|
Los
valores y el mundo real
Cuando hablamos de la necesidad de preservar determinados valores humanos
y éticos y, sobre todo, de transmitirlos con convicción
y con firmeza a las nuevas generaciones, experimentamos a veces la incómoda
sensación de estar proponiendo el abordaje de cuestiones irremisiblemente
abstractas, desconectadas del fragor o del vértigo de la vida cotidiana.
Un
valor o un precepto filosófico o moral es, por definición,
un enunciado que nos llega desde el reino de lo inmaterial, desde el universo
del pensamiento puro, desde el campo aparentemente ilusorio de las cosas
que no se tocan ni se ven. Se explica entonces que a muchas personas,
jóvenes y no tan jóvenes, les resulten escasamente atractivas
las reflexiones o las propuestas provenientes del campo de la especulación
doctrinaria o moral. Un joven o un adolescente habituados a confrontarse
con desafíos o compromisos que tocan los resortes más urgentes
de su experiencia vital es probable que no se muestren demasiado interesados
en abrirse a espacios de reflexión sobre las razones últimas
que ennoblecen el comportamiento humano.
De
ahí la dificultad con que tropiezan a menudo los padres de familia,
los maestros y los comunicadores de diferentes ámbitos cuando intentan
defender y exaltar determinadas conductas o determinados valores ante
uno o varios interlocutores juveniles. ¿Cómo lograr que
lo abstracto pase a ser atractivo y convincente en un mundo que no se
cansa de privilegiar lo concreto, lo urgente, el "aquí y ahora",
lo que está cerca y se puede tocar, lo material?
Pero
un día cualquiera ocurre lo impensable: la realidad cotidiana se
disloca y estalla en pedazos. Y cae sobre nuestras cabezas una noticia
tan horrenda como inesperada: en una escuela secundaria de una ciudad
bonaerense del Sur, un alumno de quince años ha irrumpido en un
aula empuñando un revólver y ha matado o herido a varios
de sus compañeros. Aquellas lecciones últimas que parecían
abstractas y lejanas han cobrado, de pronto, patética y visceral
actualidad. Es terrible que el precio de ese viaje acelerado de la abstracción
a la realidad, de la lejanía a la inmediatez, haya sido un crimen
monstruoso, difícil de prever e imaginar. Lo que hasta ayer parecía
demasiado "teórico" o "débil" para competir
con las urgencias cotidianas juveniles ha pasado a ocupar, trágicamente,
el centro de la escena.
Siempre
se vuelve a los valores. Ahora bien, ¿a qué valores? ¿Acaso
los principios que se alientan y se defienden desde una determinada frontera
del pensamiento son exactamente iguales a los que se exaltan desde la
vertiente opuesta? ¿Acaso no hay puntos de discrepancia y de oposición
entre una ideología y otra, entre una religión y otra, entre
una concepción cultural y otra?
Sí,
es verdad. Pero el pluralismo y la diversidad desaparecen cuando asoman
aquellos valores superiores que son los únicos compatibles con
el respeto a la vida y a la dignidad de las personas. La tradición
cultural del humanismo no tendría valor alguno si no nos hubiera
dejado esa enseñanza básica. Alguien podría suponer
que una lección tan alta está reservada a niveles supremos
de abstracción. No es así: la historia se encarga todos
los días de demostrarnos que nada referido al hombre es, en rigor,
abstracto o ajeno a la realidad. Y que aún esas enseñanzas
básicas necesitan ser transmitidas y reafirmadas día tras
día -en el aula, en el hogar, en los múltiples foros de
la comunicación social- con fuerza redoblada, con indeclinable
pasión.
A
los medios de comunicación -y LA NACION se incluye antes que ningún
otro en la lista- les corresponde un papel protagónico en esa tarea
de transmitir los supremos valores del humanismo a las nuevas generaciones.
El periodismo, gráfico, radial o televisivo, debe hacer una enérgica
autocrítica para saber si está cumpliendo con esa misión
o si en algún caso la está encarando con frivolidad, con
ligereza, con sensacionalismo o con imperdonable ambigüedad.
Editorial diario La Nacion, 3 de octubre de 2004
|