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Así
como la influencia indígena aparece en la arquitectura, sobre todo en
su decoración, el influjo precolombino en pintura es difícil de
detectar, se da tardíamente con el rechazo a la perspectiva, al
realismo y al claroscuro. Donde mejor puede verse el sentir estético de
los indígenas es en la decoración de los “Keros”, que son vasos de
madera tallados cuyas incisiones se cubren con pasta de color. Este arte
de origen precolombino persistió en la colonia, siendo buena muestra de
él un arcón existente en el Museo de Murillo (La Paz) donde alternan
aborígenes con españoles. El arte bidimensional indígena se plasma en
los keros como en la decoración textil. Con el tiempo nace en pintura
una iconografía peculiar de la que nos ocuparemos más adelante.
A
raíz de la conquista hay un gran número de lienzos traídos desde la
península, sobre todo de la escuela flamenca e hispano-flamenca, muchos
de los cuales se guardan en los museos de Bolivia; se cuentan entre
ellos obras de Wíllem Key, Pieter de Coecke y Piter Aersten.
Hacia
1580, el influjo italiano que viene a través de Lima, es definitivo. A
esa ciudad llegan los tres pintores manieristas de mayor importancia:
Mateo Pérez de Alesio (en América entre 1588 y 1607); Bernardo Bitti
(en América entre 1575 y 1610) y Angelíno Medoro (en América entre
1586 y 1624). De los tres sólo Bitti estuvo en territorio boliviano.
Alesio se hace presente por su influencia y Medoro envía algunas obras
a Potosí. |