LOS MISIONEROS REDENTORISTAS
EN CHILE
Los Misioneros Redentoristas se instalaron en forma definitiva en Chile en el año 1876. Antes, en 1860, hubo un primer intento a cargo de los Redentoristas belgas que no llegó a concretarse.
La Congregación, sin embargo, tenía gran interés en extender sus labores misioneras hacia los lejanos países de América del Sur. El Superior General de ese tiempo, P. Nicolás Mauron, volvió a un segundo intento y desde Francia, Provincia de Lyon, partió otro grupo de Misioneros hacia Ecuador donde se instalaron sin problemas. Pero, luego de la muerte del Presidente Gabriel García Moreno, surgieron algunas dificultades. Sintiendo los Superiores que el ambiente se tornaba peligroso decidieron emprender nuevas fundaciones en otros países. Chile fue uno de los elegidos.
Tres religiosos, dos sacerdotes y un hermano, salieron rumbo a Chile y el 29 de Enero de 1876 desembarcaron en Valparaíso. Eran los Padres Pedro Merges, Agustín Desnoulet y el Hermano Antonio. Al día siguiente tomaron el camino con rumbo a la capital.
Santiago era ya una ciudad bastante crecida. Albergaba cerca de 130.000 habitantes con una población abigarrada y cosmopolita. El Pastor de la diócesis era el sr. Arzobispo don Rafael Valentín Valdivieso.
Durante dos meses anduvieron buscando un lugar adecuado donde instalarse y no faltaron los problemas y sinsabores. Llegaron luego a la conclusión de que la primera residencia debía estar en Santiago, pues allí funcionaban las instituciones de mayor importancia y era además, el centro de las comunicaciones con el exterior. Una serie de buenas ofertas fueron abandonadas, como Talca, Rengo, Copiapó, Los Andes y otras. No fue fácil, tampoco, ubicar un lugar que fuera apto para el apostolado de los Redentoristas y que ofreciera, además, posibilidades de crecimiento. Finalmente se quedaron con la Capilla Ugarte, situada a unos 800 metros de la Alameda, en el barrio Estación Central, en el cuadrilátero ubicado hoy entre Blanco Encalada, San Alfonso, Conferencia y Lincoln en el límite sur, aunque éste no es el límite original. Encontraron una hermosa Capilla y una casa modesta con capacidad para albergar a unas cuantas personas. Pertenecía todo el lote a la familia Ugarte que, en documento público, lo cedió a los Misioneros Redentoristas el 26 de Abril de 1876. El 14 de Marzo el Presidente de la República, don Federico Errázuriz, había autorizado la instalación de la Congregación en Chile, a la que se concedió personalidad jurídica.
La Comunidad comenzó oficialmente su vida congregacional el 14 de Mayo con una fiesta de gran solemnidad. El trabajo misionero se inició de inmediato. Los Padres se dieron a la tarea de organizar y vitalizar el Santuario de la Patrona, la Virgen del Perpetuo Socorro, mientras construían el gran templo. Dieron a conocer su imagen y su historia y crearon una Sociedad religiosa en su honor: la Súplica Perpetua. Se trata de grupos bien organizados que se comprometen a rezar cada semana una hora ante la imagen de María y a vivir su vida como buenos cristianos. Al poco tiempo contaron con más de mil socias.
Para los hombres crearon la Sociedad de la sagrada Familia cuyo patrono era San José, propuesto como ejemplo para los padres de familia y para los obreros cristianos. Ambas Instituciones fueron llevadas por todo Chile a través de los Misioneros y se establecieron, con buen éxito, en cada una de las Comunidades que fueron fundando a lo largo de Chile. La Súplica Perpetua se extendió por todo el mundo. En base a estas dos instituciones los Redentoristas crearon en torno a sus conventos un buen movimiento de renovación en la fe cimentado en la persona de Jesús, de la Virgen y de San José, la familia de Nazaret, abarcando, de esta forma en su acción apostólica, al hogar completo: el padre, la madre y los hijos.
El lugar, un arrabal de Santiago, aún tenía mucho de campo. Blanco Encalada era el callejón por donde transitaban los animales desde la Estación al matadero. Con el tiempo y el progreso todo el barrio ha ido cambiando y adquiriendo la forma actual. Los Religiosos levantaron una gran casa de dos pisos en Blanco Encalada y que se extendía por San Alfonso, hacia el sur, hasta juntarse, a media cuadra, con la antigua Capilla Ugarte. En 1904 se puso la primera piedra del magnífico templo que hoy, de cara al norte, eleva sus torres a 55 metros sobre la Avda. Blanco invitando a levantar el espíritu hacia lo alto. El templo, construído en un gótico moderno, alcanza 68 mts. de fondo y 30 de ancho. Tiene 5 naves. Sólo tres de ellas han sido terminadas. Las otras dos permanecen cerradas. En 1920 fue inaugurado y recibió el título de Basílica de San Alfonso y del Perpetuo Socorro. También construyeron un convento en concreto armado, al igual que el templo, en el costado norte y que empalmaba con la sacristía de la imponente Basílica. En 1949 Mons. José María Caro Rodríguez, erigió, en ese sector, una Parroquia con el nombre de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de la cual se hicieron cargo los Redentoristas. El terremoto del año 1968 (¿) dejó malparadas las oficinas parroquiales y con la ayuda de los Padres de Alemania, se construyó un conjunto arquitectónico destinado a los servicios parroquiales incluyendo la casa de los sacerdotes y que fue inaugurado en 1988. Un nuevo convento surgió en Blanco Encalada, al costado oriente del templo. El terremoto había dejado muy mal parada la Capilla Ugarte que, luego de la inauguración de la Basílica, (1920) había sido convertida en Salón Parroquial cumpliendo una gran labor de apoyo a la realización de las múltiples actividades pastorales. Fue necesario demolerla.
Actualmente, al cumplirse los dos mil años desde la venida del Señor, en Santiago, además de la Casa Provincial y la casa parroquial se encuentran el Postulantado Redentorista y la casa de formación de los religiosos profesos. Allí mismo, en la planta baja del antiguo convento, tiene su sede el Instituto Alfonsiano donde nuestros seminaristas cursan sus estudios de filosofía y de teología junto con muchos otros jóvenes que vienen de otras Congregaciones. También participan laicos y religiosas. Por el lado de Blanco Encalada abre sus puertas el Centro de Formación de Misioneros Laicos.(Cepami) Este Centro fue creado en 1978 y ha prestado un notable servicio a la acción misionera de la Congregación. En esa misma ubicación se encuentran las oficinas del Gobierno Provincial. Allí se concentra gran parte la administración de la Congregación en Chile, en comunión con el Gobierno central de Roma.
Cauquenes de Maule.
Los Redentoristas llegaron a Cauquenes en 1891, cuando era un pueblito de apenas 7.000 habitantes, rodeado de viñedos, de chacras y de bosque nativo. Se instalaron en una casa un tanto estrecha e incómoda, gentilmente cedida por un sacerdote del lugar, el presbítero Bartolomé Villalobos. Durante casi diez años vivieron en esa casa con una serie de problemas y limitaciones de orden material que hacían muy difícil un apostolado efectivo. Se pensó, en un momento, en que había que abandonar la fundación. Sin embargo, con el entusiasmo del P. Agustín Vargas, recientemente ingresado desde el clero de Talca, volvió el optimismo a la comunidad cauquenina. Se organizaron ejercicios espirituales que tuvieron un éxito asombroso y se dio comienzo a las Misiones en el amplio territorio circunvecino. Se puso en marcha la construcción del nuevo convento y del templo bajo la dirección de los Hermanos de la Congregación, venidos de Francia.
En 1899, el 24 de Septiembre, se trasladaron al nuevo convento, levantado con el aporte de la Congregación y el esfuerzo generoso de muchos feligreses. Era un edificio imponente, de dos pisos, construido sobre la parte más alta del pueblo, en un cuadrilátero cercano a los cincuenta metros, edificado en torno al tradicional jardín interior y cerrado por el templo en el costado sur. Las altas torres llenaron con el mensaje alegre de sus campanas los pueblos y aldeas que alegran los pequeños valles. La cordillera de la costa con su ropaje verdinegro de la montaña cubre el lejano horizonte del poniente.
La gente, sencilla y piadosa, recibió a los misioneros con gran cariño respondiendo con entusiasmo a sus llamados a vivir la fe con mayor fidelidad. Muy pronto organizaron la Súplica en honor de María del Perpetuo Socorro y Los Socios de San José, para los hombres. El fervor y el entusiasmo llenó en poco tiempo de socios y socias dichas instituciones que funcionaban separadamente para la gente del pueblo y los del campo.
Especial importancia y éxito tuvieron los Retiros para hombres y las Misiones dadas en todos los rincones del la zona, en las parroquias y pueblos vecinos. Las grandes fiestas litúrgicas, las novenas, las celebraciones patronales y las misiones predicadas a los hombres y a las mujeres en forma separada y en tiempos diferentes, llenaban a plenitud las tres naves del templo recién construído. El terremoto de 1939 dejó a mal traer el convento y la Iglesia. Fue necesario eliminar parte el segundo piso, rebajar y reforzar las torres, asegurar murallas y modificar el ábside del templo. Y la obra de Cristo continuó adelante.
La ciudad ha crecido y el convento pasó a ser la Parroquia San Alfonso. Desde lejos, viniendo de San Javier o desde Parral o desde las montañas del poniente, las torres del templo señalan sobre las colinas la presencia tranquila y soñolienta de un pueblo rico en valores y tradiciones religiosas y campesinas, rodeado de viñedos que le han ganado un prestigio que va más allá de las fronteras de Chile.
La gente ha conservado su fe y su entusiasmo por las cosas de la Iglesia, aunque el fervor de hoy ya no es el de los tiempos pasados.
Valparaíso, la perla del Pacífico.
Los Misioneros Redentoristas, con la ayuda de lo alto y con los refuerzos enviados desde Francia seguían acrecentando sus huestes. A comienzos del siglo XX más de 60 seminaristas se preparaban al sacerdocio. También habían comenzado a ingresar algunos chilenos. Y, si bien desde Chile se repartía el personal hacia otros países, fue necesario pensar en nuevas fundaciones.
Se eligió Valparaíso, por su importancia pastoral en la línea redentorista. Como en las otras fundaciones, también en el Puerto se buscó a los pobres y a los más desvalidos. Eligieron el cerro Cordillera que está situado sobre el famoso barrio de la Iglesia Matriz o Plaza Echaurren con su mercado callejero, sus gritos y sus olores de puerto. Los habitantes del Cordillera, eran marinos, pescadores, cargadores y obreros portuarios en su gran mayoría. Los Misioneros, en Diciembre de 1903, se ubicaron primero en una casita estrecha y provisoria junto a una capilla llamada de Santa Ana, que aún subsiste, pero fuera de uso.
Luego adquirieron, con la ayuda de los vecinos y bienhechores, un terreno más amplio, donde se encuentran en este momento y se dieron de lleno a la tarea de construir casa y templo. Los planos y los trabajos de construcción estuvieron bajo la dirección de los Hermanos Redentoristas Jerónimo y Huberto. La Comunidad comenzó a funcionar. El 27 de Mayo de 1904 se trasladaron a la nueva residencia. No era fácil el trabajo pastoral y aunque el terrible terremoto del 6 de Agosto de ese mismo año dejó a medio Valparaíso en el suelo, la construcción de los Padres no sufrió estragos irreparables. Sin embargo, en 1912, el nuevo templo aún no estaba terminado, a causa, principalmente, de las dificultades y del costo que significaba subir el material hasta el lugar de la construcción. No esperaron más y ese mismo año inauguraron la casa del Señor así como estaba y retomaron con renovado entusiasmo las labores pastorales en el barrio.
No fue un trabajo fácil, pero, poco a poco, los religiosos, con su estilo sencillo y familiar, llegaron al corazón de sus feligreses. Una de las primeras obras fue fundar la Súplica Perpetua que se inició con 140 socias. La catequesis infantil comenzó en el barrio con 300 niños..
Años más tarde se creó la Parroquia del Perpetuo Socorro (1953) que asumió la Comunidad, y cuyos límites abarcan casi la totalidad del cerro. Con ella se introdujo toda la organización pastoral, con las obras de ayuda social y las de carácter deportivo, como el club San Gerardo.
Paulatinamente fueron surgiendo en los barrios pequeñas capillas y asociaciones pastorales y, posteriormente, las dinámicas Comunidades de Base. Algunos sacerdotes dejaron una huella profunda en la gente del cerro. El Padre Gabriel Correa, para nombrar sólo uno, conocido en todo el puerto y en la ciudad, continúa siendo para muchos el modelo del hombre de Dios puesto al servicio de los más pobres. Falleció en 1996 dejando en el corazón de todos un reguero de lindos recuerdos.
Las crónicas del convento nos dan cuenta de las labores Misioneras realizadas en otras parroquias de la diócesis y en otros lugares más apartados. Desde el cerro abarcaron el valle de Aconcagua e incursionaron hacia los poblados del Norte Chico y las salitreras llevando la Buena Nueva de Salvación a miles de hermanos.
Posteriormente, en el costado norte del convento, se construyó una casa de ejercicios al servicio de las Instituciones de la ciudad y de la zona, para sus encuentros y sus retiros espirituales. Los que llegan de visita al convento se extasían contemplando, desde su propio cuarto, la bullente rada de Valparaíso con su ir y venir de gentes y de barcos. Del lado derecho, la lejana silueta de la conocida Ciudad Jardín. En lontananza, perdidos en la bruma, los balnearios de la ribera norte, en el camino a Con-Con, donde muere el río Aconcagua que desciende desde los Andes dando su nombre a los valles que atraviesa y desatando la fertilidad de los campos que recorre.
La vida y la alegría del Puerto han invadido la quietud y el silencio del antiguo claustro del convento y junto a los Misioneros crece y se compromete la comunidad de jóvenes, de niños y de adultos que se sienten y son la Parroquia Misionera del Puerto.
Puerto Montt.
Chiloé ha ejercido siempre en los misioneros una fuerte atracción por su belleza natural, su cultura, sus mitos y sus costumbres religiosas que evocan profundas evangelizaciones del pasado.
Desde 1905 los Misioneros Redentoristas recorrieron las islas llevando el auxilio espiritual a las gentes de esos remotos lugares. Partían en las frágiles embarcaciones chilotas, por tres o cuatro meses, generalmente en invierno, en medio de las inclemencias del tiempo y las penurias de los viajes por el golfo de Reloncaví, de Ancud y del Corcovado. Algunos misioneros dejaron su vida en esas tierras. Los restos mortales del P. Javier Munier descansan en el cementerio de la pequeña isla de Tac, barrido, incesantemente, por el viento helado e inclemente del sur.
Desde Cauquenes, en un comienzo, y luego, desde el convento de Los Angeles, fundado en 1905, partían los misioneros hacia las remotas y misteriosas islas de Chiloé. Así Los Angeles, la Comunidad más austral de los Redentoristas a comienzos del siglo XX, era la cabeza de puente para las incursiones apostólicas del sur.
Durante cuarenta años la Comunidad de Los Angeles, una de las propiedades más hermosas de la Provincia, estuvo abierta y al servicio de la Iglesia local. Realizaron una labor intensa en el barrio y en la zona sur del país. Sin embargo, en 1945, por diversos motivos, fue cerrada. Los Misioneros la dejaron con pena. Como recuerdo de esos tiempos subsiste la Súplica Perpetua mantenida por su celo apostólico y por su amor a María del Perpetuo Socorro. La iglesia y el convento fueron devueltos al Arzobispado de Concepción.
En 1962, con el objetivo de recuperar la zona de Llanquihue y Chiloé para sus labores apostólicas, un grupo de entusiastas misioneros llegó a Puerto Montt y se instaló en el barrio de Linz, en un sector muy pobre, donde la presencia de los religiosos era una urgente necesidad. Asumieron la Parroquia de Cristo Rey y alternaron la atención a los feligreses con los viajes misioneros a las islas de Chiloé y a las capillas que adornan, con sus típicas estructuras de alerce y sus alegres colores, la belleza del Lago Llanquihue y los más lejanos pueblitos escondidos en los intrincados valles cordilleranos.
En Puerto Montt se repitió el mismo itinerario fundacional de la casa de Valparaíso y de Cauquenes. La Comunidad, compuesta por cuatro misioneros, se ubicó en una casa parroquial, muy sencilla, junto a un templo de madera que apenas cumplía las condiciones de capilla. El terreno donde estaba construído el conjunto parroquial había sido un pantano que, en parte, alguien había rellenado con toneladas de aserrín, escondiendo, sin eliminar del todo, el agua cenagosa. El templo, de estructura simple, estaba construído sobre pilotes de alerce, a un metro sobre el nivel del piso. Allí, había agua en abundancia, en forma permanente y era aprovechada en el verano por los patos del sector que coreaban a gusto la Misa del medio día.
El territorio asignado a la parroquia era inmenso. Comenzaba casi en el centro de la ciudad y se extendía por el norte hasta el pueblito de Los Alerces, donde limitaba con la Parroquia de Puerto Chico, situada a orillas del Lago Llanquihue. Por el sur y apegado a la costa del estuario de Reloncaví, se extendía hasta el río Chamiza. Desde allí bajaba nuevamente hacia el noreste, llegando, en un recorrido, cercano a los 30 kilómetros., a su límite final, el Lago Chapo. Todo un campo de bellezas naturales presididas por la majestuosidad de los volcanes, con pequeñas comunidades rurales, entre bosques de coihues, ulmos y canelos. Era la belleza diáfana y radiante de Llanquihue en los días de sol. En los días de lluvia se buscaba en los hogares la cercanía, cálida y reconfortante, de la incansable cocina a leña, la reina de la casa.
No fue fácil el trabajo, ni en la parroquia, ni en las diversas misiones. Pero la belleza del paisaje, la riqueza de las nuevas experiencias, lo aventurado y riesgoso de los viajes y la respuesta generosa de la gente, compensaban los sacrificios y los esfuerzos extraordinarios. Pasados unos diez años fue posible edificar templo y casa nuevos en un terreno más firme y no tan húmedo, en la avenida Regimiento. El notable aumento de la población de Puerto Montt, convertida en una ciudad moderna y opulenta de belleza natural, hizo necesario crear nuevas Parroquias que fueron reduciendo los límites de la Iglesia de Cristo Rey, circunscrita, en este momento, al ámbito urbano.
Nueva Braunau, un paraíso.
A la altura del cruce de Puerto Varas, en la carretera Panamericana sur, pero en la dirección opuesta, a unos 10 kms. del camino a Río Frío, se encuentra Nueva Braunau, un pueblito pequeño, surgido de las colonias alemanas que poblaron esta zona. Para quienes lo conocen Nueva Braunau, con sus colinas bien cultivadas y sus bosques autóctonos, es un pequeño paraíso. La nueva fundación se inició en 1967. El Comité de la Capilla del lugar construyó una hermosa casa habitación para los Misioneros, en armonía con la arquitectura del templo y cuya torre parece presidir una ronda de las casas multicolores del pueblo cuando suenan las campanas. Se creó al mismo tiempo la Parroquia en honor de la Patrona del lugar, Santa Rosa de Lima.
La idea de la Congregación fué contar en Nueva Braunau, en primer lugar, con un buen equipo de misioneros que estuviera recorriendo los campos y ciudades llevando la Buena Nueva a sus hermanos y alentando un proceso de renovación espiritual.
Luego, disponer de una base de descanso y de reforzamiento de los misioneros para volver nuevamente al trabajo apostólico. Por ello se eligió una Parroquia pequeña que no necesitara de un personal numeroso para su atención. En ese tiempo Nueva Braunau contaba con algo más de mil habitantes y las comunidades de los alrededores eran pequeños fundos con muy pocas familias. Esas condiciones perduran casi idénticas hasta nuestros días. Con esa intención se eligió a Nueva Braunau y, aunque no se ha contado siempre con un grupo numeroso de misioneros, no es fácil encontrar una capilla de la zona que no haya recibido, con gran provecho espiritual, la visita de los hijos de Alfonso de Ligorio.
La obra sigue adelante con el esfuerzo y entusiasmo de los muchos religiosos que se han ido alternando en la Comunidad y que han contado con el afecto de la gente del lugar. Buena parte de la población está formada por los descendientes de los colonos alemanes que vinieron a Chile traídos por Vicente Pérez Rosales, en la década del 1850, para engrosar y reforzar la inmigración nacional como parte de un gran esfuerzo del gobierno de la época por vitalizar la zona de Llanquihue.
Esos colonos, alemanes y chilenos, hicieron una tarea maravillosa. Limpiaron y fueron secando los campos repletos de bosques y de pantanos hasta convertirlos en tierras fértiles, accesibles y laborables. Allí pastan ahora los piños del ganado de raza, apto para la zona, que mantienen las lecherías. Allí se cultiva las sabrosas papas del sur, las plantaciones de trigo y de cebada y crece la madera fina en el silencio de sus bosques.
La Comunidad ha cumplido los fines propuestos. La Parroquia realiza con dedicación su trabajo de hacer crecer la Iglesia del lugar reforzando la fe de las familias. Muchos misioneros han partido desde allí hacia las parroquias de la zona y, atravesando el canal del Chacao y las aguas de los golfos, han llevado la Buena Nueva a las múltiples comunidades diseminadas por las islas llevando la fe de Cristo y el amor de María.
Penco, la ciudad antigua.
Ese mismo año se aceptó la fundación de Penco donde, antaño, Pedro de Valdivia pusiera las bases de la ciudad de Concepción y que sus primeros pobladores abandonaron buscando un lugar más seguro a causa de un terrible maremoto que la asolara.
Penco es una ciudad de pescadores, obreros y gente sencilla, de pocos recursos materiales, pero de esfuerzo y de una fe grande en el Señor y en la Virgen del Carmen. Es un maravilloso campo para el ejercicio del carisma Redentorista.
El entusiasmo y la capacidad de compromiso de las gentes de la Parroquia suplieron las faltas de medios y recursos que caracterizan a todas las nuevas fundaciones.
También aquí se dio la lógica de las otras fundaciones. Los Padres se instalaron en una casita estrecha y provisoria, apegada al templo. Pero, en este caso, el templo era y es, de una muy hermosa arquitectura. Sus muros de vidrio desvanecen las barreras con lo externo, como si quisieran indicar que, entre las cosas de la fe y el pueblo no hay distancias y que, la presencia de Cristo en la santa Eucaristía, es pan para toda la ciudad.
Poco a poco se fue construyendo la casa nueva, en dos pisos, con la oficina parroquial y las dependencias pastorales más urgentes.
La vida espiritual y pastoral se hizo intensa y misionera. Surgieron las Comunidades de Base y las capillas en los sectores. La pastoral juvenil y todas las demás actividades parroquiales se organizaron y funcionan como un cuerpo viviente. Los misioneros comenzaron a recorrer los campos y parroquias cercanos llevando la Buena Nueva de Salvación.
Hay ambiente de compromiso efectivo en los cristianos de Penco y un amor profundo a la Virgen del Carmen, la Patrona de Chile. Cada año, al aproximarse la fiesta, desborda el cariño filial a la Madre y se expresa en una novena - Misión de gran fervor y en una multitudinaria procesión, joya de la religiosidad popular.
La Comunidad de Penco ha crecido y se ha hecho fuerte y sólida. La cercanía de los misioneros, el ambiente de familia y de amistad que se ha ido creando en torno al convento y a la parroquia, las numerosas obras en beneficio de los más pobres, la presencia de los misioneros y de los laicos, en los diversos sectores de la ciudad, han ido conformando una comunidad parroquial consciente de sus responsabilidades pastorales y deseosa de hacer de Penco una ciudad de creyentes y de misioneros. Misioneros porque en verano, cuando el tiempo lo permite, se organizan las misiones y se lleva a las comunidades de la campiña la palabra del Señor.
Coquimbo
A Coquimbo llegaron los Redentoristas a través de las misiones. Monseñor Juan Francisco Fresno había conocido la misión renovada como obispo de Copiapó. Trasladado a la Arquidiócesis de La Serena, pidió misiones para la parte alta de ciudad y, al año siguiente, para Coquimbo y luego, para Ovalle. Entusiasmado con el éxito espiritual de las mismas, Mons. Fresno solicitó a la Congregación una presencia estable de los Redentoristas en su diócesis.
En 1971 llegaron a La Serena los misioneros de Alfonso, como fruto de un convenio temporal y se trasladaron a Coquimbo, donde estaría su residencia permanente. Allí el sr. Arzobispo les habilitó una casa junto a la Iglesia y Convento del Buen Pastor, en la Avenida Ossandón y donde viven hasta ahora.
Los misioneros recorrieron los valles del Elqui y del Limarí llevando la Buena Nueva a los numerosos cristianos que habitan en esos hermosos pueblitos, de barro y tejas, del norte chico. También prestaron sus servicios en la organización y animación pastoral, a nivel diocesano. En 1973 asumieron la creación y dirección del Departamento de Teología en la Universidad del Norte, facilitando el funcionamiento, en la diócesis, de un Seminario Regional con la participación de casi todas las diócesis del norte. En 1984 asumieron la parroquia de San Pedro, en Coquimbo.
Los Redentoristas han cumplido en la Iglesia diocesana una labor múltiple, en un gran esfuerzo de apoyo al clero local, asumiendo responsabilidades de diversa índole, sin circunscribirse sólo a sus labores estrictamente misioneras. La primera tarea, con Mons. Francisco Fresno, consistió en trabajar la puesta en marcha del Vaticano II, en sus diversas expresiones. Colaboraron en la creación y asesoría de las Comunidades de Base. Trabajaron en la organización pastoral de la diócesis y en su animación desde la Vicaría de Pastoral y desde las Vicarías zonales. Asumieron, con los sacerdotes del lugar, la creación del Instituto de Formación, la organización y animación de la Pastoral Juvenil y por supuesto, la creación y animación del Departamento de Misiones. Todas las Parroquias han recibido el beneficio de las labores misioneras en repetidas oportunidades y se continúa en esta labor bajo la solicitud apostólica de Mons. Manuel Donoso, actual Arzobispo de La Serena.
Una de las características más significativas de la comunidad de Coquimbo ha sido esa disponibilidad frente a las necesidades de la Iglesia local, colaborando, en lo que fuere necesario y especialmente, en las situaciones de urgencia, con los diversos Pastores que han asumido la Arquidiócesis.
La presencia de los Misioneros Redentoristas en Coquimbo continúa con la misma tonalidad: un equipo puesto al servicio de la diócesis en todo cuanto signifique animación pastoral y trabajo misionero. De esta forma se ha realizado una labor de evangelización en unión con todas las fuerzas vivas de la iglesia de La Serena.
Temuco
Como es nuestra costumbre, los Misioneros Redentoristas llegaron a la ciudad de Temuco y se establecieron en uno de los barrios más pobres y necesitados de auxilios espirituales de la ciudad. Asumieron la parroquia del Perpetuo Socorro que, años atrás, había creado Mons. Prudencio Contardo, redentorista y primer Obispo de Temuco.
La gente del barrio acogió con gran cariño a los Misioneros. En un comienzo se trató de un servicio temporal y, después de algunos años, fue asumida como nueva fundación. La parroquia presenta un hermoso y gran campo de trabajo, bien organizado y de buen nivel de compromiso de parte de los laicos. Los jóvenes son entusiastas y numerosos y viven su adhesión al Señor en una gran variedad de hermosos apostolados.
Cuatro sacerdotes integran la Comunidad y un grupo de Hermanas Misioneras Redentoristas les acompañaba hasta el año 2.000. Ahora han decidido ir más al sur, a Paillaco, donde su presencia misionera parece más necesaria. Dejan las Hermanas un gran vacío que no será fácil de llenar.
La Comunidad de los Misioneros ha realizado una buena labor en la Parroquia que abarca varios sectores. En cada sector no falta la capilla o sede y el grupo a cargo de la animación pastoral. El sector funciona como una pequeña parroquia, con todas las organizaciones y actividades principales. Tienen la Santa Misa con frecuencia y la atención pastoral permanente. Para las actividades más importantes y masivas se reúnen en la sede Parroquial.
La presencia de los Redentoristas en Temuco es de gran importancia por su cercanía al pueblo y a la cultura autóctona. Temuco, a pesar del rigor de su clima, es un hermoso campo donde se vive nuestro carisma misionero entre los más abandonados.
Conclusión.
Esta es la presencia misionera redentorista en Chile. Diez Comunidades, ocho parroquias, 42 religiosos, de los cuales, 40 sacerdotes y una docena de jóvenes en la línea de formación. Les asiste la certeza de que el Señor, que los trajo a Chile, en los confines del mundo, permanece siempre en medio de sus hijos bendiciendo, como Redentor, su esfuerzo misionero.
Están agradecidos con el Señor porque está suscitando, en el corazón de los jóvenes de hoy, la inquietud por ser Misioneros como El, para irse por los caminos del mundo buscando servir a sus hermanos y de un modo especial, a los más pobres y marginados de nuestro tiempo
Las Hermanas Misioneras Redentoristas.
Las Congregaciones suelen tener una rama masculina y otra, femenina que participan del mismo carisma y misión. Suelen trabajar unidos. También los Misioneros Redentorista cuentan con una serie de Familias de Religiosas que se sienten hijas de Alfonso de Ligorio y que participan del mismo carisma y de la misma finalidad. De estas familias religiosas presentamos solamente dos.
Las Hermanas Redentoristinas. En la misma época en que nacieron los Redentoristas fueron fundadas por una religiosa llamada María Celeste Crostarosa, muy cercana a San Alfonso, las Hermanas Redentoristinas. Son religiosas de claustro que, con su oración y penitencia, apoyan la obra de los Misioneros. Nacieron en Italiana, pero tienen monasterios en varios otros países. De ellos varios están en nuestro Continente.
Las otras son las Misioneras Redentoristas de Gars, alemania y cuyo fin es similar al de la Congregación: evangelizar a los más abandonados y a los más pobres. Han trabajado intensamente apoyando las tareas misioneras de los Redentoristas en Alemania, en Bolivia y en Chile. También cuentan con una Comunidad en el Japón y en Ucrania. En Chile tienen cuatro Comunidades y su casa principal está en Santiago, en calle Echaurren Nº. Su casa de Formación está en Puente Alto. Abrieron una tercera fundación en Alto Jahuel donde prestan sus servicios a la pastoral parroquial. Y la última casa está en Paillaco, cerca de Valdivia. Para ir allá fue necesario que cerraran la casa que tenían en Temuco. en la misma Parroquia del Perpetuo Socorro de los Redentoristas, como ya se dijo. Cumplieron allí una gran labor de apoyo a la catequesis y de animación de las Comunidades y de asesoría a la Pastoral Juvenil. Han dejado un gran vacío en el corazón de la gente. Pero el Misionero o Misionera tiene que estar dispuesto a ir donde le envíen.