2802/3103 > El asesinato

Luz y ocaso de un maestro

 

Desde su llegada a San Lorenzo, en 1964, Godofredo García Baca se propuso arrancarle frutos a los arenales que había logrado adquirir a pesar de ciertos comentarios de sorpresa y mofa de sus compañeros de trabajo de la Universidad Agraria La Molina (Lima), donde ejercía la docencia.

 

“Todo el mundo lo miraba como un loco, ¿qué necesidad de irse a meter por esos arenales?”, recuerda su hermano Ulises García Baca, quien vive en Lima.

 

Nacido en Chulucanas, otra zona amenazada por las mineras, conoció de cerca los beneficios de saber explotar la tierra, a través de su padre, quien le enseñó a innovar en la chacra.

 

Tras haberse esforzado por obtener su primera producción importante, Godofredo García decidió convertir sus 80 hectáreas de terreno en una especie de laboratorio al aire libre, donde experimentaría las mejoras necesarias para obtener rentabilidad; así introdujo la célula diversificada de cultivos.

 

La célula consiste en asociar diversos cultivos en un solo espacio físico, donde comparten el agua, los nutrientes y hasta las plagas. Abonadas con desperdicios vegetales y mucho agua, la teoría dice que aumentan su productividad, pues la tierra se enriquece al generar nutrientes especializados a cada especie que al final terminan siendo aprovechados por todos.

 

Cuando Godofredo García comprobó que su experiencia asociando frutales tuvo éxito, no tardó en avisar a cuanta gente conocía lo que había logrado. No se le había quitado lo de docente.

 

Desde entonces, “los días de campo” –delegaciones de estudiantes, agricultores o personas que buscaban estudiar la agricultura— se habían convertido en parte de la rutina de la parcela, un espacio donde viven en armonía, frutales, legumbres, algarrobales, jirones de bosque seco tropical, y aún hay espacio para toda una granja de lombrices que producen humus, corrales de ganado y hasta una microciénaga donde viven patos y se asolean perezosas iguanas.

 

“Una de las habilidades de mi hermano era que podía enseñarle a los campesinos sin mayor formación cultural, y en los mismos términos podía dirigirse a los auditorios de saco y corbata”, recuerda Ulises García Pérez, profesor de la Universidad Agraria La Molina, en Lima.

 

En 1999, ganó el premio San Luis por su aporte a la conservación de la naturaleza, aplicando los modelos con los que experimentaba en su parcela

 

“Por eso, a mi padre lo invitaban a conferencias, exposiciones, llevaba gente a la parcela”, dice Ulises García, el hijo de Godofredo, “incluso le criticábamos el hecho de que iba a esos encuentros y nunca pedía que le pagaran pasajes, siempre lo sacaba de su bolsillo”.

 

Cuando estalló el conflicto por la pretendida explotación minera de San Lorenzo, Godofredo se convirtió en un tenaz opositor, que supo capitalizar sus habilidades para advertir a todo el mundo sobre lo que iba a suceder. “Siempre la gente le ponía atención, pero no sólo eso: le creía”, apuntó en una oportunidad la periodista Margarita Rosa Vega, una de sus amigas. “Fue el primero en dar la voz de alerta”.

 

La periodista le ha reconocido al también científico no sólo su afán por diversificar cultivos, sino también sus estudios para tecnificar el mango desde el enfoque de una agricultura ecológica, y perspectivas de industrializar y exportar el banano piurano.

 

“Godofredo, con sus investigaciones, logró desarticular la falta de transparencia en los petitorios y concesiones mineras, empezando con la Chancadora, ubicada en el cerro Somatillo, a la que le habían denominado San Juan, para despistar a los agricultores de San Lorenzo”, agrega en el prólogo del libro Tambogrande: ¿despensa o minería?

 

Para Ulises García hijo, este caso fue una suerte de entrenamiento para lo que vendría después. La contratista yugoslava Energoprojeckt pretendía convertir un sector de bosque seco en cantera para construir una represa ubicada en la ciudad de Sullana, sobre el río Chira. Padre e hijo acumularon pruebas, tomaron fotos y se presentaron casi intempestivamente en la presentación del EIA.

 

Ante el grupo, y debido a las pruebas, se desistió dar la concesión del cerro, aunque la empresa siguió operando ilegalmente unos meses más hasta que se fue. Los García habían ganado la batalla.

 

Godofredo repitió el plato, cuando Manhattan presentó su ELBA, en julio de 2000. Aprovechando su cargo como presidente de la Asociación de Productores de Mango, cuando aún era una institución transparente, emitió una respuesta técnica al entonces gerente Jorge Lanza, lo que se intentó minimizar.

 

“Comenzó a hacer artículos, a escribir a todo el mundo, a llamar a sus amigos, a sacar documentos, se quedaba hasta tarde haciendo sus papeles”, dice Ulises.

 

Godofredo García Baca resumió en cuatro las razones por las que no se debía aceptar el proyecto minero, que básicamente son los impactos negativos con los que desbarató el ELBA:

 

  1. Enajenación de la propiedad privada, puesto que los terrenos sobre los que se asienta el valle fueron comprados por sus colonos a través de procesos de ventas libres entre 1962 y 1965, lo que atentaría contra la misma constitución del Perú (artículo 70º); por último, la agricultura tiene más criterios de necesidad pública que la minería, pues satisface de modo inmediato las necesidades de la comunidad.

  2. Pone en peligro la actividad agropecuaria, que sustenta la zona. Según la Constitución (artículo 88º), “el Estado apoya preferentemente el desarrollo agrario” y garantiza la propiedad.

  3. Desaparición de la cubierta vegetal (formada por los bosques y las áreas de cultivo) por su paulatina muerte a causa de la construcción u operación de los tajos abiertos, a pesar que se obliga al Estado a proteger la biodiversidad (Constitución, artículo 68º) Obviamente, las poblaciones de fauna y humanos serán irremediablemente afectados.

  4. Deterioro de la calidad del aire y del agua por la contaminación con explosivos, gases, así como el ruido y las vibraciones, en un área de 60 kilómetros a la redonda desde el tajo abierto.

Estas razones siguen siendo utilizadas por la resistencia para sustentar su oposición al proyecto minero, y hasta ahora Manhattan ni nadie ha sabido replicar convincentemente.

 

“Godofredo García Baca cayó bajo las balas asesinas de quien tal vez no le gustó su liderazgo, porque incomodaba o porque quizás sería un estorbo para otros planes nada halagüeños del futuro del departamento”, dice la periodista Margarita Rosa Vega.

 

En una oportunidad, el líder fue invitado por Manhattan para reunirse en sus oficianas en Piura, a lo que García accedió. Su hijo Ulises lo siguió a escondidas, sin dar crédito a lo que veía. Varios minutos después, Godofredo salió muy contrariado, siendo abordado por su hijo quien le iba a recriminar la acción. “No darán su brazo a torcer”, le explicó, y arreció sus ataques.

 

Nunca se pudo conocer lo que trataron en esa reunión, pero según Ulises no descarta que intentaron ganarlo y no lo lograron.

 

Godofredo García jamás denunció si era seguido o amenazado, al menos no públicamente, pues su hijo admitió que frecuentemente cambiaban de ruta para llegar a su propiedad en Somate Bajo.

 

Una clave del asesinato parece ser la fecha del crimen, exactamente un mes después de los sucesos de Tambogrande, y un año después de la instalación de la Mesa Técnica, la que hasta antes de la inclusión de la Iglesia Católica, no era santo de devoción de García Baca.

 

Para entonces, había comenzado el juicio de Manhattan y sus aliados locales contra los dirigentes tambograndinos, y se estaba esperando una reacción pública de Godofredo respecto a lo ocurrido el 27 y 28 de febrero –él se opuso a participar en el mitin que se hizo entonces—y sobre el proceso.

 

La hipótesis que ahora se baraja en factortierra apunta a que García estaba acumulando pruebas o evidencias de algo que iba a decir y que indudablemente iba a traer abajo las razones mineras, probablemente un documento a nivel técnico que no pudo concluir, o un dato que necesitaba compartir con la mayor cantidad de personas posible para hacer un frente de contrataque.

 

Suponemos que se comunicó con varios de sus amigos, uno de ellos, Manuel Román, en Malingas, a quien sólo alcanzó a decirle que hablarían después. Román sólo recordó este dato cuando NPC lo entrevistó a los seis meses del crimen. ¿García Baca pudo decírselo a alguien más?

 

¿Logró ser detectado y por eso estaba siendo buscado por aquellos sujetos sospechosos en las camionetas una semana antes?

 

Hoy se sabe que el plan era ligar el asesinato con posibles actos terroristas que habrían desencadenado lo ocurrido un mes antes en el campamento de Manhattan. La rápida reacción de Ulises, el hijo, permitió descartar esa treta, y llegar a una conclusión: detrás del asesino, hay una conspiración muy grande que quería callar a Godofredo, porque éste tenía la clave final para deshacerse de la amenaza minera sobre San Lorenzo.

 

Con contribuciones de AETS Piura.

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