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CANCIÓN OTOÑAL Hoy siento en el corazón Un vago temblor de estrellas, Pero mi senda se pierde En el alma de la niebla. La luz me troncha las alas Y el dolor de mi tristeza Va mojando los recuerdos |
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Poesías
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por díez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revólver,
ella, sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
La regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
"Antonio Torres Heredia,
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
¿ Quién te ha quitado la vida
cerca del Guadalquivir?"
"Mis cuatro primos Heredias
hijos de Benamejí.
Lo que en otros no envidiaban
ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color Corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín."
«¡Ay, Antoñito el Camborio,
digno de una emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.»
«¡Ay Federico García,
llama a la Guardia Civil!
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.»
Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rumor cansado,
encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí,
voces de muerte cesaron
cerca del Guadalquivir.
A
las cinco de la tarde.
Eran
las cinco en punto de la tarde.
Un
niño trajo la blanca sábana
a
las cinco de la tarde.
Una
espuerta de cal ya prevenida
a
las dnco de la tarde.
Lo
demás era muerte y sólo muerte
a
las cinco de la tarde.
El
viento se llevó los algodones
a
las cinco de la tarde.
Y
el óxido sembró cristal y níquel
a
las cinco de la tarde.
Ya
luchan la paloma y el leopardo
a
las cinco de la tarde.
Y
un muslo con un asta desolada
a
las cinco de la tarde.
Comenzaron
los sones del bordón
a
las cinco de la tarde.
Las
campanas de arsénico y el humo
a
las cinco de la tarde.
En
las esquinas grupos de silencio
a
las cinco de la tarde.
¡Y
el toro solo corazón arriba!
a
las cinco de la tarde.
Cuando
el sudor de nieve fue llegando
a
las cinco de la tarde,
cuando
la plaza se cubrió de yodo
a
las cinco de la tarde,
la
muerte puso huevos en la herida
a
las cinco de la tarde:
A
las cinco de la tarde.
A
las cinco en punto de la tarde.
Un
ataúd con ruedas es la cama
a
las cinco de la tarde.
Huesos
y flautas suenan en su oído
a
las cinco de la tarde.
El
toro ya mugía por su frente
a
las cinco de la tarde.
El
cuarto se irisaba de agonía
a
las cinco de la tarde.
A
lo lejos ya viene la gangrena
a
las cinco de la tarde.
Trompa
de lirio por las verdes ingles
a
las cinco de la tarde.
Las
heridas quemaban como soles
a
las cinco de la tarde.
y
el gentío rompía las ventanas
a
las cinco de la tarde.
A
las cinco de la tarde.
¡
Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran
las cinco en todos los relojes!
¡Eran
las cinco en sombra de la tarde!
¡QUE
no quiero verla!
Dile
a la luna que venga,
que
no quiero ver la sangre
de
Ignacio sobre la arena.
¡Que
no quiero verla!
La
luna de par en par.
Caballo
de nubes quietas,
y
la plaza gris del sueño
con
sauces en las barreras.
¡Que
no quiero verla!
Que
mi recuerdo se quema.
¡Avisad
a los jazmines
con
su blancura pequeña!
¡Que
no quiero verla!
La
vaca del viejo mundo
pasaba
su triste lengua
sobre
un hocico de sangres
derramadas
en la arena,
y
los toros de Guisando,
casi
muerte y casi piedra,
mugieron
como dos siglos
hartos
de pisar la tierra.
No.
¡Que
no quiero verla!
Por
las gradas sube Ignacio
con
toda su muerte a cuestas.
Buscaba
el amanecer,
y
el amanecer no era.
Busca
su perfil seguro,
y
el sueño lo desorienta.
Buscaba
su hermoso cuerpo
y
encontró su sangre abierta.
¡No
me digáis que la vea!
No
quiero sentir el chorro
cada
vez con menos fuerza;
ese
chorro que ilumina
los
tendidos y se vuelca
sobre
la pana y el cuero
de
muchedumbre sedienta.
¡Quién
me grita que me asome!
¡No
me digáis que la vea!
No
se cerraron sus ojos
cuando
vio los cuernos cerca,
pero
las madres terribles
levantaron
la cabeza.
Y
a través de las ganaderías,
hubo
un aire de voces secretas
que
gritaban a toros celestes,
mayorales
de pálida niebla.
No
hubo príncipe en Sevilla
que
comparársele pueda,
ni
espada como su espada,
ni
corazón tan de veras.
Como
un río de leones
su
maravillosa fuerza,
y
como un torso de mármol
su
dibujada prudencia.
Aire
de Roma andaluza
le
doraba la cabeza
donde
su risa era un nardo
de
sal y de inteligencia.
¡Qué
gran torero en la plaza!
¡Qué
buen serrano en la sierra!
¡Qué
blando con las espigas!
¡Qué
duro con las espuelas!
¡Qué
tierno con el rocío!
¡Qué
deslumbrante en la feria!
¡
Qué tremendo con las últimas
banderillas
de tiniebla!
Pero
ya duerme sin fin.
Ya
los musgos y la hierba
abren
con dedos seguros
la
flor de su calavera.
Y
su sangre ya viene cantando:
cantando
por marismas y praderas,
resbalando
por cuernos ateridos,
vacilando
sin alma por la niebla,
tropezando
con miles de pezuñas
como
una larga, oscura, triste lengua,
para
formar un charco de agonía
junto
al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh
blanco muro de España!
¡Oh
negro toro de pena!
¡Oh
sangre dura de Ignacio!
¡Oh
ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que
no quiero verla!
Que
no hay cáliz que la contenga,
que
no hay golondrinas que se la beban,
no
hay escarcha de luz que la enfríe,
no
hay canto ni diluvio de azucenas,
no
hay cristal que la cubra de plata.
No,
¡¡Yo
no quiero verla!!
La
piedra es una frente donde los sueños gimen
sin
tener agua curva ni cipreses helados.
La
piedra es una espalda para llevar al tiempo
con
árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo
he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando
sus tiernos brazos acribillados,
para
no ser cazadas por la piedra tendida
que
desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque
la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos
de alondras y lobos de penumbra;
pero
no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino
plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya
está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya
se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la
muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y
le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya
se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El
aire como loco deja su pecho hundido,
y
el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se
calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué
dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos
con un cuerpo presente que se esfuma,
con
una forma clara que tuvo ruiseñores
y
la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién
arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí
no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni
pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí
no quiero más que los ojos redondos
para
ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo
quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los
que doman caballos y dominan los ríos:
los
hombres que les suena el esqueleto y cantan
con
una boca llena de sol y pedernales.
Aquí
quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante
de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo
quiero que me enseñen dónde está la salida
para
este capitán atado por la muerte.
Yo
quiero que me enseñen un llanto como un río
que
tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para
llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin
escuchar el doble resuello de los toros.
Que
se pierda en la plaza redonda de la luna
que
finge cuando niña doliente res inmóvil:
que
se pierda en la noche sin canto de los peces
y
en la maleza blanca del humo congelado.
No
quiero que le tapen la cara con pañuelos
para
que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete,
Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme,
vuela, reposa: ¡También se muere el mar!
NO
te conoce el toro ni la higuera,
ni
caballos ni hormigas de tu casa.
No
te conoce el niño ni la tarde
porque
te has muerto para siempre.
No
te conoce el lomo de la piedra,
ni
el raso negro donde te destrozas.
No
te conoce tu recuerdo mudo
porque
te has muerto para siempre.
El
otoño vendrá con caracolas,
uva
de niebla y montes agrupados,
pero
nadie querrá mirar tus ojos
porque
te has muerto para siempre.
Porque
te has muerto para siempre,
como
todos los muertos de la Tierra,
como
todos los muertos que se olvidan
en
un montón de perros apagados.
No
te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo
canto para luego tu perfil y tu gracia.
La
madurez insigne de tu conocimiento.
Tu
apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La
tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará
mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un
andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo
canto su elegancia con palabras que gimen
y
recuerdo una brisa triste por los olivos.