A finales de 2004 se hicieron públicos los resultados del proyecto patrocinado por la Comisión Europea denominado Corine Land Cover gracias al cual, se ha cartografiado la superficie de la Unión Europea. En España estos trabajos fueron coordinados por el Instituto Geográfico Nacional.
Los datos extraídos del proyecto merecieron, en el momento de su presentación, una fugaz presencia en los medios de comunicación y después, como suele suceder en estos casos, cayeron en el olvido de una opinión pública cada vez más saturada por mensajes fugaces, acontecimientos más o menos apocalípticos y un torrente de información que es deglutida por la sociedad sin tiempo para su digestión.
Sin embargo, lo que este estudio nos dio a conocer debería haber hecho saltar muchas alarmas, no porque nos hubiera proporcionado una información hasta entonces desconocida, sino porque eran la constatación de un desastre cotidianamente comprobado.
El enunciado de este desastre puede resumirse en unas pocas palabras con las que en su momento se construyeron los titulares periodísticos: Entre los años 1990 y 2000, la superficie de suelo urbanizado en España creció en un 25,4 %. Para ser más preciso, en esa década se urbanizaron más de 170.000 hectáreas, una superficie mayor que la provincia de Álava. A la inversa, en esos mismos años desaparecieron 240.000 hectáreas de bosque. El suelo dedicado a usos agrícolas, entre tanto, se ha mantenido estable: ha aumentado el 0,13 % que equivale a algo menos de 32.000 hectáreas (1) .
¿Qué ha pasado para que en la década de los noventa el ritmo de urbanización en España haya sido más del doble del experimentado por el conjunto de la Unión Europea? Buscaremos una explicación a la masiva construcción de viviendas, con la consiguiente expansión urbanística tras hacer algunas consideraciones:
Es evidente el aumento, entre los censos de 1991 y 2001, de la población española, debido sobre todo a la llegada de inmigrantes. En efecto, según el censo de población de 1991, España contaba ese año con 38.872.268 habitantes. En el censo de 2001, esa cifra había subido, a 40.847.371 habitantes (2). Es decir, según los datos oficiales, la población de nuestro país había aumentado durante la década de los noventa en casi dos millones de personas, lo que supone un incremento del 5,0 %. Con ser un dato llamativo, no puede explicar por sí solo el 25,4 % del suelo urbanizado.
A lo largo de los noventa, el tamaño y la estructura de los hogares (3) españoles varió sensiblemente. Mientras que en el censo de 1991, el número medio de personas por cada hogar era de 3,28, en el de 2001, había bajado a 2,88. Esto provocó un crecimiento del 19,7 % del número de hogares, muy superior al aumento de la población. Si los hogares tienen menos personas y la población aumenta, se necesitan más viviendas. La explicación es sencilla: la gente se casa y, como dice el refrán, el casado casa quiere. Como la esperanza de vida ha crecido en España hasta situarse entre las más altas del mundo, las personas mayores permanecen muchos años en sus viviendas, contrariamente a lo que ocurría en épocas anteriores en las que la muerte aparecía a edades más tempranas.
Hay un dato en los resultados del
Corine Land Cover que resulta revelador: más de la mitad de la provincia de Málaga tiene ya urbanizado su primer kilómetro de costa. El fenómeno se repite desde el cabo de Creus hasta Gibraltar. En algunas zonas, la costa es una calle que se prolonga a lo largo de muchos kilómetros sin detenerse en términos municipales ni en límites provinciales. Los paisajes que hace tres cuartos de siglo pintaron Sorolla, Joaquim Mir o Pinazo, con sus marinas, sus escenas de pescadores y los verdes de sus huertas han sido sepultados masivamente bajo toneladas de ladrillo, asfalto y cemento. Los europeos del norte empezaron a invadirlos en los años sesenta en busca del sol a precio barato. Las nuevas clases medias españolas, surgidas al calor del crecimiento económico del último cuarto del siglo XX, pronto fijaron la posesión de un apartamento en la costa como símbolo de éxito. Donde había pequeños pueblos de pescadores que sobrevivían entre el pintoresquismo y la pobreza, aparecieron grandes edificios de apartamentos y hoteles. Benidorm se convirtió en el icono de la España del desarrollo, la diversión y el estilo de vida hortera. No es de extrañar, por tanto, que más de la mitad de las viviendas secundarias que hay en España, se encuentren en la provincias costeras del Mediterráneo (ver tabla 3).

A finales de la centuria, se extendió un nuevo gusto entre amplios segmentos del mercado del tiempo libre. Un buen día todos empezamos a oír hablar de turismo de calidad y, de buenas a primeras, empezaron a aparecer como hongos los campos de golf. Los grandes bloques de apartamentos empezaron a aparecer en el imaginario colectivo de las clases medias europeas como sinónimo de colmenas donde se apiñan los veraneantes. Lo que podemos llamar “modelo Benidorm”, con su oferta de ocio masificado y ruidoso y su uso intensivo del suelo, es percibido negativamente por una buena parte de la demanda de tiempo libre. Lo realmente elegante es ahora disponer de un chalet (adosado si no hay más remedio) en Mijas, Oropesa o Alfas de Pi o alojarse en un hotel anexo a un campo de golf. El problema es que, mientras una discoteca cabe en 1.000 metros cuadrados, un campo de golf necesita muchas hectáreas y abundante agua en lugares donde no la hay. Y que las urbanizaciones de chalets unifamiliares necesitan un espacio cien veces superior al de los denigrados edificios de Benidorm, Cullera o Torremolinos.
Pero no importa: las hectáreas estaban ahí sin utilidad aparente, cubiertas de inútil vegetación, por lo general calificada, de modo ciertamente despectivo, como monte bajo. Ya se sabe: donde ahora hay una urbanización, antes había un erial y hay que acabar con los eriales como se acababa con las alimañas antes de que nos catequizara el inolvidable Rodríguez de la Fuente. En cuanto al agua, si no la hay, que la lleven del Tajo, del Ebro, del Ródano o de donde sea menester.
Paralelamente, en las áreas metropolitanas también se adoptaba una pauta urbanística favorecedora de las viviendas familiares que han ido cubriendo los entornos próximos a las grandes ciudades españolas: la fiebre del adosado amenaza comarcas enteras, desde el Vallès en Catalunya, al Aljarafe sevillano y ha desterrado la huerta valenciana al recuerdo de las novelas de Blasco Ibáñez. Y también una buena parte de la Comunidad de Madrid.
En la Comunidad de Madrid el suelo edificado ha crecido entre 1990 y 2000 en un 50 % y lo ha hecho abandonando el modelo español de ciudad donde la urbanización es compacta y en un mismo barrio conviven actividades diversas, para adoptar el modelo anglosajón en el que lo normal es vivir en una urbanización (o suburb en inglés) de grandes viviendas unifamiliares con jardín y césped, sin comercios ni lugares de diversión y en las que el automóvil es necesario hasta para comprar el pan. Hoy los alrededores de Madrid están llenos de sitios así, desde la Sierra de Guadarrama hasta La Sagra. Es una forma de vida necesitada del uso intensivo del coche y que no puede concebirse sin grandes infraestructuras viarias lo que le hace ecológicamente insostenible.
Cuando Madrid se extendía por sus extrarradios y por los municipios limítrofes del sur, lo hacía en forma de edificaciones de gran altura, capaces de alojar a un gran número de vecinos en una reducida superficie. Esta forma de ocupación del espacio, sumamente eficiente, era a menudo denigrada con el consabido calificativo de “colmenas humanas” y no faltaban quienes no podían entender cómo se construía de aquella manera cuando alrededor de la ciudad se extendían millones de hectáreas de eriales. Pues bien, esos eriales se están llenando de viviendas de modo irrefrenable. La gran metrópoli ha traspasado las fronteras de la Comunidad y ha invadido Castilla La Mancha, llegando hasta Guadalajara por el Corredor del Henares y transformando a municipios de La Sagra como Illescas y Seseña en suburbios residenciales de Madrid. Entre el 35 % y el 50 % de algunas localidades de las provincias de Guadalajara, Segovia y Toledo están pobladas por personas desplazadas de la Comunidad de Madrid y se dan casos como los de dos promociones inmobiliarias en Uceda (Guadalajara) y Méntrida (Toledo) en el que el 90 % de los compradores son madrileños (8). Este proceso no ha hecho más que comenzar porque el precio de la vivienda es en estas localidades es mucho más bajo que en el área metropolitana. En una corona comprendida entre los 45 y los 70 kilómetros, la diferencia de precio empieza a compensar las molestias de los desplazamientos diarios. La construcción de nuevas autopistas radiales, la buena calidad de los ferrocarriles de cercanías y la presencia del AVE, que ya cuenta con estaciones en Guadalajara y Toledo, y pronto la tendrá en Segovia y Cuenca, facilitan el proceso. Es perfectamente visible la intensa actividad constructora en municipios en torno a la autovía A 42 (Madrid-Toledo) como Illescas, Villaluenga de la Sagra y Numancia de la Sagra donde, en los próximos años, se dispondrá de suelo para casi 50.000 viviendas (9). Algo parecido es previsible en localidades más alejadas de la capital, en el ámbito próximo a Toledo.
Desde los Montes de Toledo, salvo en los más próximos a la capital, toda esta fiebre constructora puede parecer un tanto lejana. Pero no lo es. El proceso de invasión metropolitana de las áreas limítrofes ha provocado que muchas de las poblaciones, donde antes predominaban las segundas residencias, ahora sean barrios en los que sus habitantes se desplazan diariamente a trabajar y los fines de semana a comprar y divertirse.
La sierra de Madrid y los municipios limítrofes de Castilla La Mancha van quedando así invalidados como lugares de segunda residencia. Es cuestión de tiempo que la mayor parte de estas viviendas secundarias se conviertan en principales. Pero la demanda de segundas residencias no disminuye y eso hace previsible el desplazamiento de la oferta hacia una nueva corona exterior... en la que se encuentran los Montes de Toledo. Muchos de los municipios de la comarca conocen el fenómeno de la segunda residencia, ligado al deseo de muchas personas que emigraron y que desean contar un una casa en la que materializar su sentimiento de pertenencia a su pueblo, con el que nunca habían cortado un vínculo existencial o afectivo. Lo que ahora se asoma por el horizonte es muy distinto: se trata de una urbanización de aluvión, desligada de cualquier noción comunitaria y limitada al más crudo concepto de ocio.
Los planes de urbanización masiva ya han llegado a zonas de la provincia de Ávila situadas a más de cien kilómetros de Madrid. Los planes para desdoblar la denominada carretera de los pantanos no es ajena a ellos.
El lobo de la urbanización masiva, la especulación inmobiliaria y el consumo desaforado de recursos naturales y medioambientales puede asomar en cualquier momento sus orejas en los Montes de Toledo. Y contra este lobo no valen las batidas que acabaron con los de carne y hueso en los andurriales monteños, más o menos por la época en que empezaba a urbanizarse Benidorm.
NOTAS
(1) Tomo los datos del resumen publicado en
El País, lunes 27 de diciembre de 2004.
(2) Instituto Nacional de Estadística, Censo de población y viviendas de 1991 y 2001,
http://www.ine.es.
(3) En el Censo de 1991 (Metodología,
http://www.ine.es), el hogar se define como el conjunto de personas que, residiendo en la misma vivienda, comparten gastos comunes ocasionados por el uso de la vivienda y/o gastos de alimentación. El hogar puede ser unipersonal. En particular, el hogar recoge tanto a personas emparentadas entre sí, como a otras que no lo están, como las personas del servicio doméstico y los huéspedes fijos. Excepcionalmente, en una misma vivienda puede existir más de un hogar (el ejemplo más típico de esta situación lo constituyen las viviendas habitadas por dos hogares totalmente autónomos, uno de los cuales reside allí en concepto de alquilado o realquilado). En el Censo de 2001 (Glosario General,
ibidem), se considera hogar al conjunto de personas que residen habitualmente en la misma vivienda, con independencia de que formaran o no, parte de una misma familia. Es decir, se excluye del concepto la posibilidad de que haya más de un hogar en la misma vivienda.
(4) El INE (Censo de 2001,
ibidem), entiende como vivienda todo recinto estructuralmente separado e independiente que, por la forma en que fue construido, reconstruido, transformado o adaptado, está concebido para ser habitado por personas, y no está totalmente destinado a otros usos, y aquellos otros que no cumpliendo las condiciones anteriores están efectiva y realmente habitados.
(5) Una vivienda familiar se considera principal cuando es utilizada toda o la mayor parte del año como residencia habitual de una o más personas (
ibidem). La definición de hogar en el Censo de 2001 hace que el número de hogares sea exactamente el de viviendas principales. En cambio, en 1991, al dar cabida a la posibilidad de contar varios hogares en la misma vivienda, hay más de aquellos que de estas.
(6) Una vivienda familiar se considera secundaria cuando es utilizada solamente parte del año, de forma estacional, periódica o esporádica y no constituye residencia habitual de una o varias personas
http://atrios.ine.es/censo/es/ (Censo de 2001, ibidem).
(7) Una vivienda familiar se considera desocupada o vacía cuando no es la residencia habitual de ninguna persona ni es utilizada de forma estacional, periódica o esporádica por nadie. Se trata de viviendas deshabitadas (
ibidem).
(8) El dato lo aporta José Luis Rodríguez, delegado de la zona centro de Foro Consultores Inmobiliarios al reportaje de Sandra López Letón “Vivienda al otro lado de la frontera”, en
El País. Propiedades, 9 de septiembre de 2005.
9) Así lo afirman fuentes de la consultora Grupo i en el reportaje de Sandra López Letón, citado.