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Dificultades y alternativas en la operacionalización del concepto de competencia: una propuesta metodológica. Carlos Maya Ambia1 La competencia como categoría central del análisis económico. El concepto de competencia es una abstracción que sintetiza los elementos esenciales de una parcela de la realidad, prescinde de lo accidental y retiene lo necesario para la comprensión del fenómeno; no retrata la realidad, la esquematiza y reduce a su mínima expresión racional. Las categorías económicas tienen un referente histórico y el del concepto de competencia es la economía capitalista. Como la relación referente histórico-concepto jamás es unívoca, existen diferentes acepciones del término que nos ocupa. Sintetizando podría hablarse de dos grandes vertientes. En una están quienes han entendido por competencia una cierta forma del mercado y en la otra, los que la conciben como forma histórica de existencia del capital. En el primer grupo se ubican los neo clásicos, los teóricos de la competencia imperfecta o monopolística, del oligopolio y de la Organización Industrial. En el otro los clásicos, Marx y Schumpeter. De los marxistas no puede afirmarse que hayan sido siempre fieles al concepto marxiano de competencia. La idea de competencia implica que en el capitalismo se desarrolla un mercado autorregulador y que la economía es esencialmente de mercado. Karl Polanyi ha demostrado que el mercado autorregulador fue una realidad Histórica de breve existencia. En Inglaterra llegó a ser predominante a partir de la tercera década del siglo XIX. En países menos desarrollados su aparición fue más tardía. En todos los casos el mercado autorregulador llegó a un callejón sin salida en 1929. Las grandes transformaciones ocurridas a partir de entonces obligan a ser muy cautos al teorizar sobre la base de esta realidad histórica. La economía de mercado -dice Polanyi- es un sistema controlado por mercado y el orden de la producción Y distribución de mercancías queda a cargo del mecanismo autorregulador. Este sistema supone que en todo momento los hombres tratan de obtener la máxima ganancia, que en los mercados a un determinado precio se igualan la oferta y la demanda de bienes y servicios y que el dinero actúa efectivamente como poder de compra. La producción está determinada por los precios, pues de ellos dependen las ganancias de quienes dirigen la producción. La distribución también depende de los precios, ya que estos constituyen ingresos, gracias a los cuales se distribuyen los bienes y servicios producidos, incluyendo todos los factores productivos (tierra, trabajo Y dinero). Bajo estos presupuestos y habiendo mercados para todos los factores económicos, la producción y la distribución queda asegurada por los precios: así la autorregulación significa que toda la producción está a la venta, que todos los ingresos provienen de dichas ventas y que los ingresos serán suficientes para comprar todas las mercancías (Polanyi 1978, cap. 6). Todas las conceptualizaciones de la competencia se apoyan en la idea de un mercado autorregulador Y conllevan alguna noción de equilibrio, que en general sugiere que la producción capitalista es auto suficiente Y explicable por sus elementos económicos. Las divergencias surgen a otro nivel. Por ejemplo el enfoque marginalista privilegia el estudio de la estructura del consumo y deja de lado el proceso de desarrollo Y las relaciones que implica entre tasa de crecimiento y tasa de ganancia. Esto lleva a confusas valoraciones de los efectos de la competencia sobre la tasa de ganancia. Para los clásicos, en cambio, la tasa de ganancia depende de la tasa de crecimiento del sistema (determinada por su capacidad de producir un excedente). En este sentido el interés de Marx (análisis de la plusvalía) es herencia del enfoque clásico. Será mucho después cuando Sraffa y von Neumann retornen el problema fundamental de los clásicos. Mientras que estos habían eliminado el problema del consumo introduciendo el concepto de salario de subsistencia y reconociendo que aumentar la tasa de salario (relacionada con la tasa de ganancia y por ende con la tasa de desarrollo del sistema) significa aumentar el consumo, en cambio para los marginalistas la teoría debe explicar cómo se determina la estructura del consumo (Lombardini 1971: 26 s.).2 La vinculación entre competencia y equilibrio aparece ya en Del espíritu de las leyes (1748). Montesquieu sostiene que... la competencia pone un precio justo a las mercancías y establece las verdaderas relaciones entre ellas" (Libro XX, cap. IX). Esta afirmación, hablando de la competencia comercial de las naciones, sugiere que la competencia primero se desarrolló en el mercado internacional y no inversamente. Para Smith la competencia garantiza la continua expansión de la economía, induce a hacer innovaciones y adapta la producción a la demanda. Por este camino llega Smith a estudiar los precios naturales y el equilibrio (Lombardini 1973: 9 s.). La noción de competencia en Smith responde a la siguiente lógica. La eficiencia del sistema está medida por su productividad física. La división del trabajo es el medio más eficaz para aumentarla, lo que se consigue más rápido con mayores capitales y con un más extenso mercado. Para lograr esto es preciso que los viejos monopolios sean desplazados por los capitalistas industriales armados con la libertad de iniciativa, con la superioridad de sus métodos productivos y con el crecimiento de los mercados. Así, la libertad de iniciativa genera la libre competencia, que minimizará el precio y asignará los factores productivos entre las industrias igualando las ganancias (Lombardini 1953: 16ss.). La competencia es así la condición necesaria para el establecimiento de un orden natural y el monopolio, por impedirla, es un obstáculo al desarrollo y un apartamiento del orden natural. Partiendo de los clásicos, para quienes la competencia consiste en la maximización de la tasa de crecimiento (progreso técnico y acumulación), Marx sostiene que la competencia ejecuta la ley que determina el valor de un producto a través del tiempo de trabajo necesario para su producción y fija el tiempo mínimo en el que se puede producir una mercancía (Miseria de la Filosofía, MEW 4: 94-95). Ante la definición negativa de la competencia (negación de monopolios, corporaciones, reglamentaciones legales y de la producción feudal) Marx propone concebirla positivamente como la naturaleza interna del capital, como su determinación esencial que se realiza en la interacción de los múltiples capitales individuales. Esto se entiende recordando que para Marx el capital total existe como pluralidad de capitales individuales. De ahí que su autodeterminación aparezca como interacción entre éstos (Grundrisse: 316-317). La competencia no establece las leyes económicas, sólo las ejecuta; no las explica, sólo permite que se hagan visibles (íbid.: 450). La libertad de competencia sólo significa el libre desarrollo del dominio del capital. Es equivocado identificarla con la libertad humana y pensar que la negación de la primera implica la negación de la libertad individual. Se trata en realidad del completo sometimiento de la individualidad bajo condiciones sociales que adoptan la forma de fuerzas objetivas (íbid.: 543-545). Al desarrollar la competencia la ley del valor, el capital individual se ubica en las condiciones del capital en general. A partir de esta ley se desarrollan las ulteriores determinaciones formales del precio (ibid.: 549-550). La competencia corresponde a la esfera de los fenómenos y aunque permite el funcionamiento de las leyes capitalistas, las distorsiona, por ejemplo en la determinación del precio, del beneficio, de las desigualdades de esta última en las diversas ramas, así como en la nivelación de las tasas (ibid.: 647). Por su carácter fenoménico la competencia puede ser analizada científicamente sólo después de haber comprendido la naturaleza interna del capital (El Capital I, NEW 23: 334-335).
Al concebir dinámicamente a la competencia, Marx sostiene que ella, como lucha entre intereses contrapuestos, cumple en la economía el mismo papel que en el reino animal llena el bellum omnium contra omnes garantizando la existencia de todas las especies (íbid.: 376-377). En el capitalismo los productos son mercancías y producto del capital. Esto implica un proceso social (relaciones de circulación) y determinadas relaciones entre los agentes de la producción. Las dos características del producto como mercancía fundan la determinación del valor y su regulación del proceso productivo. El enfrentamiento de los capitalistas como propietarios de mercancías que persiguen el precio más alto hace que la ley del valor se imponga como una ley natural a los agentes individuales y establezca el equilibrio social de la producción en medio de sus fluctuaciones (El Capital III, NEW 25: 887). Para Marx los efectos más importantes de la competencia son: generalizar los nuevos métodos de producción y con ello obligar a los capitalistas a abaratar sus mercancías valiéndose para ella de todos los medios posibles; obligar a los capitalistas a aumentar su capital y particularmente la relación capital constante/capital variable; impulsar la centralizacion del capital; igualar los valores individuales de las mercancías de una rama formándose así un valor de mercado; igualar las tasas de ganancia de diversas esferas formándose la tasa general de ganancia y transformándose concomitantemente los valores en precios de producción; formar un mismo precio de mercado para mercancías del mismo tipo; hacer oscilar el precio de mercado en torno al precio de producción y por lo tanto en torno al valor; distribuir los capitales (la masa total del tiempo de trabajo social) entre las esferas productivas y determinar la tasa de interés.
Marx toma en cuenta muy variados elementos que entran en competencia: trabajo y capital; los trabajadores; los productores de un mismo tipo de mercancías; los capitales invertidos en diversas esferas; los vendedores; los compradores; compradores y vendedores; los comerciantes; prestamistas y deudores; arrendatarios y terratenientes; arrendatarios, terratenientes; las tierras para cultivo.3 Resumiendo, Marx considera a la competencia con relación a dos problemas fundamentales: la determinación de los precios y de la tasa de ganancia (con el salario a nivel de subsistencia) y, la influencia sobre el proceso de desarrollo. Estas consideraciones se relacionan con el valor y el plusvalor. La competencia entre los capitalistas conduce a la nivelación de las tasas de beneficio, lo que implica una redistribución del plusvalor y la formación de un sistema de precios diferente del sistema de valores (Lombardini 1971: 40 ss.). Asi mismo la competencia nivela las tasas de explotación, conduce a la concentración ya la centralización del capital y, finalmente, a las mutaciones estructurales que harán imposible el ulterior mantenimiento del sistema (Lombardini 1973: 11 ss.). También se pueden identificar dos tipos de competencia; la estática que nivela los precios y la dinámica que difunde las innovaciones y reduce la tasa de "beneficio. En este contexto el restablecimiento del equilibrio no está garantizado por variaciones de precios, sino por la aparición de nuevas industrias (Lombardini 1971: 44-45). La vinculación "entre competencia y monopolio cobra en Marx la siguiente connotación. La competencia es lo opuesto del monopolio feudal y el monopolio moderno es la negación de la competencia. Pero en la práctica se sintetizan competencia y monopolio: los monopolistas se hacen competencia, los competidores se vuelven monopolistas y el monopolio sólo puede conservarse participando en la lucha competitiva (Miseria de la Filosofía, MEW: 4: 162-164).4 Acorde con los clásicos y cercano a Marx es el concepto de competencia de Schumpeter, quien concibe el proceso económico como un continuo de innovaciones destructor¡¡s de lo viejo y creadoras de lo nuevo. En este proceso la competencia consiste en la creación de nuevas mercancías, técnicas, fuentes de aprovisionamiento, tipos organizativos, etc. Aunque Schumpeter se aparta del marginalismo y recuerda a Marx, no habla de una tendencia niveladora de las ganancias y sigue siendo fiel a la teoría walrasiana del equilibrio general (Lombardini 1973: 36 ss.). La innovacion (para los clásicos efecto de la acumulación) es para Schumpeter el motor de la acumulación. La competencia (palanca del progreso y expresión de la libertad de iniciativa del empresario innovador) no se manifiesta en una imposible influencia del productor individual sobre el precio, sino en innovaciones que aseguran a la empresa su posición dominante en el mercado.5 De ahí que a largo plazo no sean las posiciones monopólicas las que determinen los beneficios, sino la intensidad del progreso técnico creado por la competencia (Lombardini 1971: 30 ss). En el desarrollo económico tiene gran importancia la introducción de nuevos bienes que ubica al empresario innovador en una posición monopólica, al mismo tiempo resultado y estimulo de la actividad innovadora, puesto que asegura ganancias superiores a las normales. Esto no destruye la competencia, sino que la estimula, en tanto que los nuevos monopolios inducen a los competidores a perfeccionarse para sobrevivir, mientras que los primeros tendrán que continuar siendo eficientes si quieren resistir el embate de los emuladores (Lombardini 1953: 69). Para Schumpeter la difusión de situaciones monopolisticas no altera la actividad innovadora y los monopolios (premisa y consecuencia de la competencia) sólo pueden ser transitorios. Viejos y nuevos empresarios compiten ya no tanto a través del precio, sino del producto y en buena medida por medio de la publicidad. Como el monopolio es resultado del progreso económico, la competencia perfecta es inferior y menos eficiente que la que realizan los monopolios (ibid.: 72, 292 ss.). En contraste con las concepciones de la competencia como una forma histórica de actividad económica que asegura la máxima expansión del sistema, en su acepción neoclásica la competencia pierde su determinación histórica y se convierte en un aspecto del sistema, necesario para maximizar la satisfacción de las preferencias individuales. Esto supone perfecto conocimiento del mercado por los consumidores y los productores y completa movilidad de los factores productivos (ibid.: 292 ss.). En el centro del análisis clásico está el desarrollo económico (dependiente de la acumulación y del progreso técnico); en el marginalista está la optimización de recursos dados para satisfacer necesidades determinadas. En competencia estas necesidades son expresadas por los consumidores y los recursos transformados por numerosas empresas. La estructura de precios está determinada por la demanda que a su vez resulta de las decisiones de los consumidores. La racional distribución de los recursos se realiza con la nivelación de la rentabilidad de los factores de la producción a su precio y como no existen rendimientos a escala las ganancias extraordinarias quedan eliminadas (Lombardini 1971: 23 ss.). Al abandonar el problema de la génesis y desarrollo del sistema capitalista, la competencia se reduce a un mecanismo que conduce al equilibrio de los mercados y del sistema y a la mejor utilización de los recursos (Lombardini 1973: 14 s.). En este contexto el equilibrio concurrencial representa el óptimo paretiano del sistema, en el que no existen rendimientos crecientes, dada la dificultad en el gobierno de las grandes empresas (ibid.: 18 S.).6 Veamos brevemente los rasgos más importantes de las concepciones de la competencia en algunos de los autores neoclásicos más relevantes. Cournot -el primero que propone una rigurosa clasificación de las formas del mercado- parte del monopolio, pasa por el duopolio y el oligopolio para llegar a la competencia ilimitada donde dado el gran número de empresas, ninguna influye sobre el precio.7 Las condiciones marginales definen el equilibrio de la empresa en un mercado en el cual el precio resulta de las decisiones de los productores que maximizan el beneficio y de los consumidores. Este enfoque se conservará en los análisis de los principales economistas marginalistas (Lombardini 1971: 27-28). Tres características básicas de la teoría neoc1ásicaaparecen ya en Cournot: se concibe al monopolio como una forma alternativa a la competencia; se considera como efecto esencial la distorsión de los precios y se omite el problema de la difusión de situaciones monopolísticas (ibid.: 67-68). Marshall no habla de competencia perfecta, sino de libre competencia. Para él un hombre se comporta de acuerdo al principio de libre competencia cuando, no coaligándose con otros, sigue una vía que ha elegido como aquella que tiene la mayor probabilidad de proporcionarle las mayores ventajas materiales (citado por Beeretta 1979: 34). En Marshall el comportamiento concurrencial no supone dados los precios ni que éstos sean los mismos para todos los agentes (Beeretta 1979: 34). El punto de partida del análisis de Marshall es Cournot. Sin embargo Marshall considera que Cournot no se había ocupado de las fuerzas que limitan la expansión de la empresa. Si las posibilidades de expansión fueran ilimitadas no sería posible un equilibrio estable, pues cada empresa podría asegurarse una ventaja ulterior expulsando del mercado a sus rivales. Por lo que se deben considerar las fuerzas que favorecen el desarrollo de la empresa, así como las que lo restringen. Convencido de la tendencia a la productividad decreciente, Marshall generaliza la ley de los rendimientos decrecientes que Ricardo formuló para la producción agraria. Valiéndose de una analogía biológica sostiene que las empresas (como los árboles) no pueden crecer más allá de cierto límite (Lombardini 1953: 28 S.)6 La estabilidad del régimen está asegurada en los límites al desarrollo de la empresa, dados no tanto por deseconomías internas sino por la limitada capacidad empresarial que se observa al desaparecer el fundador de la empresa (Lombardini 1973: 19 s.). Por lo tanto bajo rendimientos crecientes, la competencia no distribuirá óptimamente los recursos (Lombardini 1971: 66). Marshall está convencido de que la productividad decreciente evita la concentración de la producción. Por lo tanto trata al monopolio en forma marginal. La definición que da de empresa monopolista y la representación del equilibrio de la misma no se alejan del análisis de Cournot, mientras que las situaciones de oligopolio son totalmente ignoradas por Marshall (Lombardini 1953: 30).9 Entre Marshall y los neoclásicos posteriores existen diferencias notorias. La competencia marshalliana que elimina influencias negativas y otros elementos pasivos contrasta con la competencia perfecta como un estado de cosas en el cual son mínimas las señales y la información recibidas por los agentes para equilibrar el sistema. Para Marshall el competidor es activo, toma decisiones, entra en conflictos, mientras que en la moderna teoría el operador responde de manera pasiva a señales impersonales enviadas por el mercado (Beeretta 1979: 35 nota 19). Para cerrar esta muestra de algunos clásicos del análisis marginalista mencionaremos a Pareto, quien basa su teoría del equilibrio en la hipótesis de la libre competencia. Esta -según el autor- refleja aproximativamente las condiciones de la vida económica y es la única compatible con la máxima satisfacción de los gustos de los consumidores. Para Pareto no es posible que un monopolio llegue a constituirse en régimen de libre competencia, sino que los monopolios deben casi todo su origen al auxilio de la Ley (Lombardini 1953: 27). En su Manual de Economía Política Pareto trata más ampliamente al monopolio que en su Curso. Ya no lo considera como excepción a la regla, pero sí sostiene que implica destrucción de riqueza y que la difusión de los monopolios se explica sociológicamente, como él mismo lo hace al hablar de la circulación de las élites y dándole a la competencia el significado darwiniano de lucha por la existencia y el bienestar (ibid.: 53). Las dificultades que enfrenta el análisis marginalista ante la evidente presencia de monopolios tratan de superarse con el concepto de competencia operativa de John Bates Clark, principal representante del marginalismo en los EEUU hacia fines del siglo XIX. Clark supone la existencia de libre competencia y que el sistema tiende a que los factores de la producción sean retribuidos según su productividad. Aunque las fuerzas dinámicas no pueden anular tal tendencia, se admite la aparición de monopolios, como una deformación artificial de la oferta que reduce la producción y aumenta el precio (ibid.: 30 s). La competencia operativa se define en función de los fines deseables para el sistema económico, cuya eficiencia depende de la contribución de las industrias a la consecución de estos fines. La contribución de cada industria depende de las modalidades de operación de las empresas individuales que utilizan las variables a su disposición (Lombardini 1971: 46-48). Entre las críticas a Clark interesa recordar sólo la de Veblen, quien en 1908 señala que la libre competencia corresponde a una fase de desarrollo de la institución del capital. Su pretensión de dominio inmutable es tan justa como la de cualquier otra fase de crecimiento cultural. Se objeta a Clark el pensar que aquella sea un estado natural y que la tarea de la teoría económica consista en definir y clasificar los fenómenos económicos en términos de este sistema hipotético (Veblen 1969: 186 ss.). En su crítica enfatiza Veblen que los monopolistas sólo llevan a su consecuencia lógica el principio de libre competencia (ibid.: 216). La ruptura más importante con los neoclásicos aparecerá con Sraffa, Robinson y Chamberlin. En 1926, criticando las formulaciones de la ley de la productividad decreciente, Sraffa define los posibles obstáculos a la entrada de nuevos competidores y señala el límite que a menudo el mercado representa a la expansión de las empresas. En atención a los motivos para la monopolización Sraffa sostiene que el punto de partida para el estudio del mercado debe ser la posición del vendedor individual de acuerdo con algunos conceptos del análisis del monopolio. Las sugerencias de Sraffa fueron desarrolladas por Joan Robinson al explicar el comportamiento de cada empresa para la cual está dada una curva de demanda que representa el efecto de las variaciones del precio sobre la cantidad vendida de la empresa una vez tomadas en cuenta las variaciones del precio de las demás empresas. La competencia interviene paulatinamente, llegando allímite cuando los vendedores ofrecen un gran número de productos sustituibles en un mercado perfecto (Lombardini 1971: 75-76). Estas explicaciones pertenecen a los desarrollos teóricos de los años treinta, que muestran dos senderos. El pensamiento económico inglés enfatiza que las características de los mercados no reflejaban más las condiciones de la libre competencia y que la teoría del monopolio no explicaba las estructuras de los mismos. Por su parte, los economistas norteamericanos amplían el concepto de competencia para interpretar la rivalidad entre los productores, quienes intentaban expandir sus mercados y contraer los ajenos (Lombardini 1953: 75). Los dos autores más representativos de cada una de estas tendencias (Robinson y Chamberlin) se valen del análisis marginal para configurar el equilibrio de la empresa, que gracias a la diferenciación del producto goza de una posición de monopolio. El norteamericano subraya los recursos de la empresa para maximizar su ganancia (diferenciación del producto, publicidad, variaciones de precio), destacando la ineficiencia de la competencia monopolística: la producción de cada empresa es inferior a la que minimiza el costo medio, por lo que el equilibrio del mercado implica capacidad ociosa. En cambio Robinson llama la atención sobre otros aspectos distintivos de la competencia imperfecta. Por ejemplo en ella es mayor el grado de explotación del trabajo, aunque se mantenga uniforme la tasa de ganancia. La génesis del mundo de monopolios es una cuestión que no aclara Robinson (Lombardini 1973: 29 ss.), quien limita su análisis a la comparación entre un sistema competitivo y uno monopolístico, suponiendo que ambos se encuentran en equilibrio. Para la autora el resultado principal del paso de uno a otro es el incremento de los beneficios que conlleva la explotación de los factores productivos y especialmente del trabajo. Siendo dicho aumento compatible con la invariabilidad de la tasa de ganancia, la principal consecuencia del monopolio será la alteración de la distribución del ingreso (Lombardini 1971: 73-74). Si bien es cierto que Robinson parte de que los productos están diferenciados, no le da a este aspecto la importancia atribuida por Chamberlin. La imperfección de los mercados proviene tanto de la concentración de la producción, como de la diferenciación de los productos. Ambos factores hacen finitamente elástica la curva de la demanda para la empresa. Robinson entiende que una industria se encuentra en equilibrio pleno cuando no se altera el número de sus miembros, lo que ocurre si el precio para todas las empresas es igual al costo medio; cada empresa se encuentra en equilibrio si el ingreso marginal y el costo marginal son iguales y el equilibrio si de la industria se alcanza cuando la curva de demanda de cada una de las empresas es tan gente a la curva de los costos medios (Lombardini 1953: 82). Por su parte, Chamberlin tuvo el mérito de señalar la complejidad de la politica de la empresa, que incluye como variables no sólo el precio sino el producto mismo y la curva de demanda sobre la cual puede influir la competencia (íbid.: 79). También Chamberlin sustituye el concepto tradicional de mercado por el de grupo (conjunto de productores cuyas mercancías son sustitutos cercanos). En el estudio del grupo formula la hipótesis -frecuentemente criticada- de que existe libertad de entrada (íbid.: 76). El punto de partida de la teoría de Chamberlin es que los productos de diversas empresas (incluso dentro de un mismo sector) están diferenciados. Por lo tanto la demanda de cada empresa tiene una elasticidad finita (y no infinita como supone la hipótesis de la libre competencia). La diferenciación de los productos no es una constante sino el resultado de la competencia entre quienes tratan de diferenciar su producto para maximizar sus beneficios. Al logro de este fin coadyuva, además de la manipulación del precio, las alteraciones en los gastos de venta (íbid.: 76). Chamberlin otorga especial importancia a la publicidad, que permite a la empresa conquistar una posición monopolistica, pero sin eliminar la competencia, sino creando nuevas formas de ella (suponiendo siempre libertad de entrada). La posición de equilibrio de Chamberlin (la curva de demanda del producto de cada empresa con poder monopolístico está inclinada negativamente y es tangente a la curva de los costos medios) no presenta ya las propiedades de optimización del equilibrio concurrencial marginalista. En la competencia monopolística cada empresa opera con un exceso de capacidad y el ajuste en el equilibrio de la empresa ocurre con la aparición de nuevos competidores (Lombardini 1971: 36 ss.). La teoría de Chamberlin está limitada por la aplicación de un esquema estático de equilibrio general, un modelo fundado sobre una determinación dada del precio de equilibrio, como ocurría en el caso de la empresa de libre competencia. Las conclusiones de Chamberlin son que en la competencia monopolística los precios serán más altos y la cantidad producida menor que lo que sería en la libre competencia; el equilibrio del mercado implicará por lo tanto capacidad ociosa (Momigliano 1975: 228). Un nuevo impulso en el análisis tiene lugar en los cincuenta, cuando una serie de autores (Bain, Sylos Labini, Lombardini y otros) enfocan el problema de los obstáculos a la entrada, hasta entonces descuidado. La consideración de este elemento resalta la importancia de la competencia potencial, medida por las ventajas que las empresas operantes puedan mantener conservando sus precios a un nivel superior al de la competencia perfecta sin que por esto ocurran nuevos ingresos al mercado. Estos estudios, que profundizan en el problema de oligopolio, apuntan en dos direcciones: una plantea que el análisis del oligopolio debe introducir hipótesis institucionales específicas. La segunda sostiene que se puede explicar el comportamiento oligopolístico analizando las soluciones del juego entre oferente s con intereses divergentes, cada uno de los cuales influye sobre el resultado de las posibles alternativas de elección de los otros oligopolistas (Lombardini 1973: 42 ss.). La revisión de sólo algunas concepciones de la competencia hace evidente la complejidad e importancia del fenómeno para explicar el funcionamiento de la economía capitalista. Recordando que la teoría sirve para conocer y comprender una parcela de la realidad, cuando ésta es económica lo primero que podemos exigir es que los conceptos empleados sean operacionalizables y que se disponga de indicadores confiables de las relaciones funcionales esenciales. En qué medida se ha satisfecho esta necesidad, es algo que podemos evaluar recordando los rasgos distintivos del análisis de la competencia. |
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1 Instituto de Investigaciones
Económicas y Sociales de la Universidad Autónoma de Sinaloa. |
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