Capítulo I
El Huesped
Aparentemente un día normal en el dojo Kamiya... Hace unas semanas que la pesadilla de Enishi ha terminado y cada quién continua pensando sobre su futuro. Sin embargo, Sanosuke está de muy mal humor, Kenshin se ha arrinconado sin levantar la vista del suelo y Kaoru corre de un lado para otro con Yahico limpiando aquí y ordenando más allá.
_ ¡De prisa Yahiko...!
_ Pero... si todo esta listo. - exclamó el chico cansado, para luego agregar con cierto retintín - Y por más que te esfuerces este viejo Dojo no lucirá mejor...
Kaoru no se hizo esperar y apagó la sonrisa burlona de su discípulo estrellándole la escoba en la cabeza.
_ El chico tiene razón- gruñó Sanosuke- Además, el invitado de Kenshin no merece tantas atenciones.
_ ¿Oro?... ¿mi invitado? - dijo instintivamente el destajador que hoy lucía como un débil ratón.
_ ¡¡¡¡Sí!!!! - gritaron todos a una
_ Tú eres el único responsable - le acusó Kaoru
_ Si no hubieras cometido la estupidez de aceptar que vinieran al Dojo...- le recordó Sanosuke
_ Es verdad, se suponía que ibas a enfrentarlos y terminaste hospedándolos aquí... - Yahiko todavía no llegaba a asimilar que su héroe hubiera actuado de una forma tan irracional.
_ Era la única forma de que dejaran en paz la clínica del Doctor Hensai. Ahora podrá atender a los pacientes...
_ Y nosotros estamos atrapados aquí...- Sanosuke corrió hacia la puerta del Dojo y la abrió, enseguida se asomaron tres hombres que vestían un uniforme extraño. Sanosuke les cerró la puerta en la cara sin dar ninguna explicación.- Dime, ¿esta es tu idea de una buena solución...?
_ Al menos nadie terminó herido... - la sonrisa ingenua que mostró irritó más a sus amigos y terminó recibiendo un baño de agua fría, literalmente hablando.
Unos minutos después, durante los cuales Kenshin tuvo que cambiarse de ropa, un carruaje se detuvo frente a la puerta y un pelotón de soldados, llevando el mismo uniforme de los que custodiaban la puerta, entró al Dojo y lo inspeccionó con sumo cuidado. Terminado su trabajo informaron a su capitán, un joven de cabello y ojos negros, muy atractivo pero con cara de pocos amigos. Como no se molestó en saludar a los dueños de la casa, Kaoru y sus amigos se resignaron a contemplar la inaudita toma de posesión.
Luego, un grupo de soldados formó dos columnas, una frente a la otra para recibir al importante invitado de Kenshin, quien entró seguido por un anciano muy elegante de expresión severa.
Era la primera vez que Kenshin y los demás veían a este personaje. Nuestro vagabundo sólo había intercambiado palabras con el capitán y el anciano, quienes habían actuado como mediadores entre él y aquel distinguido inquilino, así que todos aprovecharon la ocasión para estudiarlo.
Se trataba de un joven alto y delgado, con el cabello negro y muy largo. Su rostro era muy hermoso: la piel blanca como porcelana, rasgos delicados y hermosos ojos color miel le hacían un ser casi irreal. Llevaba puesto un traje muy elegante y portaba dos espadas al estilo de los antiguos Samuráis.
_ Ryo-sama, - dijo el capitán arrodillándose reverente ante él - este lugar no es digno de su presencia, pero al menos es seguro.
_ Eso es suficiente, Takeshi-san. Dejo en tus manos mi vida y la de nuestros soldados.
_ No le fallaré, mi Señor. - al instante se levantó y se hizo a un lado para que su amo continuara su camino.
El gran Señor caminó lenta y majestuosamente, dando la impresión de ser un emperador. Los soldados le rindieron honor de rodillas.
Antes de subir las escaleras para entrar en el Dojo se detuvo un instante. En ese momento el grupo de Kenshin le tenía prácticamente junto a ellos y pudieron ver la expresión decidida que apareció en su rostro antes de subir el primer escalón con firmeza. Al mismo tiempo Megumi entró al Dojo custodiada por dos soldados. Su rostro mostró verdadero horror al ver al Joven y, sin pensarlo, apresuró el paso haciendo a un lado al anciano respetable para alcanzar a Ryu-sama..
_ No debe...- trató de decirle.
_ Guarde silencio y entré... - le ordenó este.
Megumi obedeció y entró a una de las dependencias del Dojo. Luego entró él y cerró la puerta, un segundo después se desplomó en el suelo agotado. Megumi se apresuró a atenderle y comprobó que en su costado derecho una mancha de sangre comenzaba a teñir la seda.
_ Le advertí que no debía caminar... y mucho menos subir escaleras - estaba furiosa.
_ Soy un Daimio... - susurró- no puedo ser débil ante mis hombres. Ellos morirán por mí cuando sea necesario, es justo que yo les retribuya de alguna forma...
_ Usted es su peor enemigo, va a terminar destruyéndose a sí mismo...
_ Quizá, y usted tendrá que estar a mi lado para verlo - le dijo con una sonrisa pícara.
_ Debería dejar que se desangrara...
_ Pero no lo hará, porque usted es una buena doctora...
Aprovechando que en ese momento Megumi estaba inclinada sobre él tratando de recostarlo apropiadamente, acarició su rostro. Ella no se apartó sino que le abrazó como si quisiera acunarle.
_ Pero temo que no podré salvarle la vida...
El joven Daimio sonrío y se rindió al agotamiento y al dolor, mientras sentía que estaba seguro bajo el cobijo de aquella mujer que hacia unos días se había cruzado en su camino.
Continuara==>.