| Argentina,
en mora con el derecho a la información
Son
cada vez más países los que han incluido el acceso a la
información pública como un derecho de todos los ciudadanos.
Por
Roberto Saba. DIRECTOR DE LA ASOCIACION POR LOS DERECHOS CIVILES
Hoy
se celebra internacionalmente el Día del Derecho a Saber. Los activistas
de derechos humanos del mundo queremos aprovechar esta fecha para atraer
la atención de la gente sobre el derecho a la información
que todas las personas tienen en una sociedad democrática.
Adoptar
un régimen democrático implica reconocer a la ciudadanía
el derecho a autogobernarse por medio de sus representantes. Esta idea
de autogobierno exige de cada uno de nosotros la responsabilidad de tomar
decisiones públicas tales como a quién queremos votar para
ocupar cargos electivos, qué políticas públicas decidimos
apoyar o qué decisiones del Gobierno vamos a criticar y reclamar
su cambio de dirección.
Una
enorme cantidad de datos y documentos cruciales para nuestra vida pública
y privada se encuentra en poder del Gobierno. Lamentablemente, muchas
burocracias, y en particular las gubernamentales, tienen una tendencia
al secreto y a no brindar información por diferentes motivos, entre
ellos, el de evitar ser controlados y juzgados por la ciudadanía.
Habitualmente
se relaciona el acceso a la información con un mecanismo de control
de corrupción. Más información implica mayor transparencia
y ello conduce a mayor control de la acción de gobierno por parte
de la ciudadanía. Esto es verdad.
Sin
embargo, el ejercicio del derecho a saber tiene un impacto mucho mayor
en nuestras vidas públicas o privadas.
Por
ejemplo, es por medio del derecho a la verdad, un derivado del derecho
a saber que reconoció la Corte Interamericana de Derechos Humanos,
que podemos construir nuestra identidad personal y colectiva conociendo,
por ejemplo, qué sucedió en los oscuros años de la
última dictadura militar o con los atentados terroristas contra
la Embajada israelí y la AMIA.
Es
por medio del derecho a saber que podemos organizar nuestra vida privada,
conociendo el modo en que el Estado implementa políticas de salud,
de educación o de asistencia social.
No
poder saber cómo votan nuestros legisladores debido a que no existen
registros en la mayoría de los casos respecto de la sanción
de una ley, torna casi imposible formarse un juicio sobre su desempeño
al momento de elegirlos para el mismo u otro cargo.
No
tener la posibilidad de acceder a un informe de impacto ambiental producido
por o para el Gobierno impide que la ciudadanía controle el accionar
de las autoridades públicas o de particulares respecto de la contaminación
del medio ambiente (que a veces se relaciona con la generación
de muertes o graves afectaciones a la salud).
No
conocer la evaluación que el propio Estado hace de las escuelas
no nos permite saber qué tipo de educación reciben o podrían
recibir nuestros hijos.
No
acceder a la información respecto de quiénes reciben cuánta
publicidad oficial y por medio de qué procedimientos nos impide
saber el grado de independencia de los medios de comunicación que
leemos, vemos o escuchamos.
Desconocer
con quiénes contrata el Estado no permite saber si nuestra empresa
puede competir por esos contratos o si lo está haciendo del modo
más eficaz o económico para el beneficio del interés
público.
Muchos
países del mundo y buen número de los de nuestro continente
cuentan hoy con un poderoso instrumento que puede ser utilizado por la
ciudadanía para ejercer su derecho a saber. Se trata de leyes que
regulan el acceso a la información y que establecen que toda persona
tiene el derecho de acceder a la información que posee el gobierno
sin necesidad de expresar el motivo de la solicitud.
La
negativa injustificada del Estado de brindar la información requerida
implica la violación de un derecho y habilita a la persona a reclamar
por su respeto ante los tribunales nacionales e internacionales.
Algunos
ejemplos de la utilidad de esta legislación en otros países
nos ayudan a apreciar su necesidad. En Japón, gracias a la ley
de acceso a la información se supo que el gobierno había
intentado manipular la delimitación geográfica de las áreas
afectadas por envenenamiento con mercurio con el objeto de reducir las
indemnizaciones a pagar.
En
la India, esta legislación permitió saber que en el barrio
Sunder Nagari de Nueva Delhi existen obras públicas sin terminar
destinadas a construir cloacas empezadas en 1983. El partido opositor
al gobierno sudafricano usó la ley de acceso a la información
para abrir documentos que mostraron un controvertido contrato sobre petróleo
hecho con Nigeria.
Una
organización no gubernamental de Bulgaria utilizó su ley
de acceso a la información para revelar que el ministro de Ciencias
y Educación le alquiló a una agencia privada la planta baja
del ministerio.
En
enero de 2002, un grupo de agricultores orgánicos chilenos, ejerciendo
su derecho a la información, ganó el primer caso judicial
de la historia de ese país que obligó al gobierno a brindar
datos respecto de la localización de cultivos transgénicos.
La
Argentina no cuenta con esta ley. El 8 de mayo de 2003 la Cámara
de Diputados aprobó un proyecto en este sentido que fue apoyado
por un considerable número de organizaciones de la sociedad civil.
Desde
entonces, este proyecto se encuentra a la espera de la decisión
de la Cámara de Senadores con algún riesgo de que pierda
estado parlamentario por no aprobarse a tiempo. Si se aprueba con modificaciones,
habrá que esperar a que se pronuncie nuevamente la Cámara
de Diputados.
Lamentablemente,
tendremos poco que festejar este 28 de setiembre en este contexto, a menos
que nuestros legisladores nos den pronto la buena noticia de que los argentinos,
al igual que las personas que habitan tantas otras naciones democráticas
del globo, también podremos contar con una herramienta fundamental
para el ejercicio del derecho a saber: nuestra ley de acceso a la información.
Clarin, 29 de septiembre de 2004
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