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CRÓNICA DE UN FIN DE SEMANA Sergio Ortiz Hernán I Se aflojó el nudo de la corbata y se desabotonó el cuello duro de la camisa. Resopló una o dos veces y se pasó los dedos entre los cabellos, cada vez más alborotados y rojizos, por el reflejo del sol. Enseguida, Joseph D. Logan se derrumbó en el sillón, hundiéndose poco a poco, deslizándose Estaba desconcertado, y la pesadez del ambiente no lo ayudaba mucho. Nacía el otoño, con días espesos, pegajosos, y noches poco frescas. El calor y la humedad entorpecían sus pensamientos y lo orillaban a una inmovilidad casi jurídica bajo el ventilador de aspas viejas y anchas, como las corbatas que volvían a ponerse de moda. (¡"Qué absurdo, vamos a vestimos otra vez como los abuelos!", solía decir a menudo). Con el vaso de té helado en una mano y la mente inclinada a las divagaciones más extrañas, el voluminoso magistrado disponíase a terminar de esa manera otra jornada estéril. Así, hundido en el sillón, lo vio por última vez la eficiente señorita Pringle al despedirse de él, deseándole un buen fin de semana. Eran ya más de las cinco de la tarde de aquel sábado estival que muchos recuerdan todavía en nuestra pequeña comunidad. Hacía un buen rato se habían ido los auxiliares y ujieres, y la laboriosa secretaria no pensaba más que en llegar rápidamente a casa. Allí podría acariciar a sus gatos y confortarse con los ronrroneos satisfechos y la rica tersura de los animales. Al cerrar la puerta tras de sí, con la suavidad acostumbrada, percibió que una especie de bufido ahogaba casi por completo los tintineos de la campanita. Pero en realidad eso sólo habría de recordarlo el lunes, mientras la interrogaba la policía. Porque el patrullero Ackroyd acudió de inmediato, en respuesta a su llamada de auxilio. Al entrar al despacho, a primera hora, como de costumbre, "pues ha de saber usted, Mr. Ganett, que en 22 años de trabajar con Su Señoría, jamás he llegado tarde", notó enseguida que ocurría algo raro: la luz encendida, por todas partes un desorden inhabitual y escandaloso, los papeles desperdigados en el piso, la toga hecha bola en un rincón y una ausencia perceptible en el perchero. ”¡Dios mío, la chaqueta y la gorra marineras se han desvanecido!” En la siguiente entrega tendrá el lector ante sus ojos un relato verídico, aunque lamentablemente incompleto. No siempre le fue dado a este reportero colmar los abundantes vacíos, pese a sus esfuerzos detectivescos y al ejercicio de una sana imaginación, limitada siempre por la prudencia y por un escrupuloso respeto de la ética periodística. Así pues, el lector se enfrentará a una reconstrucción honesta y, así lo espero, clara. Hablarán los hechos por sí mismos, tal como pudieron extraerse de las declaraciones y comentarios de Miss Pringle, del informe oficial del Comisario y de lo grabado en el dictáfono por el propio juez. También se utilizaron algunas de sus notas y el borrador de la sentencia, papeles todos rescatados de la basura por la secretaria, así como los registros de la Capitanía del Puerto y otros testimonios. ¡Y, por supuesto, el grueso e insólito expediente! II Pasaban de las cinco. Hacía un buen rato habíanse marchado los ujieres, los auxiliares y la indispensable secretaria. Pese al bochorno de la tarde, Logan trató de iniciar una tercera lectura, con la secreta esperanza de sacar algo en limpio. Frente a él, sobre el escritorio de caoba, reliquia caribeña de viejos esplendores familiares, estaba el legajo, como si le reprochara su indolencia de todo el día: muy grueso, en folios de a cuarto, escritos por las dos carillas. Le seguía pareciendo verdaderamente intragable. En sus 27 años de judicatura, nunca había visto algo igual. Aparte la jerga común en esos casos, con sus invocaciones de artículos, códigos, precedentes y jurisprudencias, contenía farragosas explicaciones de teoría económica diversa, apoyada en las obras de reputados tratadistas. Las partes pretendían hacerlas pasar como pruebas que sustanciaran sus posiciones contrapuestas. Ambos litigantes, no contentos con tales excesos (que habrían colmado el plato de cualquier juez que no tuviera la paciencia de Logan), formularon con sus opuestas versiones iniciales un compendio destinado a "facilitar la tarea del Magistrado", según declararon repetidas veces en el curso de las audiencias. Eso habría estado bien, pensaba Logan, si no hubieran convertido el resumen en algo más inmanejable aún que el documento original: inusitada revoltura de sucesos y doctrinas, de hechos y supuestos, hilvanados en una narración ambivalente y confusa. Además, tantos tecnicismos económicos terminaban por oscurecer irremisiblemente lo poco que un lector sano hubiese podido entender en un principio. Y todo ello con abundancia de citas, referencias a pie de página e, incluso, gráficas y algunas fórmulas matemáticas. Creían los adversarios que las concepciones económicas en las que apoyaban sus respectivos puntos de vista demostraban la racionalidad de la propia conducta y condenaban, ipso facto, al hundimiento a la del otro. Como si se tratara de un ejercicio académico puro, pensaron que la "verdad" resplandecería por sí misma con sólo ordenar los hechos de acuerdo con la lógica. Así, cada uno siguió en su resumen un método riguroso y se ciñó a un vocabulario exacto. Sin embargo, al juez le llevó varios días sospechar siquiera que estaban hablando de las mismas cosas. "La intención fue loable, sin duda, y en otras circunstancias debería estarles muy agradecido -dijo el magistrado, como habría de comprobarse después en el dictáfono-, pero maldita sea si entiendo algo de esta 'utilidad marginal decreciente de los besos' -según dice ella- o de esas 'ventajas comparativas en la producción de sopa y estofado', como escribe él". Y, en efecto, ¿cómo saber que lo que uno explica como un faltante de oferta de cariño, es para la otra un caso típico de demanda demasiado elástica? Las cinco habían sonado ya... En la soledad de su despacho, Logan se enderezó en el asiento, armándose de valor. Movió el grueso expediente para colocarlo a la distancia adecuada. Levantó la cubierta, y ahí estaba otra vez ante sus ojos ese título maldito que le ponía la carne de gallina. Y enseguida, entre corchetes, la causal absurda que, con sólo verla, parecía desatarle una feroz perrada de ácidos y retortijones estomacales. De nuevo lo invadió el desaliento... Por enésima ocasión en las últimas semanas, lamentó no haber seguido los consejos del Profesor Taussend. ¡Cuántas veces lo había instado a interesarse seriamente en el estudio de las disciplinas económicas! ¡Cuántas veces, con su voz suave y persuasiva, en aquellas tertulias semanales de Oxford Street! ¡Tardes memorables durante las cuales se mantenían conversaciones elevadas sobre arte, literatura, economía y otros asuntos mundanos, mientras se daba fin a los deliciosos pastelillos preparados por la gentil esposa del Profesor! Recordaba, en especial, la ocasión en que se recibió, con toda la cordialidad del caso, a un economista extranjero, recién llegado de Viena. En un inglés muy correcto, salpicado aquí y allá por expresiones germanas, había hablado el visitante con palabras singulares, mezcla de hedonismo y cálculo, de placeres y penas. Se refirió a raras sustituibilidades y a una extraña utilidad que disminuía conforme a una sorprendente relación con baldes de agua y cucharadas de caldo. (" ¡Wunderbar, wunderbar!", había exclamado el extranjero cuando el Profesor Taussend lo invitó por fin a pronunciar una conferencia en el Aula Magna). Pero él no supo corresponder entonces a la amabilidad del maestro. El bondadoso Decano que no se conformaba con acogerlo en su casa, permitiéndole alternar con los notables y los sabios, a él, joven inexperto, incapaz al parecer de decidirse entre las aventuras de una vida marinera y la dedicación profunda de los estudios universitarios. Taussend, siempre atento a encauzar el entusiasmo irreflexivo de la juventud, también solía transmitirle valiosos pareceres, opiniones matizadas por todo el caudal de su experiencia. Sin embargo, Logan -acaso impulsado por su antigua sangre de corsarios- se negó a sentar cabeza. Optó por el mar, dejando atrás el reposado ambiente de Oxford Street, con sus conversaciones estimulantes y sus alegatos fervorosos en favor de la serenidad majestuosa de la ciencia. Así, se fue para embarcarse en el puerto cercano, cuando la belleza del otoño refulgía en claustros y jardines, dorando el paisaje... Y en aquella tarde, tanto tiempo después, recordaba la ocasión perdida, mientras las hojas enrojecían y amarilleaban en los árboles, y la hierba comenzaba a palidecer levemente, perdiendo poco a poco la brillantez del verano, igual que en aquel año tan remoto. Se reprochaba no haber estudiado esa economía que tanto lustre había dado no sólo al venerable Taussend y al atildado vienés de precisas palabras, sino también a ciertos jóvenes que él había visto pasar bajo su ventana, marchando presurosos hacia el aula. ¡Y cuantas veces, observándolos desde la humildad de su despacho de Magistrado de lo Familiar, no habría querido formar parte de esa alegre parvada! Pero, ¿para qué lamentarse inútilmente?, se habría dicho aquella tarde, al tiempo que se enjugaba la frente con ese gesto tan suyo, como si quisiera ahuyentar los pensamientos vanos. Ahí estaba el problema, sobre el escritorio de caoba, y no en un pasado de añoranzas y recuerdos, por gratos que fueran. Ahí, enfrente, en esos folio"" plenos de argumentaciones oscuras, de pesadas razones. En esas páginas, densas como el bochorno vespertino, estaba la prueba indudable de que todos, de alguna manera, son esclavos de los economistas difuntos. O algo parecido. (" ¡Maldita sea!", volvió a gritar en el dictáfono el magistrado, con furia apenas contenida.) ¿Quién habría escrito eso? De no ser por el legajo abominable, Logan lo hubiera considerado un despropósito o, al menos, una exageración notoria. Sin embargo, después de pasar por el tormento de tan azarosa lectura, el juez no estaba tan seguro, aunque no recordaba bien quién podría ser el autor... Quizás algún inglés poco conocido ... Alguien en busca de notoriedad, tal vez ... Y el título de nuevo frente a sus ojos, con sus grandes capitulares preciosamente dibujadas con tinta china, como si no fuera en realidad la condensación de sucesos y pensamientos que, por disparatados, por absurdos, resultaban tan humanos; como, si en vez de eso, se tratara más bien de una invitación al estreno de una comedia en función de gala, pues tantas eran, y tan complicadas, las vueltas que había dado la pluma al trazarlas: Juicio de Divorcio Voluntario. William Thornton (M. A.) Y Cynthia Star (Ph. D.) Y abajo, entre corchetes, la causal que no dejaría jamás de sacarlo de quicio: ¡Por Incompatibilidad de Concepciones Económicas! Así decía, aunque parezca increí ble. Y ahí estaba de nuevo, en cientos de folios (incluido un Apéndice Metodológíco), la desatinada historia de William y Cynthia, con sus equilibrios inestables, sur deseconomías de escala, sus rendimientos decrecientes... ¡y su infernal terminología de los mil demonios! -volvió a dictar el juez al aparato-, "si hubiera seguido en el mar me habría librado de este enredo sin nombre. Y con un poco de suerte, quizá ya sería almirante. "Pero otra vez se la mentaba, como no había dejado de hacerlo en las últimas semanas, desde que su colega Welman se las arregló para echarle encima este maldito asunto. "¡Bonita cosa, el viejo zorro se declaró incompetente!"; comentó que no podía ser imparcial porque sus antiguos estudios de economía (los acreditó con toda clase de certificados y diplomas) lo inclinaban a presentar una de las teorías utilizadas para apoyar los alegatos, en detrimento de una concepción doctrinaria de la contraparte. "y así, el viejo pillo se lavó las manos." El Tribunal Superior, no queriendo exponerse a una recusación por razones similares, muy probable conociendo la habitual discreción de la gente del lugar buscó al único magistrado que carecía de tales estudios en cien kilómetros a la redonda. ¿Quién habría de ser? Pues sí. .. , el "Marinero Logan", afecto a pasear por el río y a lo largo de toda la costa, hasta Farthest Point y Down South Cape, aunque el viento amenazara con desgarrar las velas de su goleta, y las olas con sepultarla en los fondos oceánicos. El "Marinero Logan", quien -como nadie ignora- se negó en redondo a seguir los consejos de Taussend, el viejo ilustre, el inolvidable mentor, gloria inmarcesible del Campus, cuyo nombre ostenta con orgullo el Aula Magna... El Magistrado Logan trató de nuevo de enfrascarse en la lectura. Quiso estudiar, con dedicación plena, el oscuro expediente. No se sabe cuánto habrá avanzado en su intento. Pero tiempo después, durante la reconstrucción de los hechos, saldrían del dictáfono ruidos alarmantes, como los que producen objetos arrojados contra las paredes, y maldiciones que no es aconsejable reproducir mediante la letra impresa. Pasaron muchas horas. Amaneció un día sereno... Una luz de límpidos reflejos habría iluminado el despacho, resplandeciendo sobre la cabeza atormentada de Logan, aún frente a su escritorio de caoba, en actitud de concentrada atención. .. Comenzó a llamar la vieja campana. El sol doró una vez más las altas copas, calent6 los troncos y sec6 la hierba, verdecida apenas por el rocío de la mañana. Varios grupos de feligreses fueron y vinieron por el sendero, mientras las ardillas siguieron dedicadas a los acarreos propios de la estación. Puntual, llegó el Lunch time. Cayó la tarde y se fueron apagando, junto con los brillos del follaje, los ecos y retumbos del sermón dominical. No menos exacta se presentó la hora de la cena, segura ocasión de regocijo familiar. Y durante todo ese tiempo (y por el resto de la noche, como se comprobaría después, al examinar el medidor de consumo), en el gabinete de Logan siguió encendida la lámpara. ¿Qué pasó por su mente, quizá ya para entonces febril por el esfuerzo tan prolongado al que la había sometido? Acaso nunca lo sabremos... El hecho es que el lunes, a primera hora, Mis Pringle encontró la oficina vacía y en tal desorden, que se crey6 autorizada a temer lo peor. Sólo gracias a una hábil investigación, conducida con sagacidad por Mardens, el comisario local, fue posible armar el rompecabezas. Es probable que el juez Logan haya dejado su despacho en la madrugada, llevándose sus queridas prendas de marino, su vieja bitácora y algunos efectos personales que luego se echarían de menos. Al parecer, no dejó recado alguno para explicar su desaparición. Tampoco se sabe nada de él desde entonces. Sí se comprobó, en cambio, que una ágil goleta de dos palos abandonó la bahía con la marea alta, impulsada suavemente por dos motores casi silenciosos, bogando hacia rumbo desconocido... Del tachoneado borrador de la sentencia, que pudo re construirse pegando y restaurando pedazo por pedazo, se sacó en claro lo que enseguida se presenta, en forma resumida, para concluir esta crónica: Según se asentó en autos, William Thornton (M. A.) Y Cynthia Star (Ph. D.) estuvieron en situación de equilibrio (y de mutuo beneficio) mientras gobernaron sus vidas con la misma variante o escuela de pensamiento económico. Al parecer, también contribuyó a ese equilibrio de ingresos y costos marginales el hecho de que tuvieran el mismo grado académico. Las primeras dificultades surgieron (según se confirmó en el curso de las audiencias) de una discrepancia de principio. Thornton sostenía que el comportamiento de ambos como productores y consumidores debería seguir en todo al modelo de racionalidad del homo economicus. Star, en cambio, opinó que la conducta ideal debería inspirarse en la de la uxor económica. Además, conforme fue avanzando en la investigación para su tesis doctoral, creyó obtener pruebas cada vez más contundentes de que un regimen de economía abierta como el que había mantenido hasta entonces le resultaba crecientemente lesivo por no jijustarse a la teoría de las ventlijas comparativas. En consecuencia, busc6 la autarquía y suspendió todo intercambio con Thornton. Thomton, confiando en que "toda oferta crea su propia demanda", hizo crecer a tasas muy altas su producción de bienes y servicios. Sin embargo, por más que se esforz6, no pudo penetrar en ninguno de los mercados de Cynthia. Esta, lejos de demandar las ofertas de William, reorientó su comercio exterior mediante convenios de intercambio compensado con un colega de la Facultad. En vista de los hechos y considerandos anteriores, el juez Logan tuvo la intención de resolver el caso como sigue: Que William Thomton (M. A.) Y Cynthia Star (Ph. D.) restablezcan cuanto antes el deseado equilibrio, bien sea mediante la equiparación de sus respectivos costos e ingresos marginales (whatever that means escri~ bió el magistrado con furiosa pluma, a juzgar por los rasgos muy marcados de la letra), bien resolviendo las diferencias teóricas que parecen separarlos cada vez más. También puede Cynthia renunciar a su doctorado, o William doctorarse. No obstante, me parece -escribió el magistrado- que lo mejor es que ambos se vayan al demonio, juntos, o cada uno por su lado, lo mismo me da. .. |
| En un homenaje póstumo a B. l. Ganett, audaz reportero de nuestro diario, fino cronista de los sucesos más destacados de nuestra querida comunidad mientras la vida alentó en él, no podía faltar este viejo trabajo suyo. La Crónica es un modelo de la investigación acuciosa y la imaginación creadora que siempre supo poner al servicio de los sentimientos más entrañables. Se reproduce, sin quitarle ni añadirle nada, tal como se publicó en dos entregas sucesivas de nuestro Weelky Herald Tribune (el periódico era entonces un modesto semanario), a fines de septiembre y principios de octubre de 1939, un año después de los acontecimientos que- se narran. Confiamos en que los lectores actuales sabrán aquilatar esta pequeña joya ... hacia el piso hasta que la barriga le impidió verse las rodillas. |
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