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Editorial
diario La Nacion
El
monstruoso crimen perpetrado anteayer por un alumno de quince años
en una escuela de enseñanza media de Carmen de Patagones debe mover
a una profunda reflexión sobre ciertas formas de violencia familiar,
social o vecinal que permanecen ocultas y que en determinado momento pueden
llegar a generar un estallido de agresividad aterrador.
Como
informó la crónica periodística, la horrenda masacre
fue ejecutada con una pistola nueve milímetros que el padre del
agresor -un suboficial de la Prefectura Naval- guardaba en un ropero de
su casa particular. El hecho provocó un estremecimiento de horror
y un torturante sentimiento de perplejidad y desamparo no sólo
en la comunidad de Patagones, sino en todo el país y aun en otras
partes del mundo.
En
muchos lugares se recordó un antecedente macabro: la matanza del
12 de abril de 1999, perpetrada por dos alumnos norteamericanos en un
instituto de enseñanza situado en Littleton, en el estado de Colorado,
donde doce adolescentes fueron muertos en forma violenta.
Como
todo hecho criminal, el brutal asesinato consumado en Carmen de Patagones
admite un doble análisis: el que corresponde al hecho concreto,
del que deberá dar cuenta la Justicia, y el que puede surgir de
una proyección del trágico suceso hacia el conjunto de la
sociedad y hacia los valores que presiden el comportamiento general de
una comunidad.
En
lo concerniente a las responsabilidades individuales del caso, corresponde
que la autoridad judicial investigue en profundidad el atroz episodio
a la luz de la estricta legislación vigente. En ese sentido, tal
vez sería prudente evitar manifestaciones públicas que puedan
generar equívocos en el imaginario social. La afirmación,
por ejemplo, de que el acto criminal no es imputable a su autor, dado
que se trata de un menor de edad, expresa una realidad incontrovertible
del campo técnico jurídico, pero debe ser manejada con cuidado
en el plano de la pura difusión informativa o social, ya que podría
inducir a la errónea suposición de que ante esta clase de
hechos la Justicia no tiene respuesta alguna o queda reducida a un rol
enteramente pasivo.
Es
obvio que no es así; la organización judicial tiene un amplio
campo de intervención en orden a la tutela y reeducación
del menor, más allá de que en términos estrictamente
jurídicos no resulte imputable como autor de un delito. De lo contrario,
estaríamos proclamando la absoluta inacción de nuestro sistema
judicial ante una masacre como la que se ha desatado. Es cierto que las
muertes de los adolescentes que cayeron abatidos por las balas asesinas
será de todos modos irreparable. Pero eso ocurre en todos los casos
en que se consuma una acción criminal.
En
lo que concierne a la valoración del hecho como manifestación
de probables conflictos no resueltos del ámbito familiar o social,
es evidente que hay todo un campo de investigación profesional
que debe ser explorado y profundizado. La familia, como núcleo
básico de la sociedad, debe acostumbrarse a encender una luz de
alerta cada vez que el diálogo entre padres e hijos se debilita
o se quiebra y abre paso a los silencios tensos o a los enconos no asumidos
ni sincerados, origen a veces de conflictos patológicos de derivación
insospechada.
Si
alguna enseñanza puede dejar en determinados momentos la violencia
criminal, es probable que en este caso, como en otros, esa enseñanza
pase por la voluntad de trabajar sin descansos ni pausas para que el diálogo
sustituya siempre al silencio y a la incomunicación o para que
la terapia psicológica proporcione a tiempo los medios que pueden
evitar la agudización de un cuadro patológico de consecuencias
impredecibles. El análisis no debería excluir, desde luego,
la consideración del problema que plantea el grado de responsabilidad
de los mayores respecto de la inquietante facilidad con que los jóvenes
y adolescentes acceden, en este tiempo, a la posesión de armas
de fuego. En este caso se trataba de un profesional, perteneciente a un
cuerpo armado de la República. La autocrítica respectiva
deberá hacerse, obviamente, en el contexto de las reglamentaciones
internas que rigen el comportamiento de los miembros de la fuerza. Finalmente,
no debe faltar en los establecimientos educativos un esfuerzo redoblado
tendiente a controlar, en lo posible, la conducta de quienes puedan estar
atravesando procesos patológicos más o menos ostensibles,
con especial énfasis en la frecuentación de los grupos familiares
correspondientes. Desde luego, sería ilusorio pretender que un
instituto de enseñanza siga de cerca los conflictos psíquicos
interiores de una población estudiantil generalmente numerosa,
pero la experiencia que dejan estas sórdidas tragedias indica que,
respecto de la prevención de potenciales estallidos de violencia,
toda precaución puede ser útil, todo recaudo y toda prevención
pueden resultar valiosos.
La Nacion, 30 de septiembre de 2004 |