El topónimo Montes de Toledo tiene, como ha señalado Julio Muñoz (1974: 8), un triple significado: como el conjunto de relieves montañosos situados entre el Tajo y el Guadiana; como la comarca que se asienta en la parte más oriental del sistema y, por último, como el territorio que, hasta la desamortización civil de 1855, perteneció a la Ciudad de Toledo en concepto de montes propios.
El sistema orográfico de los Montes de Toledo es el menor de los de la Península Ibérica. Se encuentra orientado de este a oeste, de modo que guarda cierto paralelismo con el Sistema Central y divide a la submeseta meridional en dos depresiones terciarias: una al norte cruzada por el Tajo y otra al sur por la que discurre el Guadiana.
Estas montañas han resultado del desgaste de viejos macizos hercininanos sobre los que la erosión ha ejercido tal acción que, en ocasiones, se han confundido con la penillanura.
El sistema de los Montes de Toledo está formado por una sucesión de sierras que se inician en los montes de Toledo, propiamente dichos, al sur de esta ciudad y continúa hacia el oeste por las sierras de Altamira, Guadalupe, (donde se encuentra la mayor altura del sistema: Las Villuercas con 1600 metros, Montánchez y San Pedro (las cuatro últimas en Extremadura).
Los límites de la comarca o región natural de los Montes de Toledo fueron establecidos por Gómez de Llanera (1916: 14), al norte en la extensa llanura diluvial de la Jara y la meseta granítica de Toledo por cuyo borde discurre el Tajo; al este las ondulaciones montuosas terminan en la llanura manchega; al sur, si bien el límite preciso no es claro, puede establecerse en las llanuras de Malagón, Alcoba, Horcajo de los Montes, los Alares y Anchuras; al oeste el límite natural es la depresión comprendida entre la Nava de Ricomalillo, Sevilleja, Campillo y el Puerto de San Vicente. Esta depresión es notable por la altura con que la rodean los montes de Toledo (propiamente dichos) y la Sierra de Altamira. La región, así delimitada, alcanza una longitud, de este a oeste, de más de 130 kilómetros y, de norte a sur, de 30 a 40.
Según se avanza hacia el sur de la ciudad de Toledo, las primeras alturas que aparecen son los cerros de Noez (1003 metros), Pulgar, Layos (1084 metros), Nambroca y Almonacid. Al sur de ellos, los Montes de Toledo están dispuestos en tres principales alineaciones. En primer lugar, la que forman, entre otras, las sierras de Los Yébenes, San Pablo, el macizo del Corral de Cantos (1419 metros) y Rocigalgo (1448 metros). Una segunda alineación de menor longitud está formada por las sierras de Rebollarejo, Fuenteblanca y Las Guadalerzas. La tercera alineación comprende las sierras de Enmedio, Malagón y Alamillo. Al sur de ellas adquiere desarrollo, hasta las orillas del Guadiana, la superficie de erosión sobre la que destacan las sierras de la Dehesilla (760 metros), Celada (930 metros) y Solanazo, con 860 metros (Terán, 1952: IV, 417).
Topográficamente, la comarca se caracteriza por los montes de laderas onduladas y coronadas de cuarcita que les dan un relieve abrupto. Posteriormente las cuarcitas desaparecen dejando paso a las pizarras que dan lugar a una topografía más suave (Gómez de Llanera, 1916: 18-19).
Interpuestas entre las alineaciones montuosas y al borde de estas, aparecen las rañas. Se trata de llanuras constituidas por una rampa o peana formada por un pedimento más o menos sólido salpicado de montes islas y cubiertas en parte por canturrales de cuarcita y algunos de pizarra. Estos dos materiales, tal como puede verse en los taludes, están cementados fuertemente por tierra arcillosa y arenosa, de modo que el suelo sobre el que dichos canturrales descansan, forma un conglomerado de gran cohesión. Los valles de las rañas están formados por tierras excelentes para labores agrícolas y que proceden del residuo de conglomerados. Así resulta una superficie de la raña generalmente inculta y cubierta de jarales y los valles con abundantes cultivos. En las rañas se forman lagunas superficiales que, alimentadas por la lluvia, permanecen parte del año (Gómez de Llanera, 1916: 54).
Los ríos que nacen en la cordillera, cortos y de parco caudal, son afluentes del Tajo (Huso, Gévalo, Sangrera, Pusa, Cedena, Torcón, Guajaraz y Algodor) y del Guadiana (Fresnedoso, Estena, Bullaque, Frío y Milagro).
El clima de la comarca no difiere del propio de la submeseta meridional. Las temperaturas oscilan entre los 40º y los -5º aunque, naturalmente, son menores en las cumbres. El régimen de lluvias es irregular, alcanzando, por lo general, precipitaciones medias anuales entre los 500 y los 800 mm.
Durante muchos siglos, los Montes de Toledo estuvieron cubiertos por una espesa vegetación en la que predominaba el bosque de encinas, robles y alcornoques. De ello puede hacernos una idea el informe que dieron dos comisionados de la Ciudad de Toledo dieron a finales del siglo XV, publicado por Esperanza Pedraza:
“Los montes de V.S tienen por unas partes, muy grandes y espesísimas llanuras que estas llaman rañas, todas las cuales son de montes bajos, brezales, ladernales, romerales, aulagales, que por las partes que no han sido quemadas, que son muy pocas, son muy espesas y montuosas, de manera que por no poder entrar en ellas ningún género de ganado, no sirven para otra cosa que ocupar la tierra y criar grandísimo número de lobos y zorras.
Hay otro género de monte que llaman pardo, que es de chaparros, encinas y encinillas pequeñas que, por estar el monte tan poblado y espeso de los dichos chaparros, no pueden crecer ni hay por donde entrar ganado ninguno en el dicho monte, por la misma espesura y aspereza de él.
Hay otro género de monte asimismo llamado pardo, que es en las pedrizas que tiene gran cantidad de encinas caudalosas y robles y quejigos y aceres que se crían en ellos y muchos donde hay estos árboles está por debajo la tierra rasa con mucha hierba y por otras partes pedriza y por otras, todo monte bajo.
Hay otro género de monte que llaman bravo, que tiene muchos alcornoques y encinas y quejigos muy caudalosos y por debajo mucha jara y madroña y brezales y romero, todo esto muy espeso, que no se puede entrar en él.
Hay otro género de monte que llaman grueso y este, por la mayor parte, está en los valles y caminos y arroyos el cual es de robles y quejigos grandes y fresnos y tejos y alisos y el suelo es tierra rasa de muy linda hierba”.
Esta descripción es aún reconocible en amplias zonas de la comarca, si bien en otras el paisaje lógicamente ha variado a lo largo de cuatro siglos, por la introducción de usos agrícolas especialmente cereales y olivar, así como por las repoblaciones de pinos en los años sesenta del siglo XX. En cuanto a la fauna, las políticas proteccionistas, especialmente la declaración de Cabañeros como parque, primero natural y luego nacional, han determinado la conservación y recuperación de numerosas especies pero no han llegado tarde para otras. Estos parajes, que el siglo XIV eran “buen monte de oso en invierno” (Jiménez de Gregorio, 1962: II, 38), han visto desaparecer al lobo en la segunda mitad del siglo XX y asiste a una preocupante situación de su población de linces.
Bibliografía
GÓMEZ DE LLANERA Joaquín Bosquejo geológico-geográfico de los Montes de Toledo. Junta de Ampliación de Estudios, Madrid, 1916.
JIMÉNEZ DE GREGORIO Fernando Diccionario de los pueblos de la provincia de Toledo al finalizar el siglo XVIII. IPIET, Toledo, 1962.
MUÑOZ JIMÉNEZ Julio Los Montes de Toledo. Estudio de geografía física. Universidad Complutense, Madrid, 1974.
PEDRAZA Esperanza “Descripción de los Montes de Toledo en el siglo XVI” en Boletín de la Asociación Cultural Montes de Toledo, nº 8, 1979.
TERÁN Manuel de Geografía de España y Portugal. Editorial Vicens Vives, Barcelona, 1954.
TERÁN Manuel de, SOLÉ SABARÍS L. Y OTROS Geografía regional de España. Editorial Ariel, Barcelona, 1977.