Tierra Yo que me siento como un suspiro en la infinitud del universo, integrante del género humano, lo que ha dado en llamarse como un ciudadano del mundo, estoy profundamente enamorado de este sufrido planeta que habitamos. Vivo queriendo los hielos de Laponia y los de la Antártida , la lujuriosa vegetación de la Amazonia y todas las selvas tropicales, los desiertos del centro de Africa y Asia, las austeras estepas de Siberia y de la Pampa , las grandes ciudades aglomeradas de gente y las pequeñas aldeas despobladas. Pero quiero especialmente uno de sus minúsculos rincones, la tierra que ha desarrollado mi niñez, que me ha dado perspectiva de la vida. Vivo con los latidos de mi pequeña tierra. Probablemente sea uno de los lugares menos llamativos y más desagradecidos para con sus habitantes, les obliga a vivir doblados sobre ella, aferrados a su piel, removiendo su matriz para concederles sus mezquinos favores. Pero yo, que he nacido a su amparo y he recorrido multitud de tierras ajenas, puedo asegurar que, en mi corazón, no hay ninguna tan hermosa. Mi tierra es dura, fría, húmeda y neblinosa, sin otros recursos que su gente, sin otra riqueza gratuita que su silencio, sin otro fruto que su sudor. Pero está llena de encantos y encantamientos. Mi tierra es tierra que disfruta de alma propia. Mi tierra se llama Valdebezana, es un valle de montaña, de laderas suaves, amplio, espacioso, a la vera de redondeadas colinas, como dulces tetones que le hubieran nacido a la abrupta cordillera que lo enclava. Un valle de montaña, tan aislado que solamente recibe visitantes de paso entre el mar y la meseta, situado tan en lo alto que pareciera como si, poniéndose de puntillas, desde allí, se pudiera rascar la panza de las nubes con las uñas. A su suelo se aferran las viviendas de blanca piedra arrancada a sus propias entrañas rocosas, tan recias como el terruño en el que se sustentan, diseminadas por sus campos y agrupadas en mínimas aglomeraciones, cada una con su propio nombre, nombres hermosos y sonoros, en ocasiones con más letras que habitantes. Breves y bellos como Hoz, Herbosa, Montoto o Argomedo, Riaño o Bezana, Lándraves y Pradilla. Pretenciosos como Cilleruelo de Bezana [encrucijada de caminos que se pavonea de ser titular del marquesado de su nombre], Quintanaentello, Las Torres de Arriba y de Abajo o Cubillos del Rojo. Humildes como Perros y Las Cabañas, Munilla, Arnedo o Castrillo. Devotos panegiristas de santos patrones, Quintanilla de San Román, San Vicente de Villamezán y San Cibrián. Pequeñas aldehuelas que gozan y presumen del fuero castellano de Villa, cual son Virtus o Soncillo, Villabáscones y Villamediana. Hasta el propio valle se precia de nombre redundante, Valle de Val-de-bezana. Valdebezana es sinónimo de frío. Colgado de las cumbres del Escudo, cayendo perezoso hacia los pardos secarrales de los páramos castellanos, prendido con alfileres en las puntillas del manto de Cantabria y levemente enganchado al pañolón de Burgos, dormita en una altitud media de mil metros, para dar entrada y ser camino de todos los vientos de la rosa. Desde aquí participa y las personaliza, de todas las costumbres de ambas provincias. Tiene su propio lenguaje, castellanizando hasta los límites el habla de los vecinos pasiegos y campurrianos, entremezcla sus folclores para refundirlos en sí, se enorgullece de su pasado de tribus guerreras contra Roma, de belicosa frontera entre los reinos de Castilla y de Nabarra, prestando sus bosques y sus hombres a Castilla para la construcción de los barcos que conquistaron las Américas. Hidalgo servidor de los condestables y devoto siervo de Nuestra Señora de Montesclaros. En los Somos de las primeras estribaciones de la cercana cordillera se le nace el Cierzo, el rey ventoso del valle, suave y dulce cuando no se violenta, que corta la piel como un cuchillo y arrastra entre sus soplos la reja de un arado que hiere con profundos surcos los rostros de sus gentes. Del saliente, por las cimas de la caliza sierra de Argoveo, lamiendo las crestas de las peñas de la Coronía , asoma el respe de su hálito helado el Ábrego viento, seco, duro y afilado. Conduciendo entre su aliento el frío de los descampados de los páramos, para golpearse contra las peñas y dejarnos suspendida su gélida presencia, penetra por las foces de Carrales el Solano. En los otoños, cuando el Solano se enfada, sopla con violencia, como si deseara desnudar completamente los árboles de sotos y riberas y se atreve a levantar hileras completas de tejas en las encarnadas techumbres de las casas, arrinconadas contra sí mismas, donde se arremolina, enojado por el obstáculo, mientras busca una salida que le permita continuar su violento camino. Con sabor salobre, cargado de fría humedad robada al mar Cantábrico, se mueve como un fantasma a lo largo de la falla del pantano, el Regañón. El viento que pelea con el Cierzo para dirimir cuál de los dos es quien debe imperar en estas tierras. El Cierzo conduce hasta nosotros las nieblas, reinas consortes en las alturas, para que depositen su carga de heladas gotas en forma de finísima cortina, en tanto el Regañón acompaña a las densas nubes negras, que se rasgan la barriga contra las aristas de las peñas y las quimas secas de los robles, para dejar entre nosotros su Cantábrico. El Solano nos empuja los fieros nubarrones, recogidos y arremolinados allá por las llanuras, henchidos de deslumbrante electricidad y de horrísonos estruendos de los truenos, rayos y centellas que obligan a las mujeres a arrebujarse en los rincones, para invocar temerosas la protección de Santa Bárbara y los hombres, duros de cuerpo y de semblante, pero tiernos de alma como niños, se persignen a escondidas cuando se rompen las compuertas de los cielos. Mi valle es mitad tierra y mitad agua. La cola del inmenso Pantano del Ebro [más de veinte kilómetros de espinazo, desde su cabecera en la represa de Arroyo hasta la cola en las turberas de Vilga] humedece los pies de Herbosa, Quintanilla de San Román, Villamediana, Arnedo y San Vicente, de Cabañas, de Cilleruelo y Virtus. Una multitud de arroyos lo recorren, como arterias que llevaran su preciada savia a los órganos neurálgicos de su organismo. Por aquí va naciendo el río Nela que se acrece con la Gándara , y la Brena y el Arroyo y el río de Valle y el río Trifón y tantos y más ríos cuantos pueblos vivifican esta tierra, para ir a engordar después al padre Ebro. Y fuentes, fuentes y más fuentes. De aguas duras y calizas surgidas de la cárcava, de aguas tiernas filtradas a través de profundas lamosas de blanda turba. Aguas minerales, ferruginosas, sulfurosas o fosfatadas e, incluso, alguna fuente ligeramente salobre, como esa que brota en las inmediaciones del río de Regada cuando atraviesa la pradera de Montoto. Y la estrella de las fuentes: Los Corcos. Agua fuerte y rigurosa, después de arrastrar y disolver los sulfuros del subsuelo para aflorar generosa en varios ojos. Por dos veces busca el aire cerca de la estación de la Robla , allá por los altos de Las Rasas, una más en los Vallejuelos, a medio camino de Las Cabañas y Robledo en los terrenos de Quintanaentello, la más pequeña de las pequeñas aldeas de mi valle. Y surge también allí, más civilizada y generosa, donde nos abraza la muga de Cantabria, donde se levanta, orgulloso, el Balneario mal llamado de Corconte, romántico edificio de finales del siglo XIX. Agua desagradable al paladar, nidorosa en el olfato, pero beneficiosa a lo largo de todos los órganos que atraviesa en su camino. Digestiva, aligeradora del trayecto intestinal y purificadora de vías renales y urinarias. Agua que, como los grandes remedios específicos para la salud, se dispensa en las boticas. En medio de la planada de la pradera de Las Cabañas, humilde en su aparición, con tan solo una boca, sin nada que lo señale especialmente está El Tojo, remanso profundo de aguas puras, siempre frías. Aguas fósiles en el subsuelo de la pradera. Laguna subterránea de dimensiones y capacidad desconocidas. Aguas, bravías en sus recorridos prehistóricos, rompiendo las montañas para la formación de hermosas foces que dan vista y vida a los vallejos en que se enclavan Lándraves y Perros y Pradilla y Hoz de Arreba y Munilla y en las hermosas cascadas [maqueta singular en que se inspiró la naturaleza para elevarla en altura, que no en belleza en el Salto del Angel, allá en la lejanía de los llanos de Venezuela] de las Pisas de Villabáscones. Aguas y más aguas. Aguas por sobre encima del valle, en las nubes siempre portadoras de lluvias y nieblas cargadas de humedad que llamamos de rocío, agarradas sempiternamente a las cumbres, suspendidas en la vertical, amenazando derramarse. Aguas superficiales al extremo del mar dulce del pantano, de los rumorosos arroyos. Aguas profundas recorriendo sus entrañas en los ríos interiores que se asoman a las fuentes, enormes depósitos de aguas ocultas en las lagunas escondidas de los Tojos. Mi tierra tiene la cabeza leve de nubes, la sangre blanca de agua y los pies de tierra negra, nueva, oscura y vegetal. Tierra fértil presta a regenerarse por sí misma, apta para producir, y en abundancia, todo aquello que se le exija, si no fuera por las graves dificultades que se impone a sí misma con el clima. Mi tierra tiene el suelo generoso, pero ha matrimoniado con un cielo celoso. Y su amante es cicatero y traicionero. El sol, envidioso del verdor del valle y su hermosura, se muestra esquivo en comunicar suficiente sazón a los frutos que generosa la tierra nos ofrece. El valle es verde. Salpicado de gotas de blanco en las rocas desnudas de la cárcava caliza en su cara más Castilla, que se inicia donde asientan los reales de Las Torres y Munilla escondido entre montañas, Hoz de Arreba con las inmensas oquedades de la cueva de Piscárciano, Viillabáscones, encaramado en un cerro, ensimismado en la agreste belleza de las cascadas de su arroyo y San Cibrián y las bocas de las interminables cuevas que arrancan desde los rojos secarrales calizos de Cubillos y quieren finalizar su recorrido en vecino valle, en la entrada de San Bernabé, cerca de Sotoscueva, hasta rematar en Castrillo y Argomedo. Va cerrando el círculo la imponente masa pétrea de la loma pelada de la Maza y por el norte asoman su cabeza gris las peñas areniscas de los altos descampados de La Coronía de Quintanaentello, los peñascos de Peña Plato en los altos de Cabañas y la cumbre del Escudo. Y dos docenas de manchones rojos. Encendido color de la arcilla cocida en los tejados de las vetustas casas reunidas en los dispersos caseríos, abiertos como extrañas heridas sangrando aquí y allá en su verde cuerpo. Asentados en las laderas de las colinas, hundidos en lo profundo de algún vallejo o encaramados en las cimas de los cerros, semiescondidos entre las ramas de añosos árboles, avergonzados de atreverse a conturbar la serena belleza natural del verde entorno. Desde cualquier lugar en que el observador se sitúe, allí donde se escapa la mirada, el valle es verde. Miles y miles de tonos de un mismo color siempre el mismo y siempre diferente. Oscuros verdes, casi negros, claros, verdes acharolados, limpios, puros, reflectantes. Cada centímetro de suelo tiene su color particular. Siempre verde, pero diverso siempre. La luz incide de forma particular sobre cada parcela destacando matices diversos. Profundos y sombríos en las hojas de los robles e igual de profundo, más luminoso el color de las árgomas y brezos que tapizan los descampados de las sierras. Brillante verde amarillento del chopo y del sauce en las riberas, lustroso de las agresivas hojas del acebo en lo profundo de los sotos, líquido en las hayas, lujurioso en los helechos, serio y rotundo en las robledas. Interminable gama de verde de los prados. Claros y limpios a la orilla de los arroyos ensuciándose hasta el pardusco verde en los secanos. Valdebezana es campo de pobres frutos y de escasa variedad. Es, nada más, campo de hierba y campo de patatas. Minifundios vallados y emparedados entre sí, donde no se han de calcular las medidas por fanegas sino, apenas, por celemines de sembradura. Es agricultura exigente en concederse. Pocas son las cosechas que cuentan con el beneplácito combinado del suelo del aire y de los cielos para producir una añada conforme a los esfuerzos cumplidos. Puede ser que la recolección se frustre por culpa de las lluvias, que se muestran parcas y no se engordan las patatas, o tan incesantes que se pudren en las fincas anegadas, o puede ser que lleguen intempestivas y violentas aguas negras, sucias, tormentosas en los agostos que sapan los tubérculos. Puede ser por las plagas, escarabajos que devoran las hojas, dejando las matas sin posibilidad de alimentarse, el maldito mildiu que las seca, prematuras, desde la raíz. O puede ser un año de sequía, cuando las nubes pasan de largo por encima de las cumbres para ir a descargar en los páramos lejanos. Casi todos los años sobreviene una desgracia que cercena las expectativas de cosecha. Solamente la hierba es cultivo hijo natural de mi tierra, solo a la hierba le es permitido crecer y multiplicarse en abundancia. Ella se conoce como nadie pueda conocerla y se sabe tierra de pasto, alimento único y primordial. Por eso no está dispuesta a permitir que se la fuerce y se revela en contra de quien intente torcer sus prioridades y querencias. Consorte en lomas y colinas, reina absoluta en navas y riberas, la niebla se enseñorea del valle. Niebla baja, blanca de leche matutina, desprendida de las humedades sosegadas del pantano, de las aguas turbulentas de los ríos, deslizándose como una bailarina, grácilmente envuelta en vaporoso tutú, silenciosa sin apenas acariciar el escenario de blanda hierba, atada a las riberas de los arroyos sin sobrepasar la cresta de los chopos. Etérea sábana de blanca blonda urdida por la soledad de la luna para arropar la amanecida y destejida cuando se despereza el sol de la mañana. Niebla gris, prieta, cerrada y lloradora, nacida y empujada desde los Somos de Saja a través de la suave ladera de los altos del Escudo y los húmedos pantanales por el viento del norte, se arrastra por encima de las turberas, por las despejadas praderas y los riscos para acunar el valle entre sus jirones. Se aferra a las ramas de los árboles para dejarse deslizar por las laderas y quedarse dormida, embolsada en los esteros. Todo lo parca que mi tierra se muestra con sus gentes y sus cultivos se siente generosa con los árboles, titanes del espacio que acarician sus entrañas con sus ásperas manos de raíces, mientras ordeñan sus generosas ubres y le extraen su vivificante savia. Erguidos chopos, álamos y sauces de ramas desmayadas en los humedales. Urbanos plátanos, fresnos y castaños. Individualistas y agresivos, acebos, espinos y majuelos, olmos y manzanos. Emperador y emperatriz de los suelos de Valdebezana, el orgulloso roble, enhiesto conector de cielo y tierra y el haya desparramada de amplios brazos, como si entre sus ramas deseara mecer el aire. Inmenso robledal de Hijedo que extiende sus reales por miles y miles de anegadas a lo largo de la estribación de la sierra de Carrales, a partir de la ribera del Pantano del Ebro, ascendiendo desde las llanas tierras de Arnedo, Herbosa y Quintanilla, manteniendo su altivo poder por encima de Bezana y de Montoto hasta dejarse descansar a la altura de Las Torres, en las puertas de Soncillo. Islas de robles compartiendo espacio en armonía con las hayas, en las lomas de Virtus, Argomedo y allá arriba, por los altos de Cubillos. Árboles centenarios hijos de la recia tierra, grandes islotes y pequeños continentes de oscuro y verde vegetal en un civilizado océano de hierba, junto a las indómitas extensiones de árgomas, helechos y brezos de las sierras, que dan vida al pequeño planeta de mi valle. Mundo que se nutre de sí mismo. Raíces que se hunden en el seno de su madre para escarbar buscando un alimento que le retornarán con generosidad, de nuevo transformado, al final de su ciclo en el otoño en forma de lluvia de hojas secas, de ramas desmochadas por el viento, de energético alimento de tantos y tantos animales. Las bellotas, los hayucos, amargas mellas, jugosas moras, negras endrinas, ráspanos moras y cuantas bayas se prodigan en las ramas de los arbustos. En mi tierra y de mi tierra vive el hermoso zorro, ladino, taimado, escurridizo, el fiero jabalí, los gráciles y alegres corzos y rebecos, la liebre veloz. Los pequeños asesinos soberanos de los suelos, de los rincones y los escondrijos, la jineta, el gato montés, hurones, comadrejas y musgaños. Todo tipo de lagartos, lagartijas y culebras. Sobrevuelan los aires, anidan en las ramas de los viejos árboles, en el interior de los podridos troncos, en las oquedades de las peñas toda suerte de aves. Las majestuosas águilas, los buitres y quebrantahuesos planeadores de los aires, extrañas cometas infantiles. Los veloces azores, milanos y aguiluchos a la caza de las pacíficas palomas. Los chilladores arrendajos, las ladronas urracas, los picorrelinchos picatroncos, las pardas perdices, los enlutados cuervos y las chovas piquirrojas. Y grandes bandadas de negros estorninos. Allá, entre bardales y breñas, entre zarzas y matojos anidan los pardillos, jilgueros, mirlos, cabezonas, ruiseñores, carboneras, rabilargos, calandrias y otras mil especies de distintos pajarillos, alegrando los aires con sus vuelos juguetones y redoblados trinos. Y poblando sus corrientes, plateados pececillos, ranas y cangrejos acorazados, salamandras y tritones. Saltarinas truchas y voraces barbos del pantano. En medio de todo, aprovechando la potencia del valle, viviendo con él, en él y para él, sus gentes. Gente de raza fuerte, sufrida como la tierra, dura como su clima. Hombres pequeños, recios, renegridos. Con la espalda encorvada de vivir apegados acariciando la tierra. Hombres que han sabido perdurar en la penuria del valle desde tiempo inmemorial. Hijos son de aquellos iberos que aquí se asentaron y nos dejaron sus recuerdos que aún hoy se conservan, entre otros en las tumbas antropomorfas excavadas en las peñas de Munilla, de los celtas y de las salvajes tribus cántabras [cuenta la leyenda que en los terrenos de Virtus, por donde hoy discurre la estrecha vía de la vieja Robla, se llegó Augusto César para firmar una paz por iguales entre sus legiones y nuestros indómitos antecesores. Y que por allí penetró la civilización en Valdebezana]. Se dice que este Valle fue reploblado por los vascos y que también hizo parte durante un cuarto de siglo del territorio perteneciente al Viejo Reyno de Navarra, a falta de otros documentos, el nombre de Villa – báscones quiere atestiguarlo, durante los primeros años del siglo XI y desde aquí hicimos frontera con el naciente Condado de Castilla. Fue plaza fuerte y vivero de guerreros en las luchas contra los “moros”, de castellanos y navarros. Y de castellanas luchas fratricidas. Aquí se levantaron torreones y castillos, aunque solo el de Virtus permanece en pie que otro – el de Cilleruelo – lo aprovecharon sus habitantes [gentes sabias que supieron en su día dar utilidad pacífica a lo que nació como bélico] para levantar sus casas cuando fuera abandonado por sus dueños. Y se alzaron, que aún siguen en su puesto bellas iglesias románicas, modificadas y adecuadas con el paso de los siglos en Virtus y en Munilla. Y otras más existirían, solo que, sobre sus cimientos se yerguen las actuales y de aquéllas poca memoria se conserva. Así es mi amada tierra de Valdebezana. Parda tierra, dura tierra, querida tierra de mi valle. Tierra soñada de mi soñada tierra. Jose Luis Abad Peña |
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