionales del país. El hecho de que su salida del lugar fuese prohibida, era una promesa seria, puesto que incluso al llegar la hora de su muerte, eran enterrados allí mismo, en las moradas para la eternidad que ellos mismos se habían construido allí. Pequeñas casas blanqueadas se veían bordeadas por callejas cubiertas. Había una calle principal que atravesaba todo el pueblo. Las casas, con cimentaciones de piedra, eran erigidas sin embargo en material perecedero, ladrillo crudo. En una primera estancia, junto a la entrada, estaba reservada al altar en el que los hombres honraban a sus divinidades y a sus antepasados. También disponía esta estancia de acceso al sótano. Una segunda estancia superior, contenía varios dormitorios, baños, cocina y una terraza doble, donde sin duda sería un auténtico placer degustar una buena jarra de cerveza bien fresca en las calurosas noches de verano, mientras uno dormitaba frente al sendero que conducía al Valle de los Reyes, bañado por un suave y plateado reflejo de la luna. A menudo, los moradores de Set Maat organizaban reuniones, donde los artesanos, sentados en sus bancos de piedra, transmitían los secretos del oficio a sus hijos, que estaban destinados a ser los continuadores de aquella gran comunidad. Si superaban las pruebas de iniciación, los elegidos comenzaban a vivir y gozar de los misterios del Valle y de la Luz. Los artesanos de Deir el-Medineh continuaron con todas las tradiciones milenarias que ya habían heredado de sus más gloriosos antepasados constructores de pirámides. Amenhotep I había revolucionado el panorama de construcciones de moradas para la eternidad, pues separó la morada en si del propio complejo funerario. Aún así, la tradición de colocar un signo jeroglífico a la entrada de la morada, sobrevivió.