El Observatorio de Barlovento

Volumen 1, Número 1

Junio 2000

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Pequeños inocentes: Entre maltratos y torturas.-

por: Arambilet/OB.

 

No es lo mismo darnos un golpe accidental y aprender de ese infortunado evento, que aprender a golpes de correa, bofetadas abusivas e insultos indelebles al carácter.


Todavía se insiste en los beneficios del castigo corporal y sicológico al niño, por sobre la enseñanza en base a la razón, al entendimiento. Eso que nos diferencia de las bestias.


Es mucho más fácil hacer uso de la fuerza sobre el intelecto porque es materia tediosa, que debe aplicarse día a día, minuto a minuto, esbozando y moldeando con paciencia las formas generales del comportamiento y la personalidad infantil.


Es una verdadera sorpresa, un choque elemental, ver a un niño arrodillado sobre rayadores erizados de aluminio, sosteniendo un recipiente de agua caliente sobre la cabeza, purgando alguna travesura.


He visto los signos claros en consultorios y hospitales, intercambiado con internistas cuando los casos llegan a una gravedad tal que ya no pueden esconderse: Las espaldas destrozadas por las hebillas, escabiasis (sarna), infecciones mal curadas con mejunjes indescifrables, desde bosta de vaca hasta sebo de Flandes, vendados con tela de mosquitero, los coscorrones con saña, los pellizcos y mordidas con rasgadura de piel, mechones de pelo arrancados de raíz, fracturas de cráneo y extremidades, mutilaciones varias y quemaduras de diagnóstico reservado.


Los encierros en lugares oscuros donde nacen los traumas, las neuropatías y los desvíos, las violaciones, vejaciones, los castigos rituales que van de la mano con las supercherías, las inmovilizaciones con cuerdas y hasta alambre de púas, torturas sexuales en las tetillas y partes íntimas de bebés, niños y adolescentes, no son eventos de excepción como quisiéramos ingenuamente creer, sino algo más bien frecuente.


Esa frecuencia es mayor en las zonas rurales que en las citadinas, donde la ignorancia es extendida y los arraigos heredados permanecen inalterables en zonas de difícil acceso. Pero las estadísticas generales son impresionantes: Los maltratos en base a negligencia, hambre y desnutrición un 62% de los casos, el castigo físico y sexual un 31% de los casos (SOCSAL, octubre 1996).


El maltrato emocional, no menos lesivo, casi siempre acompaña a los dos grandes renglones anteriores, pero en el caso urbano es mucho más frecuente encontrarlo en la forma de amenazas aterrorizantes, insultos e improperios, descalificaciones, desvalorizaciones o ausencia de expresiones de afecto.


El 20 de noviembre del 1989, increíblemente hace un poco más de diez años, la Asamblea General de las Naciones unidas aprobó la Convención por los Derechos del Niño. Un documento jurídico internacional de carácter vinculante, por el cual los Estados que lo aceptan mediante su firma quedan comprometidos a dar cumplimiento a sus disposiciones. Esta característica marca una diferencia fundamental con las declaraciones que la antecedieron: La Declaración de Ginebra del 1924 y La Declaración de los Derechos del Niño en 1959.

Ambas de carácter exclusivamente moral, sin medidas operativas de implantación de programas de acción.
La Convención vigente, iniciativa del gobierno polaco con representación de 43 países, fue iniciada en el 1979 (Año Internacional del Niño) y su redacción demandó 10 años de trabajo para plasmar en tres partes y 54 artículos, lo que constituye un hito en la historia de la humanidad, ya que en ella, por primera vez los niños y las niñas de todo el mundo son considerados (en tanto que grupo vulnerable) no sólo objeto de protección por parte de los adultos y del Estado, sino sujetos titulares de un conjunto de derechos civiles y políticos, que los equiparan a la condición de ciudadanos, al otorgarles por ejemplo, la libertad de expresión, de participación, de asociación y de información veraz y adecuada.


El cumplimiento pleno del documento constituye un desafío para los Estados firmantes, entendiendo que el compromiso consiste en adoptar medidas concretas para satisfacer las necesidades básicas de salud, vivienda, educación y recreación, de protección contra toda forma de maltrato, abuso o explotación, garantizando el desarrollo armónico e integral de todos los infantes sin discriminación alguna. Asimismo, la obligación de iniciar campañas de difusión y acción educativa que apunten a producir las profundas modificaciones culturales, indispensables para que la sociedad en su conjunto acepte la nueva concepción de la niñez, propuesta por la Convención.


La Primera Cumbre Mundial a Favor de la Infancia se llevó a cabo en setiembre de 1990, y allí, en presencia de 71 jefes de Estado y representantes de 88 países observadores, se redactó la Primera Declaración de Supervivencia, Protección y Desarrollo de la Infancia. Esta Declaración compromete a los países a cumplir un plan de acción de siete metas básicas en la década de los noventa:


- Reducir con respecto a 1990, la tasa de mortalidad de los niños menores de 5 años a un nivel de 70 por mil nacidos vivos.


- Reducir la tasa de mortalidad materna en un 50% con respecto al 1990.


- Dar acceso a todos los infantes al agua apta para el consumo y los servicios sanitarios de eliminación de excrementos.


- Reducir la tasa de malnutrición grave y moderada entre los niños menores de 5 años en un 50% respecto al 1990.


- Lograr que por lo menos el 80% de los niños en edad escolar, tengan acceso a la educación básica y termine la enseñanza primaria.


- Reducir la tasa de analfabetismo de los adultos a por lo menos la mitad del nivel registrado en 1990, otorgando principal importancia a la alfabetización de las mujeres.


- Dar protección a los niños en circunstancias especialmente difíciles y sobre todo en situaciones de conflictos armados.


Al revisar esta lista de siete puntos gruesos, ya finalizada la década de los noventa y así el plazo, me vienen a la memoria varias imágenes que no hacen menos que motivarme a escribir sin descanso sobre el tema y tratar de extraer algunas reacciones en el sentimiento público y las autoridades teóricamente comprometidas.


Una imagen, es la que vemos todos los días de una manera u otra en los semáforos, excepto quizás en las avenidas de tránsito presidencial, de noche y de día, vientres prominentes, pies descalzos, mucosidades, vestidos rasgados, desesperanza.


Otra imagen sobreviene unida a las frecuentes fotos y reportajes de la prensa latinoamericana, sobre nuestros barrios de cartón peligrosamente inclinados en los barrancos y ríos, desde donde asoman más cabecitas que las que pueden físicamente contener esos infames habitáculos; alrededor, las charcas putrefactas donde chapotean los recién nacidos.


La última imagen es de Chile, al hojear recientemente "La historia de la tortura" de Innes (St. Martin´s Press, 1998), se aprecia en todo su drama la fotografía de Tamara, posiblemente la víctima más joven torturada en aquel conflicto de estos tiempos, apenas con tres años, la policía secreta del General Pinochet le negaba comida, la golpeó irreparablemente, le sumergió la cabeza en agua helada en forma intermitente por un período de cuatro días, hasta que su familia milagrosamente pudo escapar con ella bajo la protección del gobierno Sueco. ¿Hablamos de hombres o de monstruos?


La posición adoptada por la Conferencia Episcopal Latino Americana en 1993, presidida en Brasilia por Monseñor Assís indicaba como desafío de la Iglesia Católica el empeñarse en la realización de cambios en el panorama legal, la reestructuración de las instituciones públicas y privadas de atención a la infancia, participación en la formulación y control de las políticas públicas e impulsar los programas de supervivencia y el desarrollo sicosocial de los niños, especialmente en los sectores más vulnerables. Quizás algún día de estos nos puedan explicar cómo anda esta buena iniciativa.


No podemos intentar siquiera resumir ante la ONU nuestra posición actual como país respecto al maltrato infantil, faltan datos pero sobran imágenes y ejemplos.


Entidades diversas tratan de aportar, pero por sobre estas entidades existe el compromiso de los países, el destinar presupuesto acorde al compromiso contraído para estos fines específicos, ejecutarlo disciplinadamente, con energía y probidad.


La valentía pues, estimados padres e hijos, no se puede infundir en un niño a través del abuso, con el propósito de "prepararlo para la dura vida que le espera".


Existen otros métodos mucho más eficientes para elevar la autoestima, la disciplina y la confianza. Artes marciales, deportes de balón, campo y pista, gimnasia, yoga, arco y flecha, combinado a un reconocimiento verbal da resultados mucho más alentadores y duraderos.


Las frustraciones propias de los adultos, fruto de las agresiones laborales, de orden público o económico, no deben ser traspasadas en forma de abuso a los menores.


Las discapacidades físicas o mentales, las deficiencias de aprendizaje, no pueden ser excusas para el abuso, bajo la monstruosa tónica de que hay "una boca improductiva más que mantener".


No es posible. A pesar de no existir una solución social a la mano.


¿Estamos conscientes de que adecuadamente representados en materia legal, menores individuales y agrupaciones infantiles pueden demandar por abuso a progenitores, e incluso al Estado mismo, respecto a artículos específicos de la Convención no satisfechos, con todo derecho?


Quizás este concepto una vez ejemplarizado como precedente, sirva a los adultos a empezar a tomar en serio a los niños por lo que son, seres humanos en desventaja.


La explotación laboral de menores, la negación de sus derechos fundamentales de cuidado y educación, claramente estipulados en la Convención Internacional de los Derechos del Niño, es un asunto de todos: Por un lado es asunto de la paternidad irresponsable que quisiera terminar con este tema de nuevo en la alcoba, sin pensar en las consecuencias de traer más bebés al mundo sin medir consecuencias y por otra parte, es también asunto de todos nosotros que no engendramos a esos inocentes, pero que con ellos convivimos y a los cuales debemos darles la oportunidad de vivir en otro siglo, un siglo que no repita los desaciertos y las infamias del pasado.


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