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Pequeños inocentes: Entre maltratos y torturas.-
por: Arambilet/OB.
No es lo mismo darnos un golpe accidental y aprender de ese infortunado evento, que aprender a golpes de correa, bofetadas abusivas e insultos indelebles al carácter.
Todavía se insiste en los beneficios del castigo corporal
y sicológico al niño, por sobre la enseñanza
en base a la razón, al entendimiento. Eso que nos diferencia
de las bestias.
Es mucho más fácil hacer uso de la fuerza sobre
el intelecto porque es materia tediosa, que debe aplicarse día
a día, minuto a minuto, esbozando y moldeando con paciencia
las formas generales del comportamiento y la personalidad infantil.
Es una verdadera sorpresa, un choque elemental, ver a un niño
arrodillado sobre rayadores erizados de aluminio, sosteniendo
un recipiente de agua caliente sobre la cabeza, purgando alguna
travesura.
He visto los signos claros en consultorios y hospitales, intercambiado
con internistas cuando los casos llegan a una gravedad tal que
ya no pueden esconderse: Las espaldas destrozadas por las hebillas,
escabiasis (sarna), infecciones mal curadas con mejunjes indescifrables,
desde bosta de vaca hasta sebo de Flandes, vendados con tela de
mosquitero, los coscorrones con saña, los pellizcos y mordidas
con rasgadura de piel, mechones de pelo arrancados de raíz,
fracturas de cráneo y extremidades, mutilaciones varias
y quemaduras de diagnóstico reservado.
Los encierros en lugares oscuros donde nacen los traumas, las
neuropatías y los desvíos, las violaciones, vejaciones,
los castigos rituales que van de la mano con las supercherías,
las inmovilizaciones con cuerdas y hasta alambre de púas,
torturas sexuales en las tetillas y partes íntimas de bebés,
niños y adolescentes, no son eventos de excepción
como quisiéramos ingenuamente creer, sino algo más
bien frecuente.
Esa frecuencia es mayor en las zonas rurales que en las citadinas,
donde la ignorancia es extendida y los arraigos heredados permanecen
inalterables en zonas de difícil acceso. Pero las estadísticas
generales son impresionantes: Los maltratos en base a negligencia,
hambre y desnutrición un 62% de los casos, el castigo físico
y sexual un 31% de los casos (SOCSAL, octubre 1996).
El maltrato emocional, no menos lesivo, casi siempre acompaña
a los dos grandes renglones anteriores, pero en el caso urbano
es mucho más frecuente encontrarlo en la forma de amenazas
aterrorizantes, insultos e improperios, descalificaciones, desvalorizaciones
o ausencia de expresiones de afecto.
El 20 de noviembre del 1989, increíblemente hace un poco
más de diez años, la Asamblea General de las Naciones
unidas aprobó la Convención por los Derechos del
Niño. Un documento jurídico internacional de carácter
vinculante, por el cual los Estados que lo aceptan mediante su
firma quedan comprometidos a dar cumplimiento a sus disposiciones.
Esta característica marca una diferencia fundamental con
las declaraciones que la antecedieron: La Declaración de
Ginebra del 1924 y La Declaración de los Derechos del Niño
en 1959.
Ambas de carácter exclusivamente moral,
sin medidas operativas de implantación de programas de
acción.
La Convención vigente, iniciativa del gobierno polaco con
representación de 43 países, fue iniciada en el
1979 (Año Internacional del Niño) y su redacción
demandó 10 años de trabajo para plasmar en tres
partes y 54 artículos, lo que constituye un hito en la
historia de la humanidad, ya que en ella, por primera vez los
niños y las niñas de todo el mundo son considerados
(en tanto que grupo vulnerable) no sólo objeto de protección
por parte de los adultos y del Estado, sino sujetos titulares
de un conjunto de derechos civiles y políticos, que los
equiparan a la condición de ciudadanos, al otorgarles por
ejemplo, la libertad de expresión, de participación,
de asociación y de información veraz y adecuada.
El cumplimiento pleno del documento constituye un desafío
para los Estados firmantes, entendiendo que el compromiso consiste
en adoptar medidas concretas para satisfacer las necesidades básicas
de salud, vivienda, educación y recreación, de protección
contra toda forma de maltrato, abuso o explotación, garantizando
el desarrollo armónico e integral de todos los infantes
sin discriminación alguna. Asimismo, la obligación
de iniciar campañas de difusión y acción
educativa que apunten a producir las profundas modificaciones
culturales, indispensables para que la sociedad en su conjunto
acepte la nueva concepción de la niñez, propuesta
por la Convención.
La Primera Cumbre Mundial a Favor de la Infancia se llevó
a cabo en setiembre de 1990, y allí, en presencia de 71
jefes de Estado y representantes de 88 países observadores,
se redactó la Primera Declaración de Supervivencia,
Protección y Desarrollo de la Infancia. Esta Declaración
compromete a los países a cumplir un plan de acción
de siete metas básicas en la década de los noventa:
- Reducir con respecto a 1990, la tasa de mortalidad de los niños menores de 5 años a un nivel de 70 por mil nacidos vivos.
- Reducir la tasa de mortalidad materna en un 50% con respecto al 1990.
- Dar acceso a todos los infantes al agua apta para el consumo y los servicios sanitarios de eliminación de excrementos.
- Reducir la tasa de malnutrición grave y moderada entre los niños menores de 5 años en un 50% respecto al 1990.
- Lograr que por lo menos el 80% de los niños en edad escolar, tengan acceso a la educación básica y termine la enseñanza primaria.
- Reducir la tasa de analfabetismo de los adultos a por lo menos la mitad del nivel registrado en 1990, otorgando principal importancia a la alfabetización de las mujeres.
- Dar protección a los niños en circunstancias especialmente difíciles y sobre todo en situaciones de conflictos armados.
Al revisar esta lista de siete puntos gruesos, ya finalizada la
década de los noventa y así el plazo, me vienen
a la memoria varias imágenes que no hacen menos que motivarme
a escribir sin descanso sobre el tema y tratar de extraer algunas
reacciones en el sentimiento público y las autoridades
teóricamente comprometidas.
Una imagen, es la que vemos todos los días de una manera
u otra en los semáforos, excepto quizás en las avenidas
de tránsito presidencial, de noche y de día, vientres
prominentes, pies descalzos, mucosidades, vestidos rasgados, desesperanza.
Otra imagen sobreviene unida a las frecuentes fotos y reportajes
de la prensa latinoamericana, sobre nuestros barrios de cartón
peligrosamente inclinados en los barrancos y ríos, desde
donde asoman más cabecitas que las que pueden físicamente
contener esos infames habitáculos; alrededor, las charcas
putrefactas donde chapotean los recién nacidos.
La última imagen es de Chile, al hojear recientemente "La
historia de la tortura" de Innes (St. Martin´s Press,
1998), se aprecia en todo su drama la fotografía de Tamara,
posiblemente la víctima más joven torturada en aquel
conflicto de estos tiempos, apenas con tres años, la policía
secreta del General Pinochet le negaba comida, la golpeó
irreparablemente, le sumergió la cabeza en agua helada
en forma intermitente por un período de cuatro días,
hasta que su familia milagrosamente pudo escapar con ella bajo
la protección del gobierno Sueco. ¿Hablamos de hombres
o de monstruos?
La posición adoptada por la Conferencia Episcopal Latino
Americana en 1993, presidida en Brasilia por Monseñor Assís
indicaba como desafío de la Iglesia Católica el
empeñarse en la realización de cambios en el panorama
legal, la reestructuración de las instituciones públicas
y privadas de atención a la infancia, participación
en la formulación y control de las políticas públicas
e impulsar los programas de supervivencia y el desarrollo sicosocial
de los niños, especialmente en los sectores más
vulnerables. Quizás algún día de estos nos
puedan explicar cómo anda esta buena iniciativa.
No podemos intentar siquiera resumir ante la ONU nuestra posición
actual como país respecto al maltrato infantil, faltan
datos pero sobran imágenes y ejemplos.
Entidades diversas tratan de aportar, pero por sobre estas entidades
existe el compromiso de los países, el destinar presupuesto
acorde al compromiso contraído para estos fines específicos,
ejecutarlo disciplinadamente, con energía y probidad.
La valentía pues, estimados padres e hijos, no se puede
infundir en un niño a través del abuso, con el propósito
de "prepararlo para la dura vida que le espera".
Existen otros métodos mucho más eficientes para
elevar la autoestima, la disciplina y la confianza. Artes marciales,
deportes de balón, campo y pista, gimnasia, yoga, arco
y flecha, combinado a un reconocimiento verbal da resultados mucho
más alentadores y duraderos.
Las frustraciones propias de los adultos, fruto de las agresiones
laborales, de orden público o económico, no deben
ser traspasadas en forma de abuso a los menores.
Las discapacidades físicas o mentales, las deficiencias
de aprendizaje, no pueden ser excusas para el abuso, bajo la monstruosa
tónica de que hay "una boca improductiva más
que mantener".
No es posible. A pesar de no existir una solución social
a la mano.
¿Estamos conscientes de que adecuadamente representados
en materia legal, menores individuales y agrupaciones infantiles
pueden demandar por abuso a progenitores, e incluso al Estado
mismo, respecto a artículos específicos de la Convención
no satisfechos, con todo derecho?
Quizás este concepto una vez ejemplarizado como precedente,
sirva a los adultos a empezar a tomar en serio a los niños
por lo que son, seres humanos en desventaja.
La explotación laboral de menores, la negación de
sus derechos fundamentales de cuidado y educación, claramente
estipulados en la Convención Internacional de los Derechos
del Niño, es un asunto de todos: Por un lado es asunto
de la paternidad irresponsable que quisiera terminar con este
tema de nuevo en la alcoba, sin pensar en las consecuencias de
traer más bebés al mundo sin medir consecuencias
y por otra parte, es también asunto de todos nosotros que
no engendramos a esos inocentes, pero que con ellos convivimos
y a los cuales debemos darles la oportunidad de vivir en otro
siglo, un siglo que no repita los desaciertos y las infamias del
pasado.