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Las ciencias vacías de la comunicación
Por
Miguel Wiñazki.
Mwinazki@clarin.com
Imagine
un seminario de física y matemática, en el que ningún
físico o matemático estuviera presente. Imagine un congreso
de zoología que excluyera la participación de los zoólogos.
En el campo periodístico esa situación formal es de hecho
frecuente.
Son
innumerables los eventos teóricos vinculados a la acción
comunicativa propiamente dicha en los que los profesionales de la información
brillan por su asombrosa ausencia. Son muchísimos los libros de
texto relativos al periodismo en los que los periodistas no escriben una
línea.
Se
puede argumentar, y no es un argumento menor, que la configuración
del sistema informacional incluye a emisores y también a receptores
y que, por lo tanto, los estudios de recepción de las noticias
no requieren necesariamente del testimonio de quienes las emiten, para
legitimar los análisis.
Sería
posible, tal vez, realizar un evento científico vinculado a la
medicina con la exclusiva participación de pacientes (de los receptores
de la acción clínica) y sin la presencia de médicos.
Sería eventualmente factible aunque extraño porque la ausencia
de uno de los polos de la praxis medicinal, quedaría borrado entonces,
y las conclusiones serían quizás desequilibradas.
Del
mismo modo, la inexistencia permanente del testimonio de lo pacientes
patentizaría también una evidente falencia. No sería
descabellado sin embargo generar algún tipo de seminario de ésta
naturaleza, con pacientes y sin médicos, aunque, en verdad, no
resultaría conducente que la mayoría de los congresos de
medicina se desplegaran sin el aporte de los médicos.
En
el caso de la acción comunicativa, abundan los “conceptualistas
unipolares” de las dimensiones interiores del periodismo, que ignoran
por completo como se realiza una puesta en página en un diario,
que no tienen ninguna idea relativa a las rutinas metódicas que
deben respetarse para que los tiempos de producción de la noticia
resulten acordes a las rígidas cronologías a las que obliga
la necesaria articulación entre la redacción y los talleres
de impresión, que nada saben de epígrafes, ni de bajadas
ni de la emocionante y riesgosa vivencia de escribir contra reloj.
He
verificado asombrosas mitologías relacionadas a las motivaciones
subyacentes tras los títulos de los medios, elucubradas por sujetos
que jamás debieron titular una sola nota a lo largo de su vida.
He oído refinadas imaginerías sobre la generación
de noticias, construidas por “prestigiosos” referentes que
nunca realizaron una cobertura periodística real.
La
crítica de la generación de noticiosas es necesaria y es
urgente, pero si resulta acaparada exclusivamente por quienes jamás
pisaron una redacción, los análisis pueden ser pobres, o
parciales o superfluos. La calidad periodística es un imperativo
substancial, pero no podrá mejorarse por el arte de la magia retórica
de quienes no saben como se hacen las cosas periodísticas.
Los
requisitos cognoscitivos de la epistemología, (de la filosofía
de las ciencias) exigen que quienes se dediquen al asunto, manejen los
procedimientos de la disciplina a la que a posteriori analizan desde otra
dimensión reflexiva.
Por
ejemplo, Bertrand Russell, el extraordinario epistemólogo británico,
era un formidable matemático. De hecho fue el autor de un libro
esencial como los “Principia Mathematica”, escrito con su
colega Alfred North Whitehead. Desde su manejo real, instalado en ese
saber que tenía, pudo y supo reflexionar y criticar, y elaborar
así nuevas metodologías y perspectivas para la lógica
matemática en general.
Entiendo
que las líneas precedentes podrán ser imputadas de “corporativas”
y de encubrir la intención de dejar las espinosas cuestiones periodísticas
sobre las manos cerradas de los periodistas mismos. No es así.
Del mismo modo en que resulta necesaria la participación de los
periodistas para analizar al periodismo, así también es
insoslayable la mirada argumental y fundada de los receptores de noticias
que no son periodistas. ¿Qué duda puede caber al respecto?
Todo
desbalance analítico hacia el lado de la emisión o al de
la recepción será efectivamente desequilibrado y tal vez
autoindulgente, puesto que también existen ciertos estamentos corporativos
en el espacio que se autodenomina intelectual, que de pronto desechan
el contraste con el empirismo de las cosas. He leído hace pocos
días una tesis doctoral relativa al fenómeno de los piqueteros,
realizada por alguien que jamás había visto de cerca piquetero
alguno. Era coherente, pero vacía.
Algo
así sucede con determinados aspectos de las ciencias de la comunicación.
Están bloqueadas epistemológicamente, detenidas de pronto
por un irrealismo autocomplaciente, que sirve de poco. Vale parafrasear
a Kant para afirmar que para el caso del periodismo como para tantos otros;
el oficio sin la reflexión es ciego, y la reflexión sin
el oficio, está vacía.
Clarin, 15 de febrero de 2005
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