Por
Andrés Oppenheimer
The Miami Herald
30/11/04
En la cena anual del Comité para la Protección de Periodistas
(CPJ), un evento de gala para recolectar fondos para los periodistas víctimas
de la censura en América Latina, Asia y Africa, pasó algo
interesante: uno de los países que motivó más preocupación
en la audiencia fue Estados Unidos.
Como
todos los años, unos 850 ejecutivos y periodistas estrellas de
los principales medios de Estados Unidos se dieron cita en el Hotel Waldorf-Astoria
de Nueva York la semana pasada para honrar a los reporteros más
valientes del mundo. Este año, los ganadores fueron Svetlana Kalinkina,
de Bielorusia; Alexis Sinduhije, de Burundi; Aung Pwint y Thaung Tun,
de Birmania; y el editor de la edición rusa de la revista Forbes,
Paul Klebnikov, asesinado este año en Moscú.
Las
empresas periodísticas donaron unos $1.3 millones a la CPJ, y los
asistentes aplaudieron con admiración y tristeza a medida que los
presentadores contaban las sufridas historias de los periodistas extranjeros
que ganaron los premios.
Sin
embargo, el aplauso más grande de la noche se lo llevó John
Carroll, el director de The Los Angeles Times, cuando tras recibir un
premio honorario por su carrera pronunció un discurso sobre las
crecientes amenazas al periodismo en Estados Unidos.
Tras
su discurso, la mitad de la sala se puso de pie para aplaudirlo, mientras
que los demás se quedaron aplaudiendo en sus asientos, quizás
temiendo mostrar demasiado entusiasmo ante los presidentes de sus empresas
sentados junto a ellos. Fue un extraño momento de incomodidad colectiva.
’’Cada
otoño nos damos cita aquí en Nueva York para un evento social,
elegante, y a la vez tribal’’, dijo Carroll. ``Es tribal porque
escuchamos, como hombres primitivos frente a una fogata, historias (de
periodistas extranjeros) que nos inspiran’’.
Pero
cada año, a medida que más empresas periodísticas
son compradas por corporaciones más grandes, ’’la voz
del periodista es cada vez más pequeña dentro de estas organizaciones’’,
dijo Carroll. ``Y me temo que, cada año, la brecha entre nosotros
y nuestros héroes se hace un poquito más amplia’’.
Carroll
advirtió sobre la creciente promiscuidad empresarial, en que las
compañías periodísticas están formando parte
de conglomerados que producen desde programas de televisión hasta
refrigeradoras; la proliferación de nuevos medios que sacrifican
el rigor periodístico en aras del rating; y los recientes fallos
de tribunales que podrían enviar a la cárcel a periodistas
por negarse a divulgar sus fuentes.
Tony
Ridder, el presidente de Knight Ridder, la compañía madre
de The Miami Herald, dijo a la audiencia que los actuales casos judiciales
contra Judith Miller de The New York Times y Matthew Cooper de la revista
Time son ``intentos burdos para obstaculizar y evitar la busqueda de la
verdad’’.
Se
trata de temas escuchados con cada vez más frecuencia en citas
de organizaciones pro-libertad de prensa. En los últimos meses,
tanto la Relatoría de Prensa de la Organización de Estados
Americanos como la Sociedad Inter-Americana de Prensa han manifestado
su condena a recientes fallos judiciales y acciones del gobierno que amenazan
a la prensa libre.
Entre
otras cosas, criticaron las medidas del gobierno del presidente Bush para
hacer más difícil a los periodistas extranjeros renovar
sus visas en Estados Unidos, y las crecientes limitaciones al acceso del
público a tribunales donde se ventilan casos de terrorismo e inmigración.
Asimismo, muchos grupos dicen que el gobierno de Estados Unidos está
violando el espíritu del Acta de Libertad de Información,
al denegar cada vez más solicitudes de información presentadas
por periodistas.
No
es de extrañar que, en mis viajes por América Latina, me
encuentro con mucha gente con educación superior que cree que hay
censura gubernamental en Estados Unidos. Gran parte de está creencia
se basa en la lamentable cobertura de la guerra de Irak en los medios
norteamericanos, y en el hecho que hasta el día de hoy los medios
de este país no muestran --por las mismas reglas de pudor que ejercen
en el ámbito doméstico, dicen las empresas-- las imágenes
de heridos y muertos iraquíes que se ven a diario en las pantallas
de televisión del resto del mundo.
Claro
que es absurdo comparar a Estados Unidos con Venezuela, donde el congreso
controlado por el gobierno acaba de promulgar un proyecto de ley exigiendo
que los medios sean ’’socialmente responsables’’,
o sea pro-gubernamentales. O con Cuba, donde no se permiten medios de
oposición, y 25 periodistas fueron condenados recientemente a penas
de hasta 25 años de prisión por delitos como poseer una
máquina de escribir no autorizada.
Sin
embargo, las amenazas a los medios estadounidenses deberían alarmanos
a todos. Y si Bush quiere que Estados Unidos tenga autoridad moral para
predicar la democracia y la libertad de prensa en el resto del mundo,
debería asumir el liderazgo en la lucha contra estas amenazas,
en lugar de alentarlas abierta o tácitamente.