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Sade:
Retórica prohibida: semilla de la trasparencia del mal
* Una lengua de dos filos que revolcó los poderes
sociales y eclesiásticos bajo la trasparencia absoluta.
Por: Luis Manuel Aguirre España
Licenciado en Comunicación Social
Periodista
Sade sinónimo de degenerado, de aberración sexual, de deterioro. Una voz que siguiendo las pisadas de Tito Petronio se atrevió a desnudar una sociedad de perfumes, pelucas y guantes de seda.
Al visitar sus letras, como bebidos nos embriagamos por un cóctel de vísceras maceradas por la belleza de una retórica descarnada, profunda que transporta hacia ese espacio oscuro del hombre, de la sociedad. Un lugar que nadie quiere conocer, pero que se visita muchas veces en la vida. Títulos como Justine, Juliette, Crímenes del amor, Filosofía del Tocador y otros iluminan una estética maquiavélicamente humana.
Exacerbación de un placer bastardo que crece oculto y alcanza la plenitud de tragedias hiperbólicas, donde los personajes se relacionan bajo la carne guiada por unas Parcas perversas, que retuercen los hilos en una madeja demasiado trasparente y perfecta, al extremo de cegar las conciencias morales.
Versos
de dolor retuercen las extremidades y el vientre de sus lectores. Musa de
Rimbaud, Baudellaire y Poe; conciencia de poetas malditos, el Marqués de
Sade seduce con su pluma como una manzana de Eva, prohibida, bella, dulce,
pero sin embargo, con un sabor último amargo, desgarrado, espejo de pensamientos
ubérrimos, sin aquellas nimiedades sociales que los disfrazan.
Al igual que Rousseau buscaba volver al primitivismo inicial, el Marqués forzaba el conocimiento de la perversión y el decaimiento de los valores de la sociedad con el propósito de lograr una mayéutica moral que resurgiera del cáncer de la conciencia social.
Sus héroes no fueron los bondadosos ni los justos, eran los triunfadores de la tiranía, aquellos que con el arbitrio de sus potestades doblegaban principalmente a las personas más puras, tal es el caso de Justine, encarnación de una virtud exiliada a padecer el escarnio y la humillación de un mundo hostil que no aceptaba la diferencia. Estas representaciones, verdaderos grabados de una clase despótica, no fueron aceptados por la sociedad que siempre se negó a asumirse como desarraigada de sus valores máximos.
Incomprendido hasta ahora, solo los iniciados entendieron la profundidad de sus versos que desde la transparencia absoluta, para muchos pasó como simulación de hechos desarraigados, creaciones de mentes desviadas, sin embargo Rimbaud los resume con excelsa pureza en “Una estadía en el Infierno”. Así como Edgard Alan Poe lo concretiza con una vida de libertad y angustia, por una razón que lleva dolor a la existencia.
Con “Filosofía del tocador” y “Justine”, pieza clave en la bibliografía de Sade, se muestra ese carácter defraudado y existencial de la naturaleza del hombre. “Crímenes del amor” evoca la tragedia, el dolor del ser frente a los imponderables que se forjan en su misma esencia.
Hoy, muchos de sus lectores buscan en su obra la lascivia y la lujuria, convirtiéndose en parte del elenco de personajes demasiado humanos, solo algunos van más allá de los accidentes para dejar nacer la profundidad de un discurso que como litotes afirma los valores a través de la negación de los mismo. Para los últimos “Justine” vivirá sobre cualquier rayo.
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