MEDITACIONES TOMADAS DE "HABLAR CON DIOS"
Mensaje
de María del Rosario de San Nicolás de la Natividad del Señor, Nº 1584
Es éste, un día de regocijo y de bienestar espiritual.
El Amor de Cristo, alcanza a todos los hombres; recibidlo con la oración por El, esperada.
Contra el desprecio, El, da Amor; contra la blasfemia, El, da Amor; contra la injusticia, El, da Amor.
Combatid también vosotros con Cristo, dando amor a manos llenas.
Vino Jesús al mundo por Amor y Su Segunda Venida será también por Amor, para Gloria Suya.
Abrid vuestros corazones y dejadlo entrar.
Aleluia.
Hazlo conocer hija mía.
En
aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase
todo el mundo (Lc
2, 1).
Ahora
nosotros podemos ver con claridad que fue una providencia de Dios aquel decreto
del emperador romano. Por esta razón María y José fueron a Belén y allí
nació Jesús, según había sido profetizado muchos siglos antes (Miq 5,
2 ss.).
La
Virgen sabía que estaba ya próximo el nacimiento de Jesús, y emprendió aquel
viaje con el pensamiento puesto en el Hijo que le iba a nacer en el pueblo de
David.
Llegaron
a Belén, con la
alegría de estar ya en el lugar de sus antepasados, y también con el cansancio
de un viaje por caminos en malas condiciones, durante cuatro o cinco días. La
Virgen, en su estado, debió llegar muy cansada. Y en Belén no encontraron dónde
instalarse. No hubo para ellos lugar en la posada (Cfr. Lc 2, 7),
dice San Lucas. Quizá José juzgara que la posada repleta de gente no era sitio
adecuado para Nuestra Señora, especialmente en aquellas circunstancias. San José
debió de llamar muchas puertas antes de llevar a María a un establo, en las
afueras. Nos imaginamos bien la escena: José explicando una y otra vez, con
angustia creciente, la misma historia, “que venían de...”, y María a pocos
metros, viendo a José y oyendo la negativas. No dejaron entrar a Cristo. Le
cerraron las puertas. María siente pena por José, y por aquellas gentes. ¡Qué
frío es el mundo para con su Dios!
Quizá
fue la Virgen quien propuso a José instalarse provisionalmente en alguna de
aquellas cuevas, que hacían de establo a las afueras del pueblo. Probablemente
le animó, diciéndole que no se preocupara, que ya se arreglarían... José se
sintió confortado por las palabras y la sonrisa de María. De modo que allí se
aposentaron con lo que habían podido traer desde Nazaret: los pañales, alguna
ropa que Ella misma había preparado con la ilusión que sólo saben poner las
madres en su primer hijo...
Y
en aquel lugar sucedió el acontecimiento más grande de la humanidad, con la más
absoluta sencillez: Y sucedió –nos dice San Lucas- que estando allí
se le cumplió la hora del parto (Lc 2, 6). María envolvió a Jesús
con inmenso amor en unos pañales y lo recostó en el pesebre.
La
Virgen tenía la Fe más perfecta. Y todos sus gestos eran expresión de su Fe y
de su ternura. Le besaría los pues porque era Su Señor, y le besaría la cara
porque era Su Hijo. Se quedaría mucho tiempo quieta contemplándolo.
Después,
María puso al Divino Niño en brazos de José, que sabe bien que es el Hijo del
Altísimo, al que debe cuidar, proteger, enseñarle un oficio. Toda su vida está
centrada en este Niño indefenso.
Jesús,
recién nacido, no habla, pero es la Palabra Eterna del Padre. El pesebre es una
cátedra. Nosotros deberíamos hoy “entender las lecciones que nos da Jesús
desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a
esta bendita tierra de los hombres” (S. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que
pasa, 14).
Nace
pobre, y nos enseña que la felicidad no se encuentra en la abundancia de
bienes. Viene al mundo sin ostentación alguna, y nos anima a ser humildes y a
no estar pendientes del aplauso de los hombres. “Dios se humilla para que
podamos acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro
amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su
poder, sino ante la maravilla de su humildad” (Ibídem).
Miramos
a María y la vemos llena de alegría. Ella sabe que ha comenzado para la
humanidad una nueva etapa: la del Mesías, su Hijo. Que Ella nos conceda no
perder jamás la alegría de estar junto a Jesús.
Meditación
tomada de Hablar con Dios, Tomo I: Adviento, Navidad, Epifanía,
de F. F. Carvajal, Ediciones Palabra, Madrid, 1986.
Melisa
C. Watanabe
MARÍA
DEL ROSARIO DE SAN NICOLÁS – EVANGELIZAD
E- mail: evangelizad@hotmail.com
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