Don Javier gozaba de la confianza de la Compañía maderera. Fue trasladado a Santiago a cargo de una gran Barraca que estaba situada en el barrio Antofagasta, cerca de la maestranza Sn. Eugenio. Allí ingresó a la escuelita del barrio que aún se conserva y abre sus puertas frente a la Parroquia de San Gerardo. En esos años la Basílica de los Padres Redentoristas cuya construcción se había iniciado en 1904, en la Avda. Blanco Encalada, estaba en sus pasos finales y con sus torres de 55 metros de alto, era  un gran polo de atracción. Pronto apareció el niño Jorge para prepararse a la Primera Comunión y a su Confirmación, de acuerdo a los usos de aquella época. Vistió la sotanita y el roquete de acólito y vivió sus primeros contactos personales con Jesús con su fervor de niño. Dejó en el recuerdo las huellas de su piedad y de sus picardías de acólito.
A los 12 años, en 1930, terminada la básica, hace su ingreso al Seminario de los Padres Redentoristas, en San Bernardo. Jorge ha decidido ser sacerdote porque se siente llamado por el Señor. Sus años de seminario tuvieron todo el encanto de un internado lleno de experiencias nuevas, de estudio, deportes, de una vida espiritual intensa, pero en un grato ambiente de familia. Con exigencias  superiores a la edad de un niño, creció como joven y maduró como persona. base del futuro sacerdote y misionero. La Congregación lo formó como un hombre de hierro para el mejor servicio  de la causa del Señor. Allí también  conoció a María, la Madre del Perpetuo Socorro a quien consagró su joven corazón para toda la vida.
Terminó en forma brillante sus estudios de Humanidades, como se decía antaño y, con dos compañeros más, emprendió, en barco, la travesía de los mares, para ir a Francia,  al pueblito de Gannat para recibir su formación especial de Hijo de Alfonso de Ligorio, en su año de Noviciado que culmina con su  profesión temporal el día 15 de Octubre de 1936. Sus estudios de teología los hace en Argentina, en una gran casa de Estudios Superiores que tiene la Congregación en Villa Allende en la Provincia de Córdova, donde, en 

1941, es ordenado de sacerdote junto con su compañero de curso, P. Jorge Díaz Bustamante.
Vuelve a Chile con todo el entusiasmo y fervor de su ordenación sacerdotal después de 12 años de una excelente formación espiritual, humana e intelectual y con todo el vigor y entusiasmo de sus  veinticinco años.
Lo destinan al Seminario y en 1943 ejerce como profesor y sub-director. Allí se mantendrá hasta 1955, siendo director los tres últimos años. Cada vez que puede se arranca a predicar misiones. Estos años son de gran importancia en su vida, quizás no tanto para él como para la Provincia, por  su entrega a la formación de los futuros sacerdotes. Con el Padre Armando Boisier van a marcar toda una época que otros llevarán hasta los comienzos de los años 60, la antesala del Concilio. Con su personalidad, su entrega y sus cualidades el Padre Jorge penetraba muy dentro en quienes lo trataban y dejaba huellas profundas en ellos.
Y así continuó su vida dejando por donde pasaba el sello de su entusiasmo, su eficacia y su amistad con un trato  severo cuando era necesario, pero de gran cercanía humana y de ingenio en la comunidad y entre sus amistades.
La obediencia lo hizo alternar en una serie de cargos importantes. Párroco, Superior y Fundador en Penco dejó en el corazón de la feligresía un gran cariño y respeto que permanecen como una fuente en medio de la plaza. Otro tanto hay que decir de Temuco, de Cauquenes, y de Puerto Montt. En sus comienzos tuvo una gran dedicación a la Súplica del Perpetuo Socorro y a las obras de las Vocaciones. Es imposible, en estas breves líneas nombrar siquiera todas sus obras. El P. Jorge vive en el recuerdo de miles de personas.

Además de estos datos que hemos señalado como historial de su vida, hay cuatro aspectos que sobresalen en su persona de sacerdote y misionero Redentorista.
Un excelente religioso. Quienes hemos convivido con él hemos sabido de su calidad de consagrado al Señor. Un

hombre del cumplimiento estricto de sus deberes y responsabilidades religiosas. Lleno de un gran cariño a Jesús en la Eucaristía  y de confianza en la Ssma. Virgen, la Madre del P. Socorro, no dejaba jamás la oración.
Un hombre de estudio. Nunca perdió su gran interés y preocupación por los estudios y por estar al día en los asuntos de la fe, de la teología y de las ciencias modernas. Conservó su mente lúcida hasta el último momento y su capacidad de diálogo y de discernimiento fue siempre extraordinaria. Desarrolló sus cualidades de músico, de pintor y de literato. Muchos de sus sermones son piezas maestras de oratoria.
Un misionero y apóstol incansable. Dentro del tiempo que le permitían las labores encomendadas por los Superiores se dedicó con gran entusiasmo a las Misiones y recorrió campos y ciudades dejando siempre la huella de su fervor, de su entusiasmo y de su amistad. Y en las Parroquias y comunidades fue el apóstol incansable. En estos últimos años atendía semanalmente una veintena de enfermos. Con entusiasmo apoyaba las labores parroquiales en diversas tareas.
Un gran redentorista. Amó a la Congregación con un gran fervor y en una fidelidad sin medida. Sufría muchísimo cuando alguno se retiraba o cuando percibía que algo no andaban bien. Se esmeró en el trabajo vocacional como signo de su amor a la Provincia. Su preocupación por los demás y por las obras, se hacía obsesiva a veces. .
Los que seguimos sus huellas sabemos que nos ha dejado un camino claro y una gran responsabilidad: ser los misioneros del Tercer Milenio y continuadores fieles de la obra realizada por los Redentoristas en estos 125 años de presencia Misionera en Chile.




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