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Dulce canto etéreo de mi vida,
acobija con tu presencia divina
esta vieja y fea sangrante herida,
que desde un ayer a mi alma tanto atormenta.
Ámame, adórame, deséame...
Enséñame que vale la pena despertar cada mañana
para oír el viento que sopla entre la maleza
y escuchar el sonido de las aves emprendiendo su vuelo.
Demuéstrame con la suavidad de tus caricias
que las noches ya no serán más infinitas,
que siempre habrá un nuevo y bello día
en donde el sol brille sobre mi triste vida.
Háblame al oído en bajos susurros
de un futuro libre de frías sombras,
sobre un camino más nunca desierto
sin este dolor que he de llevar más en mi pecho.
Tócame con la gracia de tu presencia
y lléname de tan anhelada paz interna;
rescata mi cuerpo de una muerte lenta
y despeja de mi cielo todo rastro de soledad.
Siembra en mi corazón esperanza y amor,
cuida con cariño de este débil jardín tuyo;
así cuando florezcan mil sonrisas y alegrías
obtendrás como recompensa el más puro amor de todos

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