| Los
riesgos de una política descontrolada
Antonio Boggiano tambalea y Augusto Belluscio podría entrar en
zona de turbulencias. Los dos son jueces de la Corte Suprema de Justicia.
La Corte, conformada ahora por sólo siete miembros, quedaría
así durante varios meses con una mínima mayoría de
cinco jueces para resolver algunos casos con la dosis necesaria de legitimidad.
La vorágine justiciera de los legisladores, oficialistas y opositores
ha puesto en debate el arduo control político del Congreso.
En
las mismas horas en que una comisión clave de diputados ponía
en la picota a los jueces, Kirchner y Duhalde se reunían sin alharaca
ni escándalos por primera vez en mucho tiempo. Por razones diferentes,
los dos máximos referentes del partido gobernante -y de la política
argentina- aspiran a serenar al máximo tribunal de justicia. ¿Qué
pasa entonces? ¿Acaso ya no mandan?
Duhalde
oscila entre las monumentales desdichas de América latina y la
módica orfebrería del peronismo bonaerense. Carece de entusiasmo
para asir los conflictos de la nación política. Al Presidente
le falta un vínculo político apto con el Congreso; éste
parece abandonado a la buena de Dios y a los artificios retóricos
y prácticos de los legisladores. Su arte consiste en producir estupor.
Hay
un importante problema económico en manos de la Corte Suprema.
Debe definir una posición final sobre la pesificación que
sucedió tras la hiperdevaluación de Duhalde. Hay ahora sólo
cinco votos, una ajustada mayoría, que podrían ratificar
con detalles distintos la política de pesificación. Boggiano
es el quinto voto actual.
También
Belluscio integra el quinteto. El juez sobrevive a un viejo cuestionamiento
por un episodio de su vida privada que sucedió en París.
En su momento, hace ya varios años, el radicalismo salió
en su defensa hasta que logró apartarlo del riesgo. El tiempo ha
pasado. Antes, el radicalismo confrontaba la trayectoria académica
de Belluscio con los exiguos antecedentes de los jueces designados por
Menem. El radicalismo contaba entonces con una presencia política
que perdió. No obstante, el caso Belluscio es embrionario aún.
Conviene
detenerse en Boggiano. Tres hombres poderosos del gobierno (Alberto Fernández,
Roberto Lavagna y Carlos Zanini, el influyente colaborador presidencial)
están de acuerdo en estabilizar la Corte, tras la renovación
que ya ocurrió. El diputado Ricardo Falú, titular de la
Comisión de Juicio Político, se ha ganado tres enemigos
portentosos.
Falú
tiene fama de hombre indócil e inquieto; está empujando
a Boggiano de su sitial en la Corte. Ninguno de aquellos tres funcionarios
lo recuerda con palabras cariñosas. Es cierto que Boggiano no sólo
tiene adversarios entre los legisladores. También el presidente
de la Corte, el respetado Enrique Petracchi, es uno de sus más
persistentes críticos.
Lavagna
siente que cada día lo despojan de más armas para librar
el combate final con los acreedores. Los acreedores preguntan con insistencia
sobre la decisión de la Corte en el conflicto de la pesificación.
La propuesta argentina está acompañada de una ingeniería
fiscal perfecta, que se derrumbaría ante una decisión dolarizadora
de la Corte. La propia salud del sistema financiero, en rápido
proceso de recuperación, requiere ahora de una definición
sobre la cuestión.
Compuesto
como está actualmente, el tribunal nunca tomará la decisión
de dolarizar. Pero ésa es sólo una fiel deducción
de los argentinos más o menos informados. Los acreedores, que deberán
firmar una aceptación de la propuesta argentina, prefieren tener
la garantía de un papel en la mano. El papel no está.
¿Existirá
ese papel en algún momento? En un intento para ganar tiempo, el
tribunal le mandó de sopetón el caso de la pesificación
al principal fiscal del país, Esteban Righi. Righi le contestó
a vuelta de correo: está de acuerdo con la pesificación,
opinó. El tiempo se encoge.
El
propio voto de Boggiano carecería ahora de legitimidad si no mediara
un sobreseimiento definitivo en el Congreso. Convertiría en potencialmente
cambiante la resolución del tribunal si el juicio político
continuara en trámite.
Los
dos sillones vacantes corresponden a Ricardo Lorenzetti, en trámite
de aprobación, y a Carmen Argibay, largamente atrapada en la Corte
Internacional de La Haya, donde era jueza en el momento de su designación.
Falú
no es Robespierre. Pero, convertida en una especie de comité de
Salud Pública de la Francia revolucionaria, la comisión
de Juicio Político manda a los reos a la guillotina por unanimidad.
Ni Fernández ni Lavagna ni Zanini han podido hacer nada para frenar
la sangría política. El único gesto que podría
cambiar las cosas debería provenir del propio Presidente, pero
Kirchner nunca pondrá su cuerpo para defender a Boggiano. La "bola
de nieve", como calificó una alta fuente oficial al caso Boggiano,
tiene ya ornamentos imparables.
Los
diputados no son los dueños de la insurrección. El propio
Senado aprobó por unanimidad un proyecto que dispone que no podrán
ser cortados los servicios públicos de los morosos. Cualquiera,
lo necesitare o no, podrá ser moroso con esa ley en la mano. Su
texto y su espíritu corresponden a los tiempos del colapso argentino
y no a los de la resurrección.
El
gobierno había comenzado una etapa de reconciliación con
las empresas privatizadas. Una misión de funcionarios está
en Madrid con buen talante para negociar el contenido de la ley marco
para los servicios públicos. Justo en ese momento el Senado asestó
una sorpresa que tumbó por igual al gobierno y a las empresas.
La
Argentina tiene aún un profundo conflicto social irresuelto. Sólo
corresponde que el Estado disponga de subsidios para los servicios públicos
básicos de quienes realmente no pueden acceder a ellos. La demagogia
es fatalmente miope. No hay peor noticia para la inversión que
el cambio constante de las reglas del juego.
Los
buenos datos de la economía podrían trastabillar por esos
actos de la política, cuando la irresponsabilidad compite con el
populismo. A Lavagna le preocupan más esos trances sorpresivos
de la política que la propia reestructuración de la deuda.
Kirchner
suele elegir, a veces, al hombre indicado para la tarea perentoria. ¿No
fue, acaso, una buena designación la del ministro del Interior,
Aníbal Fernández, como responsable de la seguridad? Evitó
los palos y la sangre, pero recurrió a las grúas y a las
multas para sacar a los fleteros de la Capital.
La
policía de Fernández recurre ahora a todos los trucos del
pavor para amedrentar a los revoltosos. El conflicto del desorden público
no ha dejado de existir, pero mermó visiblemente. El propio Fernández
se negó a hacer cualquier gestión para acortar la prisión
del incombustible Raúl Castells. Lo conoce mejor que nadie; el
ministro del Interior negoció con él en las buenas y en
las malas, en la casa de Castells y en su propia casa, sobre las alfombras
del poder y en bares de mala muerte.
Patricia
Nine fue felizmente liberada por la policía bonaerense. El mérito
de Aníbal Fernández consistió en haber despojado
al caso de las competencias y las zancadillas entre la Policía
Federal, la bonaerense y la SIDE. El propio ministro se puso al frente
del caso.
Ni
Alberto ni Aníbal Fernández tienen tiempo ni energías
ya para lidiar con el interminable laberinto del Congreso. Pero alguien
debería hacer algo para devolverle cierta noción del orden
a la política.
Por
Joaquín Morales Solá, La Nacion, 24 de octubre de 2004
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