CAPÍTULO 1


Qué Nos Va A Pasar




Ahora que te vas
ya no saldré más
dime para qué
si no te voy a ver...

"Qué Nos Va A Pasar" - LA BUENA VIDA


La noche del viernes 19 de diciembre del 2003 la gente parecía más feliz que de costumbre y no era para menos. Hace algunas horas había finalizado el cotejo que hacía del Cienciano del Cusco nada menos que campeón de la Copa Sudamericana de fútbol y un triunfo así no se veía todos los días en la capital. Gente andando por las calles más agitada que de costumbre comentando sobre tamaña hazaña olímpica y alistándose para el festejo de rigor, televisores encendidos en todos los establecimientos y cuyas imágenes no cansaban de regodearse sobre el acontecimiento pelotero del año... Y ni decir de los vehículos que circulaban aquella noche, arengando con su claxon el triunfo del campeón. Todo parecía indicar que aquella era una noche feliz, llena de júbilo y con más de un motivo para celebrar.

Para Ramiro sin embargo esto no era así. La verdad poco le importaba lo que estuviese ocurriendo a su alrededor. En más de una ocasión su estado de ánimo no coincidía en absoluto con el de los demás. Aun así el resto de gente festejase algo tan extraordinario como una hipotética victoria en la copa mundial, para él lo mismo daba. Poco más de una hora de haber acabado el cotejo deportivo que inmovilizó a todo el país, decidió poner fin al hielo de la situación por la que se encontraba pasando. Ya no aguantaba vivir más en la zozobra de esperar que las cosas viraran a algo mejor, o de esperar quizás una llamada telefónica que lo transformaría todo. Había asumido que definitivamente eso ya no llegaría a ocurrir, tal como en anteriores ocasiones. Saltó inmediatamente de la cama en la que estaba recostado por más de dos horas y se dirigió al teléfono a marcar un número que ya sabía de memoria. En casa le tenían prohibido volver a hacer llamadas a celulares por lo largas y costosas que éstas le resultaban, sin embargo en ese momento poco le importó y una vez más, pasó por alto la regla.

Mientras esperaba una respuesta por el auricular, notó lo sudadas que tenía las manos. Era la primera vez que se sentía así llamando a ese número. La enorme espera de las timbradas hacían que por su cabeza pasaran un montón de cosas. ¿Qué era lo que realmente ocurría? ¿qué se encontraba haciendo ahora la persona a quien estaba llamando? ¿estaba haciendo realmente lo correcto al llamarle una vez más? ¿era prudente siquiera reiniciar un contacto con él? Por otro lado, también sabía que el celular al que trataba de comunicarse detectaría inmediatamente el número de su casa, abriendo la posibilidad de que la otra persona decida simplemente no contestar su llamada.

"Contesta carajo" pensó casi repitiéndoselo. Inmediatamente una voz programada le invitó a dejar un mensaje a la casilla de voz. Ramiro cortó e inmediatamente volvió a marcar el mismo número, no sin antes preocuparse aún más sobre por qué Diego no se atrevía a contestar, pues en anteriores ocasiones siempre lo hacía. Aún así fuera en los momentos más inoportunos, él siempre contestaba. Y haciendo memoria, realmente nunca dejaba de contestar esas llamadas, salvo en una ocasión cuando el celular de marras se le extravió... y Ramiro dudaba mucho que nuevamente estuviese pasando por ese mismo trance. La voz amable del contestador volvió a invitarle a dejar un mensaje en la casilla de voz. Colgó.

"Sabes que te estoy llamando y no quieres contestar huevonazo" fue lo que le pasó por la cabeza. Decidió esperar un rato para volver a intentarlo, esta vez desde la calle. Cruzó la sala, donde su papá se encontraba sentado en el viejo sofá, frente al televisor y se detuvo un momento.

- Ramiro ¿viste? Cienciano le ganó a River, les ganamos a esos chés. Deben de estar orinándose de rabia. 'Ta bien carajo.
- Bien. Ya era hora...
- Tan castigado que anda el país, mínimo eso se merecía. Porque este choledo nos está llevando a la mismísima mierda.

Ramiro sonrió ante la ocurrencia de su padre.

- Viejo, parece que no van a dar el noticiero - le dijo.
- Tienen que darlo ¿acaso esto no es noticia? Somos Campeones Sudamericanos. ¡Cam-peo-nes!
- Pero hoy no van a dejar de hablar de eso. ¿Acaso no pasan otras cosas en el país también?

Mientras conversaban, en la pantalla de televisión se veían imágenes del festejo futbolístico. Un reportero preguntaba a un sujeto -botella en mano- qué le parecía el final del partido. El codo empinado por el pobre parroquiano una hora antes, se reflejaba contundentemente por las incoherencias y arengas que no se cansaba de balbucear mientras saltaba.

- Borrachos ya he visto en todas partes.... Voy a salir a dar una vuelta.
- Si llaman, a qué hora regresas - le preguntó el padre.
- Una hora maso... pero no creo. Chao....

Cerró la puerta de su casa e inmediatamente caminó hacia la avenida principal de la calle, mientras recordaba la última vez que había visto a Diego. La imagen que tenía de él, la última tarde que la pasaron juntos: ambos de pie al interior de un bus con todos sus asientos ocupados. Precisamente las últimas palabras que Ramiro le dijo antes de subir al vehículo fueron "No lo entenderías". Lo recordaba muy bien.

Durante ese trayecto ambos no mencionaron palabra alguna, ni siquiera cuando vieron cómo un auto casi atropella a una señora, media cuadra más adelante del bus en el que viajaban. Indignados los pasajeros, en ese momento levantaron la voz contra aquel conductor abusivo y miserable que había cometido semejante atropello, quien -ni corto ni perezoso- ya se había dado a la fuga, mientras Ramiro sin mucho esfuerzo pudo ver que afortunadamente la víctima no había recibido nada más que un buen susto, por lo que ni se limitó a comentar algo. Sólo atinó a observar detrás suyo, donde Diego, quien trató de sonreírle con un desgano que ya parecía habitual. Ramiro volvió a fijar la mirada hacia adelante, mientras cerraba los ojos e inclinaba la cabeza de un lado a otro.

Luego de un rato, mientras observaba sus manos asidas al manubrio del bus y jugaba levantando los dedos sintió una mano en su hombro.

- Vas a bajar aquí ¿no?

Ramiro no supo qué responderle, pues siempre bajaban juntos en la misma parada, incluso por más insospechadas que éstas fueran. Por otra parte, era ya una costumbre que, luego de sus limitadas salidas, ambos enrumbaran muy lentamente a casa de Diego, pero sólo para prolongar en algo la inevitable despedida. Y muy cortésmente Ramiro gustaba de llevarlo hasta la puerta de su casa ("... Pero sólo a unas casas antes ¿si? porque si mi viejo te ve, se arma el chongo..." le advertía Diego casi siempre), aunque para ello debía de recorrer una distancia evidentemente lejos de su propia parada y que obligatoriamente tenía que volver a cruzar, solo y a pie.

- Chao.

Ante la despedida de Diego, quedó atónito. En ese momento quiso saber si había algo que molestara a su amigo, un problema o algo que no comprendía bien, como para que de buenas a primeras lo esté apartando no solo del bus, sino también de su lado. Sin embargo le pareció ridículo preguntarle todo eso delante del inoportuno público que se encontraba muy cerca y alrededor, sabiendo además que ello mortificaría a Diego. Optó entonces por bajar lentamente del vehículo cuando éste se detuvo. Ya en vereda, estuvo tentado a mirar al interior del bus a través de las ventanillas como para despedirse de Diego, más prefirió no hacerlo pues aún sentía mucha consternación. Media hora antes, ambos habían sostenido una conversación normal, como cualquiera de las tantas otras que tenían: sobre el futuro, lo que les deparaba cada una de las profesiones que habían escogido, de sus ocupaciones particulares, de los trabajos de verano que se presentarían en los próximos días y sobre otras cosas sin importancia. Lo último de lo que habían charlado devino en unas dudas de Diego sobre qué cosas ocurrían en la cabeza de Ramiro y qué expectativas tenía éste en la vida.

Mientras andaban rumbo a tomar el bus del silencio por unas calles de San Isidro, Ramiro no pudo evitar soltar la lengua y hablar de todo y de nada, en concreto y abstracto, como casi siempre. "Ahhh Dieguito, tu no sabes las cosas que pasan por mi cabeza" le habría comentado, casi exhalando y con cierto aire de picardía.

- Siempre dices eso y la verdad no te entiendo. Eres un tipo muy complicado ¿sabes? Por un lado me dices que sabes lo que quieres y luego sales con que todo es muy complicado para ti.
- Es que tú no estás en mis zapatos señor. -le encantaba decirle así, "señor". - Tendrías que estar en mi lugar para que lo entiendas.
- Yo sé que estar en tu lugar tampoco ess fácil, pero te conozco muy bien. Y sé que un pata como tú tiene para dar mucho más y ser alguien en la vida. Eres de putamadre, manejas un buen floro... cuando te expresas, lo haces muy bien y siempre que leo tus mensajes no dejo de pensar la forma tan paja como lo haces. Tienes "fitbajjj" huevón...

Ramiro no pudo evitar sonreir.

- ¡Ahhh hermano...! Si supieras qué es lo que realmente pasa por mi cabeza, quizás no pensarías lo mismo. Si eso de que me conocieras bien, fuera tan cierto, a lo mejor ni estaríamos hablando de esto- le comentó.

Diego rodeó uno de sus brazos hacia el cuello de Ramiro.

- ¿Y qué más debo de conocer realmente de ti como para traumarme eh? ¿has robado un banco o has violado a alguien? - le preguntó bromeando.

Ramiro adoraba que Diego le hiciera esos mimos. Nunca antes había experimentado una sensación tan agradable con alguna otra persona y los gestos de Diego terminaban por encantarle. Sentir ese cariño tan platónico y tan puro era algo que jamás había pensado encontrar en otro hombre, muchos menos en aquel muchacho diez años menor que él, por quien sintió una instantánea atracción desde la primera vez que lo vio, ya hace más de un año. Mientras tanto, el bus que esperaban se acercaba a media cuadra de distancia en donde estaban y fue en ese preciso instante cuando Ramiro soltó esa última respuesta de la conversación antes de subir.

De aquél incidente había pasado casi un mes. Más de treinta días que no habían vuelto a sostener algún otro encuentro o conversación, salvo un par de ocasiones en sus respectivos chats privados, que a lo mejor habrían influenciado en la decisión de Diego de no volver a saber nada sobre Ramiro, al menos por un buen tiempo. Mientras tanto, ese jueves por la noche, él continuaba andando por las calles entre la algarabía de la gente por el triunfo peruano ante el rival argentino. Aquel hombre ya de veintisiete años era un contraste frente a tanta alegría disparada por la gente en esa avenida principal.

Esperó unos veinte minutos antes de volver a coger algún teléfono público e intentar volver a llamar. Continuaban dando vueltas por su cabeza muchas ideas sobre lo que realmente estaría sucediendo con Diego y su aparente negativa de querer conversar con él. Incluso hasta pensó en desistir de hacer esa bendita llamada, pues imaginó que ello era un síntoma de debilidad de su parte. Si Diego simplemente no quería conversar con él, entonces ¿para qué insistirle? Pero también sopesó que esa negativa se debía a alguna otra cosa y se sentía con todo el derecho de saber por qué su amigo ya no quería conversarle.

Dudó un buen rato mientras se dirigía a algún establecimiento con un teléfono disponible. Desafortunadamente casi todos estaban ocupados y con gente esperando turno además. Ello le hizo seguir buscando por alguno que le ofreciera algo de privacidad. Todo esa ansiedad no hizo más que desesperarlo y apurar aún más el paso. Aun así tratara de enfocar su pensamiento en otras cosas o minimizar el asunto, no dejaba ya de pensar en lo que estuviera haciendo Diego ahora. Sabido era que -salvo para dormir- nunca se separaba de su celular y que por lo tanto, siempre contestaba a las llamadas que le hacían. Especialmente las de Ramiro.

Al final encontró un teléfono a monedas en una panadería cercana. Rápidamente se dispuso a marcar el número y esperar. Las manos le sudaban terriblemente mientras lo hacía, no sabía qué responder y hasta presentía algo que a lo mejor le haría temer lo peor. Su corazón se sobresaltó cuando escuchó el impacto de la moneda en el interior de la caja del aparato.

- Hola que tal, te habla Ramiro.
- Hola - respondió Diego.
- ¿Qué pasó? ¿por qué no contestaste antes? Estaba llamando hace una media hora desde mi casa...

Diego titubeó:

- Sucede que salí al supermercado a comprar unas cosas hace un rato y deje el cel en casa.
- Bueno, al menos me alegra saber que estás bien ¿qué novedades...?

Algo nervioso Diego le interrumpió:

- Mira, ahorita estoy en internet ¿sabes? Es una cabina, así que no puedo hablar mucho...
- Bueno, tú dirás a qué horas puedo llammarte. Ya sabes que yo normal...
- Mmmmm... ¿Puede ser a la medianoche? A eso de las doce más o menos.
- Claro, claro. No hay problema... - respondió complacido. - Más bien creo que si estás en internet ahora, puedo conectarme en 10 minutos a alguna cabina y poder conversar por ahí mientras ¿sale?

Diego no contestó.

- ¿Y? ¿Viste el partido? ¿Qué te pareció?
- Te dije que no estaba en casa, no lo he visto. - comentó muy seriamente- Lo siento. Más bien tengo que seguir buscando algo de información aquí.
- Claro, entiendo, ok. Tu hora de internet se va en un toque. Me alegra saber entonces que todo anda bien contigo. Entonces conversamos más tarde...
- A las doce ¿si?

Ramiro retomó su propuesta:

- Te decía si podemos conversar por el chat mientras...

El teléfono se había cortado. El minuto de su llamada se había cumplido y muy a su pesar recién descubrió que no traía más monedas. "Puta madre" exclamó.

Regresó a casa algo aliviado. Miró el reloj y vio que faltaba más de hora y media para volver a llamar, tal como había acordado. "Al menos todo anda bien, carajo" se decía. Sin embargo había algo que no lo dejaba sentirse tan tranquilo. Trató de pasarlo por alto, dado que se encontraba pensando en el mismo rollo -más intensamente en estas últimas semanas- y que por lo tanto se trataría entonces sólo de una paranoia. Sin embargo el trato que sintió en la llamada de Diego no parecía ser el mismo, como en otras ocasiones. Siempre había sido muy amistoso en cada una de ellas, salvo la de hoy. "Siempre hay una primera vez" se comentó. En concreto, lo que importaba ahora era que por fin se comunicaría con Diego después de una larga espera y quién sabe, tal vez podrían acordar alguna cita desde la última en que se vieron las caras hace ya más de treinta largos días.

Subió a su cuarto, prendió la radio y trató de escuchar algo de música. Estuvo tentado a colocar uno de los discos que le hacían recordar a él, sin embargo algo lo detuvo y optó por escuchar la música que las emisoras ofrecían en ese momento. Nuevamente se recostó en su cama tratando de relajarse, pero al poco tiempo volvió a ponerse de pie. Salió a su balcón y por un momento quiso disfrutar de la frescura de la noche, sin embargo su movimiento callejero le pareció insoportable. Regresó a su habitación, apagó todo y bajó hacia la sala de la casa a esperar la hora pactada, mientras encendía el televisor que su padre -ya en cama- momentos antes había apagado. Desafortunadamente nada de lo que ofrecía su programación le atrajo lo suficiente como para engancharse y hacer agradable la espera. Los canales locales no dejaban de pasar las imágenes festivas del triunfo de los peloteros cusqueños en Arequipa, y los de cable ofrecían la misma programación sosa de costumbre. Trató de seguir la trama de alguna comedia o película, pero con poco fortuna. Cada diez minutos cambiaba de canal con el mismo desgano de siempre. Al final no soportó más y terminó por apagar el televisor.

Aún tenso, comenzó a andar por toda la casa muy lentamente, ojeando una que otra revista o libro que encontraba a su paso, sin dejar de mirar la hora que marcaba un empolvado reloj de pared. Finalmente su madre, quien se encontraba también en casa, le sugirió prender nuevamente la televisión para ver un documental que le parecía transmitían a esa misma hora. Sin ganas, Ramiro prendió nuevamente el aparato y observaba las imágenes de unos roedores en medio de un lejano pantanal, tratando inútilmente de desviar su atención a otras cosas.

Luego de una tortuosa espera y para cuando el reloj estaba a punto de marcar la medianoche, Ramiro ansioso se dirigió al teléfono de su cuarto para llamar una vez más. Como era de esperarse, Diego contestó la llamada:

- Hola...
- Después de tanto tiempo... ¿qué haciendo? - le preguntó.
- Bueno, ya sabes... Compras, internet. La verdad, recién entro a mi cuarto a descansar. - respondió luego de exhalar fuertemente.
- ... Bien, sólo quería saber de ti. Tanto tiempo que no recibo ni una llamada tuya, ni mucho menos un correo. Y cuando marqué tu cel, me sorprendió que no contestaras. La verdad pensé que te había pasado algo y eso me preocupó.
- Gracias, pero todo está bien, no te preocupes.

Ramiro estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando Diego le interrumpió:

- Oye ¿sabes qué? Estuve pensando estos días que estuve incomunicado contigo y bueno, la verdad que eso me ayudó a ver un poco mejor las cosas.
- ¿Qué pasa? ¿ocurrió algo malo?
- No, nada de eso. Sólo que estos días en los que he estado solo, me han ayudado un poco en aclarar el panorama.
- ¿"Aclarar el panorama"? ¿Y en qué cosas, si se puede saber?

Se escuchó por el auricular cómo Diego tomaba aliento antes de responder:

- Bueno, creo que este plazo de estar inncomunicados va a tener que durar un poco más de la cuenta, tal vez uno o dos meses más...
Ramiro comenzó a sentirse mal ni bien terminó de escucharle. Pasaron por su cabeza muchas dudas, pero como era su costumbre, prefirió dejar que su amigo terminara de hablar.

- Mira, en estos días me has estado llamando muy seguido, y preferiría... no sé, quizás que lo hagas una sola vez por semana o algo así.

La indignación pasó por la cabeza de Ramiro. Era cierto que en esa semana había llamado al celular de Diego unas dos o tres veces, pero precisamente era porque al hacerlo nadie contestaba y sinceramente eso le preocupaba. Inmediatamente trató de justificar su actitud:

- Sabes bien que en esas dos o tres veces que llamé no contestaste y eso me inquietó un poco. Sólo quería saber si todo estaba ok contigo... además la última vez que salimos fue ya hace un mes casi... no sabía absolutamente nada de ti...
- Y ya te agradecí, de veras que eres muy bueno preocupándote. Pero estos son meses muy duros para mí ahora.

Ramiro continuó defendiéndose:

- Además no seas pendejo, esas llamadas no cuentan... y ya te dije por qué las hice. A ver, dime ¿cuándo fue la última vez que te llamé y contestaste, aparte de hoy?
- Mmmmm, no sé. ¿Más de un mes ya?
- ¿Ves? Tampoco me pongas en plan de jodido. Tú sabes que casi ni puedo llamarte de mi casa. Hablar un minuto contigo por el cel, se transforma en diez, quince... treinta minutos. Incluso ahora me estoy jodiendo más en mi jato, gastando línea desde aquí...
- Mmmmse... lo sé.
- Y ni hablar del teléfono de tu casa. Ése ni cuenta porque nunca te pasan mis llamadas...

Diego le interrumpió:

- Mira Ramiro, esta bien lo que dices. Pero lo cierto de todo es que preferiría por el momento mantenerme incomunicado contigo como hasta ahora. Ahorita estoy abocado en mis estudios de preparación de la U y encima tengo lo otro de inglés. Y la verdad que estas cosas no me dan tiempo para más, entiende...
- Bueno, si así lo quieres - respondió ccon evidente desazón.
- Gracias.

Ramiro no pudo evitar sentirse más descorazonado, casi ni ganas le quedaban de seguir conversando. Estaba a punto de despedirse cuando Diego comentó:

-Bueno, ya tú sabes cómo soy. De repentee un día de estos te llamo para salir juntos por ahí... todo depende del momento indicado.
- Todo depende de si realmente lo quieres... - respondió casi sin ganas.
- Además, de todos modos tengo que llamarte para Navidad y Año Nuevo. También está internet. Mira, podemos seguir teniendo contacto por ahí...

"No es lo mismo huevón, tú sabes que no", pensó.

- Eso lo dejo a tu disposición Diego, no quiero comprometerte. Si tan ocupado andas en tus estudios, lo mejor sería no arriesgarte ¿no crees?
- Gracias, pero de todos modos te llamaré por navidad. Mas bien si me disculpas, ahora estoy cansado. Nos comunicamos entonces.
- Ok, entonces estaremos en contacto.
- Gracias amigo.

Cuando colgó el teléfono, Ramiro sintió una desilusión tremenda en su corazón. Durante toda la conversación había percibido en la voz de su compañero cierto tono de frialdad, casi evasiva. Pasaron por su mente otras ocasiones en que Diego le contestaba el teléfono con su algarabía habitual, recitándole lo cansado que se sentía de su rutina, los proyectos en los que se encontraba abocado en ese momento, para luego finalizar muy explícita y emotivamente confesándole lo mucho que lo extrañaba y de que no esperaba las horas de poder salir de su casa para volverlo a ver. Todo ello parecía ahora un lejano recuerdo, un sueño casi, como si nunca antes hubiese ocurrido. Reparó entonces en las últimas palabras de Diego por el auricular. "Gracias 'amigo'... nunca me habías hablado así antes".

Cierto, Diego nunca le había llamado "amigo". Casi siempre lo llamaba "hermano", si es que no era obviamente por su nombre. ¿Significaba ello algo? ¿estaban las cosas cambiando sin saber exactamente el por qué? ¿o era todo esto sólo una paranoia más? "Huevón... justo ahora, cuando te necesito más, me sales con esto ¿qué chucha te está pasando?" pensó.

Era imposible desligarse ahora de esa idea. El fantasma del final de un largo y hermoso sueño que había durado más de doce meses casi, no dejaría de rondar por su cabeza hasta aclarar completamente toda esta situación. Y para ello habrían de pasar muchas lunas antes de conocer absolutamente toda la verdad.





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