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Más que una organización el Movimiento de los Infieles es una sensibilidad, una forma de mirar y escrutar el mundo de un modo diferente. Aquí no exige fe, aquí no se predica ninguna verdad.

Los infieles renegamos de cualquier forma de sujeción social, cualquier encasillamiento en un orden objetivo, pues ello no puede ser más que el resultado de una esclavitud abierta o disfrazada, ajena a la más aunténtica Libertad, la Libertad de la Mente, el Cuerpo y el Espíritu.

En ese sentido, por ejemplo, renegamos de la Verdad, de la Verdad con mayúscula.

No hacemos el ridículo que hacen otros de buscarse a sí mismo, de habitar siquiera por un instante en la ilusión de que tal cuestión es posible, ignorando absolutamente que ese "sí mismo" no es más que el producto de un constructo histórico.

Si alguien se busca a sí mismo puede hacer sus maletas y marcharse inmediatamente de este lugar; del mismo modo que si alguien buscase la Verdad. Este no es lugar para aquellos. Antes bien, este es el lugar propicio para hacer añicos todas las formas de verdad posible; todos los dogmas, todos los tipos de sujeción.

La verdad no nos hace libres; la verdad nos esclaviza. Una vez que se ha instalado una verdad, se instala una obligación con ella, un tipo de dependencia y sujeción. Por eso los infieles renegamos de la Verdad y preferimos perdernos en la inmanencia de la alteridad absoluta.

Los infieles amamos la Libertad sin límites, sin restricciones. Somos una sensibilidad, una nueva óptica que opone la estética a la moral, la maravilla del individuo frente a la prepotencia del rebaño. Los infieles actuamos sin complejos... pues no queremos ser el blanco de las inseguridades de los más



Los infieles representamos el arquetipo del héroe trágico, como el Prometeo de Esquilo, que lleva su luz a los hombres. Renegamos de Dios pues sabemos que no existe; o, al menos, no tiene nada que ver con lo que enseñan las iglesias, mezquitas y sinagogas del mundo.

Si se piensa que dios es una entidad separada del hombre y del mundo, y que, por lo tanto, creó al hombre y al mundo, entonces se piensa en un dios que no existe.

Si se cree que dios es un ser superior, omnisciente y omnipotente, que juzgará en el día final a los vivos y a los muertos, entonces se cree en un dios que no existe.

Si se piensa que el único dios verdadero es el judío dios de Israel, o como lo propone su versión más sofisticada, la versión católica, el carpintero galileo crucificado en el siglo I, entonces se está pensando en un dios que no existe.

No existe dios alguno fuera de la luz que ilumina el interior de cada hombre. Cada hombre puede llegar a ser dios, cada hombre es un dios en potencia.

Como ya se dijo, la libertad es el valor supremo de todo infiel. Frente a este valor todo lo demás se vuelve superfluo y relativo. Para un infiel el único pecado posible es abstenerse de hacer lo que se quiere. Así, nuestra máxima es, simplemente, haz lo que quieras.

A diferencia de todos aquellos perseguidores de la libertad que demandan hacer lo que uno quiere sin perjudicar a otros, o amar, primero, y luego hacer lo que se quiere; nosotros reivindicamos una libertad que no reconoce epíteto o rostro alguno.

Para un infiel, en el principio fue el Cuerpo, luego la Mente y finalmente el Espíritu. Todo lo demás es locura (y locura cristiana, por lo demás, que es la peor de las formas de la locura). El espíritu no es algo distinto del Cuerpo. La felicidad del Cuerpo es también la felicidad del Espíritu. Un ritual de alquimia del alma, de transformación del espíritu, de crecimiento y desarrollo interior no tiene mayor valor espiritual que la comida, la bebida o la fornicación. Los placeres del cuerpo son tan importantes como los placeres de la inteligencia.



A los infieles no nos importa saber si hay vida después de la muerte, ni resurrección de los cuerpos ni juicio de las almas. A los infieles nos importa únicamente saber lo relativo a esta vida y no llenarnos la mente con supercherías del otro mundo, con fantasías de una vida mejor después de la muerte.

Los infieles buscamos la vida mejor en esta vida, la única vida posible. Por eso nuestro predicamento es Carpe Diem, pues mañana únicamente seremos alimento para gusanos.

Para un infiel, lo único que tiene valor en la vida es la Libertad, y por ello lo único con sentido en esta vida es convertirse en dios. Convertirse en dios significa conocer el Lucifer que yace escondido en lo más recóndito de cada uno de nosotros, a través del camino de la autodeificación (que no es otro que un camino de despeje y de exorcización de la estructura de prejuicios que ha modelado nuestra subjetividad), para de ese modo alcanzar la libertad más plena y absoluta.

Por ello los infieles, sin tomar en consideración los doce mandamientos mosaicos, hemos encontrado desde nuestra propia fuerza, derecho y deber y sentido. Somos aquellos orgullosos que no esperamos ayuda del Monte Sinaí, sino que hemos ido por la vida, aunque sea inconscientemente, dependiendo para todo de sí mismo, pues es de nosotros mismos de donde esperamos siempre, hallarlo todo.

Somos aquellos orgullos que hemos puesto el saber por sobre la creencia y el ser por sobre el parecer, demostrando, en ello, que tenemos el valor de servirnos de nuestra propia inteligencia.

Somos aquellos orgullosos que hemos reconocido que nunca jamás podría ser Yahvé nuestra divinidad, Jesús de Nazareth, nunca jamás nuestro Salvador. Somos aquellos ligeros de cuerpo cuyos pies ya no pisan, pues nos hemos echado a volar por los aires. Somos aquéllos que hemos nacido en el espíritu y que le hemos sido fiel únicamente a nuestro espíritu,por ello le hemos sido infiel a todo lo demás. Somos aquellos que hemos elegido las altas cumbres de los andes como morada final para nuestros objetivos y no al lejano monte Sión del Oriente medio.

Finalmente, un infiel no es alguien que por medio de los más burdos recursos, como las penitencias medievales o los derbiches árabes o algunos otros trucos similares, intenta apartar la vista de este mundo, sino que un infiel mira de frente la vida, con sus confusiones, contradicciones y cargas, pero la mira de un modo ligero, de una forma jovial. Los infieles no imploramos nunca, ni en la adversidad, de rodillas al cielo, sino que valientemente reclamamos nuestra admisión en él, porque hemos hecho todo lo humanamente posible para ser dignos de llegar a ser como dioses.





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