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La lógica operativa de la Hacienda Mexicana Miguel Angel Díaz Cerecer Profesor investigador del Depto. de Sociología, UAM-A. Introducción La hacienda es la unidad económica que representa en la agricultura las nuevas relaciones de producción instauradas por la Conquista en la Nueva España Interesada en la simbiosis mina-hacienda cerealera y ganadera, es un mecanismo fundamental en la extracción del excedente materializado en la plata. Juega un papel destacado en el obligado tránsito de la conquista y ocupación militar a la etapa de explotación estabilizada r del nuevo país, ofreciendo a la población peninsular y a sus descendientes, los criollos, una actividad permanente y de cierta autonomía frente a los funcionarios reales, y abasteciendo de productos ibéricos a la población colonizadora que desempeñaba ocupaciones urbanas. Mucho después, en el porfiriato, la hacienda complementará con la exportación de productos L agropecuarios las menguantes divisas que proporcionaba la minería. No obstante el largo periodo, 350 años, en el que la hacienda influye decisiva- mente en los destinos de México -influencia que sólo una revolución pudo eliminar-, hoy día es lamentable lo poco que sabemos y la falta de sistematización y de ensayos interpretativos sobre los escasos datos, que poseemos. Colmar el océano que representa el vació de conocimientos es tarea que consume tiempo y los afanes de muchos historiadores. Aquí proponemos, con la modestia que da la certeza de pisar un terreno huidizo, un esquema interpretativo del comportamiento económico de la hacienda que parece ajustarse a la información que reseñan diferentes autores: sobre sus pautas de conducta Chevalier, Gibson, Florescano, Bazant, Semo, Belli Katz, Leal, Frank, etcétera, de quienes nos reconocemos deudores. Deseable sería que el esquema sea compulsado, con los datos que aporte los trabajos monográficos sobre haciendas, publicados o en proceso de elaboración. Si resultara inoperante conviene desecharlo cuanto antes, no que llenemos con errores el vacío de información. Nace la hacienda y se desarrolla con esa hambre de tierras que la caracteriza apoyada en dos elementos claves que posibilitan la existencia del sistema de hacienda: el acceso irrestricto a la tierra y la disposición de una fuerza de trabajo obligada a recurrir a la hacienda para acceder a la tierra o percibir un ingreso como salario. El origen de la propiedad terrateniente obtenida con estricto apego a las disposiciones legales de la Corona, puede ser: el otorgamiento de una merced real que ampara un determinado número de caballerías de cultivo; la compra en los plazos y términos legales de tierras previamente mercedeanas o de propiedad comunal indígena; donaciones en el caso de la propiedad eclesiástica, siempre que se presuma la ausencia de presión sobre los donantes; y herencias y dotes matrimoniales. Las formas ilegales de obtener la tierra son: cambio en el uso estipu1ado en la merced primigenia del terreno, por ejemplo, cuando la concesión de una esta de ganado (mayor o menor) se utiliza como superficie de cultivo; contravención a las disposiciones dictadas por la Corona para proteger la propiedad comunal indígena, como es el caso de los despojos abiertos que comprenden, entre otros engaños, la simulación de que el pago de rentas de un español que cultiva tierras comunales representa la compra en abonos de la tierra; los robos disfrazados incluyen la compra de superficies a menos del precio del mercado y el soborno a las autoridades indígenas con el fin de que consientan en vender; fue común, también, la apropiación española de las tierras abandonadas pertenecientes a pueblos que, por su, baja densidad de población, eran objeto de "reducciones" y congregados en otros lugares; finalmente, otro procedimiento de allegarse tierras consistió en considerar indebidamente como propiedad privada, y por tanto objeto de comercio, los terrenos que en la época previa a la conquista proveían el sustento del tlatoani, es decir que estaban adscritas al mantenimiento de la jerarquía política, a un disfrute ligado al desempeño de un cargo, no a la persona. Todas las formas ilegales de apropiación quedaron convalidadas con el recurso de las "composiciones" -expedición de títulos de propiedad que ammparan las extensiones detentadas mediante el pago de un impuesto- que la penuria del fisco real puso en práctica, La vocación latifundista de la hacienda se fortalece con la vinculación de bienes a la primogenitura de tina familia (mayorazgo), con las alianzas matrimoniales entre hacendados vecinos, y quizá estemos autorizados a considerar la acción de la Iglesia como prestamista, como 'un factor de gran importancia en la acumulación de tierras. En efecto, los hacendados durante el periodo colonial dispusieron de fácil acceso a los recursos financieros del clero -productos del diezmo, donaciones, capellanías, obras pías y los intereses resultantes de la imposición de estos capitales- como lo evidencian los hechos siguientes: la fuente de capitales disponibles para préstamos a la agricultura era significativa, toda vez que la Iglesia no acostumbró efectuar inversiones directamente productivas, con excepción de las órdenes de los jesuitas y agustinos; prácticamente la totalidad de los recursos se canalizaban hacia las haciendas que ofrecían la garantía más segura de la época: la tierra; los préstamos a la agricultura, pagaban a la Iglesia un interés equivalente a una quinta o cuarta parte del que regía en plaza para el comercio, la minería y la industria, Para los prestatarios, poseer una hacienda e incrementar la superficie que ocupaba, a la postre, resultaba la mejor manera de lograr, con su garantía,' el financiamiento que permite afrontar la oportunidad que se presenta de adquirir más tierra, los gastos ostentosos del prestigio social y la penuria de numerario que acarreaba una serie de años caracterizados por bajos precios agrícolas. Como prestamista la Iglesia no se cuidaba del destino que la hacienda daba al crédito; tampoco exigía la devolución del principal al vencimiento, sino que generalmente renovaba el préstamo cuando habían sido cubiertos los intereses. Permitía, además, la venta total, 'no fraccionada, de propiedades fuertemente hipotecadas, siempre que el nuevo dueño asumiera el compromiso de la deuda y sólo imponía como restricción que, mientras persistiera la relación deudora, no se dividiera la propiedad, De todo ello resulta que la Iglesia como financiera prohijó sobremanera la concentración de la propiedad rústica. A mayor abundamiento, el cambio de propietario de fincas fuertemente gravadas podía realizarse con un desembolso mínimo de efectivo, obviamente conservando la carga hipotecaria. La dilatada frontera física norteña, donde no existían grupos indígenas sedentarios, no ofreció resistencia al voraz crecimiento de la hacienda. El caso de los ingenios azucareros de Morelos y el acopio de recursos agropecuarios que concentraron, parece obedecer a que, por estar alojados en un territorio perteneciente a la jurisdicción del Marquesado del Valle, se suscitaban conflictos de autoridad hábilmente aprovechados por los hacendados para redondear sus propiedades con las tierras de riego existentes en esa zona azucarera. El fenómeno decisivo que abrió espacio a la hacienda en el Altiplano -zona de elevada densidad de población- see expresa en las catástrofes demográficas que se sucedieron con violencia extremada durante los primeros sesenta años después de la Conquista, reduciendo el número de consumidores indígenas, la masa de fuerza de trabajo y la presión sobre la tierra cultivable. La brusca declinación en el número de habitantes no solamente obró dejando, por así decirlo, más tierra baldía susceptible de mercedearse -en derecho las tierras de las comunidades extinguidas revertían a la Corona- sino que también propició el acelerado decaimiento del sistema de encomiendas en su función como exactor y movilizador del excedente de las comunidades indígenas tributarias. La ineficiencia de la encomienda en el cumplimiento de su misión colocaba en grave riesgo el volumen y flujo de la producción minera, precisamente cuando se descubrían las portentosas minas de Guanajuato y Zacatecas, y comprometía el abastecimiento de bienes de consumo a funcionarios y empleados de la Corona que habitaban en ciudades de fuerte crecimiento como México, Puebla y Guadalajara. La tan ineficiencia, también, se expresaba en la incapacidad del encomendero para lograr que sus indios tributarios adoptaran el cultivo del trigo; la cría de ganado de leche, carne, pelo, tiro y carga; la siembra de cereales forrajeros como la avena y la cebada; y asimilaran la técnica española de mayor productividad (el abonado con estiércol y el barbecho que es posible con la introducción del arado y el ganado de tiro). Del agotamiento de la encomienda como sistema brutal de exacción la hacienda sacará máximo provecho. La preocupación de las autoridades virreinales creará el sistema de "repartimientos" mediante el cual las comunidades indígenas quedan ogligadas a proporcionar una cuota de trabajo anual por parte de sus miembros en edad productiva, que son llamados a trabajar con carácter forzoso, aunque con pago de salario, en las actividades y épocas que fija la autoridad. La hacienda recibe así un contingente de trabajadores para afrontar las demandas en punta de las faenas agrícolas, aunque no quiere, y además no puede, depender de un repartimiento de mano de obra, cuya cantidad y oportuna disposición queda subordinada a decisiones de autoridades lejanas e incontrolables, y que año con año mantienen en vilo a la administración hacendaria. La hacienda se ve, pues, obligada a redescubrir el peonaje por deudas, el afincamiento de trabajadores atados a la hacienda por préstamos insolutos, concedidos para pagos de tributos o para compras de mercaderías españolas (artículos gancho). Sistema de enganche y cautiverio que a partir de entonces, principios del siglo XVII, formará parte de la leyenda negra de la hacienda. Los peones endeudados y asentados en la hacienda, sin duda víctimas de engaños que los llevaron a la pérdida de su libertad de movimientos, tienden, por otra parte, poderosas motivaciones para aceptar su nueva situación. Bajo la protección del hacendado eluden la pesada carga fiscal y los gastos ceremoniales que implica para el individuo vivir integrado en una comunidad sofocada por la explotación del encomendero y menguada en su capacidad productiva por la pérdida de miembros adultos, como resultado de la fuerte declinación de la población y por efecto del propio sistema de repartimiento; de ahí que un número reducido de comuneros resientan el peso aumentado de la expoliación y procuren eximirse de sus obligaciones contratándose como peones en las haciendas deseosas de acogerlos. Con el peonaje por deudas la hacienda crea el núcleo de trabajadores permanentes que cubren las tareas cotidianas del proceso productivo. Subsiste la necesidad de obtener la fuerza de trabajo que estacionalmente reclama el ciclo vegetativo de los cultivos o la junta y herraje del ganado; mano de obra adicional que dobla o triplica la plantilla permanente de peones. Emerge así la posibilidad de darle un empleo productivo a esas enormes extensiones de tierras acumuladas y que por carecer de agua segura o vías de acceso no son explotadas por la hacienda. En esas superficies es alojada la fuerza de trabajo que llenará las demandas intermitentes de trabajo que imponen los procesos biológicos de las actividades agropecuarias. Se concede el acceso a los terrenos incultos a arrendatarios y aparceros, con el compromiso de que al reclamo de la hacienda aporten su trabajo, en ocasiones en forma gratuita, otras pobremente pagado y las más veces retribuido con una o dos comidas por día de labor. Tierra y trabajo, los dos factores básicos de la producción agropecuaria colonial están ya en manos de la hacienda. La baja intensidad en el uso del capital corresponde a una pobre tecnología que, sin embargo, es superior a la que aplican las comunidades indígenas; se ahorra incluso capital con el empleo extensivo de la tierra y el uso masivo de trabajo pagado a bajos salarios. El único factor que limita el crecimiento de la producción, aparte de las contingencias naturales que provocan fluctuaciones en los volúmenes de las cosechas, es el mercado, que puede definirse como extremadamente reducido, apenas de amplitud geográfica local en el caso de los bienes agrícolas de consumo básico. Brevemente se resumen los elementos causales que explican la estrechez de los mercados. La difícil geografía física y humana de un país montañoso, sin vías fluviales de navegación, con la población concentrada en las partes altas o en lejanas zonas mineras o de colonización, impone tajantes límites a la movilización de la producción agropecuaria, que no resiste los costos que impone la distancia, los obstáculos naturales y su transporte con porteadores humanos o a lomo de bestia. A un factor natural ineludible se agrega otro de naturaleza artificial que refuerza al primero y lo hace contundente: se trata de las fuertes alcabalas que gravan el tránsito de las mercancías entre las múltiples circunscripciones territoriales. La incidencia de ambos factores impide la constitución de un mercado nacional para la mayoría de los productos agropecuarios. Por otra parte la Corona establece restricciones y prohibiciones que afectan el comercio. A los ingenios azucareros se les impide elaborar bebidas alcohólicas y recibir indios de repartimiento, con el oculto propósito de favorecer la Importación de vinos de Andalucía y mantenerlos en desventaja competitiva con los ingenios cubanos trabajados con mano de obra esclava. Se concede el privilegio del control monopólico del comercio exterior a la Casa de Contratación de Sevilla y su mercadeo en la Nueva España al Consulado de la ciudad de México. Dentro de las prohibiciones destacan la supresión de las exportaciones de harina con destino al Caribe y la erradicación del cultivo de la morera, la vid y el olivo. Otra significativa desventaja para la Colonia en su comercio con la Metrópoli es la baja densidad económica de sus productos agropecuarios -con excepción de los cueros en la época de las guerras europeas de Felipe II, la cochinilla y ciertas maderas, preciosas- que compiten con la plata por la capacidad de transporte de la flota. En cambio los productos españoles disponen del tonelaje total de la flota y a un flete accesible ya que a la plata de retorno se le imputa la mayor proporción de los costos incurridos. Finalmente, un factor que restringe el comercio es que el grueso de la población produce y consume en el seno de la economía natural que constituye la comunidad indígena. Sólo ante pérdidas de cosechas acuden al mercado los comuneros; con una demanda solvente, por cierto, de escasa consideración. Todos los factores señalados configuran y caracterizan a los mercados de la Nueva España como eminentemente especulativos. Se vive a la caza de la oportunidad que puede brindar una mala cosecha a nivel regional para sumar ganancias respetables. Esta característica del mercado marca la lógica a que se sujeta la hacienda en la organización de los factores productivos, su administración privilegia la autosuficiencia productiva y la monopolización de los recursos productivos y de la oferta de los productos finales, medidas que son congruentes con los objetivos que persigue la unidad de producción: maximizar el excedente monetario y garantizar su sobrevivencia como unidad autónoma. Autosuficiencia productiva y optimización del excedente monetario conducen a que la tierra que explota directamente la hacienda adopte un patrón de uso que divide en una área destinada al cultivo que se comercializa, que corresponde a un producto de mercado solvente y seguro en el que se materializa el rendimiento monetario de la hacienda; generalmente el cultivo es trigo, maíz, maguey pulquero, forrajes, etc. Otra superficie es dedicada a la siembra de maíz, cuya cosecha tiene dos posibles salidas: una segura, que es su venta al peonaje a través de esa parte del salario que se cubre en especie, precisamente de ese grano, lo que significa que la hacienda crea su propio mercado; la otra salida es coyuntural, depende de que se pueda especular con el cereal en el mercado. Una tercera área es ocupada por los forrajes que alimentan a los animales de trabajo y de carga, vale decir, las fuentes de energía biológica. En estas condiciones, por citar una posible forma de acción especulativa, se tiene que malas cosechas de maíz en el ciclo primavera-verano (temporal) cuya producción se levanta en noviembre, provocarán una alza en los precios y seguramente una recomposición del patrón de cultivos de la hacienda si el producto comercializado es el trigo. Evidentemente la administración, convencida de que en su mercado estanco local el alza de precios continuará hasta el levantamiento de la próxima cosecha de temporal, sustituirá el trigo por el maíz en sus siembras de invierno (con riego) y elevará sus expectativas de ganancias monetarias. La monopolización de los factores productivos y de la oferta de productos finales, medio que garantiza la sobrevivencia de la unidad productiva, implica, en esencia, el poder de impedir el acceso a los recursos físicos y humanos a posibles rivales y de controlar la oferta de los pequeños productores independientes que cultivan en el seno de las comunidades y que eventualmente obtienen excedentes que realizan en el mercado y que pueden arruinarlo. La sus tentación de ese poder es propiedad de recursos naturales suficientes para cumplir con éxito el proceso operativo de la hacienda y alcanzar los fines que guían su acción. Se requiere, pues, de una superficie con agua segura que garantice la cosecha del producto comercializable, la producción del maíz para el consumo interno y el suministro de Tos forrajes que consume el ganado. Obtener dentro de la hacienda el maíz y el forraje que cubre las necesidades internas aleja los riesgos que implica recurrir a un mercado inestable que con cualquier falla de abastecimiento puede comprometer seriamente el resultado productivo. Se precisa de pastos que sustenten a una ganadería extensiva que proporciona carne para el abasto, fuerza de tracción para el arado, de carga para el transporte y motriz para minas e ingenios azucareros. Es conveniente disponer de bosques que aportan el energético y el material de construcción de la época, aspecto fundamental en el caso de las haciendas azucareras y aquellas integradas a las minas. Se debe contar con autonomía en la utilización de las vías de comunicación que dan acceso a las diferentes áreas productivas de la hacienda, de manera que ningún tercero imponga limitaciones a la movilidad de productos e insumos y en cambio el hacendado sí pueda establecerlas. Una preocupación central de la administración es asegurarse que en todo momento dispondrá de mano de obra eventual, de acuerdo con las demandas de trabajo de los cultivos. Para cumplir ese objetivo la hacienda emplea sus tierras de temporal de menor calidad, donde asienta arrendatarios y aparceros, los que comúnmente pagan una renta simbólica pero quedan obligados a abonar en especie una cuota por el uso de los animales de trabajo, aperos y equipos de transporte propiedad de la hacienda, y el ineludible compromiso de aportar trabajo personal e incluso de su familia en las labores de la finca. Para cumplir sus objetivos la hacienda debe exhibir un poder máximo en la circunscripción donde reside, de suerte que pueda esgrimirlo para dirimir los conflictos que suscitan las relaciones de fuerza que establece con las comunidades que la rodean, con los arrendatarios de sus tierras y, eventualmente, para desanimar rivales. Se comprende que la lógica operativa de la hacienda que hemos descrito conduzca a un constante y renovado interés por acumular tierras y el dispendio que en su utilización extensiva manifiesta queda explicado por las características peculiares de realización del excedente que se dan en la sociedad colonial. Su entorno económico y social impone a la hacienda un claro dictado: debe apropiarse de todos los recursos naturales que puedan dar pie a que un contrincante establezca una nueva unidad productiva que mermaría su poder, le restaría fuerza de trabajo y afectaría los precios o su cuota de participación en el mercado. Si la hacienda está en simbiosis con una mina, el control de los recursos agropecuarios y forestales impide que terceros con derechos a extraer y beneficiar mineral en la zona puedan hacerlo, desprovistos como quedan de energía animal y vegetal, alimentos para los obreros, etcétera. Cuando varias haciendas concurren a un mismo mercado establecen pactos que tienden a fijar precios que castigan en exceso a los consumidores, pero que permiten el disfrute pleno de los raquíticos mercados por parte de los hacendados coludidos. Es en el manejo monopólico de las alhóndigas donde reside la explicación de la sobrevivencia de las haciendas cerealeras, sólo así se entiende que un año de especulación les permita resarcirse de cinco o más años de buenas cosechas, y por tanto, de bajos precios en el mercado. Otra es la situación de la hacienda azucarera que produce un artículo considerado como uno de los pocos lujos de los estratos de altos ingresos que se satisfacen con oferta interna; el mercado del azúcar es nacional, ya que en aquella época su relativamente alta densidad económica absorbe los exagerados costos de transporte. La amplitud del mercado dará rendimientos monetarios estables, sobre todo a las haciendas azucareras ubicadas en zonas geográficas con vocación cañera (Morelos, Veracruz, etc.) Estamos frente al ejemplo extremo de especialización en un solo producto comercializable, el azúcar, a cuya elaboración se supedita toda la organización productiva de la hacienda. Otro extremo de organización productiva es la que adopta el llamado complejo mina-hacienda cerealera y ganadera. Aquí observamos el caso de un total abandono del mercado. Desaparecen los productos agrícolas comercializables y uno, minero, la plata, cumple la función de personificar el excedente, sin mayor problema puesto que el producto vendido en sí mismo es numerario. Cobra relieve en este modelo la plena autosuficiencia productiva del complejo como un todo a nivel de los insumos, sólo se adquieren del exterior el mercurio y máquinas herramientas decir, la hacienda tiene por mercado a la explotación minera: sus tierras agrícolas proporcionan maíz y trigo para los trabajadores y forrajes para los animales que emplea la mina; sus pastos alimentan la ganadería, tan importante en la actividad minera, ya que aporta un alimento superior para una fuerza de trabajo sujeta a tareas agotadoras, energía motriz a las rudimentarias máquinas de extracción y trituración, animales de carga para el transporte del mercurio, la entrega a la casa de moneda del metal en barras y la movilización del mineral a las zonas de lavado y fundición, sebo para fabricar velas que alumbren las galerías, cueros para prevenir las inundaciones y extraer el mineral, etc.; los bosques proporcionan el maderamen para la construcción de galerías y el energético utilizado en el proceso de fundición. En fin, la hacienda con sus trojes repletas de maíz otorgan a los obreros mineros la seguridad de que aun en épocas de hambrunas dispondrán del preciado grano y así los retiene en la mina. Es esa autosuficiencia que muestra la hacienda laica la que le ha valido el calificativo de poco activa en la búsqueda de oportunidades de ganancia. Se le compara desfavorablemente con los excelentes resultados financieros que arrojan las haciendas propiedad de los jesuitas y administradas directamente por ellos. Pero caben otras consideraciones que matizan la pretendida eficiencia de los latifundios eclesiásticos. En primer término las haciendas jesuitas no cubrían el diezmo, ese feroz impuesto religioso del diez porciento que gravitaba en forma confiscatoria sobre el valor de la producción agrícola. En segundo lugar la Compañía de Jesús poseía varias haciendas, hecho que paliaba las fallas productivas y de abastecimiento en una unidad mediante el oportuno auxilio de las otras fincas. Una tercera circunstancia favorable a las haciendas religiosas es que éstas podían vender en los tiempos y lugares que ofrecían las mejores condiciones del mercado, gracias a que la Iglesia, a través de la información proveniente de la estimación del diezmo, conocía con antelación el estado de las cosechas por levantarse y la posible evolución de los precios. Por último la Orden de los Jesuitas era un prestatario privilegiado en cuanto a su acceso al crédito, primero por afinidades gremiales y segundo porque, como ya fue señalado, en el préstamo de capitales la tierra es la mejor garantía y es evidente que la seguridad que ofrecía se volvía óptima cuando la propiedad raíz estaba en manos de una orden religiosa, intemporal, rica y prestigiada. Con el modelo de funcionamiento descrito la hacienda novohispana vivió las reformas borbónicas que reactivaron la economía colonial. Apoyadas en el auge minero las haciendas ganaderas y cerealeras del norte del país incrementaron su producción. Igual cosa aconteció con las haciendas cerealeras que abastecían los centros urbanos, ahora en creciente expansión. La bonanza comprendió también a los ingenios que vieron multiplicarse el número de consumidores de azúcar. El retiro de la prohibición de comerciar entre las colonias auspició que muchas haciendas trigueras concurrieran al mercado cubano de harina, en constante crecimiento, debido a que la Isla vivía un auge azucarero, pues a su cargo corría satisfacer la parte de la demanda europea del dulce que Haití abastecía y que dejo de atender como consecuencia de los trastornos que generó su independencia de Francia. Por esas fechas emergen las haciendas pulqueras, ubicadas en las cercanías de los mercados de consumo de México y Puebla, y que responden en su lógica operativa al modelo general que se ha venido detallando. El auge que la ampliación del mercado llevó a las haciendas en el último cuarto del siglo XVIII sufrió un grave quebranto a principios del siguiente siglo, con la aplicación de las disposiciones contenidas en la Real Cédula sobre enajenación de bienes raíces y cobro de capitales de capellanías y obras pías para la consolidación de vales reales, la que en sustancia imponía un préstamo real forzoso sobre los capitales propiedad de la Iglesia novohispana, que como se sabe estaban inmovilizados en la agricultura. Fue así como numerosas haciendas salieron al comercio, ante la incapacidad de sus dueños de afrontar súbitamente el pago de cantidades importantes de capital y otras sumas por intereses vencidos. Poco después el inicio de la guerra de Independencia cerrará definitivamente el periodo colonial de la hacienda. El México independiente suprimirá los diezmos, los mayorazgos y ciertas trabas al comercio exterior. Desafortunadamente este último beneficio ha fructificó por la aguda competencia que las harinas norteamericanas hacían en el Caribe a las mexicanas. Peor aún, las importaciones de algodón sureño, producido con mano de obra esclava, cercenó parte del mercado que para la agricultura representaba una industria textil en expansión: este estado perdura hasta la Guerra de Secesión norteamericana. Las exportaciones agropecuarias en los cincuenta años posteriores a la Independencia permanecieron reducidas a los productos tradicionales de la colonia, que no eran producidos por las haciendas. Sólo hay una excepción aunque importante: hacia la quinta década del siglo el henequén comienza a ser cultivado por las haciendas yucatecas y se le destina a un importante mercado de exportación, representado por la demanda de la industria naviera. La invención de una máquina desfibradora redujo los costos y aumentó la capacidad de producción, sin que, por otra parte, se suscitaran problemas de sobreoferta ya que la demanda creció a su vez con la invención de máquinas cosechadoras y engavilladoras que utilizaban la fibra del henequén en el embalado del trigo norteamericano destinado, en importante proporción, a abastecer a Europa. Las haciendas enfrentadas a un mercado de 'la fibra que apreciaban ilimitado desplazan por el henequén a sus tradicionales cultivos comercializables, entre los que se contaba el maíz, que ahora tiene que importarse de los Estados Unidos, afectando de dos maneras a los indígenas mayas: de un lado atan por el sistema de deudas a un número cada vez mayor de peones que un cultivo de plantación exige' en forma permanente, ya no estacional como en el caso del maíz, ahora se trata de la combinación de una actividad agrícola con otra de tipo industrial, que aunadas generan mayores cargas de trabajo sostenido a lo largo del año; y de otra parte, ese mayor contingente de peones sólo es posible conseguirlo privando a los indígenas de su acceso a la tierra que normalmente usufructuaban como arrendatarios. Las tierras, por lo demás, eran requeridas para la expansión de las siembras del henequén, lo que se traducía en déficit en la producción de maíz y aumentos de precios. En estas circunstancias es comprensible que sobreviniera una guerra campesina contra los hacendados. Como se sabe, un efecto de las leyes de desamortización de los bienes eclesiásticos fue propiciar que un gran número de comunidades perdieran sus tierras, que pasaron a manos de los hacendados vecinos o dieron origen a nuevas haciendas, que mediante el despojo podían eludir los tradicionales controles de acceso a la tierra administrados por los latifusdistas de viejo cuño. Históricamente, con la legislación liberal se daba la facilidad de conseguir más tierras de propiedad privada pero faltaba la necesidad de hacerlo. Pronto, en la década de los setenta se iniciará la era mexicana de los ferrocarriles que revolucionará la capacidad, oportunidad y costo del transporte terrestre, elementos que repercutieron directamente en una importante ampliación del mercado interno, que de local o regional a lo sumo, se transforma en nacional. Las expectativas de exportación se multiplican, y en muchos casos se concretan, con el trazo de las vías férreas que primero unen el puerto de Veracruz con la ciudad de México y después a esta ciudad con la frontera norteamericana (años ochenta), extensión de la red que conectará el sistema ferroviario mexicano con el estadunidense. A fines del porfiriato, la difícil geografía es en parte accesible con la existencia de una red ferroviaria total de más de 25 mil kilómetros. Las tierras vecinas a los caminos de hierro son valorizadas y aun revalorizadas por una fiebre especulativa, alentada por el capital extranjero que olfateaba oportunidades de inversión. El gobierno porfirista desentierra viejas leyes de colonización y promulga otras, y pasa de la esfera legislativa a la acción práctica celebrando contratos con compañías privadas de origen extranjero para que éstas efectúen el deslinde y fraccionamiento de aquellas superficies baldías que localicen en el territorio nacional. Está dada la necesidad de acumular más tierras: los ferrocarriles, el mercado y la especulación conceden un valor en ascenso a la propiedad rústica. Ha sonado la hora de que las haciendas corran sus linderos y absorban los terrenos de las comunidades sobrevivientes a las leyes liberales. Para ese propósito el hacendado posee un instrumento jurídico demoledor, las comunidades se encuentran fuera de la ley y de la Constitución, y una arma contundente, la presencia y acción de las compañías deslindado ras que revisan títulos de propiedad y esgrimen celosamente el cumplimiento de una legislación que favorece a sus intereses. Así, mediante el temor, la indefensión jurídica, el acoso económico y la presión política se consuma el despojo de las tierras de los pueblos y culmina el proceso de la concentración de la propiedad rural en México. Lo que la hacienda no había logrado a lo largo de trescientos años, destruir la propiedad comunal, se alcanza mediante torcidas interpretaciones jurídicas, erróneas políticas de colonización y sobre todo con la introducción del ferrocarril que provoca la agresión de las haciendas a las comunidades, respondiendo a su lógica operativa. En la ampliación del mercado obraron también otros factores. La supresión de la esclavitud en los Estados Unidos eleva la capacidad competitiva tanto de las haciendas productoras de algodón como de la industria textil nacional, circunstancia que se refleja en que la demanda interna total de la fibra es satisfecha con la oferta nacional e incluso comiencen las exportaciones al vecino país. En la última década del siglo XIX el sistema fiscal es objeto de reformas que eliminan a las alcabalas que tanto daño hacían al comercio. Morelos ofrece el ejemplo hasta ahora mejor documentado de la reacción de las haciendas ante el estímulo que trajo el ferrocarril. El nuevo medio de transporte, en principio, permitió el traslado de maquinaria pesada y equipos modernos que incrementaron sensiblemente la capacidad de molienda y la eficiencia en la extracción del jugo y en el proceso de elaboración del dulce, y a su vez, abrió el mercado externo y éste absorbió los excedentes generados de azúcar, de suerte que no se afectó el nivel remunerativo de precios internos. El único problema es que se precisaba de más caña que moler, luego de mayores superficies de riego seguro donde sembrada, después de más fuerza de trabajo permanente y estacional, etc; en pocas palabras y de acuerdo con el mecanismo que gobierna la combinación de factores productivos que realiza la hacienda, se requiere de un incremento más que proporcional en la propiedad o control de los recursos naturales en relación con el monto estricto de ellos que basta para cubrir el aumento de la producción. De ahí el avance de la hacienda azucarera sobre las tierras comunales indígenas y más tarde las luchas de Zapata. El ferrocarril, con la ampliación del mercado que provocó, es el responsable de los cambios en la lógica operativa de la hacienda que poco a poco comenzaron a darse. Es perceptible un debilitamiento en la autosuficiencia productiva que concede mayor flexibilidad a la administración en el uso de las tierras que explota directamente. Ahora existe un abanico más amplio de opciones de cultivos comercializables y los cambios en el patrón de cultivos son más violentos. Ya no es absolutamente necesario aprovisionarse internamente de maíz, puede convenir recurrir al mercado interno o incluirse al externo. El pago de un salario en especie deja de tener la importancia anterior de crear un mercado cautivo para la hacienda. El paso a una relación salarial monetaria total resulta conveniente en el caso de haciendas que especializan su producción y disfrutan de rentas diferenciales de importancia; este fue el caso de los latifundios algodoneros de La Laguna y arroceros de Michoacán, donde surgió el pago total en moneda y se eliminó el trabajo de arrendatarios y aparceros, merced precisamente a que' el ferrocarril posibilitó la contratación de trabajo migrante eventual proveniente de las más alejadas regiones. El último capítulo de la historia de la hacienda mexicana nunca se escribirá. No sabremos si en ausencia de la Revolución el sistema de la hacienda habría evolucionado por la vía "farmer" o la "junker" que en otros países siguió el desarrollo capitalista en la agricultura, aunque muchas son las presunciones que sugieren la segunda vía como la más probable. |
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