HISTORIA DEL
VALLE DE VALDEBEZANA

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Desde los orígenes hasta la Edad Media

Históricamente el Valle de Valdebezana estuvo situado en el centro geométrico de los territorios dominados por las tribus cántabras, que comprendían los situados en las laderas del Monte Vindio, a los que daba su nombre y que abarcaban la casi totalidad de la actual Cantabria, gran parte del oeste de la provincia de Vizcaya en la comarca conocida como Las Encartaciones y toda la zona norte de las actuales provincias de Palencia y Burgos hasta más al sur de Oña.

Tolomeo avala la teoría de su ascendencia asiática al situar su origen en el monte de la cordillera indostánica que recibe el nombre de Vindio y en el mismo escrito cita con este mismo nombre a los montes que en la Hispania Tarraconense se encontraban en el extremo oeste del Saltus Vascorum. Así mismo afirma que, "en las tierras altas del Monte Vindio, tiene su nacimiento el Río Ibero".

Este amplio territorio fue habitado por los Cántabros, pueblo que, según unas fuentes, estaba constituido por diversas tribus de origen celta como fueron los Autrigones que habrían colonizado el Alto Valle del Ebro, los Caristios y los Várdulos en el oeste de su territorio. Otras fuentes afirman, principalmente el Padre Fidel Fita basándose en los escritos de Plinio, Estrabón y Tolomeo, que este pueblo era de raza indostánica y estaba constituido por las tribus de los Coniscos, Morecanos, Tamricos, Valegianos, Vadinienses, Orgenomescos, Aurinos, Blendios y Concanos asimiladas a los más poderosos pueblos celtas, anteriormente citados, en su lenguaje aunque conservaran sus propias costumbres, y tradiciones religiosas.

Según las fuentes consultadas (principalmente Guerrero y Orbe) las altas llanuras y vaguadas del Monte Vindio, en la orilla derecha del río Ibero, en la zona conocida como Robleeedo -aquí se hace notar la abundancia de robledales que pueblan los montes del Valle de Valdebezana- en la parte este de la ciudad romana de Julióbriga, estaban habitados por la tribu de los Vadinienses que tenían su capitalidad, la civitas antiqua, en el asentamiento de Vadinia cuya localización es desconocida (¿quizás Hoz de Arreba, asentamiento en un valle muy protegido, cercano al nacimiento del río Trifón y al amparo de las cuevas de Piscárciano?). Todos los indicios apuntan al hecho de que el Valle de Valdebezana estaba y formaba parte de los territorios de esta tribu.

Se trataba de una raza robusta y dura que soportaba estoicamente el frío y el hambre, que buscaban el suicidio arrojándose desde una roca cuando ya no se sentían válidos para la guerra, o bien cuando eran hechos prisioneros por sus enemigos par así evitar la esclavitud. Eran de costumbres rudas y muy belicosas que jamás consintieron en reconocer la soberanía de Roma, como tampoco se habían sometido a los cartagineses.

Amaban con pasión sus montañas y estaban organizados en forma tribal o gentilicia, aunque de una manera muy arcaica, según indica Estrabón. Su estructura tribal era marcadamente matriarcal. Las herencias seguían la linea femenina, las mujeres eran las dueñas de la hacienda familiar y labraban las tierras, eran las encargadas de casar a sus hermanos y recibían dote por sus matrimonios.

Su forma de subsistencia era rudimentaria. Mantenían una agricultura muy incipiente, basada en la recolección de bellotas con cuya harina elaboraban una especie de pan. Conocían algunos cereales con los que elaboraban cerveza y practicaban una ganadería primitiva. Se tiene noticia de la cría y pastoreo de cabras, cerdos y caballos.

Era tribus seminómadas que perseguían el saqueo y el pillaje de los pueblos vecinos de la meseta, aunque levantaran poblados fortificados con empalizadas en los que se refugiaban en caso de peligro.

Ya está documentado el pueblo cántabro, sus costumbres y su ferocidad guerrera en el siglo III a. J.C. Marco Poncio Catón hace referencia al río Ebro que "nace en las tierras de los cántabros". También Estrabón los cita cuando da cuenta en sus escritos que, cuando Cayo Hostilio Mancino se encargó del sitio de Numancia en el año de 134, por el solo hecho de llegar a su conocimiento que los guerreros Cántabros se encaminaban hacia aquellas tierras con el fin de socorrer a la ciudad, levantó el sitio de la población celtíbera y se retiró a sus campamentos, únicamente por miedo a la legendario bravura guerrera de sus atacantes. Sus características raciales de ferocidad y sus virtudes de valor, sobriedad y amor a la independencia están referenciadas en los escritos de autores latinos, el propio Julio César y especialmente Horacio, quien refiere los diez terribles años de guerra en que mantuvieron en vilo a las legiones de Augusto y Agripa.

Los Cántabros, junto a los pueblos astures, fueron los últimos pueblos de la península dominados por los romanos. Las últimas guerras de conquista de este pueblo se extienden desde los años 29 al 19 a J.C.. Roma concedió tanta importancia a estas guerras y a la conquista de este territorio que envió contra él siete legiones y otras tropas auxiliares.

Las tribus cántabras se unieron para defender su independencia bajo las órdenes del caudillo Corocota, quien estuvo plantando cara y causando graves perjuicios a las legiones romanas en el espacio de diez años de continuas escaramuzas. En el año 27, el propio Augusto se vio obligado a venir a Hispania con el fin de dirigir las acciones bélicas contra los Cántabros

Corocota había ideado, valiéndose de las características morfológicas del terreno, de la ferocidad y del espíritu guerrero de sus tribus, una estrategia de guerrillas, con ataques por sorpresa sobre las legiones romanas, llevados a cabo sobre varios puntos a la vez huyendo de nuevo a las montañas. Esta forma e hacer la guerra la pudo mantener durante más de cuatro años, hasta que en el año 26 Augusto concentró sus fuerzas y se lanzó sobre las poblaciones más importantes. Las principales tribus cántabras fueron cercadas por las legiones romanas en los terrenos de Aracillum (actual Aradillos) -cercana a la costa- y en Véllica -situada en el monte Bermorio al este de Aguilar de Campoo que fue completamente arrasada y entregada como botín a sus soldados por Augusto-, capitales de las tribus, donde Corocota sugrió tan graves derrotas que perdió la mayor parte de sus hombres y se vio obligado a capitular.

Augusto y Corocota se reunieron en el año 25, con el fin de firmar la paz y establecer los cánones de la capitulación en una llanada de las alturas del Monte Vindio, en las afueras de la civitas de Vanidia y que todos los indicios la sitúan en terrenos cercanos al actual pueblo de Virtus.

El valor y la osadía del caudillo Corocota se hicieron tan legendarios que César Augusto llegó a ofrecer la cuantiosísima suma de 200.000 sextercios por su vida. El historiador Dion Casio creó la leyenda de que el cántabro, enterado de esta recompensa, salió de sus montañas para presentarse en Roma para reclamarla para sí. Ante tanta muestra de valor, no solo entregó Augusto a Corocota la cantidad prometida, sino que le perdonó la vida a condición de que jamás volviera sus armas contra Roma.

Al margen de leyendas lo cierto es que después de firmada la paz de Vindio, una gran parte de los hombres Cántabros, con el fin de debilitar sus fuerzas, fueron vendidos por Augusto como esclavos en las Galias. Éstos se rebelaron contra sus dueños, se reunieron y retornaron a sus tierras, donde volvieron a sublevarse. Roma lanzó de nuevo sus legiones contra ellos en sucesivas campañas en los años 24, 22 y 20.

Agripa, encargado de la pacificación de las tribus montañesas por Augusto, decidió terminar con el cáncer en que estos pueblos norteños se habían convertido para el Imperio Romano y se lanzó con toda su fuerza contra ellas hasta que logró derrotarlas por completo. Para evitar futuros levantamientos ordenó exterminar a cuantos Cántabros eran capaces de llevar armas con lo que logró la paz definitiva. Con el fin de mantener una severa vigilancia de la región, se fundaron dos ciudades romanas, una en cada cabecera de los valles que conducen a las alturas del Monte Vindio. Julióbriga, a las orillas del Ebro y en honor a Julio César de quien tomó su nombre y la segunda en las llanuras de los altos del Vindio (el escudo), en honor a Virtus, diosa belicosa que se agrupa en el cortejo de Marte dios romano de la guerra. Ambas ciudades tuvieron como fines principales los de salvaguardar la paz y promover la romanización de los territorios recién pacificados.

La romanización, a pesar de la presencia de las tropas, no alcanzó en su totalidad a los Cántabros del Valle de Valdebezana, muchos de los cuales se refugiaron en valles de difícil acceso, como en los lugares de Arreba, Nunilla y Riaño. Con el paso del tiempo perdieron su lengua, pero aún se siguen conservando palabras, giros y expresiones, recuérdese el cambio de la "o" por la "u" en el final de las palabras, se sigue manteniendo la estructura familiar dependiente de la autoridad matriarcal, el pago de una dote por parte del hombre al anuncio del matrimonio -la costumbre del pago de "la cuartilla" por parte del novio-, se le da la minina importancia ala vida urbana, lo que favorece la dispersión de la población en pequeños núcleos casi tribales y endogámicos, el escaso afecto y, en ocasiones, el desdén de "los valdebezanos" a las entidades supratribales y el inmenso apego a la familia y al propio pueblo. Aún perviven usos basados en las costumbres, muchas veces al margen de la legalidad vigente. Así mismo se citan los enterramientos realizados hasta la alta Edad Media en sarcófagos antropomorfos excavados en la roca viva, tal como pueden contemplarse en las poblaciones de Munilla y Virtus.
                              
                                        Sarcófragos antropomorfos excavados en la roca viva en la localidad de Bezana            Sarcófragos antropomorfos excavados en la roca viva en la localidad de Munilla            Castrillo - Tumba antropomórfica.  Foto enviada por Fernando Fernández Díez           Sarcófragos antropomorfos excavados en la roca viva en la localidad de Virtus

El Valle de Valdebezana, sin embargo, fue una zona suficientemente romanizada en razón de su llana extensión, del establecimiento de la legiones romanas en sus tierras, de su facilidad de comunicaciones con el resto del territorio y con la ciudad de Julióbriga. Y sobre todo a la fundación de un castro romano cercano a Vindia, o sobre la propia ciudad cántabra, y ocupado por la Legión IV Macedónica en Virtus, lugar donde se firmó el armisticio, que no la paz como demuestran las sucesivas campañas durante los años 24, 22, 20 y 19, entre Augusto y los Cántabros a las órdenes del Caudillo Corocota.

Fueron tan fieles a sus costumbres y tradiciones, en ningún caso fueron reducidos por los pueblos bárbaros godos manteniendo una precaria independencia del resto de la península, que incluso en el siglo VI se seguían gobernando por sus propias asambleas, hasta que fueron atacados por Leovigildo quien les arrebató y destruyó su ciudad señera de Amaya en el año de 574. Al propio tiempo San Millán, y los monjes que lo acompañaban, iniciaron entre ellos la difícil tarea de predicar el cristianismo. A partir de la invasión de los árabes, en los primeros años del siglo VIII, los Cántabros se unieron con los astures y vascones para oponerse al avance de las tropas mahometanas y lograron evitar la conquista del norte de la península, desde donde se inició la reconquista.

 

 

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Bibliografía consultada:

Los pueblos del norte de la península ibérica (Julio Caro Baroja)
Los pueblos Cántabros y Astures y su guerra con Roma (A. Schulten) 
Cantabria romana (A. García y Bellido)
Los Cántabros (J. González Echegaray)