El Observatorio de Barlovento

Volumen 1, Número 1

Junio 2000

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Horacio Quiroga.-

 

Horacio Sivestre Quiroga.

El Maestro del cuento Latinoamericano.

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DECALOGO DEL PERFECTO CUENTISTA.-

Horacio Quiroga (1927)

I) Cree en el maestro Poe, Maupassant, Kipling, Chejov como en Dios mismo.

II) Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo lo conseguirás, sin saberlo tú mismo.

III) Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que cualquier otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV) Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V) No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adonde vas. En un cuento bien logrado las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas.

VI) Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba un viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.

VII) No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII) Toma los personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea.

IX) No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirlo tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X) No pienses en los amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

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Horacio Quiroga: Y la vida puede ser verdaderamente azarosa e inexplicable.

por: Arambilet/OB

Huraño y agreste
El árbol
La piedra
El río

Así, con diáfana sencillez está escrito en la piedra junto al río Uruguay (en Salto) en recuerdo al padre del cuento latinoamericano. A más de sesenta años de la muerte de Horacio Silvestre Quiroga queda en pie una monumental obra literaria que sobresale por su dimensión universal y que tiene increíble vigencia, tanto como la de Poe, Chejov, Maupassant, Gorki y Kipling.

"El destino no es ciego -sus resoluciones fatales obedecen a una armonía todavía inaccesible para nosotros, a una felicidad superior oculta en las sombras"; escribió alguna vez Quiroga y ese destino, que en todo momento le negó su misericordia, y una dosis infame de cianuro, acabaron con su vida un 19 de enero de 1937 a la manera de sus mejores cuentos.

"Quien se atreve a matarse es Dios", había leído en Dostoievsky, pero Quiroga no creía en Dios y su vida y su obra fueron un diálogo implacable, seductor y obcecado con la muerte y con ese Dios que rechazaba, aferrado a una moral paradójicamente religiosa. Pero es precisamente desde ese doble juego de agnosticismo y religiosidad, desde ese coqueteo de amor, de locura y de muerte que surge su forma favorita de expresión, el cuento, que da la justa medida de su genio.

El narrador uruguayo nació el 31 de diciembre de 1879 y aunque estudió y vivió en Buenos Aires, nunca quiso adoptar la nacionalidad argentina. Horacio manifestaba su carácter rebelde en la escuela, prefería las actividades manuales o la ortografía al estudio. Ya en su adolescencia comenzó a interesarse por la literatura y fue influenciado profundamente por Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Rudyard Kipling en cuanto a caracteres y ambientes, y por Fedor Dostoievski, en los trazos decisivos de la trama.

En los viajes que realizaba a Buenos Aires, visitó y conoció al poeta que más admiraba, Leopoldo Lugones, con quien comenzó una gran amistad.
Muy joven, trabajó como redactor de periódicos y en 1899 fundó la "Revista de El Salto", nombre que aludía al de su pueblo natal. Por esa misma época viajó a París, donde conoció e hizo amistad con Rubén Darío. También significativo e indeleble fue su viaje a las antiguas misiones de los jesuitas en el Alto Paraná (Paraguay) y su estadía de varios años en la provincia de Misiones (Argentina). Esas experiencias le permitieron descubrir la selva, impregnarse de ella y hacerla aparecer con toda su fuerza en la narrativa hispanoamericana.
 
La existencia de Horacio Quiroga estuvo marcada por el signo de la desgracia.
 
El maleficio de Quiroga comenzó cuando contaba dos meses de edad (1879) con la muerte de su padre al disparársele accidentalmente su escopeta. En 1891, Ascenso Bargo, su padrastro, se suicida con una escopeta. En 1902 Horacio Quiroga mata accidentalmente con su revólver a su mejor amigo Federico Ferrando. Luego de un interrogatorio y unos días de cárcel, se fue a vivir a la casa de su hermana en Buenos Aires, donde consiguó un puesto de profesor de castellano. En 1915 se suicida su primera esposa Ana María Cires. Sus negocios siempre resultaron un fracaso (Se dedicó a la cosecha de algodón en el Chaco, fue designado juez de paz y oficial del registro civil de San Ignacio, fue Cónsul de Uruguay, hasta que a raíz de un golpe militar en Uruguay se quedó sin su puesto en el Consulado, y se dedicó a la floricultura)
y, casado por segunda vez, su mujer lo abandonó en 1929, pues no soportó la vida en Misiones. También se suicida Leopoldo Lugones a quien Quiroga admiraba, y Alfonsina Storni por quien sostuvo una profunda pasión. Finalmente, al saberse víctima de una enfermedad incurable, cáncer gástrico, el 19 de febrero de 1937 se suicida Quiroga en Buenos Aires y en 1939 se suicida su hija Egle. Años después, su hijo Darío también haría lo mismo.

El aspecto fatalista y trágico de su vida conmueve y seduce tanto como su creación literaria, se recuerda y recupera la contemporáneidad de Quiroga a través del cuento, su mayor exponente, por lo directo y viva de su prosa, hasta llegar a la civilizada violencia en su manera de decir las cosas.

Inició su carrera literaria con un libro de poesía, Los arrecifes de coral (1901) escrito en su país natal, antes de trasladarse a Argentina, donde transcurrió el resto de su vida. En ésta, el autor uruguayo acusa toda la influencia que sobre él ejerció el Modernismo.

Posteriormente, Quiroga incorpora la sensibilidad naturalista en sus obras, lo que podemos apreciar en "Historia de un Amor Turbio" (1918) -novela autobiográfica- y "Pasado Amor"(1929). Sin embargo, Horacio Quiroga deberá la inmortalidad literaria a sus cuentos, forma dentro de la cual es considerado uno de los más grandes creadores de la literatura hispanoamericana de todos los tiempos. Por tal razón, la etapa más brillante y decisiva de su carrera como escritor, se inicia con su libro "Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte" (1917). Esta obra es una colección de quince relatos en los que la tragedia, la enfermedad, las obsesiones, el vicio y la locura son los temas recurrentes. Con un estilo sencillo, sugerente y persuasivo, el autor exhibe la trágica debilidad del ser humano ante las fuerzas que lo determinan y, en la mayor parte de los casos, lo aniquilan.
 
En 1918 publica "Cuentos de la Selva", cuyos ocho relatos conforman una muestra brillante de su prosa natural y clara, de su gran creatividad y de la fuerza con que aparece la naturaleza americana. La selva, en este caso, es la realidad que lo abarca todo; los animales aparecen humanizados y la intención moralizadora de los cuentos está sabiamente sugerida, nunca explícita. Muchos han querido ver en ellos, incluso, enfoques que anticipan el ecologismo tan en boga por estos días por la importancia de la conservación de los recursos en proceso depredatorio. "Cuentos de la Selva" es la obra de un vigoroso creador, entregada con sencillez e imaginación. En ediciones posteriores, se suele agregar a los ocho relatos originales, dos cuentos publicados años después por Quiroga: "Anaconda" (1921 ) y "El Regreso de Anaconda" (1926).
 
Consciente de su labor creadora, Horacio Quiroga se preocupó, además, de aconsejar a otros cuentistas, para lo cual nos ha legado su "Decálogo del Perfecto Cuentista"
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A Quiroga le preocupaba más el valor expresivo de la palabra que lo puramente gramatical y académico, por lo cual se le ha tachado muchas veces de "escribir mal". A pesar de todo, "su narrativa sigue siendo la construcción más vigorosa -más duramente vigorosa- de la literatura de ficción hispanoaméricana hasta su época". Como diría Julio Cortázar al respecto, "Quiroga figura entre los narradores capaces a la vez de escribir tensamente y demostrar intensamente, única forma de que un cuento sea eficaz, haga blanco en el lector y se clave en la memoria".

["La siesta pesaba, agobiada de luz y silencio. Todo el contorno estaba brumoso por las quemazones. Alrededor del rancho la tierra blanquizca del patio, deslumbrada por el sol a plomo, parecía deformarse en trémulo hervor, que adormecía los ojos parpadeantes de los fox-terriers."] Fragmento de La insolación, de Cuentos de amor de locura y de muerte . Es tal vez en este cuento, donde Quiroga alcanza la cima de su arte narrativo con un estilo sobrio y conciso y una triple capacidad para sentir con intensidad, atraer la atención y comunicar con energías los sentimientos.

["Cuando cayó del todo la noche, la tortuga vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella."] Fragmento de La tortuga gigante, de Cuentos de la Selva, 1918. Los animales como protagonistas; muestra la gratitud y amistad con el hombre, mezcla de ternura y humor entre la fantasía y lo real.

Aproximación a la fábula, pues los ocho cuentos que componen este volumen contienen una moraleja. ["Debe ser hora de dormir...-murmuró Anaconda. Y pensando deponer suavemente la cabeza a lo largo de sus huevos la aplastó contra el suelo en el sueño final."]. El regreso de Anaconda.

Anaconda y El Regreso de Anaconda, son una singular espiritualización del mundo animal; un mundo de selvas, fieras, víboras, fiebre, donde el hombre y la serpiente se debaten con la muerte entrando en el otro mundo por el portal de un eterno sueño. Luego seguirán El Desierto (1924), Los Desterrados (1926) narraciones centradas en hombres duros que se matan bebiendo alcohol de las lámparas, cuando no matan a sus propios hijos, víctimas del delirio. Y finalmente El más allá (1935), su libro póstumo. A más de seis décadas de la muerte del escritor, que vivió a caballo entre Uruguay y Argentina, el lector que reflexione un momento entre todas las lecturas posibles de la vida y obra de Quiroga no podrá dejar de seducirse por esa mezcla contradictoria de repulsión-fascinación emparentada con el embrujo que ejercía sobre el autor, el amor y la muerte, donde encontró su lenguaje.

Una secreta adoración hacia un universo localista al margen del mundo, hacia donde descendió Quiroga atormentado y perseguido hasta el paroxismo por la hostilidad del medio desvastador y esa aura de fatalidad que lo acompañara durante toda su vida, pero que sin embargo le otorgaron con asombrosa vitalidad una razón de vivir. Hoy lo recordamos con tremenda vigencia por la dimensión universal de su obra. Como dijo Borges: "un idioma es tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos".

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Cuento: Las Rayas.

Horacio Quiroga .-

...-"En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre."

Como se ve, pocas veces es dado oír teorías tan maravillosas como la anterior. Lo curioso es que quien la exponía no era un viejo y sutil filósofo versado en la escolástica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa, sorbimos rápidamente el café, nos sentamos de costado en la silla para oír largo rato, y fijamos los ojos en el de Córdoba.

-Les contaré la historia-comenzó el hombre-porque es el mejor modo de darse cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en Laboulaye. Mi socio corretea todo el año por las colonias y yo, bastante inútil para eso, atiendo más bien la barraca. Supondrán que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es mayor en el escritorio, y dos empleados -uno conmigo en los libros y otro en la venta- nos bastan y sobran. Dado nuestro radio de acción, ni el Mayor ni el Diario son engorrosos. Nos ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros como si aquella cosa lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros!... En fin, hace cuatro años de la aventura y nuestros dos empleados fueron los protagonistas.

El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al rape, que usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi reírse, mudo y contraído en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se llamaba Figueroa; era de Catamarca.

Ambos, comenzando por salir juntos, trabaron estrecha amistad, y como ninguno tenía familia en Laboulaye, habían alquilado un caserón con sombríos corredores de bóveda, obra de un escribano que murió loco allá.

Los dos primeros años no tuvimos la menor queja de nuestros hombres. Poco después comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de modo de ser.

El vendedor-se llamaba Tomás Aquino-llegó cierta mañana a la barraca con una verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando constantemente no sé qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero cayó con un fuerte ataque de gripe; pero volvió después de almorzar, inesperadamente curado. Esa misma tarde, Figueroa tuvo que retirarse con desesperantes estornudos preliminares que lo habían invadido de golpe. Pero todo pasó en horas, a pesar de los síntomas dramáticos. Poco después se repitió lo mismo, y así, por un mes: la charla delirante de Aquino, los estornudos de Figueroa, y cada dos días un fulminante y frustrado ataque de gripe.

Esto era lo curioso. Les aconsejé que se hicieran examinar atentamente, pues no se podía seguir así. Por suerte todo pasó, regresando ambos a la antigua y tranquila normalidad, el vendedor entre las tablas, y Figueroa con su pluma gótica.

Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y con toda la sorpresa que imaginarán, vi que la última página del Mayor estaba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la mañana siguiente, le pregunté qué demonio eran esas rayas. Me miró sorprendido, miró su obra, y se disculpó murmurando.

No fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y en vez de las anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena de rayas en todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé malhumorado, rogándoles muy seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron atentos pestañeando rápidamente, pero se retiraron sin decir una palabra.

Desde entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de peinarse, echándose el pelo atrás. Su amistad había recrudecido; trataban de estar todo el día juntos, pero no hablaban nunca entre ellos.

Así varios días, hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre la mesa, rayando el libro de Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por hoja; todas las páginas llenas de rayas, rayas en el cartón, en el cuero, en el metal, todo con rayas.

Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte. Llamé a Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no vi más que rayas en todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas rayadas. Hasta una mancha de alquitrán en el suelo, rayada...

No había duda; estaban completamente locos, una terrible obsesión de rayas que con esa precipitación productiva quién sabe a dónde los iba a llevar.

Efectivamente, dos días después vino a verme el dueño de la Fonda Italiana donde aquellos comían. Muy preocupado, me preguntó si no sabía qué se habían hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa.

-Estarán en casa de ellos-le dije.

-La puerta está cerrada y no responden-me contestó mirándome.

-¡Se habrán ido!-argüí sin embargo.

-No-replicó en voz baja-. Anoche, durante la tormenta, se han oído gritos que salían de adentro.

Esta vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un momento.

Salimos apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al caserón la fila se engrosó, y al llegar a aquél, chapaleando en el agua, éramos más de quince. Ya empezaba a oscurecer. Como nadie respondía, echamos la puerta abajo y entramos. Recorrimos la casa en vano; no había nadie. Pero el piso, las puertas, las paredes, los muebles, el techo mismo, todo estaba rayado: una irradiación delirante de rayas en todo sentido.

Ya no era posible más; habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más intimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar. Aun en el patio mojado las rayas se cruzaban vertiginosamente, apretándose de tal modo al fin, que parecía ya haber hecho explosión la locura.

Terminaban en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua fangosa dos rayas negras que se revolvían pesadamente.

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[El cuento "El vampiro", que presentamos en esta selección es considerado antecedente de la novela La Invención de Morel, de Bioy Casares].

Cuento: El Vampiro.-

Horacio Quiroga .-

-Sí-dijo el abogado Rhode-. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.

En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.

-¡Ah! ¡Usted me entiende!-exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:

-¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo!

-Óigame: Cuando yo llegué.. . allá, mi mujer...

-¿Dónde allá?-le interrumpí.

-Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos.

¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!

Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:

-¿Qué hace? ¡Conteste!

Y yo le contesté:

-¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!

Entonces se levantó un clamor:

-¡No es ella! ¡Ésa no es!

Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:

-¡Por qué! ¡Por qué!

Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome.

Entonces comencé a oír de todas partes:

-Murió.

-Murió aplastada.

-Murió.

-Gritó.

-Gritó una sola vez.

-Yo sentí que gritaba.

-Yo también.

-Murió.

-La mujer de él murió aplastada.

-¡Por todos los santos!-grité yo entonces retorciéndome las manos-. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!

Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos.

A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!

No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.

Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio.

Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso otro paso!

En el hueco de una puerta-carbón y agujero, nada más-estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera.

¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María!

La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta -¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!

-¡Rebuscador de cadáveres!-repetí yo mirándolo-. ¡Pero entonces eso fue en el cementerio!

El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.

-¡Conque sabías entonces! -articuló-. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora! ¡Ah! -rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer sentado-: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!

No necesitaba más, como ustedes comprenden -concluyó el abogado-, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .

-¿Anoche? -exclamó un hombre joven de riguroso luto-. ¿Y de noche se da de alta a los locos?

-¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.

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Cuento: El Almohadón de Plumas.-

Horacio Quiroga .-

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, aunque a veces con un ligero estremecimiento cuando, volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses -se habían casado en abril-, vivieron una dicha especial. Sin duda, hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor; más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. Había concluido, no obstante, por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente, todo su espanto callado, redoblando el llanto a la más leve caricia de Jordán. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle-. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

Al día siguiente Alicia amanecía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos.

A ratos entraba en el dormitorio y proseguía en su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a mirar a su mujer.Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente con los ojos fijos. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror. -¡Soy yo, Alicia, soy yo! Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, volvió en sí. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora temblando.

En sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y siguieron al comedor. -Pst...- se encogió de hombros desalentado el médico de cabecera-. Es un caso inexplicable... Poco hay que hacer... -¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquel. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación. -Levántelo a la luz -le dijo Jordán. La sirvienta lo levantó; pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquel, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. -¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca. -Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había el monstruo vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

 

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