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Keynes, ayer y hoy
Eliézer Tijerina


A cincuenta años de la publicación de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, el pensamiento de Keynes continúa vivo. Representa aún una alternativa teórica que en términos intelectuales y políticos se encuentra décadas adelante del fracasado pensamiento convencional, es decir, del monetarismo y del keynesianismo bastardo.

Documentado está que lo que tradicionalmente se enseña y divulga como teoría keynesiana, representa una vulgarización y una interpretación conservadora e incoherente del pensamiento original de Keynes.

Vulgarización, fundamentalmente, porque el keynesianismo bastardo (convencional) hace una mala interpretación de Keynes, que conduce en el análisis a las analogías mecánicas-deterministas y, en la política, al pasivismo o al estatismo ingenuo. Interpretación conservadora, porque se niegan las contribuciones  reformistas de Keynes en los campos teórico y político. Así, en la teoría se interpreta a Keynes en términos de un sistema prekeynesiano, atemporal, de equilibrio general, autoarmónico, en el que, por una presuposición del análisis, se excluye a la acción pública correctora y promotora. Se niegan también las características específicas de la producción capitalista, al confundir ésta con una economía sin dinero, de pequeños mercaderes que se dedican exclusivamente al cambio. En ocasiones, al desconocer la pertinencia de incorporar en los análisis los rasgos empíricos e históricos fundamentales de los problemas estudiados, se confunde la empresa capitalista con un kibutz o con una sociedad cooperativa. Con frecuencia, las relaciones sociales se confunden con las naturales.

Las incoherencias del pensamiento económico convencional (monetarismo y keynesianismo bastardo) se derivan de la teoría del valor y de revolver a Keynes con Walras, por lo que conducen a políticas ineficaces.

Al no entender la importancia real del dinero y sus interacciones con la producción moderna, se propone irresponsablemente la derregulación de mercados y la "indización" de la economía como elementos estratégicos de estabilización, cuando en realidad un análisis correcto de la teoría y de la experiencia histórica, comprueban que tales políticas conducen, al contrario, a la desestabilización, a la destrucción de la producción y de las monedas nacionales, al colapso económico e incluso a las guerras mundiales. Como alternativa, el keynesianismo vulgar propone el intervencionismo romántico e ineficaz.

Para ilustrar la controversia, me referiré ahora al intento norteamericano reciente de superar la teoría y política de Keynes. Con el intento los maniáticos norteamericanos de la economía libre se desacreditaron. Pretendieron reducir la inflación, el desempleo y el déficit fiscal mediante la derregulación de mercados y la llamada economía de la oferta. Cierto es que lograron reducir la inflación, y recuperar la economía, pero el mérito no es de la "reaganomía", la economía de la oferta o de la derregulación de mercados, sino de lo que un Premio Nobel de Economía estadunidense caracterizó como "keynesianismo vergonzante": se proclama la liberación de mercados y en la práctica, la administración Reagan ha introducido la mayor legislación proteccionista de las últimas décadas; se promete sanear las finanzas públicas y externas, pero en la práctica se incrementa su vulnerabilidad; se pretende hacer de la inversión privada productiva el motor de la recuperación, pero en la práctica lo es el déficit fiscal y la deuda externa; etcétera. Lo que es aún más significativo, es que este "keynesianismo vergonzante" de Estados Unidos, de no existir una acción pública correctora norteamericana y mundial, ha provocado un "boom" en Estados Unidos que no puede ser duradero, por los enormes déficits fiscales y de balanza de pagos involucrados.

Asimismo, la estabilidad económica y la paz mundiales continuarán en peligro y serán inalcanzables si se persiste en ignorar los mensajes de Keynes para adecuar las teorías, las políticas y las instituciones a las realidades históricas cambiantes. En particular, la necesidad de cooperación internacional para evitar que los sectores financieros ahoguen a la producción; para evitar también las ambiciones desmedidas de los acreedores internacionales (como ocurrió con las reclamaciones desorbitadas sobre Alemania después de la primera guerra mundial, a las que Keynes correctamente se opuso), y para lograr una expansión económica mundial coordinada y esquemas de estabilización de los mercados de materias primas que permitan un orden mundial menos irracional e injusto.

Hoy, como ayer, enfrentamos una economía mundial frágil y numerosas economías nacionales en crisis. Como en tiempos previos a la gran depresión del 29, a la segunda guerra mundial y la aceptación de la Teoría general de Keynes, se persiste en el error de proponer la abdicación de la acción humana organizada política y científicamente como fórmula de salvación económica o la acción pública sobre premisas falsas o incompletas (sabido es que la persistencia de la crisis en los treinta condujo a la intervención estatal sin el apoyo de una teoría: Roosevelt en Estados Unidos; Hitler y Mussolini en Europa, precedieron a la Teoría de Keynes). En su lugar, se cometen los mismos errores de antes de Keynes: del exterior se propone la exclusión del Estado y la defensa a ultranza de los mercados libres; la confrontación pública-privada y entre países; el pasivismo frente a los gravísimos problemas del desempleo y la distribución del ingreso; el predominio de los intereses financieros sobre los productivos; la arrogancia eincomprensión de los poderes mundiales acerca de la suerte de los países débiles; la incapacidad para entender la teoría monetaria de la producción y los rasgos fundamentales de las economías modernas, con la consecuencia de proponer dogmas que lejos de resolver los problemas los agravan; etcétera.

Hoy como ayer, el pensamiento de Keynes constituye una alternativa válida frente a las manipulaciones sectarias del pensamiento económico convencional. Hoy, a diferencia de ayer, se entienden mejor los alcances y limitaciones de Keynes. Sus lagunas pueden cubrirse con el pensamiento estructuralista latinoamericano, el institucionalismo, el monetarismo mismo y la economía política clásica. Las nuevas realidades de hoy sólo podrán entenderse cabalmente a la luz de los avances de la economía de las últimas décadas, que permita actuar y avanzar hacia el futuro, como alternativa a la pasividad, la acción pública ineficaz o el regreso a un pasado teórico e histórico, imposible e indeseable.


El autor es Subdirector de Investigaciones Económicas y Desarrollo Industrial del Instituto Mexicano del Petróleo, Presidente de la Asociación Nacional de Economistas de la Industria Petrolera A.C. y maestro fundador del Depto. de Economía, UAM, Iztapalapa.

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