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Capítulo XI: 

    

LAS PERDIDAS DE CERRO MURIANO, ESPEJO Y CASTRO DEL RIÓ

      Tras el fracaso del ataque a Córdoba y la retirada de don Joaquín a las primitivas posiciones de Torres Cabrera, los días siguientes son de inactividad para las columnas de Miaja, que siguen siendo castigadas por los aviones nacionales, sin que reaccionen defensiva u ofensivamente; y esta situación es aprovechada certeramente por el general Varela para operar con suma eficacia sobre el peligrosísimo Cerro Muriano.[i]

      En la madrugada del 5 de septiembre chocaron dos columnas en Cerro Muriano. La Gubernamental, parte de la columna Miaja, al mando del comandante Juan Bernal Segura, que era también jefe del Sector y jefe de E.M; con el comandante Armentia al mando de la artillería y con fuerzas que comprendían a militares de Cartagena, artillería de Murcia, ametralladoras de Manresa, anarquistas de Alcoy, milicias del Batallón “Garcés” y de “Jaén” etc. Por el lado nacionalista, compuesta por unidades del ejército de África, falangistas y requetés, destacadas en Córdoba al mando conjunto del general Varela y formadas por tres columnas mandadas respectivamente por el coronel Sáenz de Buruaga, el comandante Baturone y el mismo Varela. Siguiendo a Francisco Moreno Gómez en su obra La guerra civil en Córdoba:

      El alto mando republicano (comandantes Bernal, Armentia, Balibrea, Aviraneta...) estableció su cuartel general en un cortijo próximo a El Vacar, denominado Las Malagueñas, y actuaron con decisión y valor en un combate durísimo, el primero que con tales características de desgaste se daba en tierras de Córdoba. Hasta bien entrada la noche del 5 de septiembre, milicias y tropas gubernamentales aguantaron en sus puestos.

      En la madrugada del domingo 6 de septiembre, los moros entraron al asalto en el poblado de Cerro Muriano a fuego y cuchillo. En una trinchera fueron fusilados en el acto 50 soldados republicanos. Según los D.G.C, fuentes nacionalistas con la natural tendencia a infravalorar las bajas propias y aumentar las del enemigo, se reconocen 10 soldados propios muertos y 120 de los republicanos, además de muchos heridos entre estos últimos, que se dicen fueron evacuados durante la noche en camiones... Como resultado de la operación, milicias y tropas gubernamentales hubieron de replegarse hasta la Estación de Obejo y El Vacar, mientras el comandante Baturone quedó defendiendo la posición del poblado de Cerro Muriano. Los laureles de la victoria los cosecho el general Varela, que fue recibido apoteósicamente en Córdoba como “el libertador de la Sierra”.[ii]

      Un testigo de excepción de la retirada y evacuación de la población de Cerro Muriano, es el sociólogo austriaco Franz Borkenau, sereno e imparcial que describe asimismo el choque entre las columnas en su obra “The Spanish Cockpit”:

      A las cinco y media de la tarde del 5 de septiembre llegamos al pueblo de Cerro Muriano. Aquello era un pandemónium. La batalla había remitido algo; pero fuimos testigos de una escena que yo no conocía mas que por los relatos de la Guerra de los Treinta Años. El pueblo entero huía; hombres, mujeres y niños: a pie, en burro, en carro, en camiones. Los camiones estaban parados en la salida del pueblo: eran camiones militares. Los habitantes, que en su mayoría ignoraban su manejo, asaltaron los camiones; y los condujeron sin saber cómo, o bien obligaron, fusil en mano a los conductores.

      Muchos de los que huían llevaban en su gorro la insignia de la C.N.T y llevaban sus fusiles no para usarlos contra el enemigo sino contra todo el que quisiera detener su fuga.

      Los oficiales del gobierno carecieron en esta ocasión incluso del valor más elemental. En cuanto a los milicianos, no pueden aguantar el impacto de las armas modernas. Ignoran que una posición no debe abandonarse sin orden expresa del mando. Cuando los milicianos huyen, sienten que tienen la suerte de espaldas y no se consideran en absoluto culpables. Si esto no cambia, los insurgentes ganaran, sin duda, la guerra.[iii]

      El testimonio de Borkenau es correcto en cuanto a la evacuación de la población y así lo confirma una testigo, Virtudes..., en aquellas fechas una niña de 14 años natural de Monda (Málaga) que se encontraba en aquellos momentos en Cerro Muriano con su familia haciendo carbón. En su testimonio relata que después de múltiples dificultades, no pararon hasta llegar a Pozoblanco donde fueron alojados en un cortijo en la carretera de Añora, muy cercano a la población, y allí pasaron toda la guerra.[iv] Posiblemente, para Borkenau, fue la primera evacuación que vio en una guerra; ya tendría tiempo -durante toda la contienda de España y en la 2ª Guerra Mundial en Francia - de ver evacuaciones mucho peores, sin tener que remontarse al siglo XVII. En cuanto a lo que él llama cobardía de los milicianos, es posible que se diese en algunos casos. No opina lo mismo el soldado José Cirre Jiménez, en aquellos momentos perteneciente a la columna Miaja, hasta que se pasó al bando rebelde y que veremos mas adelante. Como norma general, soldados y milicianos se comportaron valientemente. Otra cosa distinta es que tuviesen menos experiencia, y luchasen contra tropas mejor preparadas y armadas como eran las del ejército de África.

      Otro testigo de los combates en Cerro Muriano es el fotógrafo húngaro Robert Capa. Fue precisamente en aquel lugar, donde realizo la fotografía “El miliciano herido de muerte” considerada hoy día como emblema o símbolo de la Guerra Civil Española.

      En 1998 se demostró que el nombre del miliciano era Federico Borrell “Taino”, valenciano y perteneciente al Batallón de Alcoy. Según F. Moreno Gómez: Y en el combate de Cerro Muriano, contra la columna Varela, los de Alcoy, situados en Las Malagueñas, intervinieron de lleno en la lucha (5-6 de septiembre) y allí murió el valeroso joven libertario Federico Borrell “Taíno”, defendiendo una batería de Artillería. Por otra parte en Espejo, murió el 25 de septiembre otro dirigente de aquellas milicias alcoyanas, Juan Ruesca. En honor de ambos, cuando la columna regresó a Alcoy y se formó un batallón para el frente de Teruel, recibió el nombre de Ruesca-Taino.[v] Desde hace varios años, a tres kilómetros de Pozoblanco - frente al Campo de Golf - se levanta una gran estatua, toda de hierro y pintada de rojo, del escultor israelita internacional Igael Tumarkin                                      y que representa la fotografía de Capa y con ella la muerte de Federico Borrell. Es un recuerdo de la guerra civil en aquellos frentes, donde en marzo de 1937, los Batallones de milicias de la comarca: “Pedroches”, “Pozoblanco”, “Garcés” etc., gritaron - como en Madrid - a Queipo de Llano, ¡No pasaran!. Como así sucedió.

      Mientras se desarrollaba el combate de Cerro Muriano, don Joaquín permanecía en su Cuartel General de Espejo donde se fueron acumulando importantes efectivos del ejercito regular de la zona de Levante junto con las milicias de la zona andaluza. Una vez tomado Cerro Muriano que representaba un gran peligro para Córdoba, los rebeldes se deciden a reducir una cuña o entrante que amenazaba la capital y que cortaba la carretera de Córdoba a Baena, concentrado en las localidades de Espejo y Castro del Río. La liquidación de este entrante despejaría totalmente la situación de la capital cordobesa.

      Al efecto se organizaron dos columnas puestas a las órdenes del coronel Sáenz de Buruaga, y mandadas por los comandantes Sagrado Marchena y Baturone. Columnas que partiendo respectivamente de Córdoba y Montilla que deberían de ocupar Espejo y Castro del Río. El 22 de septiembre se inicia el avance de la primera columna desde Córdoba, ocupando el caserío de Torres Cabrera, sin resistencia, ya que don. Joaquín había evacuado la posición retirándose a Espejo. El día 23 tienen lugar los movimientos combinados de ambas columnas; la de Sagrado se apodera de Santa Cruz, y la de Baturone queda a dos kilómetros de Espejo, detenida por el fuego de numerosos milicianos y fuerzas regulares, a las ordenes del comandante Pérez Salas, que cuenta además con algunas baterías ligeras y pesadas.[vi] El día 24 interviene la artillería pesada nacional y la aviación. El duelo de artillería, morteros y armas automáticas fue descomunal por ambas partes. La columna de Sagrado tuvo que ser reforzada con una batería del 15’5 que se instalo en Santa Cruz. La columna de Baturone logró un ligero avance durante el día situándose a 1200 metros del pueblo después de haber ocupado la cota 340, pero fracasaron dos veces el asalto a la 380.[vii]

      La bravura y el heroísmo numantino de los combatientes republicanos sorprendieron a todos. Queipo de Llano no había valorado suficientemente el vigor combativo de Pérez Salas, y había previsto que Espejo sería tomado el día 23 en pocas horas.

      El largo relato del testigo pronacional, José Cirre Jiménez, defiende la acción y la valentía de los soldados republicanos. Este es su relato respecto a Cerro Muriano:

      Unos días después encontré aclarada por completo la preocupación de jefes y oficiales, cuya justificación no pude conseguir en días anteriores. La aviación nacional volaba sobre Espejo. Cerro Muriano, Espejo y Castro del Río comenzaban a padecer ya las consecuencias del ataque nacional. En una de las trincheras de Cerro Muriano había muerto el capitán procedente de las guarniciones de Levante que yo había visto noches antes en el cuartel del general Miaja. Los Regulares y el Tercio asaltaron las líneas defensivas rojas y en un brioso cuerpo a cuerpo las sobrepasaron dejando tras ellos montones de cadáveres.[viii]

      Más explícito se muestra en el relato de su obra “De Espejo a Madrid”, respecto de los combatientes de Espejo, donde desde luego tuvo que intervenir, como soldado republicano que era en aquellos momentos:

      A Espejo y Castro del Río, los atacaron una bandera del Tercio, dos Tabores de Regulares, gran cantidad de artillería, morteros y ametralladoras. Comenzó el combate varios días después de atacar Cerro Muriano y duró cuatro justos. Durante este tiempo, las explosiones aterradoras de los obuses, de las bombas de aviación, la detonación persistente de las granadas de mortero, y el estrépito del fuego de fusilería y ametralladoras, demostraban la importancia de la batalla. Vi por primera vez desde que estaba en el ejército rojo una demostración de valor en las fuerzas que lo componían, cosa a la que no me tenían acostumbrado. Principalmente el batallón de Alcoy aguantó con bravura las acometidas del Tercio de Extranjeros, y fue pasado casi integro a cuchillo en la fosa de las trincheras. El resto de las fuerzas también se batió con valentía Miaja (nota: error debe de referirse a Pérez Salas) recorría constantemente la retaguardia dando alientos, gritando: “¡Animo, muchachos! ¡Por la República! ¡Un poco más y la victoria es nuestra!”. Pero la realidad era otra muy distinta. La victoria no llevaba camino de ser nuestra, porque no se había hecho para nosotros. Nunca estuvimos más lejos de ella que en esta ocasión. (Miaja) debía de saberlo, mas ante el temor de las responsabilidades por la presunta pérdida de Espejo y de la totalidad de la zona conquistada en la provincia de Córdoba, que cerraba para siempre el avance hacía la capital, hacia lo imposible por mantener la moral de su ejército. Y entonces pude comprender lo que antes no había tenido tiempo de observar. Los soldados mandados por (Miaja) eran buenos soldados. Prescindiendo de su condición moral, en el campo rendían lo que otros soldados cualesquiera; sin embargo no tenían disciplina, ni caudillo. (Miaja) habría sido un excelente cocinero, pero nunca un buen general. Esta es la consecuencia que yo saqué del análisis de su psicología. Si aquellos hubiesen estado mandados por generales como Franco, Goded, Mola, Queipo de Llano, Fernando Osvaldo, Capaz etc. Los resultados no habrían sido los mismos. Con (Miaja) tenían que ser así. Su mismo apellido demostraba que tenía capacidad para muy poco.[ix]

      El relato de Cirre Jiménez, emotivo, bastante verídico pero insultante para con Miaja, contiene sin embargo un grave error, cuando cita repetidas veces en la defensa de Espejo, al general Miaja. Este se marchó a primeros de septiembre a Madrid, para responder ante el E.M. Central del fracaso del asalto a Córdoba. Su sustituto el comandante Juan Bernal Segura, cesa en el mando del sector de Montoro el 18 de septiembre y se hace cargo del mismo el teniente coronel Hernández Saravia. El nuevo espíritu bélico que imprimió a sus hombres y la tenacidad de Pérez Salas, hicieron la heroica defensa de Espejo, sin  ahorrarse el menor sacrificio en hombres y material.[x] Cirre Jiménez, inexplicablemente no cita para nada a don Joaquín. El militar que arengaba a sus soldados en la retaguardia y en las mismas trincheras, no era otro que don Joaquín, el mismo que dirigía la defensa. Pérez Salas, si estaba considerado y temido, por los jefes rebeldes, como un buen militar; como lo demostraría en marzo de 1937, en la defensa de Pozoblanco. Si perdió Espejo y Castro del Río, se debió en gran parte a la superioridad de medios de las fuerzas rebeldes. El que Cirre, no cite a don Joaquín, y si a Miaja - que como dijimos no estuvo en Espejo - y a veces de forma insultante, puede deberse a la inquina y tal vez odio que tenía hacia él, y más, teniendo en cuenta, que cuando escribió su obra, estaba considerado mundialmente en aquel momento como “ el héroe de la defensa de Madrid”. Por supuesto, con tanta o más valía que Franco, Queipo... y toda la caterva de militares que cita Cirre en su testimonio. Aunque también cave la posibilidad de que se refiera al  teniente coronel Hernández Saravia, nombrado jefe de las fuerzas republicanas.

      Siguiendo a Francisco Moreno Gómez, en su obra “La guerra civil en Córdoba”, éste sería el final de la batalla de Espejo:

      Pérez Salas tenía sus baterías emplazadas en el Cerro de La Chinchilla y en el matadero, y su puesto de mando en el castillo... Llegó el día 25 y las fuerzas gubernamentales siguen rechazando todos los ataques, tanto hacia la cota 380 como hasta el pueblo. La artillería y los carabineros, sobre todo, actuaron con heroísmo numantino, aunque en la noche anterior Pérez Salas había ordenado ya la evacuación de bastantes fuerzas y personal civil. Mientras tanto, temiendo Sáenz de Buruaga que pudiera malograrse la operación, arreció el ataque a medio día. Para ello le fueron enviados dos aviones Savoia, que combinaron su acción con la artillería. El fuego por ambas partes se hizo infernal, y un grupo de combatientes de la República se dispuso a morir junto a sus maquinas. Cuando la caballería del comandante Sagrado inició el movimiento envolvente hacia la carretera de Castro para copar la retirada, Pérez Salas ordenó la evacuación total, quizá demasiado tarde para muchos defensores. Así, a primeras horas de la tarde, el coronel Sáenz de Buruaga pudo entrar en Espejo, al mando de sus columnas.

      El espectáculo fue sobrecogedor. El pueblo se había convertido en un montón de escombros, surcado además por un laberinto de trincheras que mandó construir Pérez Salas. En ellas y en las calles yacían numerosos muertos republicanos. Según los DGC, los muertos fueron 105 de tropa, además del capitán Soriano y dos tenientes de artillería, muertos al lado de sus piezas, hecho que causó emoción y respeto a los vencedores, de tal manera que uno de los jefes facciosos declaró ante los heroicos artilleros: “¡Lastima que sean marxistas! Se merecen que les hagan todos los honores: han muerto al pie del cañón”.[xi]

      Para el historiador militar J.M Martínez Bande, las pérdidas en la batalla son las siguientes: “Las bajas nacionales fueron 74, de ellas 22 muertos; al enemigo se le causó 108 muertos (de ellos un capitán y dos tenientes de artillería). En el botín figuraban ocho piezas de 75 milímetros, dos morteros del 81, cinco ametralladoras, armas  portátiles en gran número, un camión blindado, unos mil disparos del calibre 75, gran cantidad de granadas de mano, explosivos, dos coches ligeros, cinco camiones, un tren de puentes, material de transmisiones y ganado de artillería y caballería. En toda la campaña de Andalucía no se había registrado hasta entonces una acción más sangrienta y porfiada que la de Espejo.[xii] En sus datos abulta mucho, Martínez Bande, las pérdidas  de material republicano. Con él se muestra de acuerdo Cirre Jiménez en sus memorias:

      El último día de combate, a la hora del crepúsculo, tuvimos que abandonar las piezas de artillería y huir ante los oficiales, que pistola en mano, nos amenazaban por temor a que nos fuésemos a pasar a las filas enemigas. El general (Miaja) había pasado ya con su Estado Mayor sin hablar palabra con dirección a Bujalance. El ilustre combatiente no decía “por la República”. Vencido y con un capitán menos en su Estado Mayor, y un par de miles de soldados ausentes de sus filas eternamente, estaba ya en Bujalance dando órdenes y más órdenes.

      Tras nosotros quedaba un mundo de dolor forjado con el espectáculo de la batalla a que nos condujo su falta de sentido común. Coches ligeros, camiones, baterías, almacenes de víveres, cartuchería y ametralladoras fueron abandonados junto a los que tuvieron un rasgo de hidalguía y se dejaron matar, mientras (Miaja), cabeza responsable, huía sin importarle un comino las vidas sacrificadas, el material perdido, ni la vergüenza de la derrota.[xiii]

      Vuelve de nuevo a equivocarse Cirre, cuando confunde a Hernández Saravia o a Pérez Salas con Miaja. El jefe que se marchaba con su Estado Mayor a Bujalance, era  seguramente don Joaquín; localidad donde pondría de nuevo su Cuartel General. Acierta, sin embargo, con respecto al abandono de materiales; en gran parte debido al  retraso de la orden de evacuación total que dio don Joaquín, cuando ya, el comandante Sagrado en su movimiento envolvente copaba la retirada. También es posible, que los oficiales en la retirada, les apuntasen con sus pistolas para que no se pasasen al enemigo; desde luego a pocos, y Cirre sería uno de ellos, pues como se sabe poco después se pasaría a los rebeldes. Pero exagera enormemente cuando dice que en la batalla perecieron 2.000 republicanos.

      La pérdida de Espejo dejaba sin defensa posible a Castro del Río situado a unos siete kilómetros. Otras fuerzas procedentes de Baena se apoderaron el día 26 de la población, que como consecuencia de la derrota anterior había sido abandonada: previamente en la tarde del día 24 sé inició la descomunal y patética evacuación de Espejo y de Castro del Río, no sólo de fuerzas combatientes, sino, sobre todo de la población civil en su totalidad.[xiv] Este es el relato de Cirre Jiménez, de la evacuación de la población civil y de los presos de derechas:

      Mientras se luchaba para mantener las posiciones de Espejo y Castro del Río, en ambas poblaciones los rojos no combatientes efectuaban la evacuación de la población civil que profesaba los mismos credos que ellos. También fueron evacuados los presos de derechas, siendo muertos algunos de ellos por negarse a abandonar la cárcel o intentar resistirse. La F.A.I como siempre, fue la que realizó este triste cometido. En camiones condujo a los prisioneros a Bujalance, Porcuna y Andujar.[xv] Se sabe de don Joaquín, que mientras estuvo al mando de las fuerzas republicanas en Espejo, protegió y salvó la vida de algunas personas de derechas, pero se desconocen los testimonios.

      Más explícito en el relato de la evacuación son las certeras palabras del historiador F. Moreno Gómez, y por supuesto, evacuación realizada en muchas peores condiciones que la relatada por Borkenau en Cerro Muriano:

      Como un hormiguero humano, hileras interminables de personas de toda edad y condición llenaron la carretera en dirección a Bujalance. Los más afortunados pudieron acomodarse en un vehículo. La mayoría, a pie, en bestias o en carros, portando sus enseres más imprescindibles. Ancianos, mujeres y niños... una riada de seres indefensos aterrorizados por la crudeza de una guerra que a los dos meses de iniciada resultaba implacable. Una diáspora que hizo llevar vida errante a poblaciones enteras, como éstas de Espejo y Castro, durante los tres años de guerra, dispersados en este caso concreto entre Bujalance y Montoro y los pueblos de Jaén (Andújar, Mengìbar) o la Sierra de Córdoba.[xvi]

      Pérez Salas, casi terminados los combates se marchó con su Estado Mayor a Bujalance donde instaló su Cuartel General. Mientras tanto, las fuerzas republicanas en esa ciudad, intentaban recuperarse del duro revés sufrido. Por estas fechas entre el 22 de septiembre y el 15 de octubre se produce la ofensiva franquista contra Peñarroya y que terminaría con la consiguiente ocupación de: Fuenteobejuna. Villaviciosa, Espiel, Peñarroya, Belmez etc. Ofensiva que puso a los rebeldes en el mismo Puerto Calatraveño, la puerta de entrada a la comarca de los Pedroches. Don Joaquín no intervendría en la ofensiva de Peñarroya, pero sí en el contraataque para recuperar Castro del Río.

      El 21 de octubre, el diputado socialista Peris que mandaba las  fuerzas del subsector de Bujalance, recibió la orden de apoderarse de Castro del Río, a fin de contrarrestar el desmoralizador efecto producido en el campo republicano por las operaciones sobre Peñarroya.[xvii] Las tropas republicanas que atacaban estaban formadas por las milicias de Alejandro Peris, del sector de Bujalance, junto con la artillería de Pérez Salas y del capitán Blanco, así como el grueso de las Milicias Confederadas, hegemónicas en esa zona de la campiña cordobesa, y se lanzaron contra Castro.[xviii] Apoyados por el fuego de artillería y aviación, las fuerzas del comandante Sagrado Marchena tuvieron que abandonar sus posiciones avanzadas, refugiándose primero, en el pueblo y, al final en la parte alta del mismo, después de combatir duramente en las calles.

      La situación se puso muy apretada para los rebeldes. Desde Priego el comandante Baturone fue con su columna en ayuda de Castro del Río, pero sólo pudo entrar en la población una sola compañía. Era el día 22 de octubre, día desesperado para la guarnición del pueblo, reforzada por un Tabor de Regulares, que resistía a toda costa en espera de los refuerzos prometidos al día siguiente.[xix]

      Ante la gravedad de la situación se hace cargo de las fuerzas el coronel Sáenz de Buruaga, y bajo el mando supremo del general Queipo de Llano, que se había trasladado a Espejo, se prepara para el día 23 una operación combinada, en la que, a las órdenes de los coroneles Bartomeu y Redondo, actuaran unos 1.500 hombres con dos baterías de 75, aparte de los efectivos ya embebidos en la lucha. Pero en la noche del 22 al 23, y vista la situación creada por los atacantes, Peris retira la mayor parte de sus milicianos, normalizándose totalmente la situación durante el segundo de aquellos días.[xx] El día 23 de octubre, por tanto, finaliza el durísimo ataque de dos días contra Castro del Río, en que, sobre todo, derrocharon valor los milicianos de la F.A.I - C.N.T de aquellos pueblos comarcanos, al igual que las tropas regulares de Pérez Salas. Castro del Río no pudo ser tomada.[xxi]

      Viene luego un largo paréntesis de actividad en todo el sector de Córdoba, registrándose únicamente algunos hechos aislados: el ataque a Villaharta el 1 de diciembre, por el batallón Pedroches y un ataque a El Vacar, a la vez que se practican voladuras en la carretera y el ferrocarril por Villaharta; el día 10 una incursión sobre los cortijos situados entre Córdoba y Alcolea con efectos devastadores así como cortes de carretera y ferrocarril.[xxii] Actividades, propias de los guerrilleros conocidos como los “Niños de la Noche” y algunos componentes del Batallón Villafranca como el Teniente Parrita y el sargento Anguita, animados y cantados por el poeta-comisario Pedro Garfias. Esta inactividad se rompe el 14 de diciembre al iniciarse la ofensiva de Queipo de Llano sobre Montoro, Lopera y Porcuna, lo que se llamó la “Campaña de la aceituna” y que será el tema del siguiente capítulo.

 



[i] MARTINEZ BANDE J.M. La campaña de Andalucía. Pág. 63. Ed. San Martín.

[ii] MORENO GÓMEZ F. La Guerra Civil en Córdoba. Pág. 411 y 415. Ed. Alpuerto, S.A.

[iii] ANONIMO. Crónica de la guerra civil española. T. 2º. Pág. 143. Ed. Codex S.A

[iv] Testimonio de Virtudes... Agosto 1982 (Málaga). A.H.L. Sección audio. Cinta nº 35

[v] MORENO GÓMEZ F. La Guerra Civil en Córdoba. Pág. 757. Ed. Alpuerto, S.A.

[vi] MARTINEZ BANDE J.M. La campaña de Andalucía. Pág. 69-70. Ed. San Martín.

[vii] MORENO GÓMEZ F.  La Guerra Civil en Córdoba. Pág. 420-421. Ed. Alpuerto, S.A.

[viii] ANONIMO. Crónica de la guerra civil. Pag. 141. Ed. Codex, S.A.

[ix] IDEM. Pag. 142-143.

[x] MORENO GÓMEZ J. La Guerra Civil en Córdoba. Pág. 423. Ed. Alpuerto, S.A.

[xi] MORENO GÓMEZ F. La Guerra Civil en Córdoba. Pág. 421-422. Ed. Alpuerto S.A.

[xii] MARTÍNEZ BANDE J.M. La campaña de Andalucía. Pág. 70. Ed. San Martín

[xiii] ANONIMO. Crónica de la guerra civil española. T. 2º. Pág. 143. Ed. Codex, S.A.

[xiv]MARTÍNEZ BANDE J.M. La Campaña de Andalucía. Pág. 70. Ed. San Martín.

[xv] ANONIMO. Crónica de la Guerra Civil española. T. 2º. Pág. 143. Ed. Codex, S.A.

[xvi] MORENO GÓMEZ F. La Guerra Civil española. Pág. 423. Ed. Alpuerto, S.A.

[xvii] MARTÍNEZ BANDE J.M. La campaña de Andalucía. Pag. 71. Ed. San Martín.

[xviii] MORENO GÓMEZ F, La Guerra Civil española. Pág. 490. Ed. Alpuerto, S.A.

[xix]IDEM. Pág. 490.

[xx] MARTÍNEZ BANDE J.M. La campaña de Andalucía. Pág. 72. Ed. San Martín.

[xxi] MORENO GÓMEZ F. La Guerra Civil española. Pág. 491. Ed. Alpuerto, S.A.

[xxii] MARTÍNEZ BANDE J.M. La campaña de Andalucía. Pág. 72. Ed. San Martín.

    

 

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