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Entrevista imaginaria a Guillermo Prieto, a cien años de su muerte Boris Rosen
La presente colaboración, con el título “Prieto por Prieto”, fue presentada por Boris Rosen, editor encargado de la edición de las Obras completas de Guillermo Prieto (cuya extensión se estima en 37 volúmenes), en ocasión de la celebración nacional del Primer Centenario de la muerte de Prieto, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el 8 de septiembre de 1997. Casi toda su producción literaria y costumbrista la firmó con el seudónimo de Fidel. ¿Por qué Fidel? ¿Es algún personaje conocido suyo? Fidel se llamaba el acompañante de Ramón Mesonero (el Curioso Parlante), autor de los cuadros costumbristas del Madrid viejo y nuevo, escritos que me encantaron y que me inspiraron para imitarlos en la prensa mexicana. ¿Qué opina usted sobre su extensa y admirable obra poética? Economistas, políticos y algunas otras personas han querido usar mi título de poeta como estigma e imprimirlo en mi frente; en momentos solemnes yo lo acepto y me sirvo de él, tal como declaré en mi conferencia en el Colegio de Abogados en 1873. ¿Qué opina de los críticos? Los críticos –escribí en un prólogo a Horas de tristeza de Florencio M. del Castillo, en 1864– son como algunos médicos que pueden tener tranquilo el juicio y conservar fría su razón observando una enfermedad, mientras el paciente se retuerce por los dolores y hiere los cielos con sus alaridos y angustias; pero el padre, el amigo, el conocido del doliente, ¿pueden poseer esa bárbara imparcialidad que, sin embargo, se llama buen criterio y refinado gusto? En su vejez, ¿qué opina sobre sus amigos personales y políticos de toda la vida? La sociedad de amigos ilustrados es preciosa, pero a mi edad los efectos del alma son retrospectivos. Mis amigos de corazón, con pocas excepciones, han muerto, y en cuanto a mis amigos políticos hay curvas y rectas, y los afectos valen un comino. Encerrarse en esa especie de egolatría por obligación es para mí encerrarse en una rica despensa a comer y beber bien dentro de una plaza sitiada por el hambre. ¿Qué opina de los indios y de las soluciones a sus problemas? Sobre los indios mucho se habría avanzado con estudios sobre sus propiedades, las artes a las que se dedican, las plantas y yerbas que usan para su alimentación y su medicina, así como los medios para que ingresen a la civilización; pero esa raza muere devorada por los vicios, por la barbarie y por nuestro abandono. Toda una escuela materialista ha proclamado que los indios deben perecer y que son refractarios a la civilización. A mí me parece que la gran obra de la regeneración social deberá comenzar primeramente de abajo para arriba, es decir, rehabilitando al indio, alentando el trabajo y dando entrada a Dios en las escuelas. En cuanto al estudio de los indios he comenzado algo, pero por las dificultades que acarrea la mala vista tengo que arrastrar los embarazos del dictado, cuando nunca antes había escrito sino de mi mano mis producciones. ¿Quién ha patrocinado los gastos de la publicación de su obra, digamos sus Lecciones de historia patria? El gobierno me dio la impresión, pero los gastos de papel, encuadernación, exprés, portes, etcétera, me tienen sumido en muy serios compromisos; temo que el desprecio pague mis afanes y castigue mis pretensiones pues, hasta ahora, de cinco gobernadores a quienes he pedido ayuda de diez o quince ejemplares, sólo me ha contestado el de Querétaro. ¿Qué obras ha leído? ¿Quiénes son sus autores preferidos? No sé latín, aunque tengo pasión por los latinos, pues los he leído con asiduidad en traducciones. ¡Oh, mi torpeza para la lengua de Cicerón y de Horacio es inverosímil!, pero los conozco bien porque mi maestro me los traducía y explicaba maravillosamente. Soy tan bruto y tan negado que no entiendo ni una receta ni nada, no obstante que conozco en francés, castellano e italiano a poetas y escritores latinos, de quienes soy un apasionado. Dejaré en herencia mi biblioteca que consta de 4 931 volúmenes. Tuve la oportunidad de consultarla, pues su hijo Manuel la donó a la Biblioteca Nacional de México en 1900. Ahí encontré El príncipe de Maquiavelo. ¿Lo leyó usted? ¿Tuvo alguna influencia en su orientación política liberal? Claro que lo leí, pero no fue posible que yo –a quien mis contemporáneos calificaron como “político romántico” o “político lírico”– estuviera de acuerdo con los consejos astutos y engañosos de Maquiavelo. En el ocaso de su vida, ¿qué opina acerca de la religión? Qué bueno que me hace esta pregunta porque gran parte de los mexicanos cree que el movimiento de la Reforma fue ateo, que estuvo contra la religión católica. Falso de toda falsedad. En el Congreso Constituyente, Francisco Zarco reveló que era católico practicante, y en 1868, en el debate sobre los derechos ciudadanos del clero, declaró: “Hay en las Leyes de Reforma algunas cosas que no son sino transitorias; armas de partido de que debíamos echar mano para abatir al clero que estaba poderoso, pero estas disposiciones deben desaparecer. La ley que prohíbe las procesiones es una de ellas”. Por lo que a mí toca, yo fui el más religioso de todos los liberales, puros o moderados. Yo soy ante todo adorador de un Dios de amor y de bondad, soy cristiano hasta las cachas (prueba de ello son las 31 poesías religiosas que están incluidas en el tomo xix de mis Obras completas), pero en cuanto a los que hacen mundana la religión, trafican y cubren picardías a título de cristianos (que se dicen así), son malos mexicanos, gachupinados, extranjerados y traidores, me derraman la bilis, los detesto. Si no le satisface mi respuesta le puedo mencionar otros ejemplos de religiosidad. Me satisface su respuesta y espero que habrá de satisfacer a muchos otros; pero, déjeme preguntarle, ¿qué opina sobre la pena de muerte? Soy costumbrista, poeta inspirado por la musa callejera, cronista, periodista y algo más; pero antes que nada y sobre todo soy un humanista (perdón por mi falsa modestia). Me enorgullece haber sido el humanista mexicano del siglo xix. Gracias a ello me han respetado y querido tanto. Entonces, siendo humanista, ¿podría ser partidario de esa barbarie que se llama pena de muerte? Pero déjeme recordar algo: en junio de 1891 me encargué de la defensa de un tal Luis Izaguirre, sin haber estudiado Derecho. Como era de esperarse mi cliente fue condenado a muerte, y por el coraje caí enfermo varios días. A mi amigo Agustín Rivera de Sanromán, distinguido cura de Los Altos de Jalisco, a quien durante mis últimos diez años de vida escribí más de cien cartas, le informé lo siguiente: “Estos tigres de la jurisprudencia son la condenación. Estos implacables del Derecho que… vuelven férreo contra quien tienen debajo, me asquea… a esos hombres que aman la sangre les tengo horror”. ¿Qué opina sobre su actuación como diputado en el Congreso de la Unión? ¿Qué quiere que le diga? Entre nos, todos nos rajamos y yo fui el primero. No levanté ahí mi voto contra mucho de lo que me disgustaba por miedo al hambre de mis hijos. ¿Qué opina sobre el ocio en la tercera edad? El ocio me parece el peor de todos los males. Tengo la máxima de que para un viejo más vale estar mal acompañado que solo. Si falta a la vida su gran atractivo de procurar el bien como lo concibo, más vale morir. Los que sentimos simpatía por los infelices tenemos mucho qué hacer. ¿Cómo anda de salud? ¿Cómo cura sus achaques y enfermedades? Muchos de sus críticos y enemigos han insistido en que toda la vida exageró y dramatizó sus achaques. ¿Qué esperaba usted de mis enemigos? Son mentiras, puras mentiras. Hace 40 años que padezco dispepsia. La pobreza, los desórdenes personales, el estudio, las prisiones, exacerbaron mi saud a tal punto que degeneró en dispepsia: comía, bebía, deponía y volvía a mis excesos de guía, sin haber perdido jamás la cabeza. Pero desde hace 20 años, acobardado por tercos ataques, la grasa me daña, los vinos y licores me acedan, los líquidos en general me ponen a la muerte, el dulce me agria, los enfriamientos atmosféricos me orillan a dolores y sufrimientos indecibles. Yo mejoraría si lograra corregir mis ácidos, mis ácidos, y hacerme potable la leche. Ningún médico sale de la rutina del carbonato y la nuez vómica, de ésta a los alcalinos o a los purgantes. Jugo de carne, arroz, carne a la parrilla, café, y esto a mañana, tarde y noche, sin que cambie nada esta vida que me aleja del mundo y me sujeta a mil privaciones. Le han dado mil nombres a mi enfermedad, sin adelantar los sabios a la primera vieja que me dijo: falta de digestión. ¿Cuál ha sido el intelectual mexicano y liberal de su preferencia? Varios, mas ahora sólo mencionaré uno: José María Iglesias. Sin vacilación por sus virtudes, por sus talentos y asombrosa erudición, se le debe colocar en lugar muy prominente. Si Iglesias no hubiera sido retraído, modesto hasta el recogimiento y la misantropía, sería el hombre más notable en las letras de México. ¿En qué ocupa cotidianamente su tiempo? Me levanto a las cuatro o cuatro y media de la maña-na, me desayuno y me dedico a alguna de las obras que tengo pendientes. Mis memorias, que van de 1828 a 1872; El romancero de la Reforma, Estudios de economía política, Causas y remedios de la miseria (trabajo que nunca terminé ni se publicó), la corrección de las distintas ediciones de mi Historia patria. Para descanso, en el preciso tiempo cuando preparan el desayuno, hago romancitos. Ocupo en las obras dos horas y sigo con la correspondencia y la charla con Manuel, mi hijo. A las nueve voy a México a charlar con mis amigos o a la biblioteca, y regreso a las dos para comer, con mis hijos Manuel y Guillermo, y Emilia, mi esposa, verdadera santa que me vela, me guisa, me cura y que a mi vejez casi ha profesado de monja. Mis nietos Guillermo y María son encantadores. Por fallarme la vista, mi esposa me lee, y escribo a tientas, comiéndome palabras y haciendo borrones. ¿Qué me dice de sus penurias económicas? ¿Es cierto que murió en la miseria más espantosa? Durante mi larga vida hubo momentos en que me encontré prácticamente en la calle, en la pobreza más absoluta. Ocuparía mucho tiempo en relatar todas las situaciones de penuria por las que he pasado. Pero según se advierte en mi testamento no llegué al final de la vida como un miserable; pude dejar a mis hijos en herencia algunos bienes no muy escasos. ¿Cómo sintetizaría su vida? Lo hice en un poema autobiográfico que cayó
después en manos del crítico de teatro Armando de Maria y Campos, quien en 1962
lo leyó en el Club de Periodistas. Dice así: Se dice que usted le tenía horror al agua. ¿Qué opina sobre esto? Es verdad, yo nunca me ocupé de mi aspecto
físico ni del aseo personal. Jamás se me ocurrió ponerme frente al espejo para
ver si tenía bien el nudo de la corbata o si me había puesto bien el sombrero.
Siempre estaba ocupado en otras cosas que consideré más importantes. Lo que
puedo informarle es lo que otros amigos han escrito sobre el particular. Alfredo
Bartlot, liberal francés que llegó a México en 1849 para quedarse, y quien
participó en forma destacada en nuestra vida cultural y periodística, publicó en
1873, con el seudónimo de Prometeo, una entrevista conmigo, en la que contó el
siguiente episodio:
Me gustaría hacerle algunas otras preguntas, pero veo que lo estoy cansando y abusando de su generosidad. Así que ahí va la última: En el ocaso de su vida, ¿cuál es el balance definitivo sobre su multifa-cética actividad durante más de 60 años? ¿Positivo o negativo? Negativo. Yo creí que recordar las glorias de
la patria, ensalzar a sus héroes ejemplares, e inspirar amor por el
engrandecimiento de la tierra en que nacimos, sería un atractivo para los buenos
mexicanos, pero me he llevado un chasco y he tenido cruel castigo por mi necia
vanidad. En realidad no tenemos patria. Los gachupines son dueños de la riqueza
territorial, del país y de los sentimientos de la Colonia, leales a su rey; los
ricos de la revolución son europeos; la mayor parte de los clé-rigos son de
Roma. Los indios son de nadie, los em-pleados son del que les paga, y hay unos
cuantos locos parcos que no tienen una peseta libre para comprar un libro.
Balance triste y decepcionante, ¿verdad? |
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