Un
relato magistral de Martín Zubieta. Un retazo de memoria
que fluye con naturalidad de anécdota y que, sin embargo,
impregna de aire fresco a la palabra, para ahondar sin artilugios
en recuerdos entrañables y personajes de conmovedora sencillez,
tan reconocibles como las constelaciones de un cielo estrellado
en la llanura. Anímese: ya se oye el motor de un Bedford
59.
24
diciembre 2007, lunes
Telésforo
y el doctor
No
sé porqué esta parrafada aparece justo ahora. O quizá
sí. La distancia y las fechas, ambas circunstanciales pero
inevitables, hacen que un relato que conozco casi de memoria desde
siempre, se transforme en palabras de letras de molde, si se me
permite el deliberado anacronismo. Me cuesta, además, la
primera persona, pero tampoco existe otra posibilidad. Todo es demasiado
personal y los artificios periodísticos o tenuemente literarios,
si es que he sido capaz de descubrirlos alguna vez, deberán
quedar para otra oportunidad. "Si es que hay otra", diría
el extraordinario George Bernard Shaw, con su filosa e irlandesa
ironía.
"Es inspirador -¿quién lo
duda?- recorrer el mundo en el
zumbido de un automóvil, sentir
la Arabia como un remolino de
arena, o la China con un
relampagueo de campos de arroz.
Pero la Arabia no es un remolino
de arena, ni la China
un relampagueo de campos
de arroz".
Gilbert
Keith Chesterton
No sé cuándo la escuché por vez primera. Tampoco
recuerdo si fue sólo una. No importa. Allí está,
orbitando en su propio sistema solar, eterna, conciente de su propia
belleza y orgullosa de su encanto. Sabe, ella, la historia, que
no es indispensable para nadie, pero al mismo tiempo tiene la certeza
de que en algún instante, indefectiblemente, habría
de abandonar los límites difusos de sus propias fronteras.
Esa noche de verano viajábamos con mi padre por la ruta 7,
que une a Buenos Aires con Mendoza y más allá, con
Chile. Manejaba yo, que me senté sin consultar del lado del
volante. La Capital, metro a metro, se alejaba de nosotros y su
majestuosidad se perdía, lejos, a nuestras espaldas. Volvíamos.
El destino era Junín o Alem, ya no recuerdo, poco más
o poco menos de 300 kilómetros. Por la radio pasaban un tango
tras otro y mi viejo se divertía acertando el nombre, el
autor, el cantante y la orquesta en menos de un parpadeo. El viaje
era agradabilísimo, íntimo, y teníamos toda
la inmensidad del anochecer y de la Pampa Húmeda para disfrutar
a nuestro entero antojo. No había apuros. No había
ninguna razón para tenerlos.
En
1935 la empresa adquiere el primer camion, para transportar
los productos cuidando que lleguen al consumidor con toda la
calidad original
"Viajar
es como hablar con hombres de otros siglos"
Rene
Descartes
Casi sin querer, como no podía ser de otra manera, llegamos
al puente del Salado, el río de la llanura "por excelencia".
Como teníamos tiempo, nos detuvimos un rato. La pausa para
un cigarrillo tranquilo era inevitable. Mi padre, médico
al fin, venía de asistir a un enésimo curso, que en
esa oportunidad versó, recuerdo, sobre los misterios insondables
de la "cirugía mínimamente invasiva", denominación
académica y misteriosa que parecía el título
de un cuento de Philip Dick. El Salado, en esa parte de su recorrido,
era (es) un tanto miserable, aunque suele salirse de madre de tanto
en tanto. Su cauce es muy angosto y cualquiera, con botas de goma,
puede vadearlo. No tiene la belleza que ostenta en su desembocadura,
en la Bahía de Samborombón, donde muere deglutido
por las ávidas fauces del Atlántico. Allí parece
tener sentido; en medio de la Pampa Húmeda, es como si molestase
y sólo parece haber sido una excusa para que ingenieros y
arquitectos se lucieran en la construcción de un puente coqueto,
indispensable, elegante, eficaz y resistente.
En el kilómetro 250 el cielo es un dibujo perfecto, que contrasta
con la pobre economía de recursos del Salado. Lo miramos,
en un prudente silencio, y adivinamos o creemos adivinar la constelación
de Orión y su famoso "cinturón estelar",
esas tres estrellas inmensas que responden a los nombres de Delta
Orionis, Epsilon y Zeta. Un poco más a la izquierda, si el
infinito admite este tipo de clasificaciones, aparecía la
Cruz del Sur, con Alpha y Betha Centauro jugando con la imaginación
de todos los mortales. El "brazo mas largo", dicen los
navegantes, señala siempre la dirección del Polo Sur
Celeste, un dato absolutamente inútil e irrelevante en el
medio del campo.
La
antigua planta de La Serenisima
"Todos
los sitios están igualmente lejos del cielo"
Robert
Louis Stevenson
El tránsito era pesado y los camiones, que volvían
vacíos, pasaban uno detrás de otro. Un colectivo de
"La Estrella" nos regaló un par de amables bocinazos
y siguió rumbo a su destino, urbe afuera. De repente mi padre,
que había estado por algunos instantes encerrado en sus propios
pensamientos, comenzó a hablar. Había encendido su
único cigarrillo. Estaba apoyado en el auto, estacionado
a una prudente distancia de la ruta, y miraba la clara oscuridad
tras la que se ocultaba, nada más que por un rato, la eterna
llanura. Lo cito de memoria y tras el paso de una buena cantidad
de años:
"Antes, ir de Vedia a Buenos Aires era toda una odisea y esos
315 kilómetros se hacían eternos. Cuando estudiaba
medicina, viajaba en camión, en el camión de un tipo
al que conocía de toda la vida. Se llamaba Telésforo
González, un gallego que había luchado contra Franco
en la Guerra Civil Española. El acompañante era Virgilio
Dantón Peralta, que era un poco más grande que yo.
Mirá vos, pensá en los nombres de estos dos.. La abuela
Esther, mi mamá, hacía montañas de milanesas
y tortilla que comíamos durante el viaje, porque como llevábamos
quesos para Buenos Aires, no se podía perder mucho tiempo.
Telésforo miraba el cielo una y otra vez para ver si iba
a llover. Entre Vedia y Junín la ruta 7 era de tierra y los
camiones hacían una huella enorme y si llovía, estábamos
fritos, el barrial era insoportable y se inundaba todo. Cuando no
llovía también, pero era más tolerable. En
condiciones más o menor normales, tardábamos más
de tres horas para hacer 60 kilómetros. Siempre me acuerdo
que antes de salir el Gallego se palmeaba la cola y decía
"Bueno, ostias, a saltar, culito lindo". Es que el traqueteo
era infernal, y eso que para la época, principios y mediados
de la década del `60, el camión era una especie de
maravilla, un Bedford 1959. Viajábamos lento y, al compararlos
con los actuales, el camión era una carretilla. Además,
no te olvides que la ruta era angosta y que en el puente viejo del
Salado, había que frenar para dejar pasar al que venía
del otro lado: no entraban dos vehículos al mismo tiempo
Y cuando llovía mucho y se inundaba todo entre Vedia y Alem,
a la altura de la estancia Bagual, Telésforose bajaba, media
el agua con un palo, se mojaba las patas y le indicaba a Virgilio
por donde tenía que avanzar. Después, se cambiaba
las medias y agarraba otra vez el volante.
La
ruta de tierra, además, suponía otro problema: no
se podía tomar mate porque siempre se volcaba el agua, por
lo que hasta llegar a Junín, era a pico seco o agua casi
fresca, nada más. Al primer respiro lo teníamos allí,
en Junín, donde comenzaba el macadam, como decía el
Gallego. Parábamos, estirábamos las piernas, controlábamos
la presión de las gomas y otra vez a la ruta. Y ahora se
podía tomar mate. Me sentaba al medio de los dos, con esa
palanca de cambios impresionante entre las piernas y siempre era
el cebador oficial.
Telésforo se había hecho peronista, era peronista
hasta las muelas. Y Virgilio era uno de esos radicales que se llamaban
a sí mismos peludos para diferenciarse de los conservadores.
Era yrigoyenista a muerte. Los tiempos habían cambiado y
él seguía igual. Estos dos tarados se peleaban durante
el viaje, durante todos los viajes, porque Virgilio lo acusaba a
Telésforo por la casa que había conseguido a través
de la Fundación Evita, en el Barrio Obrero de Vedia, ese
que está atrás de la Escuela Nº1. Era una hermosísima
casa y aún hoy el barrio es muy bonito. Telésforo
paraba el camión en la banquina y le gritaba:
"Coño, que te bajas ya mismo, condenado, y te vuelves
caminando a Vedia. ¿Pero que te has creído, hombre?
¿Es que contigo no se puede discutir? Además, mientes
como un niño inocente porque eres un ignorante. Eso es lo
que eres, pues el que te ha dicho que Perón es lo mismo que
Franco, no sabe nada de historia.". Y así todo el tiempo.
Virgilio lo hacía calentar medio a propósito y, por
supuesto, jamás se bajó del camión. Pero no
se tenían bronca, se querían mucho. Trabajaron juntos
muchos años y el día que Telésforo murió,
Virgilio no tenía consuelo, parecía un perrito abandonado.
Durante el viaje a Buenos Aires no había paradas, salvo que
se pinchara una goma. La entrada a la ciudad era lenta porque no
existía el Acceso Oeste, así que teníamos que
pasar por Luján, Moreno, hasta General Rodríguez,
donde se hacía la primera descarga. No lo vas a poder creer,
pero la primera detención era en lo del viejo Mastellone,
en una fábrica chiquita que se llamaba La Serenísima.
"¿Qué hacés Gringo"?, ¿"Cómo
te va, Gallego"?, se saludaban. Antes de volver a salir, el
mismísimo Mastellone (que en esa época no era el "mismísimo"
Mastellone) nos preguntaba si necesitábamos algo para comer,
y aunque Telésforo era medio orgulloso, siempre nos regalaba
dulce de leche, que era riquísimo, y algunas galletas marineras.
Uno
de los tipos de modernas unidades de la empresa
En
Buenos Aires, yo vivía en Lavalle y Salguero, arriba de
la casa de tu madre. Allí la conocí y allí
nos pusimos de novios. Ella ya estudiaba psicología. En
la otra esquina, en Lavalle y Bulnes, había un restaurante
de unos griegos amigos de Telésforo que se llamaba Mar
Ionio. Era un bodegón y después de ese viaje infernal,
una comida allí era como el supremo manjar de los dioses.
Comíamos y a dormir. Ellos dormían en el camión
y al otro día, después de descargar, Telésforo
pasaba por mi casa para recoger la ropa sucia, que mi mamá
lavaba en Vedia. A la vuelta, me la traían limpia. Cuando
me volvía con ellos, el viaje era más descansado,
el camión estaba vacío y caminaba medio kilómetro
más rápido. En todos los viajes de regreso nos deteníamos
a comer en la parrilla de Malatesta, en Tres Sargentos, y sigo
parando allí cada vez que viajo con tiempo. Hace años
que murió el viejo Telésforo. Incluso lo operé
y lo atendí siempre. Cuando murió, estaba jubilado
y hacía un tiempo que no manejaba. Lo quería mucho
y nos veíamos para su cumpleaños o para el mío,
o para las fiestas, cuando lo visitaba y nos comíamos unos
salamines caseros y tomábamos una sidrita. Había
mucha gente en el velorio de Telésforo, entre ellos Virgilio
y yo, los dos hechos mierda. Pero hubo alguien que sorprendió
a todos: Mastellone, que ya era veterano y, además ya era
el "mismísimo Mastellone", se apareció
en Vedia con un auto con chofer de uniforme. Saludó a la
familia, a Virgilio y a mí me preguntó si "era
el jovencito que estudiaba medicina". "Telésforo
fue uno de los hombres más honestos y trabajadores que
conocí en mi vida. Nunca me falló: yo sabía
que aunque lloviese o cayeran sapos embarazados del cielo, Telésforo
siempre llegaba", dijo.
Don
Pascual Mastellone, presidente de Mastellone Hnos.
Lo más absurdo es que desde el día en que me recibí
de médico, ni Telésforo ni Virgilio me tutearon
más. Nada de Alberto, Bocha, Bochita, Vasquito o Colmillo,
como me llamaba mi tío Ignacio, el ciego, después
que le leí Colmillo Blanco, de Jack London. Nada. Desde
ese día, esos dos dementes me trataron de usted y de doctor.
Y no hubo forma, jamás logré hacerlos cambiar de
opinión. Las explicaciones de ambos fueron protocolares
e inconcebibles y hasta me cansé de mandarlos al carajo.
Pero allí están, así eran, Telésforo
desde arriba y Virgilio desde acá nomás, los dos
tratándome, todavía, de usted".