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Opinión
La Ñ en Estados Unidos
Por
José A. Carnevali, del semanario Tiempos del Mundo en Washington
Especial para Periodista Digital (27/10/04, 09.25 horas)
Hace ya muchos años, con más pelo en mi cabeza y sin mayores
referencias en periodismo que la de una prima que trabajaba para Interview
y Paris Match, y un buen amigo de mi padre, célebre columnista
de asuntos jurídicos del ABC, decidí medio a regañadientes
ingresar en mi formación de Periodismo en Madrid.
Poco
me seducía más que la falta absoluta de materias en química
o matemáticas en esta carrera que poco a poco, en su ejercicio
profesional, me ha hecho periodista y a la que ya desde hace muchos años
he dedicado pasión, entusiasmo y devoción.
Usando
una expresión frecuente de un buen amigo guatemalteco, la divina
providencia no me ha permitido hacerme rico escribiendo, al menos hasta
ahora. Sin embargo, la práctica de este oficio si me ha reportado
enormes satisfacciones personales y tremendas experiencias de vida que
me han ayudado a ser quien soy. También ha sido por divina providencia
la vivencia de momentos duros que, en el ejercicio de escribir y publicar,
me han enseñado a calibrar la responsabilidad que todos tenemos,
ya sea como periodistas, editores, fotógrafos o como correctores
de pruebas.
A
este mi devenir han contribuido cinco años de estudios de periodismo
en el CEU San Pablo, casi dos años de arranque inolvidable en El
Faro Astorgano y de manera muy particular mis últimos 12 años
de residencia y trabajo como periodista en Estados Unidos y muy en especial
en Washington DC.
El
31 de marzo de 1992 me planté en la capital norteamericana con
unos 200 dólares en el bolsillo y sin tener la menor idea de la
forma de hacer periodismo en Estados Unidos. Tampoco sabía de la
dimensión que aquí tiene la presencia hispana, una realidad
que experimenta una explosión sin precedentes tanto en número
como en poder de compra e importancia cultural frente al resto de los
sectores que integran la familia norteamericana.
La
Asociación Nacional de Periodistas Hispanos, una de las organizaciones
gremiales más importantes en Estados Unidos, ha tenido un gran
acierto en elegir la Ñ como su logo corporativo. Y es que, con
el acelerador pisado a tope, Estados Unidos está viviendo en estos
momentos una revolución de la Ñ que se palpa. Y no solo
en el ámbito periodístico. Con su visita reciente a tres
ciudades norteamericanas, Don Felipe y Doña Leticia vinieron a
sellar una vez más la impronta histórica que la Ñ
está ejerciendo imparable en el devenir de esta nación.
Es
esta revolución de la Ñ un fenómeno típicamente
de mercado, capitalista, al que atiza una evidencia que no debemos menospreciar.
La frontera sur con México está virtualmente abierta, ya
sea demócrata o republicana la administración federal o
el inquilino de la Casa Blanca. Esta es una verdad que los números
definen.
El antiguo Servicio de Inmigración y Naturalización (atención
a la palabra Servicio), hoy transformado en brazo de asuntos fronterizos
del nuevo Departamento de Seguridad de la Patria tras el 11 de septiembre,
persiste en el mantenimiento de una política de puertas abiertas
a inmigrantes procedentes de Latinoamérica, por más que
se pretendan maquillajes periódicos de costosísimos recursos
de protección fronteriza y de aplicación de leyes vigentes
supuestamente duras respecto al cerco a la inmigración se refiere.
La
trayectoria histórica no es diferente hoy a la que caracteriza
a esta vasta revolución demográfica. Estados Unidos, un
país de inmigrantes desde el comienzo, quiere y necesita a los
inmigrantes, sabia de su formidable maquinaria económica y fundamento
sobre el que se basan los tres conceptos esenciales del sentir americano:
libertad, pluralidad y oportunidad.
La
Ñ y su revolución están literalmente cambiando el
perfil de una potencia que hasta hace muy poco se percibía como
anglosajona, una característica ya relegada a la designación
de apenas un segmento, siquiera todavía en mayoría, pero
segmento al fin y al cabo.
Hasta
hace muy poco, periódicos de la talla de The Washington Post parecían
ofuscados en su no aceptación de la realidad hispana. Su mayoría
de edad al respecto vino en tres etapas. Primero, el Post empezó
a publicar notas sobre la inmigración hispana a través de
la pluma de la célebre Pamela Constable, hoy una de sus reporteras
estrella en el prestigioso Foreign Desk del rotativo washingtoniano. Luego
vino el interesante proyecto de incluir en la edición regular del
diario una página semanal en español dedicada al fútbol.
A este proyecto le dediqué dos años como uno de sus escritores.
Con
todo, el Post todavía no llegaba a su punto de aceptación
de lo hispano. Durante años, el diario le hizo un flaco favor nada
menos que, entre otros, al secretario del Departamento de Transportes
de la administración Clinton, el hispano Federico Peña,
al que el periódico refería como Federico Pena. Sin embargo,
un definitivo golpe de realismo mágico, apoyado por los números
de la presencia hispana, bastó para que los editores del Post hicieran
lo propio al incorporar la Ñ a sus sistemas informáticos
de edición. Cientos de periódicos lo han debido hacer igualmente,
siquiera con desgana algunos, pero al menos en virtud del decoro y respeto
que toda persona merece sobre su imagen y su nombre.
A
los periódicos hispanos, de los que hablaré en breve, esto
de la Ñ les sale no solo al natural sino con orgullo.
La
ventaja comparativa del latino sobre el resto de las minorías étnicas
es que a todos los hispanos les une algo de lo que los demás carecen:
un idioma común, el español. Es este un denominador común
ya se trate de un sofisticado inmigrante de Buenos Aires o Colombia o
de un campesino salvadoreño. Este idioma común, unido a
la revolución demográfica que hace tan solo 4 años
aupó a la hispana como la primera minoría del país
por encima de la negra, es un fenómeno al que con celo sirve una
prensa comunitaria, gratuita en su gran mayoría, que no ha dejado
de crecer en las últimas décadas.
Sin
ir más lejos, en uno de los mercados de tercera división
en cuanto a presencia hispana como el de Washington, donde residen 400.000
hispanos (salvadoreños en su gran mayoría), el Post se unió
a la tendencia generalizada ya de los Prisa y los Vocento norteamericanos
con la adquisición este año de El Tiempo Latino, uno de
los 7 u 8 semanarios en español a disposición de los lectores
locales. El Post se posiciona así, casi simbólicamente (El
Tiempo Latino tiene una tirada semanal auditada de 35.000 ejemplares),
dentro del afán corporativo del periodismo de corriente general
de sacar provecho a su influencia y a una tarta de publicitaria que, en
medios impresos en español a nivel nacional, ya ha llegado a la
nada despreciable suma de 625 millones de dólares en ingresos anuales.
El
Tiempo Latino es uno más de una larga lista de 1500 periódicos
en español publicados actualmente en Estados Unidos, ya sea con
periodicidad diaria o semanal. A esta lista vienen a sumarse virtualmente
cada semana nuevas cabeceras. Y ya, en un clima de febril actividad empresarial,
estas inversiones en medios impresos en español no se limitan al
par de decenas de miles de dólares aportados por un pequeño
empresario con ganas de montar su periodiquito de barrio.
La
prensa hispana está ya entrando en la primera división con
inversiones sólidas de millones de dólares como la realizada
este verano pasado por el Grupo Recoletos, quien a través de su
subsidiaria Meximerica, ha puesto en circulación cuatro ediciones
de su periódico Rumbo en las ciudades tejanas de Houston, San Antonio,
Austin y la zona de Brownsville y McAllen, colindante a la frontera mexicana.
Para Recoletos es esta una primera avanzadilla de incursión dentro
de un proyecto más ambicioso de apertura de periódicos en
español en otros estados de la Unión.
El
grupo de The Washington Post, Tribune, Recoletos y otros grandes no quieren
quedarse al margen de la revolución de la Ñ. Los datos son
demoledores: Solo en diarios en español, la circulación
se ha triplicado desde 1990. Más importante aún, los ingresos
por publicidad de estos diarios ha dado la vuelta al marcador 7 veces,
también desde 1990.
Haciendo
uso de números más precisos, la circulación de periódicos
diarios en español ha pasado de 140.000 ejemplares en 1970 a más
de 1.7 millones en el 2002. Este incremento ha sido particularmente notable
entre 1990 y el 2000. Paralelamente, los medios impresos en inglés
también siguen una tendencia de crecimiento, pero a la inversa,
tanto en número de cabeceras como de personas que compran ejemplares.
Desde 1990, la circulación de periódicos en inglés
ha decrecido un punto porcentual cada año.
De
vueltas con datos demográficos hispanos, cabe sintetizar lo siguiente:
los hispanos son el grupo minoritario más grande en Estados Unidos,
con 38.8 millones de personas censadas en el 2002. O sea, más del
13 por ciento de toda la población. Proyecciones conservadoras
estiman su presencia en un 20 por ciento para el 2035 y eso, siempre,
sin tener presente los millones de hispanos que ya sean ilegales o sin
estatus inmigratorio, de igual manera van a seguir nutriendo los ejércitos
de lectores de prensa hispana.
Todo
apunta a un extraordinario futuro para la Ñ y para los medios de
comunicación impresos en español de Estados Unidos, en realidad
los benjamines de una realidad mucho más robusta aún en
el ámbito de las ondas de radio y de televisión hispanas.
Veintidós
estados han duplicado su población hispana en los últimos
10 años. Varias zonas del país como la ciudad de Raleigh,
Carolina del Norte, han experimentado incrementos de hasta un 1000 por
ciento en menos de una década.
Cuando un ejecutivo de prensa de 45 años hoy alcance su edad de
jubilación, Estados Unidos tendrá 55 millones de hispanos,
un 17 por ciento del total, habiendo incrementado su presencia en un 79
por ciento desde el año 2000.
Finalmente,
el poder de compra de los hispanos alcanzará 500 billones de dólares
este año, un 100 por ciento más que en 1990. La cifra será
el doble en apenas 6 años, en el 2010.
Sobre
su importancia, apenas cabe tomar como botón de muestra el mercado
hispano del área metropolitana de Dallas/Fort Worth, en Texas.
Este mercado en español tiene ya 3 grandes diarios, 10 pequeños
semanarios, 40 canales de televisión por cable, 5 estaciones de
televisión y 12 emisoras de radio.
Es
solo cuestión de tiempo para que a la Casa Blanca llegue un Federico
Peña, demócrata o republicano. Y eso, ya a nadie le dará
Pena alguna en Estados Unidos, especialmente a los hispanos que con sus
plumas pavimentaron el otrora impensable triunfo de la Ñ.
El
español quiere dar la batalla
Marcada
por las migraciones, en convivencia con las lenguas nativas americanas
y con el inglés, que se le impone a través de la tecnología, la lengua
española vive un momento de transformación y un horizonte de gran entusiasmo.
Con ese telón de fondo, se realizará en la ciudad Argentina de Rosarío
un Congreso. Las fechas: del 17 y el 20 de este mes.
Por
Claudio Martyniuk
No
hay una institución dueña del idioma, ni siquiera un país, aunque sea
aquél donde se originó o en el cual hoy viven el mayor número de hablantes
en español (y ése es el caso de México). Pero esto no significa que exista
un todo vale dado que el lenguaje es público y cuenta con reglas, aunque
ellas puedan estar abiertas a cambios a través del tiempo.
Entre el 17 y 20 de este mes, en Rosario se reunirán decenas de especialistas
de áreas vinculadas con la lengua, procedentes de todo el ámbito hispanohablante.
En paneles organizados temáticamente, escritores como Juan J. Saer, José
Saramago, Jorge Edwards, Juan J. Sebreli, Angélica Gorodischer y Jorge
Volpi, por mencionar unos pocos, pensarán la lengua en relación con la
creación literaria.
Periodistas
como Ricardo Kirschbaum, de Clarín, y los españoles Fernando Rodríguez
Lafuente y Arcadi Espada de ABC y El País, respectivamente, analizarán
su papel en las comunicaciones. También habrá catedráticos como Pedro
Barcia, Blas Matamoro, Julio Ortega —también José L. Moure y Eduardo Romano,
quienes escriben en esta edición—, además de los presidentes de las distintas
academias de Letras.
La actividad de las academias y congresos se vincula a la revisión de
las prácticas de reconocimiento de las reglas, a su adecuación y también
a la búsqueda de remedios para la corrección de distorsiones.
Herederas
del espíritu racionalista griego, las academias son tribunales que siguen
criterios enciclopédicos basados en la reunión y clasificación de los
saberes acumulados; en este caso lo hacen sobre el lenguaje y su trabajo
suele reflejarse en diccionarios y en encuentros como el presente evento
de Rosario.
Poroso, sin fronteras que lo contengan, mutable y hasta sin límites entre
lo que puede expresar y lo que no, el lenguaje demanda una especial atención
de parte de investigadores, escritores y operadores de las industrias
culturales. Se debe atender a las tendencias que se manifiestan, corregir
las deficiencias observadas y, a la vez, preservar la riqueza de la variedad
lingüística presente en una cultura.
En nuestro mundo globalizado, la comunicación ocupa un lugar central.
Ya la información científico-técnica ha devenido, como lo reconoce el
filósofo alemán Jürgen Habermas, la principal fuerza productiva de nuestra
época, mientras que la cultura se halla atravesada por el mercado. La
revolución digital elimina distancias y lleva al infinito la acumulación
de contenidos e información. En este contexto, el libro y los medios gráficos
—en especial los diarios, que fueron pilares de la esfera pública moderna—
se hallan expuestos a influencias y a la necesidad de convivir en un entorno
en permanente ebullición y dominado por el inglés.
Es claro que, en este contexto, los problemas del español no pueden ser
encapsulados en el ámbito de cada nación donde esa lengua predomina, requiriendo
un abordaje abierto y concertado, problematizador y no reductivo.
El III Congreso de la Lengua Española focalizará el análisis de la tensión
entre "identidad lingüística y globalización", partiendo del supuesto
de que en el mundo contemporáneo, lejos de disolverse toda diversidad,
adquieren mayor potencialidad las diferencias. Así, se han organizado
los debates en tres foros, en el primero de los cuales se analizarán —como
lo ha explicado el director de la Real Academia Española, Víctor García
de la Concha— "los aspectos ideológicos de la identidad lingüística junto
a la relación del español con otras lenguas con las que convive, las indígenas
en América y las que se utilizan en España".
Lengua plural
Las voces de los expatriados, de los migrantes que llevan y traen otras
lenguas, también serán objeto de análisis, sea tanto porque países de
habla española son receptores de personas que portan diferentes identidades
lingüísticas, como porque poblaciones hispanas deben buscar un hogar en
ámbitos donde priman otros idiomas. Así, se podrán advertir dimensiones
tan disímiles como la larga ausencia de una política lingüística en la
Argentina para acercarse desde el ámbito escolar, a los pueblos originarios
e inmigrantes que no son hispanohablantes, o —por citar un caso del todo
diferente— el enorme impacto del español en la sociedad norteamericana,
que hoy avizora un futuro de país bilingüe.
A este mismo eje pertenecerá la indagación sobre la vinculación entre
sociedad y lenguaje, en la cual el empobrecimiento de las experiencias
subjetivas y el decaimiento de la riqueza lingüística tienen una complejidad
que excede a la mera relación entre pobreza material y achicamiento del
campo simbólico, ya que se relaciona con la unidimensionalidad de los
bienes simbólicos producidos para el consumo por las industrias culturales
de masas.
El segundo gran foro temático se referirá a la identidad y la lengua en
la creación literaria y tendrá un tratamiento abierto, capaz de pensar
el diálogo entre distintas literaturas y la invención de una identidad
local en el marco de tradiciones que, como lo señalara Borges, son universales.
Una política común
También se estudiarán las políticas de traducción y la lengua hablada
en películas, series y telenovelas, sean en español de origen o sean dobladas.
En Rosario se presentará la edición del Quijote que ha realizado la Real
Academia Española a poco de cumplirse, el año próximo, los cuatro siglos
de la aparición de la obra literaria que mostró la riqueza del español
para construir mundos de ficción.
El restante eje que merecerá sesiones plenarias y paneles tendrá como
tema el español internacional y la internacionalización del español, y
se centrará en las funciones de los medios de comunicación con respecto
a la creación cultural, a la preservación de variedades locales, al espacio
del libro producido en Iberoamérica y a la necesidad de planificar la
enseñanza del español en el mundo. Cabe consignar que la lengua portuguesa
acortará su distancia con el español, merced a algunos representantes
de primer orden: Nélida Piñón, novelista y presidente de la Academia de
Letras de Brasil, cuyas obras completas serán llevadas a nuestro idioma
el año próximo, y el premio Nobel portugués, José Saramago, quien abrirá
el homenaje a Ernesto Sabato en la última jornada de sesiones.
Se
debatirán algunos de los desafíos más trascendentales que deberá enfrentar
nuestra lengua en este milenio: ganar en coordinación de políticas y estrategias
lingüísticas sin que se pierdan los rasgos locales, facilitar que la lengua
española pueda desplegarse como productora de cultura y universos de lectores
y espectadores en las más disímiles geografías y, sobre todo, preservar
y extender su posición en un contexto en el que se ha establecido el imperialismo
del inglés como lengua mediadora entre lenguas e idioma dominante en la
ciencia, las innovaciones tecnológicas y el mundo de los negocios.
¿Idioma de laboratorio?
La historia de los congresos de la lengua no es como la contó César Aira
en El congreso de literatura, aunque ambos tengan elementos en común.
En la novela de Aira se trata de clonar a Carlos Fuentes, asistente a
un congreso que transcurría en Mérida, Venezuela; Fuentes también estará
en Rosario. Aira recuerda en su novela un viejo consejo sapiencial: "Simplifica",
y lo adopta como divisa para su escritura. En buena medida los participantes
de la asamblea que tiene como tema el español también deben simplificar,
ya que como lo advirtió George Steiner en Después de Babel, "el concepto
de un idioma estándar no es más que una ficción fundada en la estadística".
Además, la complejidad de un lenguaje desborda cualquier cauce que se
le quiera imponer.
Pero así como aun en la "simplificación" de un relato se tejen tramas
y se producen sentidos, en la "simplificación" de los especialistas de
la lengua se trazan mapas de los flujos del habla, y se revisan y modifican
normas que —dado que el lenguaje es un fenómeno público reglado— orientan
usos tenidos como correctos por los usuarios del idioma. Congresos y academias,
entonces, analizan y orientan, porque como lo afirmó en El dardo en la
palabra Fernando Lázaro Carreter, miembro de la Real Academia Española
fallecido hace meses, "los idiomas no se construyen en los laboratorios,
sino en la sociedad que los usa".
Si hasta 1924 y 1925 la Real Academia llamó "de la lengua castellana"
a su Gramática y a su Diccionario, luego se pasó a adoptar el criterio
de Ramón Menéndez Pidal, quien entendió esto como impropio, perteneciente
a un exclusivismo del reino de Castilla que no se asienta en la tradición
medieval ni en el perfeccionamiento de la lengua debido a la literatura
del Siglo de Oro.
La crítica al centralismo uniformador sostenido por los académicos tradicionalistas
ha tenido un giro importante en los últimos años, en los cuales ha crecido
el reconocimiento de que el español es una lengua internacional y que,
por tanto, sus reglas y los significados de los términos exigen el reconocimiento
de particularidades que ya no son meros regionalismos internos a la geografía
española.
A una docena de años del Congreso de la lengua Española de Sevilla, organizado
en el marco de los cuatro siglos de la llegada de Colón a América, y después
de que en 1997 se hiciera el Primer Congreso Internacional de la lengua
Española en Zacatecas, México, y del concretado, en 2001, en Valladolid,
España, en Rosario se aguarda un debate masivo, con 2.900 inscriptos,
sobre el presente y el porvenir de un idioma que Carlos Fuentes caracteriza
como "una lengua impura", asentando en su impureza su valor, su tradición,
su renovación y comunicabilidad. No hay español puro —y si lo hubiera
quizá esa pureza fuera su defecto, su miseria—, y esto sea tal vez lo
que permita su enriquecimiento y difusión en el tercer milenio, a la vez
que explique las resistencias a un castellano neutro que uniformaría los
diversos castellanos, incluido el ibérico.
La influencia de los estudios contemporáneos sobre el lenguaje fueron
llevando a una valoración positiva de la diversidad lingüística y, además,
a concebir a la propia lengua como no homogénea. Este abordaje ha llevado,
como lo explica la lingüista María Elena Rodríguez, a que se admita una
mayor variedad en los contenidos de área de lengua que se imparten en
las escuelas argentinas. "Aunque permanece —explica Rodríguez, quien además
trabaja en el área de contenidos de la Secretaría de Educación de la ciudad
de Buenos Aires— la idea y la enseñanza de un dialecto más prestigioso,
esto se presenta con un conjunto de variedades, lo cual refleja la diversidad
que está presente en la estructura social".
Por
este motivo, progresivamente pero con más énfasis desde el fin de la última
dictadura, se abandonaron las lecturas unilaterales que antaño inculcaban
autores españoles y una variedad de castellano uniforme, abriendo las
aulas a la literatura latinoamericana. Complementariamente, Beba Guido
—autora de libros para la enseñanza de la lengua y profesora de esta materia
en diversos magisterios— afirma que, en contra del pasado en el que se
enseñaba en base al "tú" —forma que carecía de adhesión entre los hablantes—,
"ya la enseñanza de la lengua se basa en la lengua en uso".
Un elemento básico para transmitir el lenguaje a las nuevas generaciones
es el libro. Sobre las políticas de edición en un mercado hegemonizado
por editoriales provenientes de España, y en relación a los distintos
empleos regionales del español, Fernando Esteves, director del Grupo Santillana
en el Conosur, que incluye sellos como Aguilar, Taurus y Alfaguara y es
una de las principales editoras de manuales escolares, afirmó que "las
diferencias que puedan existir entre los distintos usos del castellano
no debieran neutralizarse —de hecho no ocurre puesto que cualquier
lector español comprende a un escritor argentino o viceversa. Las diferencias
y los matices, como todo mestizaje, no empobrecen sino que enriquecen.
Ningún
editor que conozca recurre a traductores que propongan una utilización
aséptica del lenguaje. Cierto lenguaje neutro quizás sea posible en libros
técnicos, en literatura es inadmisible". Además, consultado sobre las
maneras cómo se produce la globalización de autores en lengua española,
señaló que "ésta nada tiene que ver con el castellano que se utilice.
La prueba definitiva de ello es que las obras clásicas de la literatura
universal han superado todo tipo de mediaciones —traducciones incluidas—,
tienen vigencia más allá del tiempo y el lugar en los que han sido escritas".
Tradición e innovación
Lázaro Carreter enseñaba que "una lengua es el archivo adonde han ido
a parar las experiencias, saberes y creencias de una comunidad", aclarando
que ese archivo se halla bajo una permanente actividad y hace que palabras
y expresiones cambien de sentido, se tornen obsoletas o se extingan, mientras
que otras se incorporan.
Por
esta razón, el idioma es un escenario recorrido por tensiones. En general,
los académicos y los diccionarios —que desde el siglo XVIII ganaron en
autoridad sobre el idioma y que Internet hoy empuja a redefinir—, persiguen
mantener la lengua tal como fue hallada, pero las necesidades expresivas,
los desvíos propios de grupos que así adquieren su especificidad y los
contactos con otras lenguas, suelen traer cambios, desafiar sonidos y
sentidos.
Y
en tal dialéctica de la continuidad y la renovación persiste el idioma
que se encarna en cada uno de nosotros, sus hablantes. En ese movimiento,
la socialización lingüística a través de la familia pero también por la
escuela y el efecto de los medios de comunicación, deja una marca capaz
de enriquecer el universo de sentidos o, por el contrario, de restringirlo.
De
este modo, y aunque pueda parecer que el Congreso de la Lengua tiene un
alto nivel de abstracción y de impersonalidad, sus problemáticas se relacionan
con la capacidad de producción de sentidos y de efectos comunicativos
de los hablantes del español en un mundo global en el que se extinguen
lenguas y hay hegemonías aplastantes, en el cual también existen resistencias,
desafíos y, a pesar de todo, el cultivo de las diversidades.
Además,
el Congreso interviene en un área —la lengua— que produce todo un universo
voluminoso de negocios, que van desde la industria editorial y los medios
gráficos a la televisión, la música y el cine. En buena medida, la expansión
del número de hablantes del español es, correlativamente, el crecimiento
de formas simbólicas que también son mercancías y brindan ganancias.
El español es signo de identidad para sus hablantes, un idioma de la cultura
con una formidable tradición y un horizonte abierto: acercar el ideal
de que sus hablantes puedan participar de la madurez y potencia de la
lengua.
Clarin,
15 de noviembre 2004
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