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Núm 32, II Época - Junio 2001 - Edita FE-JONS - La Falange |
Las últimas lecciones del Frente de Juventudes |
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Cuando Sáez Marín publicó en 1988 su trabajo sobre el Frente de Juventudes, muchos críticos creyeron estar ante una obra definitiva. Y es cierto que su aportación —más allá de valoraciones políticas— será fundamental para la comprensión de lo que fuera “la obra predilecta del Régimen”, como lo prueba el hecho de que Manuel Parra se apoye una y otra vez en aquella investigación para realizar su original análisis de aquella organización. Porque esta obra, que acertadamente se abre con el primer verso del Himno de las Falange de Combate, se ocupa primordialmente de un aspecto que aquel autor considerara secundario: frente a la preocupación de Sáez Marín por interpretar el Frente de Juventudes como instrumento de socialización de la juventud española en clave franquista, Parra Celaya hace una lectura promenorizada de su labor pedagógica, para la que identifica tres líneas: como transmisora de una ideología determinada —acaso la línea más obvia—, como parte de una Revolución social de conformidad con lo propuesto por la Carta de la Escuela Moderna y —como consecuencia trascendente de lo anterior, trascendiendo del propagandismo— como vía de comunicación de un determinado modo de ser (y no sólo de pensar). Desde luego, la lectura meramente historiográfica —basada en la evolución cronológica de lo que comenzaron siendo las Organizaciones Juveniles de FET y de las JONS para acabar en una simple Delegación de la Juventud— es uno de los segmentos elementales de esta obra, siendo el otro vector fundamental el marco ideológico en el que el Frente de Juventudes desarrolló su aún no suficientemente valorada labor. Inevitablemente, Parra Celaya deberá concluir que la aportación doctrinal con mayor peso será la del nacionalsindicalismo, si bien se desdibujarán algunas de sus aristas —por ejemplo, el sentido no confesional de la Falange prebélica— para facilitar la compenetración entre los orígenes falangistas y la realidad del Movimiento. Las aportaciones de esta obra, por su complejidad, resultan innumerables. No hay aspecto de interés para su propósito que quede en barbecho, desde los aspectos organizativos hasta los medios educativos empleados, desde la figura del mando-educador hasta el mismo cancionero. Pero acaso a nosotros dos sean los aspectos que más nos interesen. De una parte, la acertada lectura que el autor realiza del nacionalsindicalismo, del que señala como elementos básicos: un humanismo personalista que parte de una concepción cristiana (que no es lo mismo que el humanismo cristiano); una concepción nacional basada en su clasicismo, su sentido crítico, su armonización de la unidad nacional con la variedad regional y la moral nacional; una prolongación de la concepción nacional en lo imperial; una concepción del Estado como instrumento al servicio de la misión nacional e integrador de hombres y comunidades; sustitución de la participación y representación democráticas inorgánicas por la democracia orgánica; separación Iglesia-Estado; estructuración sindical de la economía con carácter revolucionario (atribución de los medios de producción a los productores mismos, imputación de la plusvalía a los productores, nacionalización del crédito y negación del carácter bilateral de las relaciones de trabajo); y definición del falangismo como una forma de ser. Interpreta Parra el Nacionalsindicalismo como el extremo de una línea de continuidad que tiene su antecedente más remoto en el Regeneracionismo, y encuentra en él —junto a la indudable influencia orteguiana— la de Marx (crítica al capitalismo), la de Nietzsche (ética de la nobleza y vitalismo), la de Spengler (antirromanticismo), la del krausismo (teoría organicista de la sociedad), la de Hegel (principio integrador del Estado), la de Fichte (junto con Kant, en las apreciaciones jurídicas), la de Mussolini (nacionalización de las masas, amén de la experiencia fascista, que es sólo una influencia más) y la de D'Ors (clasicismo y sindicalismo). Junto a este reconocimiento, nos aporta Parra Celaya una nueva lectura de la experiencia de aquellos jóvenes que en su día aprehendieron cuanto se les ofreció en el Frente de Juventudes y que hoy —al margen de actitudes políticas concretas— mantienen en su interior el rescoldo de aquella “manera de ser” que entonces se les inculcara. Posiblemente, junto con la Sección Femenina fuera el Frente de Juventudes el instrumento que hiciera posible que el falangismo forme hoy parte de la cultura política española, algo con lo que incluso dentro de nuestras filas aún debemos aprender a vivir. F. Robles |