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Las consecuencias económicas
de olvidar a Keynes
Keynes, J. Maynard, Las consecuencias De la voluminosa y brillante obre de Keynes, sobre la que suele haber más juicios que lecturas, Las consecuencias constituye seguramente la aportación en la que el economista se funde con el político para describir, sin eufemismos, los trágicos resultados de la puesta en práctica del chauvinismo vengativo y miope con el que Alemania fue tratada por Francia e Inglaterra, al término de la 1a. Guerra Mundial, en la Conferencia de Paz de París, durante 1919. La coexistencia delicada y vulnerable que las naciones europeas guardaron durante los primeros catorce años del siglo veinte, fue rota irremediablemente por las pretensiones expansionistas del militarismo alemán; de ello no hay duda. Sin embargo, la respuesta de los aliados durante la conferencia sólo sirvió para completar la ruina, al pretender satisfacer emociones tan ajenas a la ecuanimidad como las que se originan en el temor y el revanchismo, a los que se encubrió en el ropaje del patriotismo agraviado. El tratado, en el que se concretan los compromisos económicos, políticos y militares de Alemania, para con sus enemigos y vencedores, refleja un preocupante apremio por asfixiar al pueblo alemán que no repara en el paradójico hecho que produciría tal asfixia: la ruina alemana, para quien conociera a la economía europea de inicios de siglo, no podía mas que originar la ruina de Europa. Mucho más allá del tratamiento irónico que Keynes dispensa a los grandes actores de la conferencia -de Clemenceau escribe: " Tenía una ilusión: la Humanidad, incluyendo a los franceses"; del presidente Wilson:"No hubiera podido salir a la plaza víctima más perfecta y predestinada para jugar el papel de ciego"; finalmente, Mr. Llloyd George, primer ministro de Inglaterra, recibe el trato de fauno impenitente neciamente esperanzado en los buenos oficios de ... el presidente Wilson -, está el riguroso análisis de la situación europea de la preguerra y el estratégico papel económico de Alemania. En este examen destaca el impresionante crecimiento de la población, circunstancia que, para el caso de Rusia, Keynes considera mucho mejor aliada de Lenin que las propuestas socialistas o la conciencia proletaria. En el texto se destila un ácido sentido del humor con el que se revisan las exageradas demandas de los países aliados, a las que debía responder, en exclusiva, Alemania, aun cuando se originaran en ataques militares practicados por las fuerzas turcas, aliadas al Kaiser. En el caso de Francia afirma que parecía pretenderse la obtención de reparaciones incluso para el desarreglo , la promiscuidad y la suciedad, afectadas por la guerra, que era evidente que reinaban en no pocas ciudades francesas. Inglaterra pretendía recuperar una flota comercial, y de guerra, mayor, no sólo a la que perdió, sino a aquella con la que contaba en la preguerra. En general, los países aliados abultaron los datos de sus agravios, desestimaron los beneficios que la ocupación alemana estableció y, lo peor de todo, dejaron al pueblo alemán en la imposibilidad práctica de obtener lo indispensable para vivir, aunque sí se le permitió importar champaña, le negaron facultades para el ejercicio de la soberanía, la restringieron el desarrollo de las actividades productivas y comerciales al quitarle más de la mitad de los yacimientos carboníferos y le obligaron a pastorear un profundo rencor hacia lo no alemán que se expresó con brutalidad durante las aventuras hitlerianas. La elaboración y publicación de Las consecuencias económicas de la paz, trajo, para Keynes, otro tipo de consecuencias, claramente represivas, que lo alejaron durante mucho tiempo de los cargos públicos y que felizmente lo enviaron de regreso al medio académico. Se quiso ver en el texto sólo la superficie, la ofensa política o personal. Más temprano que tarde, los firmantes del tratado tuvieron que reconocer la imposibilidad del pueblo alemán para dar cumplimiento a cuerpo de obligaciones al que, de manea tan arbitraria, se le había sometido. La flexibilidad que se tuvo entonces que adoptar, fue un reconocimiento forzoso y no explicitado a las advertencias keynesianas. Para la espiral de rencor que se había originado con el tratado mismo, dicha flexibilidad significó un remedio tardío... y estéril. Para no pocos lectores de Keynes éste fue su mejor libro. La redacción, que es extraordinaria, sólo es superada por la profundidad del examen y la fuerza del mensaje que puede sintetizarse en el último párrafo del texto:
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