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"La película Troya destroza una obra cumbre de la literatura universal con escandalosas inexactitudes" Por Francisco Gracia Lo siento, Homero. Wolfgang Petersen y David Benioff, director y guionista de Troya, han considerado que el texto de La Ilíada no era lo suficientemente atractivo para el lucimiento de un actor musculoso pero con escasas dotes de interpretación y han reescrito tu obra. No se trata tan sólo de una mala adaptación, es la destrucción sistemática de la leyenda y de toda la tragedia griega. Esquilo no podría escribir su Agamenón porque el héroe muere en Troya a manos de Briseida (¡llegaste tarde, Clitemnestra!), y Eurípides su Hécuba dado que la esposa de Príamo no aparece en el filme, ni tampoco sus Troyanas, puesto que ¿cómo explicar el sufrimiento en cautiverio de las esposas de los héroes de Ilión, si éstas pueden huir de la ciudad en llamas? Más
aún, los amantes de los finales felices estarán gozosos porque Helena
y Paris pueden continuar su amor fuera de los ardientes muros de la ciudad
sin que la esposa de Menelao deba regresar a Esparta; aunque, ¿con quién?,
con Menelao no, porque Héctor lo ha matado a media película, igual que
a Ayax, lo que librará a este último de tener que suicidarse al serle
negadas las armas de Aquiles tras la victoria. |
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Cómo
puede destrozarse así una de las obras cumbre de la literatura universal?
¿Tan sólo con el poder de los 200 millones de dólares invertidos en la película?
No era necesario. Cualquiera que haya leído a Homero sabe perfectamente que
su obra es ya en sí un excelente guión cinematográfico. Siguiendo este camino,
¿qué será lo siguiente? ¿Hamlet y Ofelia reinando felices en Dinamarca? No es tan sólo el argumento. La reconstrucción del armamento y la táctica militar micénica del siglo XIII antes de Cristo es un cúmulo de errores; el vestuario mezcla elementos persas, asirios, aqueménidas y otomanos con otros salidos de la fértil imaginación del figurinista. Las estatuas de los dioses griegos llevan taparrabos para no atentar contra la moral integrista norteamericana; los relieves clásicos del palacio de Menelao relatan las luchas de la guerra de Troya antes de que tenga lugar; y en el anacrónico ritual de enterramiento se disponen monedas sobre los ojos destinadas al barquero Caronte, más de seis siglos antes de la primera acuñación. No es de extrañar que en los títulos de crédito no figure ningún asesor histórico. ¿Para qué lo necesitaban? A fin de cuentas la historia puede saquearse a voluntad. Vivimos en una época apresurada, y por ello en el filme toda la trama se reduce a un espacio temporal de poco más de dos meses frente a los diez años que dura todo el ciclo troyano. Para potenciar la narración y el espectáculo, se saquean ignominiosamente obras recientes que, como Gladiator o Salvar al soldado Ryan prestan su estética y organización de escenas, semejando la llegada de los aqueos a las playas de Troya el desembarco de Normandía. Una suma de despropósitos. Y, sin embargo, la película tendrá éxito, los espectadores abandonarán las salas creyendo que ya conocen La Ilíada (el recurso a la frase: no he leído el libro pero he visto la película), y los estudiantes de Secundaria pensarán que Brad Pitt es la quintaesencia del héroe clásico. Pobres profesores cuando intenten introducir a sus alumnos en las delicias de la literatura clásica y deban desterrar las ideas prefijadas por la sacrosanta industria americana. Porque es la industria quien, en la hecatombe de héroes griegos, consigue que el único superviviente sea Ulises, y eso porque le necesitan para la segunda parte, La Odisea, aunque, ¿a quién visitará Telémaco en busca de su padre si Menelao y Néstor perecen en Troya? A Paris y Helena en su pisito de recién casados. Periodistadigital.com, 30 de mayo 2004 Enlaces |
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